MOISÉS ESTÉVEZ

Cerró los ojos y sopló las velas. Pensó el deseo – que la sensación de
ese instante producida por la oscuridad breve y reconfortante del momento, se
convirtiera en un hecho permanente e infinito –
No ver a nadie, estar sola, lejos de todo, de la vulgaridad, de la
monotonía, de la hipocresía, de todo cuanto odiaba y a la vez la rodeaba.
Una utopía, una quimera, un mundo donde vivir una vida menos amarga
y ponzoñosa.
Una vida en un mundo cruel e injusto al que desde la pérdida de su
amado esposo nada le unía. Cumpliría con su promesa para con él, iría en su
búsqueda…

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