DEVA NANDINY

Para mi marido decirme que me dejara llevar, era más sencillo que para mí poder hacerlo. Mi antipatía por Don Ramón no me dejaba sentirme tentada a llegar más lejos, que hasta donde ya habíamos llegado. Era como el final de un corto viaje. Lo sentía por Enrique, pero no iba a joder con un hombre simplemente porque a él le diera morbo.

«El coño es mío y se lo ofrezco a quien a mí me apetece. Si quiere ver a su jefe follando, que se lo lleve de putas», pensaba más cabreada conmigo misma que, con mi esposo. Sobre todo, por haber manifestado que estaba de acuerdo con que volviéramos a quedar con él, para dentro de dos fines de semana.

Yo estaba demasiado enganchada a Iván, el jovencito que era a su vez el mejor amigo de mi hijo. Sabía que esa relación mi marido no la contemplaba con buenos ojos. De alguna forma me censuraba haberme dejado llevar tan lejos, para acostarme con un crío de dieciocho años que, además, podía quebrantar mi relación con mi propio hijo.

A veces esa desaprobación que Enrique me mostraba con alguno de sus comentarios, me hacía sentir avergonzada. Incluso, llegaba a cuestionarme si en realidad era una buena madre.

Pero había otros motivos por los que desconfiaba que mi relación con el chico, no era del agrado de mi marido. En primer lugar, verme tan enganchada a él, sin ser capaz de disimular.

Sin embargo, estaba segura de que existía otra causa más egoísta por su parte, el hecho de saber que no podría estar presente observando como me follaba el chico, de alguna manera, hacía que menguara su propio interés.

No culpo a Enrique por ello, habíamos denominado mis relaciones adúlteras con otros hombres, como juegos de pareja, y con Iván estaba claro que jugaba yo sola.

Sin embargo, como no tenía intención de cortar mis encuentros con el muchacho, por lo menos de momento, mi subconsciente de alguna forma me obligaba a seguirle el juego a mi marido. Siendo como una especie de recompensa, por dejarme jugar ese partido sola.

De no haber estado yo liada con Iván, reconozco que jamás hubiera accedido quedar con un hombre, que no despertaba en mí ningún tipo de interés.

«Permíteme seguir follándome al chico, y yo a cambio, intentaré dejarme llevar un poco, con el morboso juego que te traes con Don Ramón», es como si entre ambos hubiéramos establecido una especie de pacto tácito que, a pesar de no haberlo hablado, ambos sabíamos de su existencia.

El fin de semana con Iván fue absorbido por el paso del tiempo, quedando tan solo en un recuerdo, una especie de sueño. Con la extraña sensación de que a veces el tiempo pasa demasiado deprisa.

Ese sábado Don Ramón nos había invitado a cenar a un restaurante. Me pasé la tarde pensando como vestirme. Por un lado, no quería ir demasiado llamativa. Creyendo que tal vez si no vestía demasiado provocativa, pasaría más desapercibida para el jefe de mi marido. Por otro lado, mi parte más coqueta y femenina, se negaba a no hacerlo de forma sexi. También estaba Enrique, al que no quería defraudar ya antes de salir de casa.

Al final, después de irme de compras durante un par de horas, me decidí por una corta falda blanca, y una preciosa camisa con un llamativo escote en forma de pico. Rara elección ahora que lo pienso, pues al ser una mujer de tez bastante clara, siempre me suelen sentar mejor los colores fuertes y oscuros.

De camino al restaurante, Enrique y yo apenas hablamos. Supongo que él notaba mis nervios y opinaba que el mejor modo de atenuarlos sería el silencio. Sin embargo, le notaba un extraño semblante que, si bien no sabía identificar del todo, algo me indicaba que estaba contento.

—¿Habías estado alguna vez en el restaurante al que vamos? —Pregunté curiosa.

—Sí, previamente a conocerte iba con frecuencia —respondió—. A Olga le encantaba cenar allí.

—Que casualidad que ahora sea su padre el que nos invite al mismo restaurante —respondí desconfiada.

—No creas que es tanta casualidad —contestó mi esposo intentando eliminar cualquier tipo de recelo por mi parte—. En realidad, el dueño del local es muy amigo de la familia. Supongo que incluso Ramón le ayudó económicamente tiempo atrás.

El restaurante no me pareció al principio demasiado lujoso, pero si resultaba muy acogedor. Un atractivo metre que reconoció y saludó a Enrique de forma afectuosa, nos indicó amablemente que Don Ramón ya nos estaba esperando.

Al verlo me quedé perpleja. El viejo estaba acompañado por una mujer morena de unos cuarenta años, a la que no había visto en mi vida.

«¿Cómo tiene la cara dura de venir con una de sus putas?» Pensé un tanto desconcertada.

Don Ramón se levantó de su asiento y me saludó de forma cordial. Dándome dos besos en las mejillas, tal y como hacía siempre, acercándose peligrosamente a la comisura de mis labios.

—Olivia. Estás preciosa, como siempre.

—Gracias, —respondí formalmente.

Contemplé que Enrique estaba saludando a la acompañante de Don Ramón de un modo bastante familiar. Eso me indicaba que ya la conocía de antes.

—Mira Olivia, ella es Carmen, —me presentó Don Ramón, por fin a su pareja.

La mujer parecía algo tímida, era como si su mirada tratara de esquivarnos, tanto a Enrique como a mí.

—Encantada, Carmen, —dije educadamente dándole un par de besos.

—Igualmente, Olivia, —respondió sin apenas levantar los ojos del suelo, como si estuviera avergonzada por estar allí con Don Ramón.

No era una mujer excesivamente bella, pero me pareció que tenía cierto atractivo. Vestía de una manera sumamente discreta, con una falda larga y una blusa, algo que me sorprendió para una querida del viejo. La típica ropa, que una mujer casada de mediana edad, puede llevar para asistir a una reunión en el colegio de sus hijos.

También iba muy poco maquillada, sin gracia. Como si no quisiera sacarse todo su potencial o atractivo. Me fijé, que a pesar de intentar disimular su pecho con una blusa dos tallas más grandes, se intuía debajo, un generoso busto.

Por fin nos sentamos a la mesa sin que la chica despegara apenas los labios. De vez en cuando miraba un móvil que mantenía sobre la mesa.

—Es que tengo dos hijos, y estoy pendiente de que se duerman, —dijo como disculpándose.

—Qué casualidad. Yo también tengo dos, —comenté intentando entrar en conversación

Ella pareció por fin mirarme a la cara, como si el hecho de que ambas fuéramos madres, nos uniera en un vínculo algo más cercano. Nos es la primera vez que me pasa algo así con una mujer.

—Los míos tienes dos y cinco años, —comentó por fin dibujando una tímida sonrisa en sus labios, que hizo que por un segundo se le iluminara la cara.

—Por el contrario, mis hijos ya son casi hombrecitos. El mayor tiene dieciocho y el pequeño casi dieciséis.

La cena fue transcurriendo de manera divertida, sin ningún tipo de insinuación por parte de Don Ramón hacia mí, por lo que hasta ese momento me sentí bastante cómoda

El jefe de mi marido parecía que solo tenía ojos esa noche para Carmen. Sin embargo, aunque parecía que entre ambos existía cierta confianza, cada vez que el jefe de mi marido hacia cualquier gesto de acercamiento físico o comentario subido de tono, Carmen escondía la mirada, como sintiéndose intimidada o ruborizaba.

No le di demasiada importancia, pensando que tal vez, Carmen era de esa clase de mujeres que se avergüenzan por salir o por mantener cualquier tipo de relación, con hombres casados.

Después de los postres, la mano de Don Ramón pasó a detenerse directamente sobre los muslos de la mujer. Primero sobre la tela de su falda, pero no tardó demasiado en introducirse debajo de ella. Carmen, a pesar de estar tensa, se dejaba toquetear sin atreverse a decirle nada.

—Abre un poco las piernas, —escuché como le susurraba Don Ramón acercándose a su oreja.

Ella no comentó nada al respecto. Sin embargo, pude notar como sus mejillas se ruborizaban. En ese momento me miró un instante, se la veía abochornada.

Yo miraba la escena atentamente, y observé a continuación como de forma lenta y desganada abrió sus piernas, para permitir así, que la mano del viejo sátiro alcanzara posiciones más adelantadas entre sus muslos.

—Carmen es una mujer espléndida, —me indicó Don Ramón mientras la manoseaba delante de nuestros propios ojos.

—No me cabe duda, —respondí.

—Es algo tímida, pero a la vez es muy disciplinada, —añadió Don Ramón mirándome a los ojos—. ¿Verdad Cariño? —Preguntó a Carmen sin apartar sus ojos de los míos.

—Sí, claro, —respondió la mujer en un tono apenas audible.

—¿Lleváis mucho tiempo juntos? —Interpelé intrigada.

En ese momento me di cuenta de que Don Ramón estaba gozando con mi pregunta. Sin disimular una sonrisa en los labios, le preguntó a su acompañante:

—¿Cuánto hace cariño? ¿Cuánto hace que te follé por primera vez? —Interpeló de forma soez y fuera de lugar.

Carmen parecía una niña asustada. Creo que, durante un instante, nos hizo sentir a los tres algo incómodos. Incluso estuve a punto de intervenir y decirle a Carmen, que no respondiera, que ni a Enrique ni a mí nos importaba, cuando se habían acostado por primera vez. Sin embargo, no lo hice.

Había algo en ella que me mantenía intrigada. A pesar de expresar cierto sentimiento de vergüenza, su rostro mostraba claramente estar sintiendo placer por el tipo de humillación que Don Ramón le estaba infringiendo. Yo no era nadie para desprenderla de ese extraño sentimiento, conocía demasiado bien esa sensación como para censurarla.

—Desde la navidad pasada, —respondió ella.

—Claro… —Manifestó disfrutando de la situación, como si comenzara a recordar—. Fue nuestro primer viaje juntos. La ciudad del amor. Fuimos a París. A ella le hacía ilusión follar cerca de los Campos Elíseos. Pensaba que, si se la metía en un lugar romántico, tal vez sería menos humillante para su esposo. Qué viaje… —Expresó, como intentando recordar ciertos escabrosos detalles.

—¿Conoces París? —Preguntó Carmen como intentando eliminar la parte ordinaria del comentario de su viejo amante.

—Sí, he estado alguna vez. Es una ciudad preciosa, —contesté intentando abrir la conversación con ella.

—Fue mi primer viaje fuera de España, las próximas navidades Ramón me ha asegurado que nos iremos unos días a Nueva York, —comentó intercambiando una mirada con el viejo.

—¡Vaya! —Exclamé—. Es una visita que tengo pendiente. Soy muy cinéfila, sin duda para mí será una forma de recordar muchas películas que se rodaron allí.

Mientras hablábamos, yo no dejaba de observar como la mano de Don Ramón toqueteaba a Carmen sin ningún tipo de pudor. La mano del viejo ascendía sobre sus muslos de manera vertical, reptando como una serpiente, hasta llegar a la parte más deseada de ella. Seguramente en esos momentos, la yema de sus dedos, estarían rozando ya la tela de sus bragas.

Mientras tanto, Don Ramón me miraba y no dejaba de sonreírme. Pero no se trataba de una sonrisa afable. No podía evitar mostrar un semblante retorcido y morboso. Mientras la cara de Carmen, pese a intentar seguir la conversación como si nada, era un verdadero poema.

Conocía de sobra el significado de los gestos de ella mientras hablábamos de futuros y pasados viajes. Por un lado, estaba excitada, entregada a las caricias del sátiro de Don Ramón, por el otro, se sentía cohibida. Avergonzada por estar dejándose meter mano a la vista de todos.

Reconozco, que en esos momentos muy a mi pesar comencé a mojar mis bragas. Me hubiera gustado tener arrestos suficientes para levantar su larga falda, que envolvían y tapaban completamente las piernas de la mujer. Me hubiera encantado contemplar los dedos del jefe de mi marido, tocando, acariciando la más que probable húmeda vagina de Carmen.

La recordaba bailando en ese video que me había mostrado Enrique un par de semanas antes, donde se contoneaba con mi minúsculo tanga puesto. Ese, que mi esposo le había regalado a su jefe.

En el video, Carmen mostraba un cuerpo espectacular, rozando la madurez, pero aun en su total plenitud. Sin embargo, la ropa no le hacía justicia. Vestida de un manera tan conservadora e incluso puritana, que se intuía un cuerpo menos esbelto.

—Quizá es hora de que nos marchemos al reservado a tomar una copa, —sugirió a mi lado mi esposo, que apenas había hablado a lo largo de la noche. Estando más pendiente de mis reacciones, que del espectáculo que su jefe y su amante, nos estaban ofreciendo frente a nosotros.

—¿Te apetece, Carmen? ¿Quieres que tomemos una copa? —Preguntó Don Ramón sacando por fin la mano de entre sus piernas.

—Sí, —respondió ella de manera rotunda.

—¿Le has dicho a Juan Manuel que pasarás la noche conmigo?

—Así es, pero le prometí a Juanma que llegaría a casa antes de que los niños se despertaran, —respondió Carmen mirándole a los ojos, como queriendo dejar claro que ese punto era importante para ella.

—No te preocupes, te dejaré libre previamente a que tus hijos despierten.

—Gracias, —respondió la mujer de forma casi servil.

—Olivia, —mencionó mi nombre Don Ramón, volviéndome a mirar a los ojos—. Es lo malo de tener amantes. Te las llevas de viaje, les compras regalos caros, las invitas a cenar a los mejores restaurantes… Sin embargo, al final terminan marchándose a casa con sus cornudos maridos, dejándote otra vez solo.

No respondí. Sin embargo, nunca me hubiera imaginado que Carmen estuviera casada, se la veía tan recatada… Me había hecho la equivocada idea de que sería la típica mujer recién separada, con los hijos aún pequeños.

No obstante, ese hecho hacía que la mujer que había bailado con mi tanga puesto de un modo tan sensual, me resultara aún más enigmática e interesante.

Sentí la mano de mi marido agarrándome por la cintura, mientras nos dirigíamos a uno de los reservados del restaurante a tomar una copa. Sin duda hubiera preferido habernos ido a bailar y a divertirnos, algún pub del centro.

El reservado era una estancia pequeña, un sofá de imitación a cuero de forma redondeada, con una mesita al lado. Junto a ella había un timbre que servía para llamar a uno de los camareros, y un mando a distancia para encender la pantalla de televisión, que había frente a nosotros.

Todavía estaba el camarero presente sirviéndonos la copa, cuando Don Ramón ya besaba apasionadamente a Carmen. Yo miré al chico, como pidiéndole disculpas por el comportamiento de nuestros acompañantes.

—¿Te gusta verlos? ¿Verdad? —Me preguntó susurrándome mi marido al oído, mientras comenzaba a besarme el cuello.

—Ya sabes que me encanta admirar como una pareja se lo monta, —respondí—. ¿Lo tenías preparado? —Interpelé a mi marido, estremecida al sentir su boca recorriéndome el cuello.

—¿Quieres unirte a ellos? —Murmuró acercando su boca a mi oído.

—Estoy cachonda. Sin embargo, vas a tener que trabajártelo algo más, —le aseguré riéndome.

Mientras, no dejaba de advertir como la mano de Don Ramón se colocaba de nuevo entre las piernas de la mujer, dejando ahora su falda algo más levantada, exponiendo una pequeña parte de los muslos de ella a la vista de todos.

Entonces fue el propio Enrique el que, sin dejar de observar todas mis reacciones, agarró la tela de la falda de Carmen, y comenzó a subírsela. Como intentando subir el telón de la preciosa función que yo contemplaba excitada.

No obstante, ella al notar la mano de mi esposo, intentó impedírselo, tirando de la tela hacia abajo, mientras no dejaba de besarse con Don Ramón. Pero el viejo le dijo algo, que yo no logré entender. Sin embargo, esas palabras fueron como una especie de bálsamo para que Carmen, retirara la mano en el acto, y dejara que mi esposo dispusiera de su falda. Entonces Enrique volvió a insistir, dejando ahora sí, a la vista completamente sus desnudos muslos.

Quedé enormemente sorprendida al comprobar que debajo de ese puritano y discreto atuendo. Carmen pudiera vestir de una manera tan erótica y sugestiva. Recorrí con la mirada toda la longitud de su pierna, vestida con unas medias blancas. Sobre su blonda de precioso encaje, se intuía un exquisito liguero, que desaparecía oculto debajo de la tela de su remilgada falda.

Ese contraste, de contemplar a una mujer vestida de forma tan austera, casi beata, y contemplar todo el fuego y erotismo que escondía debajo, me dejó perpleja.

Sus piernas no eran perfectas, sus muslos no eran largos, algo regordetes. Sin embargo, no sé muy bien la razón por la que me sentía tan atraída por ellos. En ese momento los encontré hermosos y seductores.

Me sentía deseosa de tocarlos, palparlos, besarlos, lamerlos, llegar hasta ese deseado y semi oculto liguero. Envidiaba las manos del viejo que no dejaban de sobarla.

—¿Te gustaría tocarla? ¿Verdad? —Me preguntó Enrique como si me leyera el pensamiento.

Yo lo miré a los ojos y moví afirmativamente la cabeza.

—¿Conoces a Juan Manuel, el gordo de la sección de contabilidad?

Me quedé pensando unos segundos, intentando hacer memoria.

—Sí, —respondí por fin en voz baja

—Carmen es su mujer, —me confesó Enrique—. Bueno, además de ser la querida de Don Ramón.

Me quedé perpleja, pero fascinada a la vez. Mientras, en esos momentos la mano de Don Ramón se intuía por los gestos de la mujer, que estaba acariciando su vagina, tal vez follándosela. Ella con las piernas semiabiertas se dejaba tocar sin reparos. Mientras se removía sentada sobre el sofá, tremendamente cachonda.

Entonces me puse a horcajadas sobre mi marido y comencé a besarlo, deseosa de sentir sus manos sobre mi cuerpo. Quería, necesitaba imperiosamente sentirme tan deseada, como yo anhelaba a Carmen.

Estábamos tan juntas, que incluso me parecía poder percibir el calor de su hermoso cuerpo. Mientras, besando a mi marido sentada a horcajadas sobre él, podía intuir su pene erecto rozándome la entrepierna. En ese momento, no aguanté más, coloqué mi falda subiéndola completamente para arriba, buscando sentir con mayor intensidad ese contacto, sin importarme en absoluto, que Don Ramón pudiera verme las bragas.

A pesar de haber tenido por fin la necesidad de mostrarme activa, deseosa de sentir la entrepierna de mi marido, no podía evitar mirar de reojo a mi derecha.

Los dedos de Don Ramón perforaban sin disimulo el coño de Carmen que, pese a la música ambiental del pequeño reservado, se podía escuchar perfectamente el chapoteo que producían esos dedos, al entrar y salir de manera incesantemente de su húmedo chochito.

—¡Tócala! —Me invitó mi marido—. Carmen está en estos momentos tan cachonda, que ni siquiera se dará cuenta.

Yo lo miré a los ojos, seguramente con mirada viciosa. Deseaba acariciarla. En ese momento me atreví por fin hacerlo, posando tímidamente una de mis manos sobre su rodilla, como intentando esperar su reacción hacia mi impúdico gesto.

Ella siguió entregada al viejo, creo que ni tan siquiera se dio cuenta en ese momento. Poco a poco, muy lentamente mis dedos comenzaron ascender sobre sus rechonchos muslos. Recorrí entonces el encaje de su blonda, hasta llegar a la unión del tirante del liguero.

Ese endiablado liguero que seguía oculto, y que me tenía tan ensimismada.

En ese sublime momento que estaba a punto de hacer algo que deseaba de forma incesante, subí lentamente mi mano, saboreando cada centímetro de pierna que escalaba. Acariciando ya de forma directa su piel.

—Desabróchate la camisa si quieres que te deje seguir tocándola, —escuché decir claramente a Don Ramón, como si en realidad ella le perteneciera.

Yo me quedé quieta, sin saber muy bien si me lo estaba diciendo a mí. Entonces los miré. Don Ramón mantenía sus dedos, ahora quietos, parados en el interior de la vagina de la dócil y obediente mujer.

Ella sonreía tímidamente, como orgullosa de que yo no hubiera podido controlarme en tocarla. Su semblante estaba totalmente enrojecido, seguramente por la enorme excitación y fogosidad que sentía.

—¿Te apetece tocarla? ¿Verdad? ¿Quieres que la desnude para que puedas observarla? —Como si fuera el mismo Diablo, que conocía mis puntos débiles, comenzó a tentarme.

No respondí, me sentí avergonzada. Sin embargo, fue el propio Enrique el que sin comentar nada comenzó a desabrochar con calma los botones de mi camisa. Yo simplemente dejé que mi marido me desnudara para su jefe.

No me importaba enseñar mis tetas a cambio de verla a ella. Incluso en ese momento me pareció justo hacerlo. Al no llevar sostén, poco a poco, mientras mi esposo desabotonaba mi estrecha camisa, mis voluminosos pechos comenzaron a escaparse hacia fuera.

—Hermosos… ¿Verdad? —Preguntó mi marido sacándome completamente la camisa.

—Olivia, —expresó Don Ramón intentando llamar mi atención—. Gírate para que pueda contemplarte.

Dudé un segundo, no sabiendo muy bien si me apetecía mostrarme tan entregada, exponiendo totalmente mis senos ante los viciosos y perversos ojos del viejo.

—Te aseguro que a continuación de que me enseñes las tetas, Carmen se desnudará para que podamos admirarla los tres ¿Verdad, cariño? —Le preguntó Don Ramón.

Ella pareció mover afirmativamente la cabeza, en un gesto que no pude observar.

—Vamos, no seas tímida, responde para que Olivia pueda oírte. ¿No adviertes que está que se derrite por verte desnuda?

—Sí, —Escuché decir a Carmen—. Me desnudaré para que pueda verme, —confirmó entre pequeñas risas.

Entonces me giré, no sé si lo hice porque en realidad me apetecía exhibirme mostrando mis pechos, o por el morbo de observar a Carmen desnuda.

—Preciosas, —manifestó Don Ramón sin quitarles ojo.

—Gracias —respondí mirándolo por primera vez durante toda la noche de forma directa.

Entonces Don Ramón sacó por fin su mano del sexo de Carmen.

—Ponte de pies y desnúdate, para que Olivia pueda contemplarte.

Ella obedeció de forma disciplinada, se puso de pies y la verdad sin demasiada gracia, debido seguramente a su timidez, comenzó a contonearse. Poniéndose frente a mí y a mi marido. Yo me giré descaradamente, no queriendo perderme, ni uno solo de sus gestos. Había pagado mostrando mis tetas al viejo, y por supuesto, ahora pensaba cobrarme mi recompensa.

Por fin se deshizo de la horrible falda, que cayó al suelo como una inmensa sábana. Quedando expuesto ante mis hipnotizados ojos, su maravilloso conjunto de medias, bragas y liguero. Todo en colores blancos, que destacaba sobre su piel oscura, como un oso polar en un desierto de arena.

—¿Te gustaría follártela? —Me preguntó mi marido al oído

No contesté. Era obvio que la respuesta era afirmativa. Sin embargo, no me apetecía escuchármela decir a mí misma. Carmen, sin llegar a ser una mujer bella, ni tener ni mucho menos un cuerpo perfecto, trasmitía cierto encanto que me mantenía hechizada.

Me he acostado con algunas mujeres, pero nunca me he considerado una mujer bisexual. Opino que, para serlo te tienes que sentir atraída a un cincuenta por ciento por ambos sexos, sin embargo, en mi caso me gustan tanto los hombres, que esa atracción por el sexo masculino desnivela por completo la balanza.

Permanecí atenta, observando como desabrochaba cada botón de su blusa. Hasta desprenderse de ella y arrojarla al suelo junto con su falda.

Ella se quedó así parada, como dando por finalizado el erótico y corto espectáculo con el que terminaba de deleitarme. Esperando seguramente indicaciones por parte de Don Ramón. Él pareció entenderlo y se levantó del sofá disimuladamente, en ese momento pude vislumbrar un enorme bulto oculto bajo sus pantalones.

Luego se colocó detrás de ella. Desde esa posición, rozaba su paquete de forma libidinosa, por lo que se me antojaba que sería un enorme culo, y comenzó de forma sorprendentemente delicada, a desabrochar su blanco e inmaculado sostén.

Posando sus labios sobre el cuello de la mujer, nos descubrió ante nuestros expectantes ojos, unos exuberantes y profusos pechos, que cayeron hacia abajo una vez se vieron liberados del sujetador.

Entonces tiró el sostén a mi lado, yo lo recogí como si fuera un salido espectador en un vulgar salón de striptease. Estaba caliente.

Don Ramón, de manera tremendamente exquisita y elegante, tomó sus pechos, cogiéndolos desde atrás con ambas manos, como intentando inútilmente contenerlos y abarcarlos. Pero estos eran enormemente voluminosos.

Yo estaba sentada sobre las rodillas de mi marido, cuando el viejo se acercó hasta nosotros. Haciéndome un gentil gesto, me tendió su mano para que me levantara. Yo dudé un instante, y él pareció notar mi zozobra.

—Tranquila Olivia, no voy a hacerte nada, te lo prometo. Te juro que jamás tocaría a una mujer sin que ella lo desease.

Sus palabras me convencieron. Me levanté al instante mientras él me llevaba de la mano, situándome frente a Carmen. La noté con esa dosis justa de timidez y excitación que tanto interés me había despertado.

—¡Besaros! —Exclamó Don Ramón en tono seco, casi despótico, como si sus deseos en realidad tuvieran que ser incuestionables para nosotras.

Esta vez fue ella la que pareció más interesada. No sé muy bien todavía, si me besó obedeciendo a su amante, o porque de verdad deseara hacerlo.

Tuve que agacharme un poco, pues le sacaba más de media cabeza de altura, pero sentí esos labios tan sedosos y esponjosos; tan suaves y tersos que solo he sentido con otras mujeres. Esa forma de besar, tan delicada que te permite saborear cada contacto. El sexo entre nosotras siempre es mucho más lento, por lo menos yo así lo percibo.

Fue un beso calmado y largo, lleno de tacto y humedad. Su lengua entró en contacto con la mía, sin mostrarse tan tímida como su porteadora.

Entonces noté sobre mi cuerpo unas manos invasoras, que sabía de sobra que no eran las de ella. Carmen me tenía agarrada por la cintura, mientras yo a ella la rodeaba por el cuello sin dejar de besarnos apasionadamente.

Me dejé tocar, mientras me desprendían de mi falda, que permanecía amotinada sobre mi cintura. Sentí como alguien la obligó para que se desprendiera hasta el suelo. Luego escuché el sonido inconfundible que produce una cremallera al bajar, ese ruido que he provocado tantas veces en muchos hombres.

No quise abrir los ojos, pero sabía que Don Ramón, mi marido, o incluso ambos, se habían bajado la cremallera, y tal vez estarían masturbándose a nuestro lado. Me daba igual, lo único que no quería, era dejar de sentir esos maravillosos labios pegados, absorbiendo con finura y sutileza los míos.

Liberada de mi falda sin saber muy bien por quién, me pegué casi de forma inconsciente a Carmen. Rozando mi entrepierna contra la de ella, buscando el caliente y sensual contacto de su cuerpo.

En ese momento, cogí sus grandes pechos, y abandonado por unos minutos esa boca que tanto había deseado, comencé a besarlos. La punta de mi lengua buscó endurecer unos pezones, mucho más oscuros que los míos.

Abrí los ojos un momento, y pude observar lo que ocurría a mi alrededor. Fue la primera vez que vi la gruesa polla del jefe de mi marido. Estaba completamente desnudo, masturbándose junto a nosotras, sin perderse un solo detalle del morboso espectáculo que ambas mujeres le estábamos regalando.

Enrique también se masturbaba. Sin embargo, en su caso permanecía vestido. Mi marido sacaba su verga por la bragueta. Continuaba sentado en el mismo lugar que tan solo hacía unos minutos había compartido conmigo.

—¡Olivia! ¿Quieres follártela? Carmen es una mujer verdaderamente complaciente. Hará y se dejará hacer todo lo que tú quieras. ¿Verdad, cariño?

—Sí, —afirmó ella de manera rotunda.

—Está bien, —asentí, vencida por mi propio deseo—. Pero no quiero que me toques. Podrás mirar y hacerte las pajas que quieras, o esperar que yo termine y follártela a continuación. Pero a mí no me toques, —expresé ásperamente, primero mirándolo a él, y a continuación a Enrique.

Mi marido me hizo un gesto afirmativo, indicándome que no permitiría que nadie me rozara ni un pelo, sin solicitarlo yo antes.

Deseaba estar con Carmen. Solo pensaba en eso, si el peaje a pagar tenía que ser, que él permaneciera a nuestro lado masturbándose, por mí no había ningún problema. Sin embargo, no quería sentir sus viciosas manos sobre mi cuerpo.

En ese momento me mostré decidida, cogí a Carmen de la mano y le indiqué que se sentara. Ella se dejó hacer, entregándose a mí de forma obediente, como una buena perrita. Entonces metí mi cabeza entre sus muslos, y comencé a besarlos, mientras una de mis manos empezaba a palparle directamente las bragas.

Estaban empapadas, sin duda Don Ramón la había llevado al límite cuando la había estado masturbándose un poco antes.

Ahí fue cuando aproveché para desabrochar los tirantes de su liguero, bajándole a continuación las bragas. Abrís sus piernas, sin demasiada sutileza ya por mi parte. Estaba cabreada conmigo misma, por haberme dejado llevar tan lejos.

En ese instante, un hermoso e inmenso coño se plasmó ante mis ojos. Tenía unos labios vaginales enormes y sonrosados. Abrí su vagina y apunté con dos dedos, que inmediatamente se tragó hacia dentro. Entonces comencé a follármela.

Ella cerró los ojos, estirando sus piernas rígidas frente a mí.

—¡Tiene un coño hermoso! —Escuché decir a Don Ramón a mi lado.

No contesté y me tiré sobre él como apartándolo de su vista. Tenía razón el sátiro viejo, en verdad me pareció hermoso. Pero ahora era mío, y no pensaba compartirlo con nadie.

Justo en ese instante, muerta de deseo puse mi boca sobre ese grandioso sexo, y comencé a recorrer los carnosos y desmesurados labios de su espléndida vagina, absorbiéndolos en mi boca, palpándolos sin dejar de chuparlos. Luego ascendí lentamente, hasta que encontré el punto exacto de su duro e hinchado clítoris.

Sin dejar de meter y sacar mis dedos de su coño, comencé a estimular ese ansiado clítoris.

«¿Quién me iba a decir a mí un rato antes, cuando entré al restaurante a acompañada de mi marido, que iba a terminar así? ¿Comiéndole el coño a la querida de Don Ramón, mientras él y mi marido se masturban contemplando la escena?». Me pregunté interiormente.

Carmen abrió los ojos chocando un instante contra los míos. Se agarraba y palpaba con rabia los pechos, su cara estaba desencajada, podía sentir como su coño se derretía en mi boca. Yo la miraba sin dejar de lamer ese clítoris, follándome a la vez, de manera incesante con mis dedos su vagina.

—¡Me corro! ¡Qué bien Olivia! ¡Qué bien me comes el coño! —Exclamaba chillando Carmen, sin ningún atisbo ya de timidez en el tono.

Entonces pude sentir toda la intensidad de su explosivo orgasmo en mi boca. La muy cerda, sin poder aguantarse, estalló y comenzó a mearse de gusto. Inundando así mi boca y mi cara, de todos sus copiosos fluidos vaginales.

—¡Ah…! ¡Qué gusto! ¡Qué bien, me corro! —Gritaba fuera de sí, como poseída de un inmenso placer.

Una vez que terminó de correrse, saqué mis dedos de su vagina, dándole un último beso, en uno de los conejitos, que reconozco con más ganas me había comido en toda mi vida.

Ella me miró, y en sus ojos oscuros pude ver una expresión de gratitud y servilismo. «Gracias por haberme dado tanto placer, ahora te haré lo que tú quieras»

Pero solo con saber que ella ya no estaba excitada, me dejó de apetecer. Soy una mujer de gustos extraños, muy caprichosa y voluble en mis apetencias. Lo reconozco.

Entonces fui hasta donde estaba mi marido, sentándome a horcajadas nuevamente sobre él, agarré su polla ladeando mi tanga hacia un lado. Un segundo después, la verga de mi esposo estaba completamente alojada dentro de mi coño.

En ese momento cerré los ojos abstrayéndome de todo y de todos, y comencé a cabalgarlo con verdadera urgencia. Necesitaba alcanzar el clímax de forma rápida. Únicamente pensaba en correrme e irme de allí cuando antes.

—¡Voy a correrme! —Escuché exclamar a mi lado a Don Ramón, del que me había olvidado por unos instantes.

Entonces lo escudriñé, él estaba de pies sobre el sofá a nuestro lado. Lo miré divertida. Su polla era muy voluminosa, más oscura y gruesa de lo normal. Me fijé con atención, mientras él comenzaba acelerar el ritmo de su muñeca, yo aumenté a la vez, con la misma intensidad el ritmo de mi galopada sobre mi esposo. Como si ambos estuviéramos conectados de alguna manera.  

—¡Dame tus tetas! —Exigió con el mismo tono de autoridad de siempre.

Seguramente debido al alto grado de excitación que me inundaba, le hice caso. En ese momento me giré hacia él, agarrándome los pechos y juntándolos al mismo tiempo, lo miré a los ojos ofreciéndoselos.

Un segundo después el jefe de mi marido, descargaba un torrente de semen caliente sobre mis tetas. Sentir su lefa, incrementó hasta tal punto mi estado de ebullición que, comencé a correrme como autentica zorra. Mientras algunas gotas de semen seguían cayendo sobre mis pechos.

—¡Córrete perra! ¡Córrete! —Me estimulaba Enrique.

—Ah…! ¡Ah…! ¡Me corro! ¡Ah…! —Gemía yo como una auténtica loca.

En ese momento comencé a restregarme la lefa de Don Ramón, repartiéndola por mis senos. Me dio un morbo tremendo hacerlo, me sentía bañada por su leche.

—¿Es esto lo que querías? —Le pregunté a mi marido sin dejar de moverme sobre él —¿Ver como el cabrón de tu jefe se corría encima de mis tetas? ¿Has visto, que esposa más puta tiene Enrique? —le pregunté a Don Ramón, que a pesar de haberse corrido ya, no se perdía ni un solo detalle.

Mi esposo no aguantó más, un segundo después pude sentir las palpitaciones de su polla, al comenzar a correrse dentro de mi coño. Sin ningún pudor por su parte, el cornudo de mi marido comenzó a besarme los pechos, mientras descargaba la enorme excitación que sentía en mi interior.

Diez minutos más tarde, abandonábamos el restaurante. No me despedí de Carmen, ni ella de mí. Después de correrme, los minutos que permanecimos juntos mientras nos vestíamos, me mantuve con ambos bastante distante.

Ya de camino a casa, mi marido me comentó que nunca me había contemplado tan excitada, estando con otra mujer.

—¿Por qué Olivia? ¿Por qué te has puesto tan cachonda con Carmen? —Interpeló extrañado Enrique.

—No lo sé cielo, —traté de responderle—. No es que Carmen sea una mujer especialmente bella. No obstante, creo que el haberla observado bailando en el video con mi tanga puesto, ayudó a despertar mi interés hacia ella.

—¡Olivia! —Exclamó en ese momento Enrique, riéndose divertido—. Siento desilusionarte, pero la mujer del video que baila con tu tanga puesto, no es Carmen.

Media hora después, duchándome en casa, no dejaba de pensar quien era entonces la mujer que salía contoneándose de forma tan sensual con mi tanga puesto.

Continuará

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