SHNEY

Es tanto mi  empeño por conceptualizar lo que quisiera —y no es que necesariamente el objeto de ese deseo tenga más importancia de la que debiese— que se me hace un nudo, justo donde el entendimiento  y la razón se conjugan con el paisaje de versos y besos sin acabar,  amontonándose a la salida de mi puerta. O en la puerta de salida de mi casa, que para el caso, casi da lo mismo, aunque no sea así. Es algo como cuando, tentando el ya exiguo contenido de la bolsa de Lay’s que llevas a tu hijo, te das cuenta que él se dará cuenta y la consecuencia lógica —lógico— al entregarle el patético envoltorio será que te obsequiará con una mirada de fulminante compasión pero, aún así, no puedes dejar de sacar una tras otra: —»ya, la última» — y te engañas, ¡maldito cerdo!

Quisiera

            Que mis palabras fluyeran sobre tus hombros como viento de abril en la tarde y se materializaran incrustándose en tus circunvoluciones cerebrales, por ejemplo. Hicieran muescas y estrías como dibujo de marino en la balaustrada del puente, y entendieras que la palanquita ubicada bajo el volante —a la izquierda— sirve para encender el señalizador de viraje, ¡ Oh, amor mío! y que usar este dispositivo no es una muestra de versallesca o servil cortesía sino, algo dispuesto en la Ley de Tránsito cuyo objeto es evitar, precisamente y a modo de ejemplo, que el conductor al mando del gigantesco  camión, por delante del cual atravesaste a la otra pista con total impudicia, se viera obligado a frenar escandalosamente y en el envión, sacando casi medio cuerpo por la ventanilla, cubrirte —y por el sólo y mágico hecho de ser tus acompañantes en el momento—  cubrirnos a puteadas y como colateral, que a nuestro retoño y a mí se nos llegasen a hinchar las venas del cuello, aguantando el mortal error que sería cagarnos de la risa ahí mismo. El miedo es  cosa viva, dicen.

               Quisiera

            Poder envasar los aullidos de las manadas de grillos que se juntan en nuestro patio a llamar la atención de la luna para que les dedique una mirada de fría luz, y regalarlos por suscripción especialmente a aquellos terrícolas que viven aislados, en departamentos a muchos metros de distancia del suelo y a más distancia aún del resto de la Humanidad, y que en su vida han escuchado ese tipo de sinfonías gratuitas.

                  Quisiera…

Leer en el periódico de mañana que pese a todos los esfuerzos en contrario, ha estallado la Tercera Paz Mundial

© Pangolín Insomne 2022.-

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