ESRUZA

Terminó de vestirse, lo hizo muy lentamente, sin prisa. Se paró frente al espejo, que tenía detrás de la puerta de su habitación, y se observó: Conservaba la misma figura de cuando tenía treinta años, no se había convertido en “jamona”, pero sus ojos reflejaban una inmensa tristeza, y su sonrisa, que antes había sido la que alegraba su rostro, era forzada cuando tenía que sonreír. Ciertamente, sus cabellos ya lucían uno que otro hilo plateado y empezaban a aparecer incipientes arrugas, pero, en forma general, lucía relativamente bien, aunque eso no le importaba.

Terminó con desgano de arreglarse, tenía que bajar al comedor y departir con su corta familia, era ¡NOCHEBUENA!

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