LUIS5ACONT

A la mañana siguiente paloma está de buen humor aunque cansada.

Le ha propuesto a Sebas hacer un Kit Kat y desayunar fuera. El aire fresco de la mañana en la terraza de la cafetería ayuda a despejar la cabeza.

Se siente feliz y satisfecha: ni pizca de remordimiento. Anoche volvió a su casa sobre las dos de la madrugada. El vestido y el tanga quedaron en el maletero de su coche. Unas bragas limpias (poco sexys) y la ropa que tenía preparada fueron su vestuario de vuelta. Precaución inútil porque Javier duerme profundamente y apenas se entera que ha llegado. Por la mañana se despide con un beso. Ella se acurruca en la cama. Le duelen las muñecas por la postura forzada y por los tirones que dio en el fragor del combate sexual. Seguramente tenga alguna marca en cuello o pechos y algún arañazo delator, así que se hace la dormida hasta que su marido se va.

Recuerda lo sucedido por la noche e inconscientemente la mano va hacia su concha, como dirían los argentinos. No hace apenas siete horas, el miembro de Stefano se abría paso entre sus labios. Es la primera vez que una polla llega hasta el fondo de su vagina. El recuerdo de esos dos orgasmos, hace que se moje de nuevo. Con su mano izquierda acaricia su pezón, tratando de simular los bocados de Stefano. Con la derecha se masturba. Al principio, lentamente, luego furiosa, casi haciéndose daño. Un nuevo éxtasis la deja rendida pero satisfecha. Necesitaba calmar la calentura antes de que naciera de nuevo. Un orgasmo preventivo que dirían los militares.

Se espabila con una buena ducha y con un humor excelente despierta a su hija. La rutina diaria se ve de otra forma, después de haber echado un polvo espectacular con un nuevo y bello amante.

Pero ¿Es Stefano su amante? se pregunta ¿O será solo cuestión de un capricho de un par de noches? Ella desea que no. Stefano se queda a trabajar así que ojalá su relación se mantenga, suspira ensoñadora.

– Bueno ¿cuál es el plan para hoy? – interrumpe Sebas sus pensamientos.

– Seguimos con lo de Wkm: ahora viene la parte más coñazo. Revisar memoria económica, catastro y registros de la propiedad. Mañana empiezo yo con las visitas a las parcelas. Comprobare mediciones y cotas. Tú ve revisando la documentación y si ves algo raro me avisas, ya conoces el procedimiento.

-Ok. Oye jefa, se te ve bien hoy…

– Gracias, tengo días… y hoy es uno de los buenos.

– Pues me alegro: me gusta cuando me sacas a la calle. Y también me gusta verte relajada y disfrutando del trabajo – Añade con cierta retranca.

– Una inspectora relajada no disfruta de su trabajo así que no te acomodes que esto no va a durar. Seguramente para por la tarde habré recuperado mi mala leche habitual.

– Vale, pues disfrutemos mientras dure. Pago yo el desayuno.

A la vuelta a la oficina y antes de sumergirse en el lío de documentación del expediente que tiene que revisar antes de empezar sus visitas in situ, Paloma tiene un par de cosas que le apetece hacer.

La primera es entrar al foro y leer los mensajes de sus amigas. Esta mañana, al llegar al curro, ha colgado un breve resumen de su noche.

Desde un “toma ya” hasta un “cabrona pásame su teléfono o por lo menos invítame a hacer un trío con vosotros”. “Soy capaz de comerte el coño con tal de conocer a ese chaval”. Ella sonríe satisfecha al leerlo: ¿de qué sirve tener una aventura con un pimpollo si no puedes contarlo aunque sea desde el anonimato? Luego abre el whatsapp y le escribe a Stefano.

– ¿Cómo has amanecido?

Casi inmediatamente él le responde.

– He amanecido echándote de menos. Lo de anoche me supo a poco ¿Y tú?

– Me he tenido que hacer una paja así que imagínate ¿Cuándo nos vemos otra vez?

– Ja ja, que impaciente…

– ¿A ti no te apetece seguir jugando?

– Claro que sí, pero lo de anoche fue solo una introducción ¿te atreverás a continuar?

– Ponme a prueba.

– Vale, esta noche entonces.

– No puedo salir todas las noches. Ya sabes por qué – Contesta ella apesadumbrada.

– ¿Y no te puedes escapar del trabajo?

Paloma lo piensa un momento y luego sonríe.

– Tengo que hacer una serie de visitas esta semana y la que viene fuera de la oficina. Si tú también puedes escaparte, podríamos intentar vernos.

– Yo no tengo que escaparme, guapa, soy mi propio jefe. Tú solo dime a qué horas puedes y yo te estaré esperando: el sitio ya lo conoces.

– Mañana te llamo.

– Espero esa llamada, ansioso, pero antes, una pequeña prueba.

– ¿Una prueba? ¿Qué quieres decir?

– El juego, ya sabes ¿Estás sola ahora?

– Si.

– Quiero una foto tuya desnuda de cintura para abajo.

– ¡Venga ya!

– Totalmente desnuda: quiero ver tu sexo, ese mismo que anoche saboreé con mi boca y con mi verga.

Paloma se revuelve inquieta. Aquello no acaba de convencerla.

– Si no hay foto, no hay cita – dice él en otro mensaje, añadiendo un pequeño emoticono de un diablo.

Paloma cierra la puerta del despacho tras asegurarse que no hay nadie fuera. Sebas todavía tardará al menos un cuarto de hora en llegar, ha ido al registro a por documentación y la funcionaria más cercana está al otro lado de la oficina, enfrascada en sus tareas.

Pone el móvil sobre el archivador, lo programa y se sube el vestido. La primera foto es con las braguitas puestas. Hoy se ha puesto unas bonitas bragas de encaje y quiere que Stefano la vea con ellas. Se le ajustan bien a su pubis y ella se ve hermosa y capaz de excitar a Stefano. Luego se las quita y hace una segunda foto. El estar ahí desnuda, en su puesto de trabajo enseñándole la vulva a su amante es algo que la pone cachonda. Stefano sabe cómo motivarla. Ahora mismo desearía que estuviera ahí y que la poseyera sobre la mesa. Se vuelve a mojar, nunca había tenido tantas ganas continuadas de sexo, parece una adolescente.

Se sienta sobre la mesa y separa las piernas para que se vea bien su almeja. Hace un par de fotos más y luego las edita todas para que no se le vea la cara. Acaba colocándose de nuevo las bragas y enviando, satisfecha, las fotos a su amante.

Espera con el corazón en un puño hasta que él contesta. Lo hace con varios emoticonos de corazones y con una foto de su verga. Está empalmado y una vez más, Paloma se sorprende de lo enorme que es.

– Vaya, veo que te alegras de verme.

– Llámame mañana tú y pon la hora: yo te estaré esperando.

– Okay – contesta paloma y cierra chat: acaba de oír llegar a Sebas.

– Jefa, acabo de llegar de registro: aquí tienes lo que me has pedido ¿Quieres que lo mire yo?

– No, ya me ocupo.

Sebas le lanza una mirada despechada.

– Oye, tú ya estás hasta arriba ¿por qué no me dejas que te ayude?

– Tienes trabajo, te toca la parte más pesada. Yo me ocupo de filtrar.

– Esa es mi tarea.

– Cuando no pueda ya te diré ¿No lo hago siempre?

– Pues vale, pero si colapsas avísame antes de que empieces a escupir veneno, que luego ya es tarde.

– Descuida.

Al final de la mañana, una hora antes de la pausa para almorzar, Paloma coge el bolso y se despide de Sebas.

– ¿Te vas?

– Si, me voy a localizar la primera parcela. Como por allí y esta tarde a la paso fuera.

– Vale, pues hasta mañana.

– Hasta mañana, Sebas.


Al mediodía siguiente, aparca en el hotel de Stefano. Sube a la habitación y se detiene un momento frente al espejo del pasillo. Ese día no está tan arreglada. Viene del trabajo y no ha querido dar allí la nota, todavía tiene el vestido del otro día en el maletero y por un instante piensa en ponérselo aunque está un poco arrugado, pero desecha la idea. No quiere repetir y menos, con alguien tan cuidadoso al vestir y con tanto estilo como su amante. Tendrá que conformarse con lo que lleva y con un poco de maquillaje. Se mira en el espejo y se repasa las pestañas y los labios, se da un poco de color en las mejillas y se repasa la ropa. Va informal pero no está nada mal, con una blusa suelta ajustada su talle y con unos vaqueros pegados que marcan sus muslos y su culo. Paloma es delgada y a pesar de haber sido madre no ha ensanchado de caderas, mantiene un tipo muy aparente.

Toca dos veces en la puerta de la habitación y Stefano acude a abrir.

– Vaya ¡mira a quién tenemos aquí!

– Lo siento, hoy no estoy tan espectacular, pero es que vengo del trabajo.

– No te preocupes, para lo que te va a durar puesta la ropa… – Cierra la puerta y los dos se funden en un abrazo y en un húmedo beso.

– ¿Te apetece que comamos algo antes de jugar?

– Estoy impaciente – responde Paloma – ¿No me puedes dar un adelanto antes del almuerzo?

– Cómo desees…

La toma de la mano y la sitúa frente a la ventana corriendo las cortinas traslucidas, de forma que sigue entrando luz pero limitan la visión desde fuera simplemente a un bulto o una forma.

– Desnúdate – le ordena.

Ella echa una mirada hacia la ventana. No puede ver demasiado del exterior con la tela, con lo cual supone que a la inversa será igual ¿Que le habrá preparado Stefano? un latigazo de deseo la recorre de los pies a la cabeza. Con las prisas no ha pensado demasiado, su único deseo era llegar pronto a su cita. Pero ahora que está allí y ha oído la orden de desnudarse su cuerpo reacciona. Sabe para qué ha ido a aquel lugar y el recordar su primera vez juntos, hace que el vello se le ponga de punta.

Obedece y se queda totalmente desnuda frente al chico que la mira con aprobación. Abre un cajón en la mesita de noche y coge algunas cosas. No parece la venda del otro día, es algo que brilla y suena. Luego se acerca ella.

– Hoy vamos a ir un poquito más en serio ¿recuerdas la palabra para que me detenga? pero recuerda también la norma: si me haces parar me voy. Esto se interrumpe cuando tú lo pidas, pero la fiesta se acaba hasta el próximo día.

Paloma traga saliva y asiente. Está nerviosa porque ignora lo que va a pasar, pero a la vez lo teme y lo desea.

En esta ocasión no le tapa los ojos. Stefano le coge las manos y saca del bolsillo unas esposas. Con un par de clics sus muñecas quedan unidas. Trae una silla y subiéndose, toma la cadena que ha traído (eslabones color plata de aluminio pero muy resistentes) y la pasa por la barra de la cortina que está firmemente anclada al techo. Seguramente ha debido comprobarla antes.

La cadena tiene en una de las puntas un mosquetón que engancha a las esposas. Jala despacio hasta que Paloma queda con los brazos en alto. Para justo antes de que cuelgue, lo suficiente para que pueda estar de pie sin que su propio peso tire de ella. Luego, ata el otro extremo al cabecero de la cama. Stefano se acerca y la besa:

– ¿Estás bien? – le pregunta.

– Me tira un poco.

– Es necesario que estés un poco incómoda: así disfrutarás más cuando llegue el momento.

Stefano da unos pasos atrás y la mira satisfecho. Está desnuda, con los brazos en alto y los pechos moviéndose temblorosos, expuestos e inseguros. Ahora es él el que se quita la ropa muy despacio, sin prisas, observando a Paloma y comprobando sus reacciones.

Ella se ha olvidado de la postura y de la situación en que se encuentra y lo mira con los ojos brillantes. Le gusta el juego. Puede ver su mirada de deseo y su expectación, mientras él se acerca con la gran verga moviéndose a un lado a otro. Con movimientos lentos y suaves, recorre su cuerpo como hizo el otro día, besándola, pasando a los labios por sus pechos, por sus axilas, por su vientre y por fin, se arrodilla entre sus piernas y deposita un beso en su sexo. Solo uno. Después, es su lengua la que comienza a funcionar.

Paloma mira hacia abajo y puede ver la mata de pelo negro del chico pegada a su entrepierna, así como la nariz y la lengua cuando él se separa un poco. El sonido acuático de los lametones y el olor de su propio sexo rezumando flujo, se unen al festival de los sentidos. El gusto se extiende por oleadas, irradiando desde su clítoris al resto del cuerpo. Piensa que de nuevo, su primer orgasmo está destinado a ser producido por la boca de su amante, pero este se retira y sustituye la lengua por su dedo anular que estimula su botón del placer con caricias circulares. Luego lo pasa por entre sus labios vaginales y finalmente, lo introduce sin ninguna dificultad en su interior. Empieza a espolearla desde dentro y Paloma se enciende. Si en ese momento volviera a tocarla con la lengua a la vez que la estimula con el dedo, se correría sin remedio.

Pero Stefano tiene otros planes. Toma algo que parece una toalla religada y la abre sobre la moqueta. De una cajita saca algo que Paloma no puede ver bien. Él sonríe ante los esfuerzos de ella por mirar. Levanta la mano y balancea frente a sus ojos un conjunto de bolas chinas. A ella le brilla la mirada.

– No te atreverás…

– ¿Quién te ha dado permiso para hablar? – El chico coge otro objeto en este caso una mordaza de bola y se la enseña – ¿No querrás que te tape la boca? Hoy no tocaba jugar con esto, pero si te pones impertinente igual lo uso.

Toma un poco de gel lubricante y empapa las bolas. Luego, las vuelve a situar frente a los ojos de Paloma y finalmente se arrodilla. Le separa las piernas, lo que provoca que pierda un poco de altura y los brazos estiren un poquito más.

– ¡Ay! – se queja ella.

– ¡Silencio!: todavía no hemos empezado.

Con exquisito tacto, pasa la primera bola por el sexo de Paloma, recorriendo la raja húmeda que también recibe parte del lubricante que la empapa. Después, con mucho cuidado, presiona con los dedos y la esfera desaparece dentro de su vagina. Paloma suspira y luego tiembla cuando besa su clítoris y lo lame tiernamente. Sigue la segunda esfera. Repite la operación exactamente igual.

– Son cuatro, pero no te preocupes, que si la otra noche entró toda mi polla, es que caben de sobra – Por toda respuesta un gemido seco sustituye al suspiro anterior. Stefano se toma su tiempo, no hay prisa. Al final solo un hilito sale de la vagina de la mujer – Ya puedes cerrar las piernas – le anuncia y ella lo hace.

El movimiento provoca que las bolas se muevan a su vez, impulsando una sensación placentera en sus entrañas. Stefano la hace girar hasta que su cara queda pegada a la cortina. Toma algo del armario. Paloma mira de reojo, aprovechando que hoy puede ver. Algo cuelga de su mano, parece un cinturón ancho y largo. Lo pasa por su cuello y lo desliza suavemente: es un cinturón de cuero, confirma ella. Siente un estremecimiento cuando corre la punta por su espalda y da un par de toques leves en sus nalgas.

– Hoy el juego empieza de verdad. Vamos a ver cómo te portas – susurra su amante mientras va al otro lado de la habitación y se sirve una copa de vino.

Bebe un par de sorbos y se acerca a ella poniéndola en sus labios. Paloma tiene la boca seca. Bebe atragantándose porque es un vino recio, criado en barrica de roble, que casi parece coñac. Tose y unos hilos rojos caen por su barbilla y mojan su garganta y sus pechos. Stefano sonríe divertido y vuelca parte del contenido en sus tetas. Luego lo lame con la lengua.

– Excelente buqué – afirma palabras que le da una palmada en su nalga.

El vino la reconforta cuando cae en su estómago, calentándola por dentro un par de grados más de lo que ya está.

Stefano se va al otro lado de la habitación y la observa. Se acaba la copa y luego da un golpe con el cinturón en el suelo, que queda amortiguado por la moqueta. Pero no lo suficiente como para no producir un sonido seco, haciendo que Paloma de un respingo. Las bolas se mueven en su interior y el susto se transforma en placer. Otro golpe sordo y otro, que cada vez resuenan más cerca.

La mujer se remueve en tensión ¿Se atreverá él? ¿Será capaz de resistirlo ella? hasta que un latigazo en las nalgas la hace saltar. Ha sido más la impresión que el daño, porque Stefano no ha pegado fuerte. El dolor se mezcla con el placer: una vez más las bolas juegan en su interior. Luego viene otro latigazo y otro más. La intensidad va subiendo poco a poco. La boca otra vez seca, Paloma saca la lengua y la pasar por los labios, notando un sabor salado. Se da cuenta que se le han saltado las lágrimas.

– La palabra, Paloma: dila y pararé.

Ella niega con la cabeza. Y su decisión la enardece. Tensa, espera el próximo golpe. Sus músculos se contraen y las bolas vuelven a hacer su efecto mágico. Placer antes del correazo, un breve destello de dolor y nuevo placer después. El culo y los muslos le arden pero no le importa. La intensidad se ha estancado y ahora ella sabe que puede soportarlo, al menos un rato más.

Sigue esperando nuevos golpes pero, de repente, siente el brazo masculino rodeándola por la cintura. Ahora lo que llegan son besos en el cuello y caricias en los doloridos brazos y hombros, que acusan el desgaste físico de estar colgada del techo.

– Estoy orgulloso de ti: lo has hecho muy bien y ahora vas a tener tu premio.

Nota su miembro totalmente erecto pegado a su culo. Una mano acaricia el pecho y la otra baja por su espalda. Stefano se separa un momento y abre las nalgas. Le lame la raja que separa ambas y con cuidado, localiza el hilo que cuelga empapado por el flujo y tira muy despacio de él. Sale la primera bola y se oye algo parecido a un choff. Paloma está muy caliente y muy mojada. Ahora el muchacho repite la operación inversa a cuando se las introdujo. Tomándose el mismo tiempo y con el mismo cuidado, va tirando hasta que salen las cuatro bolas de su vagina. La última provoca un pedo vaginal al salir el aire, avergonzando a la mujer, pero al que su amante no presta la más mínima atención.

Vuelve a ponerlas frente a ella. Le pasa una por los labios. Paloma la lame, la chupa como si fuera un caramelo y finalmente Stefano se la introduce en la boca. Es incómodo porque tiene los brazos sujetos y no sabe muy bien qué hacer con ella, pero su amante se lo aclara.

– Sujétala con los dientes. Cuando te dé el primer vergazo puedes escupirla si quieres.

Paloma lo ve embadurnarse el miembro con lubricante y luego, la toma por las caderas y la gira bruscamente. La inclina hacia delante un poco, lo que da la cadena. Busca con su polla la entrada a su coñito desde atrás. El glande resbala por el canal de sus nalgas y tras pasar un momento por su ano, se detiene a la entrada de su vagina, que como recientemente ha sido dilatada por el juguete sexual y está convenientemente húmeda, recibe su cipote abriéndose sin apenas dificultad.

– Arrrrg – gime sintiéndose empalada. La bola escurre de su boca y cae al suelo.

La tiene sujeta por las caderas y al principio el movimiento es lento y suave. Su miembro entra hasta tocar fondo, presiona contra su matriz y vuelve a salir. Una vez certificado que todo fluye bien, Stefano la aferra por las caderas y el movimiento se vuelve más rápido y más brusco. Los pechos manchados de vino de Paloma rebotan mientras la follan. La sensación es deliciosa, mejor que el día anterior y de repente, ella cae en cuenta de que la están follando a pelo.

– El condón, el condón – trata de balbucear.

– Cállate: no tienes permiso para hablar y no te preocupes, que no te voy a dejar embarazada.

Quiere insistir pero el placer es tanto que renuncia y se deja llevar. Empina el culo para tratar de reducir el roce y mejorar el ángulo de embestida, y entonces sí, en apenas un minuto se deshace de gusto y un fuerte orgasmo estalla en su coño. Las piernas le tiemblan y se niegan a sostenerla. Se deja caer colgada en sus brazos, consiguiendo que Stefano la empitone aún más.

Todo su cuerpo convulsiona. El dolor y la molestia que le produce la postura y el estar colgada, dejan paso a un estasis intenso que casi le hace perder el sentido. No sabe si es a pesar de la tortura que le imprime su amante o gracias a ella.

Es una experiencia nueva y, en cualquier caso, el balance es tan satisfactorio que aún no ha terminado de correrse y ya piensa en repetir. A pesar del dolor y de todos los inconvenientes  no duda, ni por un momento se le ha pasado por la cabeza gritar stop. Pero ya sí: su cuerpo desmadejado le duele, la postura es incómoda y la verdad, Stefano ahora le hace daño. El amante lo percibe, atento como siempre a cada suspiro que sale de la boca de Paloma, a cada movimiento, a cada mirada. La saca y tomándola entre sus brazos largos, la aúpa lo suficiente para desenganchar el mosquetón, dejándola resbalar hasta que cae de rodillas

Le levanta la barbilla y le susurra:

– Lo has hecho bien, muy bien, pero esto no ha terminado.

El falo queda a la altura de su cara. Lo dirige a su boca y ella lo besa, haciendo un tímido intento de chupársela pero está tan fatigada que apenas puede inhalar con todo eso dentro. Stefano la saca y se masturba lentamente mientras la sujeta del pelo y le pone el rostro hacia arriba. Tarda poco en empezar a eyacular. Gruesos goterones de semen caen sobre la cara, el pelo, la boca de Paloma, pero también sobre su cuello y sobre su pecho. Stefano le acerca el glande a la boca y ella lo chupas con fruición: se entretiene solo en la punta porque intenta profundizar y a la mitad ya tiene la boca llena y le cuesta respirar, está demasiado cansada y agotada para hacerlo bien. Nota el sabor a semen, alguna gota todavía sale de su capullo cuando aprieta con los labios. Stefano, que la sostiene por el pelo, retira la mano y la suelta y ella se deja caer de costado sobre la moqueta. Cierra los ojos: está deshecha pero feliz.


A la mañana siguiente Paloma toma el primer café del día. Conforme a su costumbre, es la primera en aparecer, aún no ha llegado Sebas. A pesar de su buena forma tiene agujetas. Las posturas adoptadas ayer y el esfuerzo colgada, así como la tensión transmitida a sus músculos, hacen que se resienta.

Sin embargo está satisfecha: ¡vaya polvazo! Ayer se lo contó a sus amigas del foro y están que rabian.

– ¡Qué suerte tienes cabrona: menuda aventura y menudo semental te ha caído del cielo!

– Ya nos gustaría a nosotras probar todas esas cosas…

– Sí, pero ahora, una vez pasado el calentón, te arrepientes: no tengo el cuerpo ya para estas fiestas, que son cuarenta y cinco años.

– Ni de coña te arrepientes tú, zorra.

– Jajaja: es verdad – reconoce ella.

A pesar de su fantasía habitual con Ricardo, hasta hoy no se consideraba masoquista, pero es cierto: el juego la pone. No es que le guste que le peguen o que le den azotes, pero el morbo y la intensidad de la experiencia la ponen a mil. Como si el dolor pusiera el cuerpo en estado de alerta y por tanto (mucho más sensitivo), fuera capaz de multiplicar el placer.

En fin, que le gusta y está dispuesta a continuar. Afortunadamente, hasta dentro de un par de días no puede quedar con Stefano: una sesión de esas a diario la dejaría para el asilo. Se mira las muñecas y las frota. Mañana se va a apuntar a las clases de CrossFit en el gimnasio. No solo para estar más fuerte de cara a sus encuentros con Stefano y poder aguantar mejor, sino como coartada, porque tarde o temprano su marido acabará dándose cuenta de los moratones y arañazos. Su amante parece tener un cuidado exquisito en no dejar marcas, pero a veces alguna es inevitable. Las clases de CrossFit en su gimnasio son salvajes. Si su marido pregunta, solo tiene que llevarlo un día a ver como las chicas levantan ruedas de camión, suben por una soga o hacen flexiones arrastrándose por el suelo.

– Buenos días Paloma.

– Hombre Jaime ¿qué tal?

Méndez mira hacia fuera y aunque no hay nadie cierra la puerta.

– ¿Puedo hablar un momento contigo?

– Claro.

– Oye, respecto a tu expediente, he averiguado alguna cosa que te puede resultar interesante.

– Pues cuéntame…

– Bueno, resulta que tenías razón. La constructora ha trabajado en varias obras de envergadura. Y no solo con las tres empresas que mencionabas: hay dos más.

– ¿Dos más?

– Si. Lo que pasa es que no ha sido aquí sino en la provincia.

– ¡Vaya! esas no las tenía controladas.

– Ahora te paso los nombres pero eso no es lo más interesante. Entre la documentación que aportan ya sabes que debe estar la declaración de quiénes componen el consejo de administración o la Junta directiva. Se repiten algunos nombres…No todos ni en todas las empresas, pero hay al menos dos que sí: Fernando Muguruza y Gabriel Morales.

Paloma asiente.

– ¿No los apuntas?

– No hace falta: ya lo sabía.

– Vaya. Llego tarde.

– No te preocupes, te lo agradezco de todas formas.

– ¿Cuáles eran las empresas que actuaban en la provincia?

Jaime coge un boli y escribe dos nombres en un papel.

– Ahí las tienes, pero a menos que conozcas a alguien en los respectivos ayuntamientos, solo podrás acceder a la información que hay en la comunidad y ahí vas a encontrar poco.

– Ya, pero de todas formas gracias por la gestión.

– ¿Cómo lo llevas Paloma? ¿Tienes algo?

Ella duda un momento. Como si pensara hasta dónde puede contar y hasta donde no. Al final se decide: no quiere parecer descortés con un compañero que se está preocupando por ella. Y con este tipo de historias, es mejor tener a alguien que te eche una mano por si las cosas se complican.

– He cruzado datos, igual que supongo que has hecho tú. Y si, efectivamente hay algo que huele regular. Distintas promotoras consiguen adjudicaciones de parcelas en subasta pública. Los procedimientos son sospechosos porque al menos en un caso, se ha demostrado que posiblemente conocían de antemano que terrenos se le iban a conceder. Solo presentan documentación correcta y detallada para aquellas que finalmente les adjudican ¿Para qué molestarse en presentarla en aquellas que no les interesaban? y si realmente les interesaban ¿por qué no han sido igual de escrupulosos que con las demás?

– Porque están jugando al despiste. Quizá para no dar pistas sobre cuáles eran sus intenciones al resto de pujadores.

– O quizá para enmascarar un acuerdo de concesión amañado.

– Puede ser.

– El caso es que tenemos tres empresas (cinco según tu) que, aunque en teoría no tienen nada que ver entre ellas, utilizan este procedimiento extraño para hacerse con terrenos que han sido recalificados.

– Pero resulta que sí tienen que ver…

– Efectivamente: utilizan la misma constructora y además resulta que algunos de los cargos han ido emigrando de una a otra empresa ¿Por qué montar una promotora para cada proyecto?

– Nadie les impide hacerlo así.

– Venga Jaime, que los dos tenemos el culo pelado después de tantos años arrastrándolo por urbanismo.

– Tienes razón, esto huele extraño.

– Exactamente. Esta gente como mínimo contaba con información privilegiada o en el peor de los casos, estamos ante adjudicación a dedo. En cualquier caso suficiente para abrir una investigación.

– ¿Crees que con solo eso lo abrirán? Además, si estás en lo cierto debe haber implicado alguien de dentro. Y si tiene capacidad para adjudicar, no debe ser un funcionario de medio pelo. No te lo van poner fácil.

– Ya. Por eso debo investigar más.

– Y ¿dónde?

– A pie de obra. Claro. Seguramente si tenían tanta prisa habrán cometido errores. Están construyendo desde el primer día. Pediré facturas, albaranes, memorias de calidades

… que te apuestas a que se han adelantado tanto que ya tenían algo comprado y han firmado con subcontratas antes de la adjudicación. Además hay otro tema…

– ¿Cuál?

– Ese te lo cuento cuando lo tenga seguro – comenta Paloma bajando la voz, ha oído ruido fuera. Es el Sebas que acaba de llegar.

Méndez gira la cabeza hacia la puerta y tiene a bien cerrar igualmente el pico solo unos instantes antes de que el administrativo entre en el despacho. O más bien haga el intento de entrar porque al ver a Méndez allí se detiene en la entrada.

– Perdón, no sabía que estabais reunidos.

– No, nada Sebas, solo era una visita de cortesía ya me iba. Bueno Paloma hasta luego. Ya sabes: si hay algo en lo que te pueda echar una mano no tienes más que decírmelo.

– Gracias Jaime.

– ¿Que quería ese? – pregunta Sebastián nada más irse el inspector. Que Méndez aparezca tan temprano a hacerles una visita de cortesía le parece tan poco probable como que nieve en el desierto.

– Nada, solo estaba curioseando un poco. El expediente que llevamos ahora era suyo.

– Ya – Replica cruzándose de brazos – ¿Y porque le interesa ese expediente?

– Bueno, ya sabes cómo somos los inspectores, cuando nos echan un hueso no nos gusta que nos lo quiten.

– Pues me parece que tú estás escarbando mucho paro encontrar ese hueso. Y además no me dejas ayudarte.

– Sebas, me estás ayudando mucho: me quitas toda la morralla de en medio para que yo me pueda concentrar en hacer mi trabajo.

– Gracias por el cumplido pero nos conocemos, guapa. Tú confías demasiado en mis capacidades, que los dos sabemos que son muy buenas, como para tenerme haciendo trabajos de segundo nivel. No sé dónde andas metida pero me estás dejando a propósito al margen.

Ella no mueve ni una pestaña, ni altera un milímetro su sonrisa, la buena (no la sarcástica), que reserva solo a unos pocos íntimos.

– Sebas esto es un marrón y posiblemente de los buenos. No sé por dónde van a llover las hostias pero prefiero que de momento, hasta que lo tenga todo controlado, solo metamos mano los imprescindibles. Ya sabes, cuestión de rango.

Sebas se da cuenta perfecta de lo que trata de hacer. Lo está protegiendo. Paloma no duda ni un momento de su lealtad ni de las capacidades de su administrativo, de hecho, ha sido él el que la puso sobre la pista del primer indicio. Pero el tema se sale de la rutina del departamento y puede ser algo gordo, de esos que esparcen mierda en todas direcciones como cuando lanzas una cagarruta contra un ventilador y ella calcula, que muy pocos están tan locos como para ir contra una o dos inspectores del departamento de urbanismo, pero si las cosas vienen mal dadas, un simple administrativo es carne de cañón.

– Mira bonita, ya soy mayorcito para cuidarme solo, que sepas que me ofendes.

– Ya se te pasará.

– O igual te mando a tomar viento a la Farola de Málaga y pido el traslado.

– Cuando quieras te lo tramito.

– Eres insoportable ¿sabes?

– Mientras te ofendes ¿me podrías preparar un café?

– Prepáratelo tú que no soy tu criada.

Paloma sonríe: ya tiene que estar cabreado Sebas para no hacerle un café. Él, que presume de darle el toque exacto a la maquinita de cápsulas. El mejor café de todo el departamento, se suele vanagloriar cada vez que, sin necesidad de que ella se lo pida y como si le estuviera leyendo el pensamiento, le acerca una taza en el momento adecuado.

Diez minutos después, recoge y sale provista de su mochila de campo.

– ¿Dónde vas? – pregunta Sebastián.

– A hacer mi trabajo. Luego te traigo pastas.

– No me apetecen, gracias.

– Ya veremos – dice ella antes de salir. Sabe que el enfado le durará toda la mañana pero no mucho más. Sebas no puede estar dos días seguidos sin hablarle. La quiere demasiado aunque no sea capaz de decírselo.

Sale contenta y agradece la brisa matutina en el rostro, que aclara y disuelve los malos pensamientos. Está alegre porque después de muchos días haciendo trabajo de rata de oficina, hoy por fin pisa calle, que es lo que a ella le gusta. Lástima que no pueda quedar con Stefano. En quince días han tenido unos cinco encuentros y todos han sido emocionantes e intensos como el primero. Siempre metiendo alguna innovación, yendo un poquito más allá, dejándose manipular y poseer por su joven amo.

Espera ansiosa el siguiente encuentro y posiblemente podría ser mañana. Stefano le ha confirmado su disponibilidad. Es único problema es que tiene el día muy complicado: por la mañana hay reunión con el jefe de departamento y no puede escaquearse. Lo cual traslada el problema a la tarde noche. Su marido podría hacerse cargo de la niña sin dificultades, no es un día que tenga nada planeado salvo sorpresa de última hora. La cuestión es si no sospechará otra excusa.

Afortunadamente, a veces el destino se alía con nosotros y en vez de llevarnos la contraria, nos tiende un puente de plata a nuestros deseos y tal vez a nuestra perdición. Pero ¡qué perdición más rica! piensa Paloma cuando la llama su jefe.

– ¿Dónde estás? he pasado por tu oficina.

– Salgo a visitar unos solares, ya sabes, el trabajito ese que me encargaste que no podía esperar.

– Vale, perfecto ¿cómo lo llevas?

– Progreso adecuadamente, como los niños en el cole… pronto tendré un informe preliminar.

– Muy bien, en cuanto lo tengas me llamas, no hacen más que darme la tabarra con esto.

“Pues ya verás cuando el teniente de alcalde y quien quiera que esté medrando en este tema lo lean”… piensa Paloma aunque se abstiene de adelantar nada. Bastante follón tendrá ya con la que se va a liar, como para poner sobre aviso a todos los que pueden ponerse nerviosos con este tema y que le anden tocando los ovarios a todas horas. O peor aún, que la retiren del caso, que por otro lado no le parece mala idea. Por primera vez casi te echa de menos la rutina, bendita rutina que le permite concentrarse en lo que ahora le interesa: en su aventura con ese chico caído del cielo. Ha rejuvenecido veinte años de una tacada.

– Paloma ¿estás ahí?

Joder, su jefe, que se le ha ido la cabeza a otros lares.

– Sí, sí, dime.

– Que te comentaba lo del acto de mañana.

– ¿Mañana? ¿A qué hora?

– A las seis de la tarde, una pequeña recepción con empresarios, cargos del ayuntamiento, de la comunidad, etcétera, lo típico. Ya sabes lo que les gusta a los políticos dejarse ver.

– ¿Y porque tengo que ir yo?

– Porque el teniente de alcalde ha insistido en que esté urbanismo y que yo vaya con mi equipo en representación del área. Y si me toca joderme a mí y ponerme traje y peinarme, pues vosotros igual, todos los inspectores jefe a desfilar.

– Yo no cobro tanto como para aguantar pelmazos fuera de mi horario laboral.

– Está casi dentro de tu horario laboral. Además, no seas sosa. Te van a invitar a merendar, a una copa y vas a conocer gente interesante.

– Abrevia y no me vendas la moto ¿es una orden?

– Tú verás Paloma…

– Vale, veo que es una orden: ahí estaré, pero me debes una.

– Muchas gracias por tu comprensión. Mañana tráete algo bonito puesto y no olvides sonreír aunque sea un poquito.

– ¿Le vas a decir lo mismo al resto de inspectores o esto solo es válido para la única que lleva falda?

– A esos no necesito decirles nada: ya mueven la cola solos cuando les ladro, a ti es que te tengo un cariño especial.

– Jefe, con todos mis respetos: ¡vete al carajo!

– ¡Que tengas buen día tú también!

Al principio, Paloma se sube al coche cabreada. Odia que le cambien el ritmo y que la hagan asistir a ese tipo de eventos estúpidos. Mucha gomina, mucho aprovechado, mucho lameculos y poco seso. Ya lleva suficiente tiempo allí como para saber que alguien como ella lo tiene difícil para medrar en este tipo de reuniones. No es así como se ha ganado el puesto. Pero luego, su mente se pone a funcionar y de repente se da cuenta de que tiene ya una excusa perfecta, porque además es verdadera, para escaparse mañana por la tarde. Dos horas como mucho de fiesta. Posiblemente pueda escurrir el bulto una vez que se haya dejado ver, su jefe esté contento y ella haya estrechado unas cuantas manos, tras estar un rato disponible por si alguien le quiere preguntar cualquier cosa. Si su superior la quiere exhibir como la inspectora más cabrona de su departamento, tampoco le cuesta darle un poco de gusto. Y luego a ver a Stefano.

Pone en marcha el coche y llama a Javier.

– ¿Javier?

– Dime.

– Mañana tarde tengo jaleo, me acaba de llamar Marcial. Una recepción a políticos y empresarios y quieren que vayamos los inspectores de urbanismo.

– Vaya por Dios.

– ¿Tienes planes o busco niñera?

– No, que yo sepa no tengo nada.

– Oye ¿y no te apetecería venir conmigo? – Paloma le echa un órdago para apuntalar bien su coartada.

– ¿Y qué pinto yo allí? ¡Menudo coñazo!

Javier ya la ha acompañado en otras ocasiones y se ha aburrido soberanamente. Un sitio donde tienes bebida gratuita pero no puedes beber hasta coger el punto, porque te miran raro, a menos que seas un mandamás, claro.

– Dímelo a mí.

– Bueno esta noche nos vemos.

– Ok.

Mira tú por dónde se le acaba de arreglar el día, piensa satisfecha. Ya tiene coartada para mañana.

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