LUIS5ACONT

Paloma gira su silla y se coloca frente al ventanal. Se pone de pie para estirar las piernas y la espalda. Fija la mirada en la avenida más allá del parque central. Está empezando a anochecer y pronto, tras la masa de árboles, las luces cobrarán protagonismo componiendo un firmamento de estrellas artificiales que le regalaran una de las mejores vistas nocturnas del Distrito Norte. Un año ya y aún no se acostumbra a aquel despacho tan distinto al cubículo sin ventanas donde trabajaba en el ayuntamiento. Ahora, además de estirar los músculos y desperezarse, puede descansar la vista sobre un bonito paisaje.

A lo que sí se ha acostumbrado rápido es al bourbon con hielo, al más caro (Maker´s Mark para las ocasiones especiales) y al nada desdeñable Four Roses para diario, como es el caso esa tarde, que hace tintinear girando la copa que tiene la mano. La primera vez le resultó fuerte el sabor a licor y a madera ahumada. Entonces lo rechazó pero ahora lo toma entre tres y cuatro veces cada día, como si de una medicación pautada se tratara: el Gelocatil de trago largo que diría la cantante Rebeca Jiménez. Ya tiene acostumbrado el paladar y el cuerpo aunque en realidad, acostumbrado, es un eufemismo para no decir que lo necesita, que a su vez es otra forma de esconder lo que empieza a ser una adicción. No se puede pasear entre diablos de incógnito, siempre hay un precio que se paga y este es uno de los que a Paloma le cobra su pasado reciente y las decisiones que tuvo que tomar. El que las haya tomado a punta de chantaje, no cambia demasiado las cosas para ella.

Decide que ya está bien por hoy: apura la copa y cierra sesión en su ordenador. Toma su chaqueta y su bolso de Louis Vuitton valorado más de 4000 €. Otro pequeño antojo que siempre había querido darse pero que ahora apenas disfruta. Es lo malo de adormecerte el paladar: evitas el asco pero tampoco disfrutas de los buenos sabores.

El Cartier que lleva en la muñeca tampoco la consuela demasiado. Ni la nómina que triplica su sueldo a fin de mes. En eso no la habían engañado. O más bien sí. Si añade los incentivos, los pluses y algún que otro regalo, en realidad este año ha ganado cuatro veces más que como funcionaria del ayuntamiento. En el aspecto profesional todo un acierto, oye. Se acabó el trabajo burocrático de rutina. Por primera vez Paloma proyecta. Su misión en la empresa es relacionarse precisamente con la administración de cuyos vericuetos y trámites sabe tanto, pero también se ha revelado como una arquitecta capaz y ha conseguido meter la cabeza en la división de proyectos. Hay un par de edificios levantándose que ya llevan su firma. No son grandes construcciones pero son suyas, nada mal para empezar.

Por ese lado está contenta, es más de lo que le habían prometido: un cargo cómodo y triplicar el sueldo. Pero como siempre a lo largo de su vida, ella ha decidido ganarse lo que cobra y aquí, a diferencia de la administración, el talento se reconoce.

Eso debiera bastar para hacerla feliz. No obstante, Paloma echa de menos su puesto de inspectora en el ayuntamiento y su vida tal y como era hacía un año. Podrá engañar a los demás excompañeros como ha hecho con todo el mundo. Ahora le reconocen que fue un acierto lanzarse a la aventura en la empresa privada y la admiran como una profesional de éxito y muy bien relacionada. Pero en su interior se siente sucia. Su nueva realidad tan esplendida, genera un regusto amargo que cuatro copas diarias del licor más fuerte no consiguen eliminar.

Y hoy es uno de esos días malos. Sebas la ha llamado. Solo por saber de ella. La llama una vez al mes más o menos. Saludos formales, intercambio de buenas intenciones y alegría de que las cosas que le vayan bien. Promesas de quedar un día para comer juntos que Paloma incumple, alargando cada vez la fecha de la reunión sin llegar a concretar. Todavía no está lista, no está preparada. No para encontrarse a su fiel administrativo frente a frente, mirarlo a la cara y hacer como si no pasara nada. 

Sabe de sobra que se inquieta y se despide a disgusto, después de cada breve conversación, como si adivinara que ella no está bien. Más que intuirlo lo sabe, la conoce de sobra. Demasiado difícil fue despedirse casi sin atreverse a mirarlo a los ojos, como si temiera ver su propio reflejo derrotado en ellos, la traición infligida a sí misma y a todo lo que la sustentaba. Ni siquiera la infidelidad a Javier la había hecho sentirse tan mal. Pocas cosas podían herirla, pero el fallarse a sí misma era una de ellas.

Sabe que Sebas será cuidadoso, no hará alusión a ninguna inconveniencia, ni a nada que pueda hacerle daño y que de verdad se preocupa, pero eso no podrá evitar su mirada más allá de los formalismos. Paloma aún no está preparada para enfrentarla. Todavía no.

Así que volvemos a que es una tarde mala. La mujer decide salir hacia su casa.

No tiene prisa. Su hija está en clase y la canguro se encarga de recogerla. Tampoco su marido la espera: se divorciaron a los dos meses de dejar ella el ayuntamiento. Fue iniciativa de Paloma. No soportaba verlo o quizás, como le sucede con Sebas, no soportaba su propio reflejo. Él nunca entendió su decisión de pedir la excedencia. Normal, ella misma tampoco lo hubiera entendido. Lo que le molestó fue que no hizo ningún intento de comprender más allá de lo que veía. Un verdadero esposo se hubiera hecho preguntas, se hubiera preocupado por esa decisión tan intempestiva. Pero él solo se centró en los inconvenientes que podría provocar para la relación. Más bien, en los inconvenientes que a él le podía provocar que su mujer dejara un turno fijo.

Si su relación hacía tiempo que se había enfriado, ahora ya se podía dar por rota. Así que Paloma cortó por lo sano: bastante mal se encontraba ya como para topar con una riña diaria al volver a casa.

Apenas intentó Javier pelear por la custodia de su hija y casi pareció aliviado cuando Paloma aceptó una rebaja en la pensión alimenticia a cambio de que la niña se quedara con ella. El divorcio le salió prácticamente gratis a su marido. A punto estuvo de estropearlo todo la jueza que cuestionó el mutuo acuerdo alcanzado, indicando que le parecía poca la aportación del padre. Con una frialdad que aún la sobrecoge le indicó los verdaderos motivos de la separación. Le había sido infiel a su marido dos veces con chicos mucho más jóvenes. Javier se quedó con la boca abierta y la jueza no insistió más sobre el asunto.

– Oye ¿es cierto? – le pregunto un estupefacto Javier nada más salir de la vista.

– Lo es.

– Pero ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Cuándo?

– No me hagas contarte los detalles ¿para que serviría? solo para hacernos daño.

– Entonces ¿todo esto es porque te vas con otro?

– No. Solo fueron dos aventuras muy puntuales. Esto no tiene nada que ver con nuestra ruptura.

– ¿Cómo que no tiene nada que ver?…yo…

– ¿Tú me has sido alguna vez infiel, Javier?

Su marido se quedó pasmado ante la pregunta. Demasiada sorpresas en el día y demasiado descolocado para verla venir. Dudó. Apenas un par de segundos pero dudó. Dudó como lo hacen los culpables, los que tienen algo que esconder, los que han sido pillados en falta. Esos tres segundos que tardó en reaccionar, su confusión y la mirada (por un instante asustada), lo delataron. Antes de que pudiera responder Paloma le ahorró la mentira.

– ¿Ves? Es mejor no entrar en detalles. Ha sido bonito, Javier. Salvemos el recuerdo de lo bueno, de todo lo bueno que hemos tenido. Lo demás solo nos hará daño. Ahorrémosle disgustos a nuestra hija. Ella no tiene culpa de nada.

Ese día se fue cabreado y estuvo un par de meses intratable, pero luego entro en razón y comprendió que efectivamente era lo mejor. Delatarla frente a los amigos y la familia solo serviría para ponerse él mismo en evidencia como cornudo y para que ella lo acusara a su vez de ponérselos ¿Qué pruebas hacen falta en estos asuntos? Cada uno de los que le rodean se quedará con la versión que quiere oír. Siempre sucede igual.

Dentro de unos días cumplirá su primer año de excedencia. Puede renovar otros dos más y está casi segura que lo va a hacer. Volver al ayuntamiento no va a arreglar nada, si acaso empeorar las cosas.

Respecto a Valentín Jurado, cuando Paloma decidió aceptar su oferta le puso dos condiciones. Este frunció el ceño como indicándole que no estaba en situación de exigir pero ella lo tranquilizó, poniendo encima de la mesa dos cosas que al final acabaron acordando.

La primera era referente a que no quería saber nada de ninguna ilegalidad. Esta era la primera y la última vez que hacía la vista gorda. No quería ocupar un puesto de florero, estaba dispuesta a ganarse hasta el último euro que le habían ofrecido, pero en una actividad que la dejara al margen de cualquier asunto turbio.

Con eso no hubo problema, Valentín aceptó inmediatamente. Allí había trabajo de sobra sin mancharse las manos, es más, mejor que no lo hiciera y que no estuviera al tanto de la trastienda. Solo los corruptos vocacionales son capaces de manejarse en esas aguas sin remordimientos y por tanto, con pocas posibilidades de meter la pata.

La segunda cosa que le pidió fue una charla con Santiago. Quería que la pusiera al día del dispositivo que habían montado contra ella. Esto fue más difícil porque el jefe de seguridad no era de los que daban la cara a menos que no fuera necesario. Pero Paloma consiguió su entrevista. Sin dar detalles técnicos, le informó de cómo habían ido contra ella y grabó cada uno de los pasos en su cabeza, jurándose a sí misma que no la volverían a pillar.

Había otra cuestión que quería tratar con Santiago: Paloma quería saber quién era realmente Stefano. Junto a su propia torpeza, su traición era lo que más la había afectado. Por tonta, por boba, por crédula. Nunca odias más que cuando te odias a ti mismo y Stefano la había hecho hacerse ilusiones, evidentemente no sentimentales, pero sí como mujer y como amante, para luego pisotearlas y tirárselas a la cara.

El hacker se negó en redondo a facilitarle cualquier tipo de información para localizarlo y trató de quitarle hierro al asunto: solo era un profesional en lo suyo, igual que ella lo era en arquitectura. No había nada personal en ello, simplemente cobraba por hacer ese trabajo y estaba seguro que, en el caso de Paloma, lo había hecho con sumo placer y hasta es posible (aventuró), con cierto remordimiento.

Paloma no pudo saber si lo decía en serio o no, pero en cualquier caso eso no mitigó el cabreo que sentía.

– Solo te pido una cosa – le dijo – si lo volvéis a contratar procurad darle un trabajo en el que no se cruce conmigo. Si lo veo te juro que le clavo un picahielos en toda la cara y levanto cualquier tapadera que tenga.

– Tomo nota-  se limitó contestar Santiago.

A ella le pareció ver un cierto gesto de reconocimiento en su mirada. Quizás estaba acostumbrado a encontrarse a mujeres destrozadas ante este tipo de chantajes o ataques y, de alguna forma, le reconocía la capacidad de morir peleando. En todo este tiempo no ha vuelto a ver a Santiago.

Paloma sale y cierra la puerta del despacho despidiéndose de su secretaria, que es un encanto y además muy trabajadora, aunque ni de lejos mantiene con ella la misma confianza que tenía con Sebas. En realidad, ya no confía en nadie. Camina hacia el ascensor con el postrero trago todavía rasgándole la garganta. No será el último del día seguramente. Esta es de esas noches que necesitará una ayuda para dormir. Unas veces en forma de licor, otras (si Paloma se resiente del estómago), en forma de Lorazepam y otras (si está de humor), en forma de masturbación. No pocas veces han sido un cóctel de las tres.

Hoy quizá deje de lado el tema del sexo: no ha sido buen día. Ni buen día, ni buen mes, ni buen año en el tema de la cama. Los últimos tiempos han sido un borrón difuso, un paréntesis vacío. La fantasía de las esposas y el látigo no ha vuelto aparecer en los sueños nocturnos. Si acaso, convertida en pesadilla en sus recuerdos diurnos.

Su marido no ha tardado mucho en volver a tener pareja y le consta que, en los meses inmediatos tras el divorcio, no perdió el tiempo disparándole a todo lo que se movía. Sin embargo, ella ha perdido el apetito y con él, la capacidad de fantasear. Un solo encuentro en todo este tiempo, más para probarse que porque realmente le apeteciera. Una noche de barra y bourbon. A la hija le toca con su padre y ella no tiene nada que hacer, salvo aprovechar que es viernes para aumentar su cuota de copas, sabiendo que el sábado podrá dormir hasta tarde la resaca.

Un chico joven se le acerca ¿por qué no? Se dice, y acaban en la cama.

Polvo de circunstancias: ni siquiera se molestó en fingir ¡Qué distinto de la última vez con Stefano! En vez de sacar lo más íntimo de ella, de avivar el fuego, lo único que le provocó era asco. Asco e indiferencia. Era como los últimos polvos con su marido. Ella se salía del cuerpo como en una proyección astral, viendo desde arriba como la follaban. Sin sentir, sin disfrutar, solo siendo espectadora de su propio coito. Su deseo estaba enterrado, si no muerto. Solo con mucho esfuerzo podía resucitarlo, engañando a su celebro con fantasías y caricias propias, en momentos propicios, ayudada del bourbon y las pastillas para entumecer los recuerdos.

Es lo único que le da fuerzas actualmente a Paloma. El licor y el amor de su hija, que todavía es ciego e incondicional. No entiende de razones, de traiciones, de debilidades, ni de los caminos por los que la vida y tus propios errores te empujan a transitar.

¿Qué le contara cuando sea mayor? Quizás no sea necesario tener esa conversación, quizás todo se haya olvidado, quizás todo se reduzca a un “me separé de tu padre porque lo nuestro ya no funcionaba y tuve una aventura. Y me vino bien, hija, porque le di un giro a mi vida y ahora soy una arquitecta de éxito”.

La mentira una vez más, para no perder a la única persona que seguramente todavía la respeta y la quiere solo por ser ella.

Y Stefano… bueno eso es caso aparte. A estas alturas ni siquiera le guarda rencor a Valentín Jurado, al hacker que se presentó como un tal Santiago, ni siquiera al inútil de Méndez que acabo expedientado y despedido del ayuntamiento y que ahora está en una de las empresas del grupo de inversión, en un cargo de ínfimo nivel.

Business as a business. La jodieron bien pero eran gajes del oficio, no había intencionalidad. De hecho, si ella no fuera como es y tuviera otro carácter, se podría considerar incluso afortunada de que se hubieran cruzado en su camino.

Pero lo de Stefano… Fue demasiado íntimo, demasiado cercano, ella le abrió la puerta para que mirara en su interior, compartieron algo más que saliva y semen. Compartieron en comunión su fantasía sexual y a partir de ahí parecía que se habían hecho uno. No, a ese no le perdona. Es como si le hubiera pegado una puñalada y hubiera escupido luego dentro de la herida. Todo lo demás lo puede superar pero la sensación de estúpida, de haber pensado por un momento que el chico realmente estaba interesado en ella, de haberse dejado arrastrar como el imbécil que cambia dinero por estampitas… Eso no se lo perdona a sí misma. Y por tanto tampoco a él.

La advertencia que lanzó no iba en broma: que no se lo encuentre, que no se lo cruce, que el azar o cualquier pista o cabo suelto no acaben conduciéndola a él, porque entonces se ocupará de que pague, sin mirar las consecuencias ni a quién se lleva por delante.

Otra vez el dolor de estómago. Es acordarse del medio italiano y hacérsele una ulcera. El ascensor la deja en el garaje. Minutos después, Paloma conduce por la avenida hacia su casa. La vida en forma de conversaciones, de gente riendo en las terrazas de los bares, de luces de todo tipo, de vehículos circulando y también en doble fila bulle a su alrededor, pero ella sube las ventanillas y pone música para aislarse. Se siente jodidamente sola. La peor soledad es la que una misma se autoimpone ¿Cambiará algún día?

Quizás, se dice para no venirse abajo. Hoy es una de esas tardes que no puede con su alma.

FIN

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