SHNEY

«Me llevó tres décadas descubrir que podía encarar mi vida con una pregunta diferente. No ¿ Por qué vivo? Sino ¿qué puedo hacer con la vida que se me ha dado?»

( Edith Eger. La bailarina de Auschwitz)

Como un delgado hilillo de mercurio escapándose por entre las junturas de los dedos, así, Bárbara, se me ha ido la alegría. Pero no me siento o me veo a mi mismo como un  infeliz: aún creo que la vida es bella, con todo lo amenazante o sinsentido que nos pueda ocasionalmente parecer. Se me ha desinflado el globo simplemente. Se me ha acabado el vuelo, el impulso, y eso lo han observado mis demonios, bestias negras y afines, que, sin voz de mando se  congregaron para aprovechar la oportunidad y saciar por fin sus postergados apetitos. Los siento en mis pesadillas que han vuelto tras largos años de ausencia; los intuyo agazapados en los más inverosímiles lugares e instantes, esperando. Sé lo que esperan, por lo demás. Aprendieron que sólo deben esperar, que no es necesario hacer maniobra o lance: sólo deben esperar. El resto lo hará mi alicaído ánimo, suponen y esperan. Por mi parte, yo también  supongo y espero, aunque cosa distinta.

He pasado por esto antes, Bárbara.

He pasado por esto de sentirme caminando por la cuerda floja sin red de protección; sin la adrenalina ni la emoción de enfrentar un reto voluntario y arriesgado. Hoy, ahora como entonces, nada siento. Me es profundamente indiferente completar el trayecto de manera elegante e impecable o estrellar mi humanidad en el piso ante la mirada de los pocos espectadores que puedan haber pagado por presenciar el acto. Me da lo mismo decepcionarlos, escuchar sus abucheos o enfervorizada ovación. Me siento débil, vulnerable, confuso. Péndulo entre la rabia y la pena de sentirme tóxico para las únicas personas en este puto mundo que me importan, y a quienes, por acción u omisión hago  daño. Estoy cabreado.

Estoy cabreado de debatirme entre el deber ser y las circunstancias. Entre el deber de presentar pelea para ganarla o convertirme en espectador pasivo de mi propio acontecer y dejar que las cosas ocurran como les venga en gana y todo se vaya por el desagüe con indiferente e irrevocable parsimonia. Lo sé, no soy así, Bárbara. Eso lo tengo claro porque, además,  así me lo has dicho en las últimas sesiones que hemos tenido y cuadra con lo que siento. No soy así: estoy así.

Esa transitoriedad de suma cero  que no acaba es la que me  tiene a mal traer, intentando manotazos de ahogado o boxeador entre las cuerdas, esperando el último puñetazo o la zambullida postrera.

Miro las expresiones de mi gente, quienes me aman y amo. Me duele hasta hacer crujir las costuras del alma ver la preocupación en sus caras, tratando de buscar alguna explicación al sombrío humor y atronador silencio que me envuelve como una nube y que a ellos, por proximidad, también llega y desconsuela.

©Pangolín Insomne 2022.-

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