ISA HDEZ

La espera se hacía interminable aquella fría tarde de enero, era martes, y no se le olvidaba porque siempre había sentido repelús por los martes, desde que su abuela le contara que: «en martes ni te cases ni te embarques». El frío se introducía en sus huesos como para instalarse en el tiempo, y sus ojos color miel rebosaban de lágrimas que resbalaban por su cara al ver pasar las horas, sin señal alguna de su llegada. Lorena tenía la esperanza de que esta vez no le fallaría, pero Fran era fantasioso, escurridizo y prometía cosas q no cumplía, lo sabía bien ella, porque ya lo había sufrido y aguantado en situaciones anteriores. Aun así, tenía la esperanza de que viniera, necesitaba darle una noticia que tal vez le hiciera recapacitar y ello cambiara su actitud. Pese a todo, Lorena aún lo quería, lo echaba de menos, y lo que le iba a contar podría acercarlo o alejarlo más de ella. Él le había expresado que no podía vivir sin ella, que todo era triste sin su risa y que necesitaba respirar a su lado para siempre. Lorena se quedó a la espera durante mucho tiempo con sus bellas palabras resonando en sus sienes. Fran no apareció, nunca más supo de él, como si se lo hubiera tragado la tierra. Se lo contaba a su hija emocionada, con tristeza y un halo de esperanza. Lucía de vez en cuando preguntaba por su padre y Lorena le respondía que estaba de viaje, un viaje largo, pero que no perdiera la ilusión de que algún día regresaría y podría conocerlo, abrazarlo y narrarle su vida. ©

3 comentarios sobre “La tarde fría

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