QWERQ

EL tintineo de la puerta alerta a ambos que alguien entra en la tienda. Ambos se separan de manera inmediata, casi como un acto reflejo.

Mi madre aprovecha el momento y se abrocha la blusa y coge la bolsa. Desde la posición en la que se encuentran, la persona de la entrada tiene dificultades para verlos.

—¿Hola? —dice una voz muy familiar. —¿Hola? ¿Hay alguien?

Ahmed, sin decir nada, maldiciéndose internamente por la posibilidad perdida, pasa por el lado de ella y sale. —Ho-hola, buenas tardes… —él sale un poco extasiado, se le nota en su físico, algo sudado. Se nota que ha estado haciendo fuerza con algo.

Mientras mi madre en el mismo sitio, duda cuando salir. Se arregla el pelo y el atuendo, no quiere que la persona que está ahí sospeche nada.

Esa persona se queda mirando a Ahmed, algo sudado, con la respiración agitada. Parece que viene de hacer algún esfuerzo, pero no le dice nada.

Desde el fondo de la tienda, mi madre intenta aparentar la mayor dignidad posible, algo más tranquila, intenta salir con paso firme de ahí, pero sabe que sale del mismo sitio donde salió el pakistaní, el cual iba sudado y acelerado. Ella espera que la persona no la conozca y no le de menor importancia para salir de ahí lo más rápido posible.

Pero justo cuando consigue ver a la persona, oye.

—¿Alejandra? —con esa voz tan dulce que le caracteriza.

—¿Verónica…? —se sorprende que sea justo ella la que ha entrado en ese momento a la frutería, maldiciéndose por dentro.

—¿Qué haces aquí? —la ve salir de ese lugar. Se queda mirándola, pensativa. Nota algo raro. —Venía a por unas peras…

—Enseguida… —dice Ahmed visiblemente alterado.

—Yo a por unas naranjas y pepinos… —intenta disimular como puede.

Pero por la mente de ella no puede pasar otra cosa que dudas. No entiende porque ella ha llegado a la frutería justo a esa hora, justo cuando ella se encontraba también allí. «¿por qué habrá ido? Qué raro todo…»

Ella llega hasta la altura de Verónica aparentando normalidad, mientras ven a Ahmed como coge las peras para Verónica y cobra todo. Ella nota como Verónica, en casi silencio observa a él y también a ella de manera interrumpida.

—Qu.. que pasen una buena tarde… —termina diciendo Ahmed sin dejar de sudar, aún nervioso.

—Gracias, hasta la próxima. —dice Verónica.

—Adiós —dice mi madre escuetamente.

Ambas salen de la tienda y se ponen a caminar. Verónica está algo callada, como si hubiese visto algo que no debería haber visto.

—Este hombre está loco. Suerte que has llegado tú, ya no sabía que hacer. —intenta excusar.

—¿Loco? ¿Quién? —dice Verónica extrañada.

—El frutero.  —dice ella —ha insistido en ayudarme a escoger los pepinos y su mirada solo iba a mis pechos, desnudándome. Lo he visto como más nervioso y excitado. —intenta inventarse ella.

—¿Ahmed? ¿pero  si siempre ha sido muy correcto y formal. —dice tranquilamente Verónica. —Aunque lo he visto un poco raro hoy…

—No me dejaba en paz en ningún momento, no sé qué le pasa…

—Siempre es muy agradable y muy atento… —intenta quitarle un poco de hierro al asunto, mientras camina con tranquilidad.

—Pues no sé qué le pasa. Pero igual no vuelvo más… —termina por decir.

—Además, está casado Alejandra. ¿No crees que igual estás exagerando?

—Bueno, quizás sean manías mías y esté confundida… —ella no está muy segura de las palabras de su amiga. Sabe que ha sido imposible que no haya pensado algo después de ver la situación que se ha encontrado.

—Hombre, si dices que te iba a violar en cualquier momento… Supongo que habrás visto algo raro… —dice Verónica sin inmutarse. —pero eso que dices es muy fuerte…

—Bueno, no ha llegado a tocarme… Era su mirada…

—¿Y de las miradas has llegado a la conclusión de que quería violarte?

—Tampoco estoy como para mirarme tanto, digo yo. —dice mientras ambas van caminando por la calle, casi ya en el portal. —Estaba muy nervioso…

—El frutero siempre es un hombre atento y agradable, me cuesta creer que haya pasado todo eso que dices… —dice Verónica en una sospechosa tranquilidad.

—Igual son imaginaciones mías Verónica. —dice mientras entran al ascensor. —Pero me alegra que hayas llegado. —le dice mintiendo. —¿Te llamo entonces para concretar lo del jueves?

—Sí, sí. Llámame. —esta vez sale del ascensor, sin darse ningún beso.

Cuando se cierra la puerta, mi madre se queda pensativa. —«Ufff… Espero que me haya creído… Al menos que no haya pensado que yo he hecho algo… pero… su actitud… es muy extraña… otras veces se habría escandalizado y me lo hubiera dicho, pero esta vez ha estado muy tranquila… no entiendo nada…»

Sumida en sus propios pensamientos, el ascensor  sube en el ascensor, hasta que para en la tercera planta, en el rellano de Don Fernando…

Llama a la puerta, no sin antes desabrocharse la blusa de nuevo.

La puerta se abre un poco. Se ve oscuro desde dentro. Hasta sale un poco de olor.

—Don Fernando, le traigo la fruta.

—Pasa —dice desde la penumbra, alejándose por el pasillo.

—¿Lo dejo en la cocina?

—Sí, déjalo donde quieras. —va directo al salón, sentándose en el sofá viejo y sucio. Pone los pies encima de la mesa, que está llena de colillas, vasos y suciedad.

Ella llega a la cocina, sin comentarle nada de sus andaduras por la frutería, recoge sus utensilios que siguen en el mismo sitio que el domingo, para llevárselos a casa. Se da cuenta de que no le hace caso.

—Alejandra, ven un momento. —oye decir desde el salón.

Ella se sorprende ante tal frase. —Voy, Don Fernando. —dice acercándose al salón. —Verá, le quería preguntar algo… —dice ella llegando donde está él en ese nauseabundo salón.

—Ven, siéntate. —le dice mientras da varias palmadas en el sofá al lado suyo sin hacerle caso a sus palabras.

Ella se sienta al lado suyo, para ello tiene que apartar unos periódicos viejos. La falda queda dos dedos por encima de la rodilla y su blusa ligeramente abierta para que pueda verlo él.

—Estoy un poco enfadado contigo. —le suelta de sopetón Don Fernando, que sigue con los pies encima de la mesa. Tranquilo. Con una enorme barriga debido a su posición.

—¿Enfadado? ¿Por qué?

—Desde ayer te he estado enviando mensajes y no me has contestado ninguno, ¿por qué?

—Le dije… que no me mandara Don Fernando… Es que se oye cuando me los manda… Y… —dice intentando ser convincente.

—¿Y? Y qué joder.

—Estoy en casa o en el trabajo… Nunca estoy sola…

—Si te mando un puto mensaje es para que me contestes. —dice serio. —Incluso si estás en una reunión en el trabajo con unos clientes importantes. Me da igual.

—Sabe de sobra que no puedo hacer eso…

—¿Me estás diciendo que no lo harás?

—No. De verdad que no. Sea comprensible. No puedo… —dice ella algo nerviosa. No enfadad por su actitud, sino intentando ser comprensiva. Por favor, no me comprometa en el trabajo.

—Ya le mandé la foto de Verónica, ¿qué mas quiere?

—Quiero que me contestes cuando te envío los mensajes, me da igual que estés en el despacho.

—Está bien… Ya lo haré en adelante… «lo voy a bloquear, pero así se quedará más tranquilo.» —Perdóneme Don Fernando.

—¿Aunque estés con clientes?

—Sí… Ya buscaré la manera…

—¿Aunque estés con tu marido en la cama?

—Por favor… No me mande de noche…

—Joder Alejandra, no me gusta nada que me lleven tanto la contraria. ¿Otra vez te estas negando?

—Está bien. Lo haré… —dice ella disimulando. —Quería comentarle lo que me ha pasado hoy en la frutería. —prosigue.

—¿Has ido a ver a Ahmed?

—Sí… —dice sin mirarle. —se ha puesto muy agresivo…

—¿Cómo que agresivo? Cuéntamelo mejor.

—Quería manosearme… Y creo que más que esto… Parecía que tuviese derecho a hacerlo, que usted se lo había dicho. —le dice buscando el cobijo del viejo.

—Joder Alejandra. Quiero que te lleves bien con Ahmed. Pensaba que serías simpática con él como te dije. Que te pusieras guapa para él.

—Bueno, él malinterpretó… Simpática fui con él… Pero…

—¿Pero qué joder?

—He ido como usted me dijo. Como estoy ahora… —dice apenada. —Él piensa que puede manosearme… Y que le tengo que dar placer si quiere…

—Él solamente va a llegar hasta donde yo le permita.

—¿De verdad quiere que sea así con él?

—¿Acaso no te comportaste suficientemente bien aquí el domingo pasado?

—Sí bueno…

—Sí o no joder. —dice el viejo poniéndose duro.

—Sí, sí. Pero era una circunstancia especial… Esto no le da derecho…

—Joder Alejandra, si sois amigos, tienes que actuar como tal. Si lo sois, tienes que dejarle que te toque las tetas. Pensaba que eran cosas que tenías claras joder.

—No lo somos… Le besé la polla… Sí… Pero no somos amigos…

—¿No? ¿Entonces no eres amigo suyo? ¿Y eres amiga mía?

—No diría que fuésemos amigos…

—¿Entonces? ¿Qué somos?

—Usted lo sabe perfectamente… —dice avergonzada, mientras el viejo sonríe. —Pero dígame Don Fernando, ¿qué le ha dicho usted? ¿qué le ha dicho de mí? ¿qué le ha dicho que puede hacer conmigo?

—Alejandra, yo decido lo que vosotros dos podéis hacer. ¿Es tan difícil de entender?

—¿Pero a qué se refiere?

—Tú ya sabes a lo que me refiero.

—Usted me está entregando… usted me está obligando a ir con él…

—¿Obligando? Siempre te excusas en lo mismo…

—Decidiendo por mí…

—Yo ni decido por ti ni te estoy obligando a nada.

—No se enfade Don Fernando..

—Es más, puedes irte si quieres.

—¿Quiere que me vaya?

—Haz lo que te dé la gana. —y acto seguido se pone a ver la televisión.

Ella lo observa en silencio, incómoda, viendo como el viejo la empieza a ignorar.

—Esta bien, como quiera… —y se levanta poco a poco de su lado.

«Será mejor que lo haga… Que termine todo así… Necesito quitarme todo esto de la cabeza. Volver a encontrar la paz que he perdido…» Se levanta en silencio para ir a la cocina a recoger la bolsa con la cazuela, la olla y demás utensilios, sorprendida de que el viejo no le diga nada.

El viejo se mantiene en silencio en el salón. Tras recoger todas las cosas de la cocina, pasa a propósito por delante suyo para salir hacia la puerta.

—Adiós Don Fernando.

—Cierra la puerta al salir.

—Sí. Tranquilo. —pero dubitativa, sin saber muy bien por qué. Sabe que no quiere irse. Sabe que en el fondo quiere que Don Fernando le diga algo. Se para en el contorno de la puerta, se gira y le pregunta. —¿De verdad quiere que me vaya?

—Solamente quiero que estés segura de lo que estás haciendo, Alejandra. —dice sin mirarla, en tono seco.

—Sí… Sí… Estoy segura.. —dice dubitativa.

—¿Segura? ¿o prefieres volver a sentarte? —le pregunta el viejo, abriendo de nuevo la posibilidad de reconciliación.

—A usted le da igual que me vaya como que me quede… —contesta ella delicada.

—Ven, siéntate. —dice dando unos golpes en su regazo.

—Don Fernando… —y sin pensarlo dos veces, deja la bolsa en el suelo y va en dirección a donde se encuentra él.

Directamente y sin pensarlo, se sienta en su regazo. Sintiendo el contacto entre ambos.

—¿Cómo hizo para que Verónica le diera mi teléfono? Me lo habría podido pedir a mi directamente…

—¿Me lo hubieras dado? —dice poniendo su mano izquierda en su rodilla derecha, tocando su fina piel.

—Sabe que sí… —se sincera.

—Pero si luego no me contestas a los mensajes… —le dice mientras desabrocha un botón de su camisa.

—Es que me mandas muchos Don Fernando… —dice dejándose hacer. —Lo que no entiendo es como ella se lo dio… —y la mano de mi madre acaricia su torso, poniendo su mano por dentro de la camisa de él.

—Me ha gustado que me digas que me hubieras dado el teléfono si te lo hubiera pedido… —dice sin contestarle aún a su pregunta. Con una mano acariciando levemente su pierna, pero ahora un poco más introducida en su falda, y con la otra jugando los botones de su camisa.

—No debió pedírselo a ella… —ella también acaricia el torso del viejo.

—¿Y si te pido a ti ahora el de Verónica? ¿También me lo darías?

—No es lo mismo… Conmigo tiene otra relación…

—¿A qué te refieres?

—Que no entiendo como ella se lo dio… —el viejo sonríe. Le gusta oír esas cosas de la boca de ella, mientras desabrocha toda la camisa, dejándola completamente abierta, dejando entrever su sujetador blanco con dibujos bordados alrededor de sus galanes montículos, pero aún cerrada por culpa de sus pechos.

—Porque ella es buena… No como tú…

—¿Qué quiere decir con que es buena? ¿yo no soy buena con usted?

—No, porque aun no me has dado el numero de ella… —él juega, intenta enfrentarlas. Intenta aprovecharse de las dos. —Es buena porque me dio tu móvil cuando se lo pedí.

—No creía que ella fuera así… —ella se apena un poco mientras el viejo sonríe. —Ella me dijo que se lo había dado porque iba con su hija y usted le daba miedo…

—Tú la proteges, pero ella me da tu móvil cuando se lo pido… —y sin abrirle aun la camisa, su mano pasa por su clavícula acariciándola mientras su otra mano está ligeramente por dentro de su falda.

—Ya veo… —dice pensativa, dejándose intoxicar por culpa del viejo, sin dejar de acariciar su pecho, muy suavemente. —Usted hace lo que quiere conmigo…

—¿No crees que se merece que me des su móvil como ella ha hecho contigo? —dice con su mano por dentro de su falda. Y con un gesto abre la camisa, dejándose ver su inmaculado sujetador blanco…

—Lo haría por rencor… —Ella no se inmuta ante los gestos de él. Se deja hacer. —¿Ella lo hizo por esto?

—¿Por rencor? Quizás… Quien sabe… —dice apartando la camisa de sus hombros, contemplando como sus pezones se asoman entre el encaje de su sujetador. —Igual quiere estar en tu lugar…

Su sujetador blanco contrasta con su piel morena, un sujetador que dibuja unas pequeñas transparencias en forma de bordado por la parte superior de sus pechos dejando entrever sus pezones oscuros y de tamaño acorde.

—¿Lo está? —pregunta ella dejándose hacer.

—¿Quieres que lo esté? —dice sonriendo.

—No… —aquí quería llegar ella, saber…

—¿Te gusta estar en el lugar en el que estás? —y sin dudarlo pasa su mano por la superficie de sus pechos, recorriendo el bordado del sujetador, notando ínfimamente la porción donde se encuentran sus pezones, tocándolos, suavemente.

Ella no contesta, directamente se inclina hacia él, sintiendo un irrefrenable deseo de besarle y empieza a besarle el cuello… Besos cortos, suaves, con esmero…

—Mmmmm eso es, ¿Te gusta?

—Sí… —dice ella susurrando entre beso y beso.

Ella sin la blusa, solamente con el sujetador de encaje blanco, posicionada encima de él dándole besos en su cuello en una distópica situación, pero que ella en el fondo está disfrutando. La imagen parece irreal, pero ella lo besa con ganas, se le nota la excitación, se le nota que se siente atraída por él. Viéndose en sujetador, quiere gustarle, quiere que la vea y se deja tocar los pechos, para disfrute de él.

—¿No quieres que nadie bese este cuello verdad?

—Nadie… Solo yo… —dice ella dejándose llevar. Mientras una mano de él pasa de un pecho a otro disfrutando de los aún turgentes y bellos pechos a los que solamente había tenido acceso una persona.

—¿Crees que Verónica sabría besarme el cuello?

—Seguro que no… —dice sin levantar la cabeza de su cuello.

—¿Y si llegara a pasar, qué pasaría?

—Me enfadaría… Pero no con usted Don Fernando… Usted tiene derecho…

—¿A qué tengo derecho? —dice sonriente.

Ella nota como él le acaricia el pelo mientras sigue besándole el cuelo. Se sigue dejando llevar y su mano derecha desciende por su torso, hasta su barriga, acariciándosela. Quiso ir a sonsacarle información, pero ha terminado entregada a él.

—A tener otros juguetes. Otras mujeres…

—¿Y tengo derecho a hacer lo que quiera con mis juguetes?

—Sabe que sí…

Ella nota como el viejo le aparta de su cuello. Poco a poco desciende su cabeza por su torso, quiere que le siga besando. Ella lo entiende sin que le diga nada y empieza a besarle el torso, los pezones, para seguir descendiendo hacia su barriga llena de pelos.

—¿Entonces vas a ser buena con Ahmed?

—Sí… —saca la lengua y le lame la barriga. —Sí…. Le pediré disculpas…

—Así me gusta… —y con su mano guía la cabeza de mi madre hacia su ombligo…

Ella sin decir nada, se aparta de su lado en el sofá y se arrodilla delante de él para besar su ombligo. Él aprovecha y le pone el pelo detrás de la oreja de nuevo, como muchas veces ha hecho. Quiere verla mejor como le chupa.

Ella que en un principio le empezó a besar para sonsacarle información sobre Verónica, ya no le habla de ella. Su lengua hurga en su ombligo, mientras nota como su sexo cada vez está más mojado, casi encharcado.

—¿Te gusta puta?

—Sí… —y sin dejar de besarlo, posa una mano en su paquete.

—¿Quieres eso? —hace referencia a lo que palpa su mano.

—Sí..

—Pídemelo. —dice de una manera dominante.

—Por favor… Deje que la bese… Que la chupe… La deseo… Sueño con ella… Quiero volver a sentirla en mi boca… Besarla… Acariciarla… Chuparla…—ella sonrojada, sin saber muy bien lo que dice mientras piensa «se me ha ido la cabeza…».

Él no le responde. Sabe que tiene su permiso.

—Si no quieres perder tu lugar, tienes que esforzarte, Alejandra. Ser más putita que nunca…

Ella escucha lo que le dice en silencio. Baja la cremallera de sus pantalones y la busca. La encuentra semierecta, tal y como la recuerda, con un glande rosado y varias venas esparcidas por su tronco. La coge, la mira, la observa. Jamás pensaría que desearía tanto meterse una polla así en la boca. Sin pensárselo más veces, se la introduce en la boca con los ojos cerrados. Otra vez su boca y esa polla se encuentran de nuevo. Otra vez el sabor inunda toda la boca de ella, pero esta vez es diferente, conoce ese olor y le gusta. Con el glande dentro de su boca, intenta recorrer su forma con la lengua, quiere sentir toda la superficie. Sus labios empiezan a subir y a bajar por su tronco, y empieza a succionar la polla de ese viejo como ella sabe. Con sumo cuidado, una de sus manos se posa en los testículos de él, acariciándolos y dándoles forma, masajeándolos de tal manera que parece que se lo merezca. Su rostro cada vez más colorado lo acompaña con unos ojos humedecidos que intenta disimular cerrándolos mientras se concentra en darle la mejor mamada posible.

—Ah… Eso es… —dice Don Fernando posando una mano en su cabeza acompasando la mamada.

Las manos de mi madre siguen acariciando su barriga. Pero, ante la necesidad imperiosa de estimularse más, una de sus manos baja a su falda para levantarla y frotarse por encima de las bragas. Lo necesita, está excitada, entregada, lleva mucho tiempo sin que le den placer. No puede reprimirlo más. Su respiración se agita. La vista es espectacular chupándosela como nunca lo ha hecho sin la camisa, solamente con ese precioso sujetador blanco.

Don Fernando ve como una de las manos de ella se pierde entre sus piernas. Sabe perfectamente que se está acariciando. —Eso es… tócate… No tengas vergüenza…

—Dígame lo que soy Don Fernando… Dígamelo… Por favor… —dice totalmente entregada.

—¿Quieres que te lo diga? —dice sonriendo, triunfante.

—Sí, por favor… —mientras no para de chupársela.

—Una buena puta, te gusta ser una buena puta, ¿verdad?

—Sí… Lo soy…

—Quiero pervertir a tu amiga…

—Le daré su numero  Don Fernando… De verdad, se lo daré… —mientras sigue chupando la polla como ella solo sabe. —Para que la pervierta… —oye decir mientras nota la mano de don Fernando en su cabeza mientras sigue chupándole la polla.

Don Fernando la separa de su polla e intenta darle golpes en la mejilla. Sus ojos conectan por primera vez. Estableciéndose una especie de vínculo entre ellos dos—Igual es más sucia que tú… Tendrás que esforzarte para serlo aún más…

Ella no para de frotarse mientras recibe esos golpes y esas palabras. Está muy excitada. Solamente piensa en la polla de Don Fernando saciándola

—Quítate las bragas… Y dámelas….

—Nunca lo será como yo… —dice mientras desciende sus bragas blancas por las piernas, hasta las rodillas. Se levanta apoyándose en sus muslos para quitárselas. Se pone de pie delante de él y se las da.

«Dios… Necesito ser follada…»

Al coger las bragas, el viejo directamente se lleva a la nariz la tela que estaba pegada a su coño. Y empieza a aspirar su olor, su esencia, delante de ella. Sin ningún reparo.

—Venga, sigue chupándomela.

—Sí… —le contesta mientras se vuelve a arrodillar.

—¿Sabes? Me gusta que me coman los huevos…

Y ella sin responderle empieza a comérselos.

—Ah… Eso es… —dice posándose una mano en su cabeza.

—Acaríciate, mastúrbate. Sé que lo estás deseando.

—Gracias… —y se lleva una mano a su coño para empezar a juguetear con sus labios mojados, deseosos de sentirse saciada.

Para sorpresa de ella, nota como dos dedos de él se posan en su frente separándole de sus testículos. Ella con la boca rodeada de saliva, mira hacia arriba y lo ve.

—Toma, huélelos tú también… —dice ofreciéndole sus propias bragas.

Ella completamente ida, los coge sin saber muy bien por qué. Sin dejar de mirarlo, y sin poder parar de frotarse, acerca las bragas a su nariz, poco a poco cierra los ojos, y aspira sus propios jugos…

Su respiración cada vez más agitada. Se siente humillada, pero le gusta esa sensación. Él lo sabe, la ve muy excitada, sonrojada, con las bragas en tu nariz y tu otra mano entre tus piernas.

—Coge un pepino…

—¿Un… Un pepino? —dice totalmente fuera de control. Duda un momento mirándolo sorprendida. Poco a poco se incorpora y se levanta, dejando las bragas otra vez en el suelo. Dubitativa se queda mirándolo de pie. La visión es impactante, con las bragas en el suelo y solamente con el sujetador y la falda, sus pechos parecen hasta hinchados y no puede esconder sus preciosos pezones duros y apretados bajo ese final tela. Su cara denota su excitación, lujuria, sus ojos llorosos y sus mejillas encendidas están diciendo todo lo que siente.

—Es… Está bien… —dice mientras va a la cocina tambaleándose.

—Ven, siéntate… —dice dando unas palmadas al sucio sofá, al lado sucio cuando la ve volver de la cocina con un pepino en la mano.

Mi madre lo ve, desnudo de cintura para arriba, con la bragueta bajada.

—Ponte cómoda. —le dice a mi madre cuando se sienta a su lado, para que su espalda repose también en el sucio sofá.

Ella sin decir nada se reclina.

—¿Me vas a enseñar lo que escondes entre tus piernas?

Ella sin decir nada, totalmente entregada levanta poco a poco su falda y abre sus piernas. Nunca había hecho nada así. Se siente como si fuera una simple prostituta. Ante Don Fernando aparece su cuidado sexo, arreglado con una fina línea de pelos que se dibujan suavemente en su pubis. Sus labios carnosos, abultados y brillantes por la excitación quedan a la vista de ese viejo y al que solo ha tenido acceso una persona en su vida. Sin ninguna otra palabra, su mano empieza a acariciar sus labios con una mano. Están hinchados, abultados por la excitación y un brillo inunda toda esa zona. Él se inclina más hacia ella, mientras cierra los ojos, totalmente abierta de piernas.

—¿Por qué no lo tienes totalmente depilado?

—Le… le dije que no lo tenía depilado… — le contesta con los ojos llorosos mientras no puede quitar sus dos dedos de su sexo. —Si quiere… Me depilaré… Don Fernando… —le contesta ella mientras él ve como está chorreando.

—Así me gusta, cada vez más obediente… —dice mientras coge el pepino con su mano.

Como si fuera un simple consolador, acerca el pepino hasta el comenzar de su raja, donde ella tiene sus dos dedos acariciándose. Con un movimiento imperceptible, presiona lo justo como para que ella note esa textura dura y rugosa.

—Ah… Sí… Así… Dios mío… —dice ella al notar la punta fría del pepino en su sexo.

—Estás chorreando joder… Quien imaginaría que te entregarías de esta manera… —dice mientras sigue frotando el pepino, abierta totalmente de piernas y con los ojos cerrados.

Ella no contesta mientras nota como el pepino cada vez se mueve más. Empieza a dibujar un recorrido por su sexo, brillante por sus propios jugos y ayudado por las manos de ellas que siguen acariciándose los labios. Poco a poco el viejo hace más fuerza y empieza a recorrer su raja mojada, cada vez con más fuerza.

La  imagen es increíble. Ella tumbada a su lado en el sofá, totalmente abierta de piernas, con su prominente y lúcido sexo entregado a él, con la falda subida a su cintura y solamente con su sujetador de encaje blanco que aún esconde su precioso pecho.

—Oh… —dice ella al notar de nuevo la presión del pepino. —más… más… Por favor…

—Eres una puta… —lo recorridos del pepino empiezan a producirse por todo su sexo, quitando ella las manos y dejándole vía libre para que sea él quien lo acaricie con ese pepino. —MI puta… — y el pepino entrar levemente dentro de ella.

—Ahhhhhhh… —arquea la espalda sin contestar a los comentarios de él. Don Fernando empieza a follarla con el pepino mientras ella no deja de gemir.

—Joder puta, te está encantando. —el sonido de su sexo, inundado por sus fluidos hacen que cada movimiento del pepino se oiga en todo el salón.

—No… No… No soy su puta… —casi no puede hablar.

Sus movimientos cada vez son más rápidos. Ella no puede dejar de abrir la boca, mientras sus dos manos agarran parte del sillón, aparentando un inminente orgasmo. Pero ante la sorpresa de ella, Don Fernando saca el pepino de su coño totalmente empapado e hinchado.

—No…. No pare… Por favor… —dice jadeando y suplicando.

—Cállate puta, no mereces correrte.

—Dios mío… —ella no sabe qué hacer, no sabe qué hacer con sus manos, con su cuerpo.

—No me deje así… Por favor…

—Eres una puta, MI puta.

—Por favor… —pide clemencia ante tal estado de excitación.

—Chúpalo. —le dice mientras le acerca el pepino a la boca, lleno de sus propios fluidos. Ella aparta la cara en un acto reflejo. —Vamos, libérate.

Pero ella sigue apartando su cara.

—Aún te queda mucho por aprender… —dice el viejo sonriendo mientras baja el pepino por su escote… Su vientre… Hasta llegar a su pubis.

Ella no para de retorcerse. —Ah… Sí… Por favor… Clávemelo… Por favor…

—¿Qué pasaría si el maricón de su hijo viera a su madre diciendo estas cosas y en esta posición? —dice al poner el pepino entre sus labios.

—Qué… Qué dice… —dice mientras nota el pepino como se vuelve a introducir en ella. Esta vez de manera muy fácil, casi dándole la bienvenida.

Sin darse cuenta, ella ha dejado que le diga maricón a su propio hijo, está desesperada.

—¿Sería tan maricón que se tocaría?

—No lo sé… No lo sé…

Y Don Fernando mete el pepino.

—Aaaaaah…—ella está a punto de llorar. Su cabeza está en blanco. —Joder… Joder..

El pepino entra y sale con mucha facilidad, follándola, sintiendo como si se la estuviera follando, mientras se deja hacer por ese viejo. Don Fernando cada vez se lo introduce y lo saca más rápido.

—Él es un maricón… ¿Y tú? —dice mientras le folla ferozmente con el pepino.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! —y desesperadamente coge la mano de Don Fernando con las dos manos. —¡¡Ah!! ¡¡Ah!! ¡¡Dios Don Fernando me voy a correr!!

—Dilo, sino no te dejaré correrte….

—Soy… soy… —dice mientras ya no puede más. —«Dios… me viene… me viene» —¡Ahhhh! ¡SOY UNA PUTA! ¡Aaaaah!— dice mientras varios espasmos recorren todo su cuerpo. Dejando salir todo lo que tiene dentro. Sus fluidos empiezan a inundar todo su sexo de una manera que jamás antes había sentido. Varios espasmos recorren su cuerpo mientras se corre. Pero se cada vez se siente mejor, se siente disipada, se siente en un trance que llevaba necesitando desde hace muchos días. Después de algunos segundos su cuerpo se relaja. Casi pierde el conocimiento. Todo ante la atenta mirada del viejo que solo se limita a sonreír. Él aminora el ritmo, hasta que saca el pepino de su coño y lo tira a su lado, al lado de tu cuerpo que está en esa postura, esa postura que es de todo menos de una señora como ella. Extasiada, sudada y espatarrada.

El viejo al verla así, se levanta y se pierde por el pasillo. Dejándola ahí, sin poderse mover.

Casi sin poder levantarse, sintiéndose totalmente sucia, aplacada en sus deseos como nunca se había sentido, se incorpora sola en el sofá. Ahora no sabe como podrá mirar a los ojos a su propio hijo y a su marido.

Ella intenta poner orden a su cabeza, en su cuerpo, en su ropa. Se da cuenta que las bragas están sobre su propia blusa. Esas mismas bragas que él le ha tirado con desprecio mientras la llama puta y que terminó por llevárselas a su propia nariz. Intenta ponerse orden, para parecer, una vez más, una mujer respetable. Se levanta de ahí, se viste y se ve sola, mientras sabe que el cerdo se ha ido a alguna parte de la casa y la ha dejado ahí solitaria, como poniendo tierra de por medio entre ellos dos.

Recoge todas sus pertenencias y sube hacia casa, intentando aparentar normalidad, intentando disimular que se ha corrido como una loca a manos de ese viejo cerdo.

Al entrar a casa, oye silencio. El hogar está tranquila.

—¿Hola?

Yo oigo a mi madre entrar en casa. No me atrevo a salir a saludarla.

Oigo como se dirige a mi habitación y mientras abre la puerta de mi cuarto, sigue preguntando. —¿Hay alguien en casa? —al abrir la puerta me ve en el escritorio, de espaldas a ella. —hola hijo, pensaba que no había nadie en casa.

—Hola mama… —digo sin girarme a mirarla.

—¿Qué te pasa? —ella se acerca hasta donde estoy yo y con una mano en mi propio hombro me gira hacia ella.

Soy incapaz de mirarla a los ojos, pero ella no necesita que yo le diga nada.

—¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?

Yo me quedo callado, sin contestarle.

Después de lo que me dijo, no me gusta que sienta compasión por mi. —Nada, no es nada mamá.

—¿Nada? ¿Dime que te ha pasado? ¿Quién te ha hecho eso? —Me contesta al ver mi ojo morado y ensangrentado por dentro.

Yo me mantengo callado, sin atrever a mirarla.

—Hice lo que me dijiste mamá, intentar enfrentarme a las cosas, no depender de ti toda mi vida…

—Esto no va a quedar así hijo. Se va a enterar….

Continuará…

Un comentario sobre “El advenimiento (39)

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