ALICIA RGUEZ

López  hablaba atropelladamente al otro lado del aparato.

─Ha entrado un aviso inspector. Otra chica con el corazón sangrante en el Parque Delicias ─decía muy agitado.

─¡Joder, López! Voy para allá.

La llamada del subinspector me había sobresaltado. Eran las tres menos diez de la madrugada y apenas había dormido. Me dolía la cabeza y tenía en la boca el sabor pastoso de la resaca. “¡Mierda!, el primer día que libro en semanas y ahora…” Entré en la ducha y el agua helada que caía con fuerza sobre mi espalda me reanimó. Bajé al salón y aún permanecían intactas las huellas de la velada: copas en la mesita de cristal, canapés en la bandeja azul, vasos de whisky, botellas vacías, restos de colillas en el cenicero… Me dirigí a la cocina y tomé un vaso de agua con una aspirina.

─Cariño, ¿qué ocurre? ─peguntó Paula desde la puerta.

Lucía preciosa con el cabello revuelto y el camisón azul de seda que le había regalado unos días antes.

─Ve a la cama, Pau. Han encontrado a otra chica en el Parque Delicias. Salgo ya.

En siete minutos llegué al lugar, estaba situado muy cerca de casa. En la puerta principal del parque distinguí dos coches patrulla y el camión de la basura con las luces encendidas. En la acera, dos operarios vestidos de verde hablaban con el subinspector López. De pronto, llamó mi atención un coche pequeño, rojo, que salía con premura de un aparcamiento de la esquina y desaparecía por una de las calles laterales del recinto, una zona donde los árboles extendían sus ramas hacia el exterior. Inmediatamente,  avisé por radio para que localizaran el vehículo y comprobaran los datos de sus ocupantes. Aparqué cerca del hueco que había dejado el coche y bordeé el lugar. La farola ubicada en esa zona permanecía sin luz. No escuché nada extraño, solo se oía estridular de las cigarras. A dos escasos metros, oculto en la oscuridad, descubrí que alguien había cortado parte de la alambrada y quedaba al descubierto un generoso hueco. Saqué mi Glock de la pistolera que llevaba en el hombro izquierdo y entré por él. Sentí el crujir de una rama rota bajo mis botas y continué con sigilo. Era una zona cubierta con una abundante maraña de arbustos. Alumbré con el móvil y vi unos pétalos rojos. Más adelante, aquel laberinto intransitable se había convertido en un reguero de sangre que conducía  al pie de una acacia. Me acerqué. Mis compañeros habían acordonado la zona. Allí estaba, en el suelo, vestida de blanco y con los pies descalzos, una muchacha rubia con un corazón sangrante entre sus manos.

─¡Cogeremos a ese cabrón!  Hay huellas en el interior de la alambrada.

Recorrí el perímetro del parque, analicé con detenimiento las marcas de los neumáticos, recogí en una bolsa algunas ramas rotas… y caminé. Mis compañeros de la Policía Científica se hicieron cargo de la situación y decidí inspeccionar las calles aledañas.

En mi recorrido me crucé con una pareja que se prodigaba enormes muestras de cariño, ni siquiera se percataron de mi presencia. La ciudad dormía en una peligrosa calma.

 Al llegar a una esquina, mi vista se fijó en un escaparate que lucía iluminado. Un busto desnudo llamó mi atención. A su lado, tres maniquíes ataviados con tres vestidos de novia blancos.

De pronto, oí el rugido del motor de un vehículo y, en cuestión de segundos, sentí en mi espalda un golpe violento que me derribó. Mi cuerpo cayó sin fuerzas sobre la acera. Giré la cabeza y puede ver cómo un coche rojo desaparecía a toda velocidad por la vía.

Me arrastré en busca del móvil y llamé a la central. Después, me incorporé y, dolorido, decidí volver a casa.

Abrí la puerta principal del edificio y mi cabeza enloqueció. En las escaleras aparecían, esparcidos, multitud de corazones sangrantes. Subí los escalones de dos en dos, di una patada a la puerta y allí estaba Pau, en el suelo, aterrada y con un vestido de novia a su lado. Aquel desalmado saltaba por una de las ventanas.

Dos horas más tarde aparecía un coche rojo abandonado, ni rastro de su ocupante.

2 comentarios sobre “La alambrada

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