BETO BROM

CELESTE HERNÁNDEZ

Entre arena, pedruscos, palmeras sorteando el mar caminaba pensativa Lía.

Recordaba con exactitud cuando fue la última vez que había visto a su esposo.

Su mente tenía una vaga idea de su aspecto, sus ojos los recordaba con su mirada enamorada que se adentraba dentro de su ser y la hacía estremecer.

Nunca atinó a saber por qué temblaba cuando lo tenía cerca.

¿Quizás sería por lo poco de sus encuentros?

No sabía qué pasaba ni dónde se encontraba.

Hacía tiempo que había perdido el rumbo y sus pasos se alejaron cada vez más.

Ahora que iniciaba el año volvía a recordar el día que lo perdió…

Como una paria caminaba hacia el bosque para evitar comentarios mordaces sobre el paradero de su compañero.

Mientras tanto, lejos de aquella playa hoy sumida en el recuerdo, navegaba el triste marinero en busca de una anhelada costa donde refugiar su nostalgia.

A semejanza de relámpagos en tardes de invierno, volvían a su mente, esquirlas de vivencias consumidas en una fogata olvidada allí en el tiempo.

En momentos, trató de sumergir sus pensamientos para quizás esclarecerlos y así comprender el motivo de su huida ante los reclamos de su amada.

Superfluos intentos, todo era en vano, la realidad cruda socavaba sus intenciones.

Francisco miraba la lejanía y una bella sonrisa lo tenía cautivado, tan bella imagen lo visitaba solo en sueños, pero no recordaba su nombre, ni ubicación, ni que parentesco tenía con esa mujer que lo tenía abstraído, ausente…despertó cuando sintió la quemadura de cigarro entre sus dedos…

Isaac su contramaestre lo miró de reojo al tiempo que sonreía…

-¿Qué tienes Paco?, ¡casi te quemas! ja,ja,ja… ya mero llegamos a la Isla de Cedros, allí estaremos un par de meses, no hay mujeres y haremos una

inspección sobre la vida marina, los cambios climáticos, es una vida muy dura ojala podamos resistir, la población aquí es totalmente científica, así que si sueñas con mujeres…¡no las hay!..

Dos años atrás

Todo estaba preparado para el casamiento de Lía y Francisco.

Para tal fin se había alquilado la lujosa quinta Bertrán. Un conjunto de amigos músicos se organizó para animar el evento que se realizaría el sábado venidero.

Como era ya costumbre, Lía estaba en el puerto a la espera de su amado que volvía, como todos los jueves al atardecer, de su recorrida por las costas vecinas para investigación de la flora y fauna, en un proyecto gubernamental, en el cual estaba ocupado ya hacía un par de meses.

No obstante, llegó la noche, la nave de Francisco no apareció en el puerto.

A estas horas ya se había agolpado un grupo de personas en la Dársena, donde por lo general atracaba; inclusive los padres y algunos amigos de la pareja, se congregaron preocupados, ignorando el motivo del retraso.

El oficial de turno, Carmelo Arenas, representando a las autoridades marítimas, informó a los presentes que la noche anterior la embarcación tuvo que soportar una tormenta de gran magnitud, propia de la época, y quizás algún deterioro fuera el causante del retraso.

A partir de entonces, la comunicación entre la nave y el puerto no se reanudó, y fue vano cualquier intento de comunicación.

Además, agregó Don Carmelo, que ya habían partido dos lanchas de reconocimiento a la zona en cuestión, y a la brevedad estarían de vuelta para informar al respecto.

Lía intentaba comunicarse a través del celular con su amado cuando inesperadamente divisó a las dos lanchas que se acercaban al pequeño embarcadero cuando la tarde moría …uno de ellos llamado Pedro y apodado “el cangrejo” se bajó rápidamente de la embarcación y con voz fuerte y agitada grito:

-Lía, encontramos su celular entre unos peñascos… ¿Es éste? –

Lía introduciéndose entre la marea lo tomó y llorando exclamó: – ¡Sí, sí es!

A partir de entonces, nunca más supo de su amado esposo… estaban casados por la ley civil, aunque faltaba la ceremonia religiosa que se llevaría a efecto aquel día en que despareció …lo curioso y raro es que él nunca salía sin avisarle y menos en un día tan importante para ellos… Tampoco había señales en el cielo de tormenta alguna.

Había detalles que no concordaban, pero ella no tenía a nadie en quien apoyarse para hacer tal investigación.

Su familia y amigos cercanos trataron de acompañarla en aquellos tan tristes momentos. Su preocupación, con el correr de los días, se convirtió en congoja y ésta situación la llevó a entrar en un estado depresivo que la fue consumiendo.

Había pasado cerca de un año desde la desaparición de Francisco.

Una mañana, el padre de Lía, Gilberto Romero, viejo lobo de mar, estaba leyendo la última edición de la Gaceta Marina, y en las páginas internas, se topó con una información que lo dejó impactado; allí se comentaba sobre la reciente publicación del informe anual de una asociación que se especializaba en el estudio de la vida marina; entre otras, encontró interesantes datos, en los cuales se detallaban recientes hallazgos e investigaciones pertinentes. Pero al llegar a final de la nota, se especificaba el nombre de los informantes: Capitán Francisco Vigil e Isaac Predin, contramaestre.

¡¡Francisco Vigil es el nombre del esposo de su hija!!

La coincidencia era probable, pero…valía la pena verificarlo.

No sabía si debía decirle a Lía, o quedarse callado hasta cerciorarse si era la misma persona.

Entró a la cocina mientras su esposa, Marina Sotomayor, preparaba el desayuno, y le mostró la noticia… la más que afligida madre cayó desmayada y Gilberto entonces preocupado la llevó a la cama… con la ayuda de un abanico logró que unos minutos después se reanimara…apenas se despertó empezó a llorar… decidieron no comentar nada con Lía hasta que supieran bien si era el mismo joven.

Mientras esto ocurría allá en el pueblo…Francisco realizaba investigaciones marinas sobre el curso de las aguas y el efecto del calentamiento en la desaparición de las especies.

Ese día había recogido unas muestras de aguas verdosas arrastradas por las corrientes hacia donde tenía su buque_ laboratorio, cuando inesperadamente un fuerte viento, desacostumbrado en esa época del año, sacudió la nave y muchas muestras se empezaron a derramar…preocupado intentaba levantarlas, pero una y otra vez debía asirse más fuerte para no caer…un perfume suave lo envolvió y fue entonces que recordó a la joven que en sueños lo visitaba.

¡Sí! Ese perfume le devolvió la memoria, (Lía le había puesto un día antes de su boda un pequeño frasco en el bolso de su camisa, pero él no lo sabía…)

Y entonces se preguntaba ¿cómo había llegado hasta él aquel suave aroma que despertaba mucho amor en su interior… y miró entre las muestras un frasquito pequeño que se había roto y derramado su contenido…lo levantó suavemente, lo miró y aspiró nuevamente el contenido…se miró a sí mismo…

Y recordando su próxima boda corrió a la cubierta del buque…estaba solo…rodeado de mar, y allá a lo lejos unas piedras que con dificultad se divisaban con catalejos.

¿Cómo había llegado allí? Se preguntaba mil veces, ¿alcanzaría a llegar hasta Lía para el enlace matrimonial?

Y por esas cosas misteriosas del mar, que no siempre son descifrables, al poco tiempo el barco logró alcanzar la costa. Quiso la casualidad, por así llamar al fenómeno, era un día jueves, y el atardecer llegaba a pasos acelerados.

Ya había pasado más de una hora en que el vigía del puerto se percató del acercamiento de un barco, al principio no lo reconoció, pero al cabo de un corto tiempo no quedaba duda alguna que se trataba de la embarcación desaparecida. Entonces dio el aviso pertinente a las autoridades marítimas.

Cuando el barco atracó, era una multitud que lo aguardaba en el puerto, pareciera que nadie en el pueblo quería estar ausente en tal acontecimiento.

Lía vio la silueta de su Francisco aparecer en la escalinata, y corrió a su alcance, mientras aplausos y exclamaciones de alegría colmaron el lugar.

Ya tendrían tiempo para averiguar qué había pasado, Lía llegó hasta él…

Ambos abrazados caminaron hacía la capilla donde estaba por suerte el sacerdote franciscano que los visitaba cada mes, y sin más preámbulos los casó con todo el pueblo de testigo.

No hubo comida en su casa, pero se hizo una verbena con todo el pueblo que sacaron sus mesas y comida para intercambiar platillos…

A todo esto, Francisco estaba en la creencia de que había llegado a tiempo, ignoraba que había estado metido en el laboratorio por un año, secuestrado por su contramaestre Isaac.

Tan felices estaban en el festejo que no se percataron que una lancha pequeña se hacía a la mar tripulada por un solo hombre.

2 comentarios sobre “Boda truncada

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