ECONOMISTA

9

​Se miró frente al espejo, acababa de terminar de maquillarse y se hizo un recogido en el pelo para lucir los pendientes que se había puesto. Otra vez llevaba la famosa blusa negra de escote en V casi hasta el ombligo y sin sujetador. Cada vez que se movía se le bamboleaban sus imponentes pechos libres bajo la tela.

Los pezones se le habían puesto duros casi en el instante de ponerse la blusa, ella se decía que era por el roce de la tela con sus pechos al no llevar sujetador, sin embargo, no era por eso. En cuanto descolgó las prendas de la percha ya estaba excitada. Se le vinieron a la mente demasiados recuerdos, el encuentro con Víctor en Barcelona, la otra vez que había salido así vestida con su marido. Le gustaba como le miraba la gente. Se sentía guapa, deseada, atractiva.

Y no era para menos, aquella falda de tubo gris hasta las rodillas hacía que se le marcasen todas las curvas de su cuerpo, Paloma era alta y voluptuosa, una mujer que no pasaba desapercibida por donde pasaba. Nunca había sido delgada, pero con los años su cuerpo había ganado en volumen, sus tetas eran más grandes y sus caderas más anchas. Se sombreó los ojos de un negro intenso y se pintó los labios de rojo fuego. Luego se miró frente al espejo girándose a ambos lados.

Estaba preparada.

No tardó en llegar Andrés, había dejado a sus hijas en casa de sus padres y se había pasado por el hotel para hacer la entrada y que ya le dieran la tarjeta de la habitación, así luego no tendrían que esperar.

―¡Estás increíble, Paloma!, gracias por hacer esto…
―Vamos que llegamos tarde al restaurante.

Paloma no quiso decirle nada antes de salir de casa, no quería estropear la noche a Andrés, pero a mediodía ya había advertido a su marido que no iban a volver a hacer eso nunca más, “mañana pienso tirar la ropa a la basura, no me la pondré otra vez… y no quiero que vuelvas a pedirme esto”.

Cuando entraron al restaurante Paloma se quitó la chaqueta, Andrés notó como los otros comensales clavaron los ojos en el trasero de su mujer mientras se acercaban a la mesa y como las mujeres la miraban con envidia.

El recogido del pelo realzaba su cuello y se movía elegantemente con armonía y suavidad. Todo en ella llamaba la atención, le dio las gracias al camarero cuanto éste le entregó la carta. La siguiente vez que volvió a la mesa no pudo evitar fijarse en el escote de aquella imponente morenaza. Incluso llegó a ruborizarse mientras ella le pedía la cena.

―¿Has visto cómo te ha mirado el chico? ―le preguntó Andrés.
―¿Quién?, ¿el camarero?
―Sí.
―Pues no me he dado cuenta.
―Sí, no me extraña que se fije en ti, ya te lo dije antes, pero creo que pocas veces te he visto tan guapa como hoy, además te queda fenomenal ese recogido de pelo, y me gusta que te hayas puesto el colgante y los pendientes que te regalé en tu cumpleaños.
―Son muy bonitos.
―Y te quedan fenomenal, aunque a ti te queda todo bien, ya estoy deseando que vayamos al hotel, ¿esta noche nos quedaremos a dormir?
―No lo sé, de momento vamos a disfrutar de la cena y luego ya veremos…

Como dijo Paloma, disfrutaron de una estupenda velada, y después salieron del restaurante. Andrés quería dar una vuelta antes de ir al hotel a pesar de que llevaba excitado bastante tiempo solo con ver vestida así a su mujer. Quería volver a sentir esa sensación cuando entraban en algún bar y todos se giraban para ver a Paloma. Le gustaba presumir de mujer, y no era para menos, con Paloma a su lado.

―Vamos a tomar una copa.
―Pero a un sitio tranquilo, no me lleves donde haya mucha juventud, hoy prefiero tomar una copa sentada, hablando…
―Venga, Paloma, no seas así, mira vamos a hacer una cosa, hay cerca un bar que debe estar muy bien y no es para gente joven, tiene fama de que es para mayores de 40, 50… si te parece bien nos tomamos ahí la copa, que no habrá tanto niñato…
―Vale.

Fueron andando despacio hasta el pub y cuando entraron se dieron cuenta de que era un sitio para gente mayor. La mayoría debía rondar los cincuenta o más, aunque también había varios grupos de chicos de unos treinta años.

Enseguida Paloma pasó a ser el centro de atención cuando se quitó la chaqueta que cubría sus brazos. Sus imponentes tetas se movieron libre bajo la blusa y era más que evidente que no llevaba sujetador, además cada vez se le marcaban más los pezones de lo caliente que estaba. Parecía que estaban a punto de atravesar la tela.

Se quedaron de pie junto a la barra, Andrés miró a los lados, haciendo un pequeño recuento visual de cuántos tíos estaban deleitándose con su mujer. Asintió con la cabeza y sonrió, por lo menos contó seis o siete hombres pendientes de Paloma.

―Me encanta como te miran…
―Anda, no seas tonto…
―Paloma, lo que dijiste esta mañana de tirar esta ropa mañana a la basura, no lo decías en serio, ¿verdad?
―Completamente en serio, así no volverás a pedirme que hagamos esto.
―¿Tanto te molesta?
―¿Tú qué crees?, no sabes el esfuerzo que tengo que hacer para ponerme esto, cada vez que me veo en el espejo con ella puesta me acuerdo de lo que hice… en Barcelona y me avergüenzo…
―Pues no quiero que sientas eso, solo quiero que te veas guapa, poderosa, atractiva, que sientas que los hombres se giran para verte, yo lo noto, esas miradas de deseo, algunos son muy descarados, pero es normal, ¡estás muy buena, Paloma!
―Si lo que te gusta es eso puedo ponerme otra ropa, pero no me hagas ponerme esta blusa y esta falda otra vez…
―Bueno… ya sabes cómo terminamos cuando salimos la última noche, tuvimos un sexo fantástico en el hotel, yo creo que en el fondo te excitó vestirte así.
―O puede que me excitara contigo, por lo que hicimos antes, cuando me dijiste que te rozara…
―Mmmm, ¿me volverías a rozar con los pechos otra vez?, no puedo dejar de mirártelos, es que es demasiado esa blusa, no es una prenda que se pueda poner cualquiera y le quede como a ti.
―Es muy llamativa ―dijo Paloma mirando hacia abajo―. Quizás con un sujetador quedaría mejor.
―Nooooo, con un sujetador no te quedaría igual, no causaría el mismo efecto… ¿puedo preguntarte una cosa?
―Claro, Andrés.
―Esta blusa te la compraste para el congreso médico de Barcelona.
―Sí.
―¿Cuándo te la pusiste esa noche por primera vez, por qué no lo hiciste con sujetador?
―Bueno, me la probé de las dos maneras en el hotel…
―Y decidiste no ponértelo…
―Quedaba mejor, no me hacía arrugas en la espalda, aunque dudé mucho, me costó decidirme.
―¿Por qué?
―No quiero hablar de esto ahora, Andrés.
―Es por Víctor, ¿te la pusiste por Víctor?, solo contéstame a eso.
―No empecemos otra vez con lo mismo, Andrés, no me hagas volver a esa noche… no sé por qué me la puse, quería estar guapa y ya está… no lo hice para seducir a nadie y mucho menos a Víctor, y por favor deja ya el tema.
―Vale, lo siento, no te enfades.
―Voy a ir al baño, en lo que vas pidiendo la copa.
―Lo siento, Paloma, no he dicho nada, vamos a disfrutar de la noche, te prometo que no vuelvo a sacar el tema de Barcelona…
―Eso espero.

Se metió entre la gente en dirección al baño, Andrés la siguió con la mirada, sin dificultad, debido a la altura de ella. Pasó al lado de dos hombres de unos 55-60 años que se quedaron mirándola descaradamente, incluso uno de ellos se giró para clavar los ojos en el culo de Paloma.

A Andrés no le gustaron las pintas de ese tío, moreno, bajito, tenía muchas entradas y poco pelo engominado hacia atrás, la camisa azul clarita llevaba tres botones desabrochados, lucía dos medallas de oro en el pecho, en la mano varias pulseras y dos anillos en forma de sello también de oro. El tío vestía bien y se notaba que tenía pasta, pero parecía un chulo putas con tanto dorado encima.

Cruzó la mirada con Andrés y le saludó con la mano levantando la copa. Andrés se giró pensando que estaba saludando a otra persona, pero no había nadie detrás. Le estaba saludando a él. Aquel tipo tan extraño le miraba sonriendo y sin pensárselo dos veces se acercó a la barra donde estaba Andrés.

Estiró la mano, de la que colgó una pulsera de oro, a modo de saludo.

―Hola, me llamo Boni…

10

​Me quedé esperando a Claudia en el salón, ya hacía rato que habíamos acostado a las niñas y ella estaba arriba cambiándose de ropa. Apenas había pasado una semana desde la salida a Madrid con su amiga Mariola y ahora estaba preparándose para mí.

Todo sucedía demasiado deprisa y habíamos querido tomarnos este fin de semana para nosotros. Parecía mentira, pero siete días atrás su amiga Mariola me estaba pajeando en el hotel mientras Claudia se follaba a un chico en la habitación de al lado. Todavía no conocía los detalles de ese encuentro, pero sinceramente, me daba un poco igual. Les había escuchado follar durante horas y tampoco necesitaba saber mucho más.

Y allí estaba en el salón de mi casa, nervioso y excitado. Claudia me había prometido una buena sesión de sexo y no sabía qué es lo que tenía en mente. Llevaba diez minutos arreglándose en nuestra habitación y cada minuto que pasaba yo me ponía más caliente imaginando qué era lo que Claudia tenía pensado para mí.

Ya estaba lista, se había puesto un corpiño negro de encaje semi transparente, unas braguitas negras con dibujos de cuadros y unas medias altas hasta la mitad del muslo.

No podía dejar de pensar en Lucas, en lo que había hecho la noche anterior, se había dejado llevar y había terminado en su coche mirando cómo el chico se pajeaba. La imagen de su antiguo alumno meneándose la polla a tan pocos centímetros de ella le martilleaba la cabeza constantemente. Apenas había podido dormir pensando en lo que había hecho.

Estaba furiosa por su comportamiento, lo de Lucas en el portal de Mariola era algo que estaba totalmente olvidado y ella lo había vuelto a reavivar, le había pillado de imprevisto encontrarse con el chico en el club de pádel y cuando le vio fuera esperándola en su coche volvió a sentir ese fuego interno que le hacía perder el control.

El encuentro en el coche de Lucas había sido rápido y peligroso, cualquiera podría haberles pillado. “Solo va a ser una vez” se había dicho a sí misma, pero Lucas había sido muy claro antes de que ella se bajara del coche, “la estaré esperando aquí todos los viernes” y aquella frase se repetía una y otra vez en su cabeza. Una y otra vez.

Estaba enfadada, era verdad, pero a la vez muy excitada. Lucas se había pajeado a su lado y se había corrido encima de ella, mojando su pierna. Todavía podía sentir el semen caliente del chico entre sus dedos al recogerlo mientras volvía a casa. El coño le había palpitado inmediatamente cuando jugó con esa lefa. Y aún no se había corrido, estuvo muy tentada de hacerlo en el coche o incluso en la cama cuando se durmió David, pero al final no lo hizo y ahora llevaba todo el día con esa sensación dentro de su cuerpo. Su marido iba a pagar los platos rotos de la calentura que llevaba acumulada.

Lo que más le preocupaba era la frase de Lucas “la estaré esperando aquí todos los viernes”. Si se encontraban de nuevo en el club de pádel, a esas horas nocturnas, no tendría excusa si se volvía a meter en su coche.

Ya no podría hacerse ni la ofendida ni la digna.

Si entraba en el coche de Lucas otro viernes por la noche iba a terminar, muy posiblemente, con la polla de su alumno en la mano. Eso como poco.

Se miró en el espejo, estaba realmente caliente. Últimamente siempre estaba caliente. Solo podía pensar en sexo, en Jan, en Mariola, en Lucas, en pollas, en Toni, en Víctor, incluso en Basilio. Quería jugar un rato con el cornudo de su marido, y antes de bajar al salón sacó la caja de los juguetes. Se puso un arnés del que colgaba un dildo morado cilíndrico de unos veinte centímetros y luego cogió la copa de vino que tenía en la mesilla para dirigirse a la escalera.

Me puse de pie en cuanto la vi. Claudia bebió un sorbo de su copa y la dejó sobre la mesa. Se acarició el dildo como si se estuviera pajeando y me preguntó.

―¿Te gusta lo que ves?
―Claro, Claudia, estás… 

ufffff

f…
―Ni se te ocurra tocarte, no quiero que te corras, ¿me has entendido?, en cuanto te corras esto se acabó…
―Lo intentaré, pero no te puedo asegurar nada…
―Vamos a la habitación, tengo una sorpresa preparada para ti.
―Está bien…
―Ehhhh, ¿dónde vas? ―me dijo Claudia cuando me vio que me dirigía a la escalera―. Antes ven aquí, ponte de rodillas y chúpamela un poco…
―Joder, Claudia…
―¡Que me la chupes!

Tuve que obedecerla, cualquiera no lo hacía teniendo delante a una mujer como Claudia, me agaché y ella me azotó con el dildo en la mejilla cuando saqué la lengua.

―¡Cómo te gusta esto!, tenías que verte la cara de cerdo vicioso que pones con una polla delante de la cara ―dijo volviéndome a azotar.

Yo dejé que me golpeara y luego me lo metí en la boca comenzando a chupar el cilindro morado.

―¡Mírame a los ojos!, ¿no te acuerdas de lo que decía Víctor?, para hacer una buena mamada hay que mirar a los ojos…

Me sorprendió que de buenas a primeras nombrara a Víctor, pero eso hizo que me excitara más. Estaba claro que Claudia también estaba cachonda y quería llevarme al límite.

―Me gustaba ver cómo se la chupabas ―dije yo, provocándola. Mala idea.
―¡Puto cornudo!, ya sé que te gustaba, ¿te crees que no te veía tocándote tu patética pollita mientras otro me follaba la boca?
―¡Joder, Claudia!

Cuando empezaba a hablar así me volvía loco. Claudia sufría una especie de transformación. Una hora antes era una mujer de familia, guapa, educada, que atendía a nuestras hijas como toda una madraza y ahora de repente se convertía en una diosa del sexo.

Me puse muy nervioso, era casi mejor que no me hubiera dicho nada, cuanto más pensaba en su amenaza de que no me corriera más ganas me daban de hacerlo. De momento, estaba de rodillas chupando su polla de juguete mientras con las manos agarraba su culo con fuerza, pasé una mano hacia delante para agarrar el dildo y ella me la retiró.

―¡No uses las manos, solo la boca!

De un golpe de cintura, sujetándome la cabeza, me metió la mitad del cilindro hasta la campanilla y yo tosí cuando me dio la primera arcada.

―Relaja la garganta, tienes que aprender a hacerlo o vas a sufrir mucho…

Otra embestida y volví a pasarlo mal sintiendo cómo me llenaba la boca. Apenas podía respirar con aquel trozo de plástico metido hasta el fondo. Claudia me agarró con fuerza y sentí como disfrutaba taladrando mi boca, con una sonrisa diabólica cada vez que me hacía toser.

Tuve que sacarme la polla de la boca para poder respirar, cayó un hilo de saliva al suelo y miré hacia arriba. Claudia sonreía sujetándose el juguete con la mano. Me dejó tranquilo unos segundos mientras daba otro trago a la copa de vino.

―¿Quieres que siga? ―me preguntó dejando la copa en la mesa.

Yo no contesté, sumiso me puse de rodillas y abrí la boca para que mi mujer me volviera a follar.

―Así me gusta… hay que joderse, lo que te gusta esto… ¿te gustaría una buena polla de verdad en la boca?…

Comencé a chupar con fuerza, cada vez más excitado por las palabras de Claudia.

―Seguro que te encantaría, no tiene nada que ver chupar una mierda de estas con una polla, las de verdad están duras y calientes, llenas de venas, te palpitan en la boca, tienen sabor… mmmmmm ¡te volvería loco, cornudo!, venga dime… se sincero ahora que estás cachondo, ¿te gustaría mamar una buena polla? ―dijo Claudia sujetándome la cabeza con las dos manos e insertándome el dildo en la garganta.

Tuve que toser y después intenté relajar los músculos de la garganta, como me había pedido Claudia, pero me era imposible hacerlo, sobre todo cuando mi mujer aceleró sus embestidas follándome la boca cada vez más rápido.

―¿Así te gusta?, no me has contestado, ¿te gustaría una polla en la boca?, como la de Toni, por ejemplo… ―me preguntó Claudia.

Saqué unos segundos el dildo de la garganta para tomar aire, seguía sujetando los glúteos de Claudia con las manos y miré hacia arriba. Claudia esperaba desafiante con los brazos en jarra.

―¿Quieres más?, jajajaja, no hace falta que me contestes, lo veo en tus ojos que estás deseando que lo vuelva a hacer, vamos, dime, ¿chuparías una polla de verdad delante de mí?

Pasé una mano hacia delante cogiendo el cilindro morado que colgaba de su cintura, lo agarré como si fuera una polla y comencé a masturbarlo sin dejar de mirar a mi mujer a los ojos. Saqué la lengua rozando la punta del juguete en una actitud completamente sumisa. Claudia asintió de satisfacción.

―Dímelo y te la vuelvo a meter en la boca…

Seguí pajeando el cilindro y pegué un par de lametazos más haciéndolo bailar de arriba a abajo. Luego me lo restregué por las mejillas y yo mismo me azoté con el dildo en la cara.

―Sí, sííííííí, si me lo pides chuparía una polla delante de ti, ¿eso es lo que quieres oír?…
―No hacía falta que contestaras, cornudo, estaba segura que lo harías y ahora tengo que darte tu premio ―dijo sujetándome la cabeza con las dos manos―. Abre la boca…

Se puso de puntillas y de un solo golpe de caderas me introdujo todo el dildo hasta la campanilla mientras me sujetaba por el pelo.

―Cof, cof… desgpacioghhg, ahhhggggg… ―dije como pude.

Pero Claudia no me hizo caso, comenzó un vaivén rápido y constante, incluso se inclinó hacia delante apoyando una mano en la mesa para no caerse. A cada embestida me daba una arcada y casi me hacía vomitar, sin embargo, mi polla temblaba de emoción cuando me follaba. Luego retiró el juguete dejándome con la boca abierta y con ganas de más.

Cayó un reguero de saliva empapando el suelo, yo mismo tuve que limpiarme la barbilla, debía tener unas pintas ridículas, allí de rodillas, sumiso a mi mujer.

―Vamos a la habitación que tengo una sorpresa para ti… ―dijo Claudia que no estaba dispuesta a darme tregua.

Cuando me fui a poner de pie Claudia se giró.

―Ehhh, ehhhh, ¿dónde vas?, primero desnúdate y luego subes de rodillas por la escalera, como un buen perrito…

Claudia vació su copa de vino y la dejó en el salón, luego subió por la escalera meneando su culo delante de mi cara hasta que la perdí de vista. Como me había pedido me quité la ropa y empecé a gatear por las escaleras hasta que llegué a la habitación.

―Pasa y cierra la puerta con el cerrojo, ¿por qué has tardado tanto? ―dijo Claudia con una sonrisa y sentada en la cama.

La habitación estaba en penumbra, Claudia había encendido cuatro velas de color vainilla poniendo una en cada esquina. Las velas no le daban un toque romántico a la velada, más bien al contrario, la habitación tenía un halo misterioso y sexual que daba miedo.

Se puso de pie para quitarse el arnés. Ella se dio cuenta de mi cara de decepción.

―¿Qué pasa, cornudo?, ¿querías que te follara el culito?
―Sí ―respondí a cuatro patas.

Enseguida comprendí las intenciones de Claudia, entre la cama y el espejo de la habitación, había pegado en el suelo, con ventosa, una enorme polla negra de unos 22×5 centímetros.

―Tenía idea de hacerlo, pero no sé, te veo demasiado cachondo y no quiero que termines, ya te lo he dicho… ¿tú crees que si te follo el culo podrás aguantar sin correrte?
―No lo sé, Claudia…
―Ponte de rodillas, mmmmmm, ¿lo ves?, mira cómo estás…

Mi mujer tenía razón, me dio vergüenza estar de rodillas delante de ella mostrándole mi tremenda erección. Si me follaba el culo posiblemente me iba a correr encima. No sería la primera vez que me pasaba, ni tampoco la última. Claudia sabía que podía hacerme eyacular solo enculándome, sin rozarme la polla con la mano.

―¿Entonces quieres que te folle o no?, tú decides… pero como te corras te quedas sin sorpresa…

Decidido me puse de pie y me dirigí a la encimera. De espaldas a Claudia, desnudo, abrí las piernas y agaché la cabeza.

―¡Hazlo!, ¡¡dame por el culo!!
―Ni se te ocurra correrte… ―me advirtió Claudia cogiendo el arnés que había dejado sobre la cama.

Justo en ese momento nos llamó desde su habitación nuestra hija pequeña, que se había despertado, Claudia me dejó de pie frente al espejo y estuvo unos minutos con ella, lo que tardó en darle un vaso de agua y en lo que se dormía otra vez. Por suerte para nosotros nuestras hijas siempre han sido de buen dormir y jamás se han levantado de la cama sin llamarnos antes, de todas maneras, cuando volvió Claudia cerró la puerta y echó el cerrojo que habíamos puesto recientemente.

―Muy bien, cornudo, veo que no te has movido ―dijo cogiendo el arnés y comenzando a ponérselo―. Ni se te ocurra correrte, si ves que lo vas a hacer avísame para que pare…
―Vale ―dije yo impaciente.

Claudia se acercó con el cilindro morado colgando de su cintura y se puso detrás de mí. No había cogido el lubricante y dejó caer un salivazo entre mis dos nalgas, luego me rozó con las uñas el ano y me introdujo un dedo hasta el fondo. El roce de sus uñas hizo que se me pusieran los pelos de punta y cuando noté su dedo entrando en mi culo mi polla palpitó en un pequeño espasmo. Tenía que controlarme, Claudia me lo había advertido muy seriamente varias veces.

Prohibido correrme.

Me sorprendió el gesto tan obsceno de Claudia de dejar caer su saliva entre mis dos cachetes del culo. Con lo refinada que era ella, en los temas sexuales cada vez se estaba volviendo más sucia y lasciva.

―¡Tienes el culo bien abierto ya!, como sigamos usando estas cositas voy a terminar metiéndote algo realmente grande ―dijo como si el cilindro que tenía entre sus piernas fuera pequeño.

Dejó caer otro poco más de saliva y me lo restregó con los dedos antes de poner la punta del juguete a la altura de mi culo.

―¿Estás preparado?

Me encantaba esa sensación cuando me rozaba el ano con sus pollas de silicona, hacía que me temblaran las piernas y me sentía realmente excitado experimentando esa humillación. Mi mujer estaba a punto de follarme el culo y yo eché las caderas hacia atrás buscando desesperadamente que lo hiciera.

―¡Tranquilo, cornudo! ―dijo Claudia haciendo un poco de presión.

El cilindro morado fue poco a poco entrando en mí, en unos pocos segundos el cuerpo de Claudia chocó con el mío. Ya lo había metido por completo, ni tan siquiera se esperó a que me relajara, enseguida me sujetó por la cintura y comenzó a follarme despacio.

―¡No te corras!, mmmmmm, no sabes lo que me pone hacer esto…

Los movimientos de Claudia eran suaves, me penetraba con mucho cuidado disfrutando cada embestida. Yo veía a través del espejo su cara de satisfacción, ella miraba hacia abajo viendo como ese cilindro morado entraba y salía con facilidad de mi culo y luego sonreía. Cada vez que me la metía hasta el fondo mi polla temblaba, y yo tenía que pensar en otra cosa para evitar que se me escapara el orgasmo. Me gustaba demasiado que mi mujer me sodomizara.

No quería arruinar su juego o lo que mi mujer tuviera en mente hacer luego, así que cuando llevaba un par de minutos le dije a Claudia que parara, porque en cualquier momento se me podía escapar la corrida. Ella se retiró con cuidado y me ordenó que me sentara en la cama.

En el espacio entre el espejo y la cama, Claudia había pegado en el suelo una enorme polla realística de color negro con sus huevos y todo. Según el envase medía sobre 22 centímetros y tenía una anchura de cinco. Un señor pollón.

Alguna vez habíamos jugado con eso, pero nunca lo habíamos utilizado como iba a hacer Claudia. Con tranquilidad, se quitó el arnés que colgaba de su cintura y se bajó las braguitas. No quería que nada la molestara. Se quedó desnuda enseñándome su depilado coño, solo llevaba puesto el corpiño negro en la parte de arriba y las medias hasta medio muslo.

Esta vez sí, cogió el bote de lubricante y me lo lanzó entre las piernas.

―¡Lubrica bien eso, cornudo! ―me ordenó.

Abrí el gel y eché un poco entre mis dedos, me agaché ante la atenta mirada de mi mujer y comencé a embadurnar por completo la gigantesca polla negra que en unos segundos ya brillaba debido a el lubricante. Impaciente, Claudia se acercó y me empujó con el pie.

―¡Apártate!, no puedo esperar más…

Me senté en la cama y Claudia se puso de espaldas a mí. Pude ver su cara de excitación a través del espejo y apoyó con firmeza los dos pies en el suelo, poniéndose en cuclillas, hasta que la punta de la verga rozó sus labios vaginales.

El silencio de la habitación se vio interrumpido por el gemido de Claudia con ese primer contacto. Pasó la mano derecha hacia abajo sujetando el juguete por la base poniéndolo lo más firme posible. Movió las caderas de lado a lado, acomodándose y se fue dejando caer. Yo veía su cara reflejada en el espejo, de momento no era de satisfacción total, cerraba los ojos y fruncía el ceño, señal de que también estaba sintiendo un poco de dolor.

Me encantaba el contraste del pequeño y blanco cuerpo de mi mujer con aquella enorme polla negra de juguete. Yo veía descender su culo y como se la iba introduciendo, centímetro a centímetro. Cuando apenas le quedaban dos o tres dedos por entrar Claudia se detuvo.

―¡Joder, no puedo más, ya me llega hasta el fondo!…

Apoyó las dos manos en el suelo y luego las rodillas, inclinándose hacia delante, quería estar en una posición más cómoda y así siguió descendiendo hasta que los cojones de silicona rozaron el coño de mi mujer.

¡Había conseguido metérsela entera!

Intentaba controlar su respiración, Claudia se quedó unos segundos quieta, sintiéndola bien y yo miraba incrédulo la escena. Todavía no me había acariciado la polla, ni pensaba hacerlo. A la menor sacudida me iba a correr inmediatamente.

El culo de Claudia se contrajo fuerte hacia dentro, estaba aprisionando la polla en su interior, luego lo relajó echándolo un poco hacia atrás y volvió a contraerlo moviéndose despacio hacia delante. Ahora sí, se estaba follando esa polla de goma delante de mis narices.

Su cara era una mezcla de dolor y placer, buscaba la mejor postura para estar lo más cómoda posible, pero no la llegaba a encontrar. El movimiento de su culo cada vez era más amplio y ya dejaba salir unos centímetros la polla para luego dejarse caer y metérsela otra vez hasta el fondo.

―Ahhhh, ¡¡qué bueno!! ―dijo en bajito.

Estaba concentrada en su placer y en follarse esa polla de goma, yo había dejado de existir para ella, habían pasado tres o cuatro minutos en los que Claudia no interactuaba conmigo, pero me daba igual, yo seguía disfrutando viendo como cabalgaba ese juguete que abría al máximo sus labios vaginales.

Era increíble que pudiera caber semejante verga en un coño tan pequeño.

Y Claudia cada vez parecía estar más a gusto, hacía un rato que había encontrado la postura y ya se follaba la polla con bastante fluidez. Ahora su cara era solo de placer y de repente levantó la mirada y me vio a través del espejo. Reparó en mi presencia y se acordó del plan que tenía pensado desde el principio.

―¿Te gusta lo que ves? ―me dijo con voz de zorra.
―Me gusta demasiado ―dije echándome hacia atrás en la cama para que ella viera mi erección.
―No te toques…
―Tranquila, no pensaba hacerlo…

Mi mujer se levantó y muy despacio la polla negra fue saliendo de su coño. Estaba cubierta por completo de los jugos de Claudia y me asusté viendo el coño y los labios vaginales de mi mujer tan abiertos. Ella se dio la vuelta y se quedó frente de mí.

―¡Túmbate!

Me eché hacia atrás para quedarme boca arriba en la cama con la polla apuntando hacia el techo. Claudia se subió encima de mí, pasó una pierna a cada lado y me agarró la polla con la mano poniéndosela a la entrada del coño. Se dejó caer mientras me la sujetaba y cuando me quise dar cuenta ya estaba dentro de mi mujer.

Ella se inclinó hacia delante y sonrió.

―¡Joder, no siento nada!, ¿y tú?

Me sonrojé ante la frase que acababa de pronunciar Claudia, pero tenía toda la razón del mundo. Yo apenas sentía las paredes vaginales de Claudia rozando mi pene, la polla de goma le había dado el coño de sí a mi mujer. Solo me envolvía un calor abrasador y sus jugos empapándome las pelotas.

Claudia se movió despacio dos o tres veces subiendo sobre mi falo, follándome con toda la suavidad que podía. Su rostro no expresaba nada, ni placer, ni enfado. Solo indiferencia.

―Te lo juro, es que no la siento, de verdad…

Pasó una pierna por encima de mi cuerpo y se salió de mí, dejándome tumbado en la cama.

―¡No te corras!
―Estoy al límite, Claudia, 

ufffff

, no sé si podré aguantarme…
―Pues entonces no mires…

Me quedé tumbado sin cambiar de posición y cerré los ojos cuando Claudia se puso otra vez de rodillas sobre la polla de goma. Entonces gimió bien alto, ya estaba ensartada de nuevo por semejante monstruo que abría su coño a lo bestia.

Mi polla temblaba, palpitaba a cada gemido de Claudia, seguía con los ojos cerrados, pero no podía dejar de pensar en la noche en la que ella estaba con Jan y yo escuchaba como disfrutaba mi mujer. Lo que más me excitaba es que me tenía desnudo y empalmado tumbado en la cama, pero prefería follar con una polla de juguete casi el doble de grande que la mía.

Escuchaba perfectamente como el culo de Claudia golpeaba contra los huevos de silicona, como había aumentado el ritmo de sus movimientos y cómo gemía cada vez más alto. Estaba a punto de correrse, hasta que de repente noté un pequeño plop. Claudia había vuelto a levantarse y cuando me quise dar cuenta ya se estaba montando sobre mí.

Yo no quería mirar, pero abrí los ojos en cuanto noté como Claudia se me ponía encima, su rostro estaba desencajado en una mueca de placer. Con dos dedos me sujetó la polla y se la introdujo como si nada. Me cabalgó furiosa, ahora su culo rebotaba contra mis huevos y la humedad de su coño me embadurnaba el vello púbico. Notaba perfectamente lo mojada que estaba Claudia.

―¡¡No puedo más, lo siento, ahhh, no puedo mássss, despacio, despacio…!!, ¡¡me corro, ahhhhhhhhggg!! ―quise avisarla.

Pero Claudia lo sabía de sobra. Mirándome fijamente a los ojos continuó moviendo su culo de arriba a abajo mientras yo descargaba dentro de ella, sin tan quiera tocarla, para intentar retrasar lo que ya no tenía remedio.

Luego Claudia se detuvo y se agachó para darme un morreo. Seguía muy encendida. Solo me había utilizado para que me corriera en su interior, pero ella no había terminado.

―Muy bien, cornudo… te has portado muy bien.

Se tapó el coño con la mano para que no cayera nada y con rapidez se salió de mí y volvió a agacharse sobre la polla de juguete. Casi de inmediato, mi semen bañó el capullo del falo negro y Claudia se dejó caer en él agarrándose las tetas.

―¡Ahhhhhh, mírame, David, mira cómo me follan! ―dijo cuando lo tuvo otra vez incrustado.

Luego cerró los ojos y movió el culo a toda velocidad ante mi atenta mirada, que no perdió detalle de lo que estaba viendo. Cuando incrementó el ritmo de los gemidos sabía que se iba a correr. Antes se giró para estirar el brazo y ponerlo sobre la cama. Quería que le diera la mano.

―¡¡Me corro, ahhhhhhh, me corroooo, ahhhhhhh!!! ―chilló a la vez que entrelazábamos los dedos.

Yo sentí su orgasmo a través de su mano, lo que hizo que me volviera a empalmar a pesar de que me acababa de correr. Claudia jadeaba con la cabeza agachada todavía con la enorme polla negra llenándola por completo.

―¡Joder, qué bueno!

Me encantó el numerito que me acababa de ofrecer, solo habíamos hecho eso otra vez a petición de Toni delante de la cam, pero así en privado, era la primera vez que me lo hacía.

―¡Ha sido tremendo, Claudia!

El ver aquello hizo que me entraran unas ganas locas de ver de nuevo a Claudia follando con otro hombre y sentía que ella lo necesitaba también. Tenía que calmar de alguna manera esa calentura interna que siempre le acompañaba.

―Me encantaría verte follar con Toni, su polla debe de ser parecida a esa ―le solté de repente.
―David, ya sabes que con Toni no…
―¿Y por qué no?, no me digas que no te pone, cada día me gusta más verte con otro, y Toni es de total confianza y sabe lo que nos gusta… deberíamos pensarlo bien, yo le prefiero a él antes que a cualquier desconocido, me muero de ganas solo con verte así, casi me corro encima viendo como follabas con… con, ehhh, con esa cosa…

Claudia se puso de pie y de repente vi la polla de silicona bañada por mi corrida. Ella se dio cuenta que estaba empalmado de nuevo y se sentó en la cama, a mi lado.

―¿Tantas ganas tienes de verme con Toni?, ya lo hemos hablado, no creo que sea una buena idea, además con él sería distinto, tú llevas mucho tiempo hablando con él y es que como que ya tuvierais una relación, sería muy raro, y nos quedaríamos sin nuestros juegos por cam, tendríamos que buscar a otro y ya no sería lo mismo que con Toni… no sé, David, quedar con él, otra vez volveríamos a lo de Víctor… deberíamos pensarlo bien…

Era la primera vez que al menos Claudia no se negaba en rotundidad. Estaba claro que ella también lo estaba empezando a valorar seriamente. El corazón se me aceleró de repente ante la posibilidad de quedar con nuestro amante virtual Toni24.

―Vale, vamos a hablarlo tranquilamente, a valorarlo al menos… ¿te parece bien?
―Está bien, pero ehhhh, no te emociones, todavía no he dicho que sí… ahora tengo muchas cosas en la cabeza y lo último que me apetece es tener otro lío más…
―Joder, Claudia, sí claro, no tiene por qué ser ahora, pero me encanta que al menos pienses en quedar con él.
―Parece que tienes tú más ganas de quedar con Toni que yo, a ver si de tanto fantasear con él lo que realmente te apetece es tocar la polla de ese tío…
―¡Claudia!
―¿Qué pasa?, ahora te da vergüenza, eso te pone, ¿no?
―Noooooo…
―Pues claro que te pone, cuántas veces le has dicho que te gustaría pajearle delante de mí o cosas parecidas…
―Para, Claudia…
―¿Se la chuparías?…
―Claudia, no…
―¿Y si yo te lo pidiera?, ¿lo harías?
―¿Te gustaría ver eso?
―No sé, puede que sí… me gusta verte chupar como un buen cornudo…
―Mmmmm, para de decir eso…
―¿Por qué?, ¿se te pone más dura tu pollita?, mmmm sí, todavía no he terminado contigo ―dijo Claudia bajando el brazo para agarrármela.
―Mmmm, joder…
―Quiero que me hagas correr con la lengua… ya lo sabes… y si quieres hablar lo de Toni antes tienes que hacer una cosa.
―¿Qué quieres que haga?
―Esa cosita ha quedado muy sucia… ¿la ves?, ¡¡ponte de rodillas y chúpala, cornudo!! ―dijo señalando la polla negra pegada al suelo.
―¿Lo dices en serio?
―Completamente en serio, si quedamos con Toni lo mismo te entran ganas de comerle la polla, fantaseas mucho con eso y deberías ir practicando… ahora me voy a tumbar en la cama y voy a ver como chupas esa polla hasta dejarla bien limpia…
―¡Claudia!
―Te he dicho que lo hagas… ¿quieres quedar con Toni o no?, pues ya sabes lo que tienes que hacer, tendrás que practicar un poco… ―dijo Claudia subiéndose a la cama.

Se tumbó boca arriba y abrió las piernas acariciándose lentamente el coño mirando en dirección a la polla de goma. Yo me quedé dudando de si hacerlo o no. Aquello era demasiado humillante. Y entonces Claudia me dijo.

―Estoy esperando…

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