SHNEY

Estamos viviendo, qué duda cabe, en un mundo cada vez más agitado y cambiante. Por lo mismo,  todos aquellos boomers nacidos—minutos más, minutos menos—a mediados del siglo pasado quedamos con el paso cambiado, a destiempo y cantando fuera de tono: marcando ocupado.

Por los 60’s nos parecía que el lejanísimo año 2000 y de ahí en adelante, era el futuro-futuro lleno hasta los bordes de increíbles aparatos, tecnologías y avances en la ciencia y conocimiento abrumadores… y fantasiosos hay que decir.  Aún así ¿Cuándo iba a imaginar, a mis quince años por ejemplo, que en algún momento me iba a encontrar haciendo lo que ahora: escribiendo en un computador ( demonios, ¡un computador sobre mi escritorio!)  con la esperanza que alguien que ni tiene idea que existo, me lea desde algún lugar del planeta ? ¡Ni en mis más afiebradas elucubraciones de ávido lector de Julio Verne! Y he dicho «lector» porque crecí sin TV.

Vivimos, para bien o para mal, en una sociedad profundamente interconectada y desde ahí— paradójicamente— muy dividida. Muy dividida entre lo que es políticamente correcto y aquello que no según los Torquemada de nuevo cuño.

Malos tiempos para ser un hombre blanco heterosexual. Si hilamos un poco más fino nacer hombre—XY— ya es una bofetada alevosa in the fucking face o un grosero agarrón en el culo dado a lxs nuevxs inquisidorxs del género.

Por otro lado…

Ser tildado de fascista, a esta altura del cuento y enhebrándolo con lo anterior es muy simple. Básicamente porque para quienes están atrincherados en el progresismo bienhechor—y que no tienen la puta idea de lo que el término significa— serlo es sencillamente sustentar que el estado, cualquier estado, tiene la obligación de posibilitarte emprender, educar a tus hijos como creas conveniente, así como asociarte, o no, a gremios o sindicatos. En simple, que te trate como sujeto de derecho con todo lo que ello implica y no se meta en tu cama, en tu comedor ni en tu sala de estar. Menos aún en el  aula o en la sala de redacción del periódico que lees. De ahí se sigue y se puede afirmar sin mucho rubor que los peores fascistas son los que se autodefinen como antifascistas. Pero claro, esto ya entra a ser una herejía babilónica amén de políticamente incorrecta.

¡Qué virus o bacteria ha contaminado a nuestros congéneres convirtiéndoles en anodinos seres hipersensibles, prontos a sentirse violentados por una simple mirada, palabra o gesto!

Algunos dirían que el simple sentido común u observación desapasionada y el raciocinio informado han cedido lugar merced a empujones y quitadas de piso, a un merengue infumable de sensibilidades etéreas, vagas y carentes de sustancia, alojadas primero en el andamiaje neuronal de influencers autosatisfechos, gurúes de Youtube, politicastros de poca monta y menor volúmen intelectual, ignorantes de distinta catadura, resentidos e incomprendidos por la Humanidad, uno que otro artista en ciernes, en decadencia o en plenitud y toda una variopinta colonia de funambulistas del lenguaje,  y luego eructadas con alegre prodigalidad—cual verdades como puños— para ser absorbidas y malamente digeridas por esa masa que nació y creció cuando todo el trabajo cabronamente duro ya estaba hecho.

© Pangolín Insomne 2022.-

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