LOLA BARNON

Capítulo 10

No podría estar mejor

Aunque es tarde, nos sentamos en la pequeña terraza del apartamento que ya compartimos, y cenamos tranquilamente con una copa de vino. En estas últimas dos semanas he tenido una buena racha con clientes que han pagado bien, apurando antes de irse de vacaciones familiares. Vicky, también, pero algo menos. Y con Nuria, lo arreglé. Al parecer, a ese hombre le gustó la idea que le propuso. Pasó una noche con Vicky y aceptó llevársela ese verano, ya próximo, con él. Nuestro plan, ya totalmente puesto en común, iba hacia delante.

Yo no quiero insistir más porque entiendo que Vicky quiera ahorrar el máximo posible para tener mayor seguridad. Yo, sin embargo, y tras la propuesta de Macarena, que me asegura un buen dinero, puedo pensar en ese retiro para iniciar una vida más tranquila y sencilla.

Mi idea, quizá algo bucólica y movida por deseos de cambios drásticos, es mudarnos a un pequeño pueblo de la costa, cerca de mis padres. Alejarnos del coste de la vida de Madrid y vivir tranquilamente de nuestros sueldos y trabajos. En mi caso, de profesor de educación física si entro en algún colegio o de entrenador de un equipo juvenil de fútbol. El comercial de productos deportivos para gimnasios, que es lo que por ahora he podido conseguir, me da para un mínimo de supervivencia. Este último no es con sueldo fijo, pero sí con buenas comisiones que, si aumento algo las ventas y me esfuerzo en procurarme una clientela fija, me aseguran unos ingresos bastante decentes. El de entrenador, en cambio, es gratis. Solo me dan material deportivo y contactos. Contactos que puedo utilizar para iniciarme en el entrenamiento personal de clientes, con lo que espero poder completar de forma rápida, esos ingresos de comercial.

El verano ha empezado y aunque no es la época más boyante para nuestra profesión, sobre todo por lo viajes familiares que entorpecen las infidelidades de nuestros clientes, siempre existen huecos y maneras de facturar. En mi caso, la oferta de Macarena, que es muy tentadora. Prácticamente, el inevitable puente para que se materialicen mis planes y mejore ostensiblemente mi economía.

Mi decisión de abandonar la vida de escort es totalmente firme. Mi viaje con Macarena será, posiblemente, mi último trabajo, mi despedida. No hago más que decirme que el trabajo de entrenador de fútbol en ese club del pueblecito cercano a donde quiero ir a vivir, y el de comercial de productos deportivos para gimnasios, puede catalogarse como de un buen comienzo para iniciar esa vida alejada del sexo de pago. Y lo veo posible, tengo fe en mí, en Vicky y que todo salga razonablemente bien. Seguramente sufriremos problemas, alguna estrechez y habrá momento en los que experimentemos algún tropiezo o se nos torcerá algo. Ambos tenemos experiencia en pasarlo mal, en tragar con cosas que no nos apetecen y tirar hacia adelante. 

Pero tengo otra meta. Aunque suene estúpido y algo inocente, es entrar a formar parte de la plantilla de profesores de uno de los colegios que existen por los alrededores, y dedicarme a los niños. Me parece una buena opción después de haber perdido a mi hijo. No pretendo intercambiar mi cariño ni el recuerdo, pero me digo que es una manera de ser un poco más feliz y seguir teniendo presente la imagen de ese hijo muerto en edad tan tierna. Lo único malo, y que debo mantener a toda costa en secreto, es que mi pasado continúe siendo inexistente; que esté fuera de las miradas y preguntas de padres y madres. Es prácticamente imposible que un antiguo escort, por mucho que se haya reciclado y abandonado su anterior vida, pueda dar clases de educación física y deportiva en un colegio, a unos niños.

Vicky, en cambio —tampoco ha podido buscar nada de forma exhaustiva por los clientes que ha ido teniendo estas semanas— aún no tiene nada cerrado en concreto. Prefiere primero prepararse algo más en el sentido académico. Estudiar su ansiada carrera de Periodismo, incluso algo de Marketing o Comunicación, y mientras, trabajar en algún medio o revista de la zona. Otra opción que últimamente le ha surgido, es la de estudiar y hacerse fisioterapeuta o quiropráctica. Creemos que tiene futuro y se podría acoplar con mi clientela de entrenos personalizados. Yo le quiero convencer de ello y creo que ella también va viendo que, aunque su sueño sea ser periodista, es más práctico esto. Pero no tiene decidido definitivamente qué hacer. Ambas opciones le atraen y las dos, es cierto, pueden funcionar.

En fin, estamos ilusionados porque nuestros planes van cobrando forma. Por ahora, ambos tenemos asegurados dos clientes que nos van a tener ocupados un buen tiempo del verano. En mi caso, al menos una semana completa. Macarena ha decidido llevarme con ella a un viaje de vacaciones a la costa de Amalfi, cerca de Nápoles, aprovechando que yo, además, me defiendo en italiano. Lo aprendí a hablar por la madre de mi hijo fallecido. Aunque mi cliente no sabe nada de este tema, por supuesto.

En el caso de Vicky, ese hombre, amigo de Nuria, también le ha ofrecido, tras esa noche y hablar un par de veces por teléfono y en conexión de imagen por el portátil, algo parecido a lo mío. En su caso, no es desplazarse de viaje como un acompañante.  En concreto, es irse a su chalé en Cádiz y pasar, en principio, unos días y sus noches, con él. Si la cosa funciona, podría alargarse más, hasta finales de agosto.

Ese hombre acostumbra a contratar chicas jóvenes, de aspecto normal o y convencional, a las que hace pasar como sus novias o conquistas veraniegas ante sus conocidos de la zona. No quiere levantar sospechas ni rumores. No es, por lo que me refiere Vicky, un hombre excesivo, ni opulento. Más bien, lo contrario. De habla pausada, tranquila, y según ha podido comprobar, culto y viajado. Busca, en realidad, compañía. Y sexo, por supuesto, pero, aunque sea mercenario, le gusta pintarlo de convencional y que parezca todo lo contrario a lo que en realidad es.

En fin, yo no soy quién para criticar a nadie y si eso a él le satisface y nos hace ganar un buen dinero sin daños colaterales, ni cometer adulterios o engaños, casi mejor. Es generoso y paga bien, casi mejor que Macarena, que ya es decir mucho.

Esta noche va a ser la última que nos veamos, al menos, hasta la segunda quincena de agosto. Aquel mes ha empezado caluroso, con sensación de aplastamiento por el sol, sobre todo en las horas centrales del día. Ambos estamos, por una parte, deseando que se termine el verano y ver de verdad las posibilidades que se nos presentan. Si Vicky necesita algo más de tiempo y si podemos ejecutar lo planeado.

Por eso, por una parte, me apetece salir de viaje. Aunque, preferiría que todo estuviera ya normalizado y ahorrármelo. Y que Vicky y yo fuéramos los que disfrutáramos de unas vacaciones, y que ella no tuviera que ir a la casa de aquel hombre en Santi Petri.

Macarena es una mujer de personalidad demasiado divina y con un altísimo concepto de sí misma. Excesivamente permisiva y tolerante en sus apreciaciones propias, y muy tajante y peyorativa en las que emite hacia el resto. Pero, como me digo en los momentos en que siento que entre ella y yo solo hay la química justa, paga muy bien. Puede, en ese momento, mi veta de sexo mercenario, por así decirlo.

Mañana debo coger un avión hasta Nápoles. Ella me espera allí, porque ha ido con una amiga un par de días antes para hacer compras y tomar posesión de la villa que ocuparemos. Por las fotos, una encantadora mansión sobre un acantilado que da al mar. Las vistas parecen espectaculares y se me presenta, al menos sobre el papel, una semana interesante.

Pero me da lástima dejar a Vicky. Empiezo a sentir por ella mucho. No solo estoy a gusto con su compañía, sino que me complementa de una forma clara y tranquila. No quiero transmitirle todo esto cada día porque podría presionarla. Sus experiencias sentimentales han sido muy malas y sé que le cuesta creer en las parejas. Pero estoy convencido de que ella también me quiere…

Yo, desde luego, sí. Pero hasta ahora, y aunque suene extraño, no tenía muy claro qué es enamorarse. De la madre de mi hijo fallecido, dudo de que lo llegara a hacer, porque fuimos demasiado rápido en el camino hacia el embarazo no deseado. Y, a partir de ahí, todo prisas y malas o complicadas decisiones.

De jovencito, siendo adolescente, salí con bastantes chicas. Lo mismo que cuando ya tenía veintitantos y en mis inicios de modelo, aunque fuera una carrera sin recorrido y muy corta. Pero no puedo decir que, por ninguna, a pesar de la belleza de algunas de ellas, fuera amor lo que sentí por ellas. En cierta manera me apena que sea así, porque puedo dar la sensación de un hombre poco sensato, mujeriego y superficial, cuando creo que, en realidad, soy todo lo contrario. Pero tampoco debo ocultar la verdad.

Miro a Vicky. Está masticando suavemente algo de jamón y pan. Bebe un pequeño sorbo de la copa de vino. La veo respirar y cómo su pecho se expande un poco. Luego, exhala con tranquilidad y se sacude ligeramente los dedos con los que ha cogido el pan y el jamón. Esos simples gestos me gustan. Me recuerdan a cuando era niño, a una vida normalizada, sin llamadas de teléfono de clientes para quedar furtivamente en algún hotel. Sin tener que acudir cada dos semanas a hacerte pruebas y test de enfermedades de transmisión sexual. Y hacerlo en lugares alejados de donde vives para que no te reconozcan o la gente hable.

Me recuerda a una vida en la que las preocupaciones son las típicas y corrientes. Donde un abrazo significa algo. Un beso te puede hablar más que cualquier palabra, y una mirada significar una vida entera.

Sigo mirándola sin que ella se percate. Su perfil, silueteado en el primer anochecer, sin los contornos exactamente definidos y con la justa oscuridad que hace misterioso lo normal.

Vicky se gira y me observa.

—¿Qué me miras? —me dice con una sonrisa.

Niego lentamente. Sonrío yo también y estiro las piernas hasta casi rozar con mis pies los suyos. Veo el brillo de sus pupilas atentas a las mías.

—¿Dime? —insiste elevando un poco las cejas—. ¿Tengo alguna mancha o algo? —Empieza a mirarse la camiseta y a arrugar un poco el gesto al no encontrar nada en su ropa— No me seas cabrito y dime qué me miras.

—Te miro a ti… —susurro.

—Joder, tío, me has asustado… —se recuesta en la silla y de inmediato se ríe. Ahora es ella quien se me queda mirando—. Eres muy guapo… —me dice con un brillo en sus pupilas que acompasan su tierno tono.

—Tú sí que eres preciosa… —le contesto acercando mi mano hasta coger la suya.

Nos quedamos un momento en silencio. En el plato, solo dos lonchas de jamón. Ya no hay pan, y las copas de vino están casi finalizadas. Nos acariciamos con los dedos.

—No sabes lo que me gustas, niño… —me dice cerrando los ojos y negando ligeramente con la cabeza.

—No. No lo sé.

—Mucho. No sé si demasiado… —Su tono ha ido bajando hasta casi susurrar la última sílaba.

—Nunca es demasiado.

—Nunca nadie me ha gustado tanto… —vuelve a decir en ese tono tan bajo y con los ojos de nuevo anclados en mi mirada.

Entonces, tiro suavemente de su mano hasta que ella se levanta y se queda de pie, frente a mí. Lleva una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos. Sus piernas, largas, morenas y torneadas, se extienden casi sin fin. Observo su figura, su cara, su mirada… Hago que se siente en mis piernas y entonces, cogiéndole la cara la beso suavemente. Una, dos, tres… muchas veces…

—Es la primer vez que estoy así con alguien —le contesto muy bajito—. Y no podría estar mejor…

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