DEVA NANDINY

Ese fin de semana me lo pasé muy nerviosa sin ser capaz de concentrarme con nada. Me parecía increíble que me hubiera pasado temiendo ese instante, y al final, hubiera sido yo misma la que había concertado una cita con mi tío.

Desde el mismo momento, que siendo una adolescente había comenzado a sentir deseos sexuales hacia mi propio padre, había intentado rechazarlos, negándome mis propios e inmorales sentimientos hacía papá.

De jovencita, en los momentos más álgidos cuando me estaba masturbando, me veía a mí misma como si fuera una película en la que yo era la protagonista.

Me imaginaba estar a cuatro patas sobre la cama, por detrás había un hombre maduro sin rostro. Al principio no me atrevía a ponerle cara, prefería ignorar quien era y hacer como que no lo conocía. Sin embargo, en el fondo sabía de sobra que ese hombre que me follaba con suma intensidad desde atrás, era papá. Mientras me jodía sin ningún tipo indulgencia, me propinaba fuertes azotes en el culo, como una especie de castigo que yo achacaba por haber sido tan puta.

Me corría como una loca con mis propios dedos sobre una toalla que previamente había puesto sobre la cama, para no manchar las sábanas. Luego, cuando poco a poco cobraba la serenidad, intentaba olvidarme de todo. Haciendo como que no había ocurrido nada. «¿Cómo la hija perfecta iba a tener ese tipo de deseos tan aberrantes?»

Recuerdo aquellas tardes de verano, mientras mis hermanos jugaban haciéndose aguadillas en la piscina, papá leía el periódico a la sombra mientras yo me situaba frente a él, tomando el sol en una tumbona.

Todavía mis pechos no habían adquirido el volumen actual, pero comencé hacer top les al igual que siempre le había visto hacer a mi madre en la playa o en la piscina. Recuerdo que ella llamaba cariñosamente a mis senos, como sus melocotoncitos, apelativo que yo odiaba.

Yo fingía estar dormida en la tumbona, mientras ponía toda clase de posturas para intentar llamar su intención de forma obscena. A veces me excitaba tanto imaginar como su pene se agrandaba al contemplar mi cuerpo, que me daba miedo que la braguita de mi bikini se oscureciera con una mancha de humedad, acusándome de estar cachonda. Entonces me tiraba a la piscina para mojarme completamente y disimular mi estado. Segundos después, salía del agua estratégicamente por la escalera que estaba justo al lado de donde leía plácidamente papá, para volver a tumbarme a continuación y seguir tomando el sol.

Desde que me convertí en una mujer, he sido totalmente condescendiente e indulgente conmigo misma, perdonándome casi cualquier cosa. Habiendo follado con multitud de hombres, seguramente para ojos de la mayoría su número haya sido excesivo e impropio para una mujer casada y respetable. Habiéndome incluso acostado con los esposos o parejas, de algunas de mis amigas; con familiares y amigos de mi propio marido; con mi jefe, con profesores de la Universidad; con amigos de mi papá, e incluso, con el padre de una amiga, cuando todavía no era más que una adolescente…

He practicado innumerables tríos, buscando continuamente a lo largo de mi vida situaciones con morbo. En las que reconozco que muy pocas veces me arrepentí de algo. Eran experiencias que disfrutaba, sin ningún tipo de filtro moral. Ser honesta y leal en el ámbito sexual me daba igual, la cuestión importante era simplemente parecerlo a ojos de los demás.

Para la mayoría de las personas, siempre fui una chica ejemplar, excelente estudiante y buena hija que nunca daba problemas de nada. De ser la novia maravillosa pasé a ser la esposa envidiada, siendo un poco más adelante la madre perfecta. Poca gente de mi círculo más próximo sabe realmente qué clase de mujer soy, podría asegurar que casi únicamente los hombres que he tenido entre mis piernas, son los que han conocido una parte de mí, oculta para el resto.

Me toleraba casi cualquier tropiezo, cualquier inconfesable fantasía. Yo solo me rendía cuentas a mí misma. Siendo siempre bastante tolerante, condescendiente y flexible con mis propios actos.

Sin embargo, el incesto no entraba dentro de mi amplia moral. Podía transigir con casi todo lo demás: infidelidad, orgías, tríos, sumisión… Sin embargo, follar o incluso desear a alguien de mi propia sangre, me parecía lo más abominable, deleznable y aberrante, que un ser humano podía realizar.

Por eso llevaba casi dos décadas negando el anhelo y las fantasías que una parte de mí sentía hacía papá, y ahora estaba dispuesta abrirme de piernas para dejar que mi tío me follase. «¿Qué me estaba pasando?».

Era como si todo mi mundo se tambaleara. Deseaba acostarme con mi tío, sentía tanto morbo por hacerlo, que no había podido evitar invitarlo a venir a mi casa, siendo plenamente consciente de lo que pasaría esa tarde.

Cuanto más pensaba en mi tío, más cachonda me ponía. Sin embargo, cuanto más lo deseaba, más me odiaba a mí misma por hacerlo.

Ese inolvidable fin de semana pasé por toda clase de momentos y de emociones. Había ratos que deseaba llamarlo por teléfono y pedirle que no se le ocurriera venir, varias veces apagué el teléfono esa tarde para volver encenderlo a los pocos minutos.

También tuve momentos de notar mi coño tan excitado, que me molesta hasta caminar. Pasando de la aceptación al arrepentimiento, del llanto a la risa, o del deseo a la apatía en cuestión de segundos.

Me imaginaba abierta de piernas jodiendo con mi tío en mi propia cama. El miedo que me invadía no era por suponer en cómo me sentiría antes o mientras follaba con él, lo que me daba verdadero pavor era no saber, como me sentiría en frío cuando todo pasara.

Temblaba, solo con sospechar como podría verme a mí misma después de haberme acostado con alguien de mi propia sangre. Sabía con certeza que los estados de excitación siempre son viajes de ida y vuelta, y yo, temía precisamente el regreso de ese insólito viaje.

«¿Volvería a ser la misma? ¿Podría volver a mirar a mi padre a la cara? ¿Cómo actuaría cuando tuviera a mi querida prima delante? ¿Me sentiría denigrada como mujer?» Cientos de preguntas asaltaban mi cabeza, cuando me levanté por fin el lunes de la cama.

A primera hora de la mañana llamé a mi jefe para decirle que lo sentía mucho, pero que solo podría ir a trabajar por la mañana. Inventé la excusa de que me había surgido una reunión muy importante con uno de los profesores de mis hijos, y no podría abrir la tienda por la tarde. Tal y como sabía, mi jefe no me puso ninguna objeción al respecto. A mi madre le pedí, que fuera ella a recoger a mis hijos al colegio. Asegurándole, que yo saldría tarde del trabajo y que no me daría tiempo. «Luego pasará Alex a recogerlos por tu casa, a última hora de la tarde», le indiqué.

Cuando cerré por el mediodía la tienda, antes de marchar a casa decidí pasar por el centro comercial. Me apetecía comprarme algo de ropa, ya que salir de comprar siempre me ha relajado.

Sin embargo, cada vez que me probaba un vestido o una minifalda y me miraba en el espejo del probador, me imagina que cara pondría mi tío Álvaro si me viera así vestida. Por lo tanto, salir de compras no consiguió sacármelo de la cabeza en ningún momento.

Ni siquiera había quedado con él a una hora en concreto, tampoco había confirmado que iría esa tarde a mi casa, cuando yo de forma sumisa y tremendamente excitada se lo había pedido ese sábado en el parque.

No obstante, yo estaba convencida de que la cita con mi tío seguía adelante, y una vez que estuve por fin en casa, esperé a que sonara el timbre de abajo anhelante y nerviosa.

Después de ducharme, cambié las sábanas de mi cama y comencé a vestirme para él. Es algo que siempre me ha fascinado en cada una de mis infidelidades, vestirme y prepararme para encontrarme con un amante.

Quería estar perfecta, me puse unas medias negras con eróticas blondas que contrarrestaban con mi claro tono de piel, luego me puse una estrecha minifalda que me había comprado esa misma tarde con estampado de leopardo. La falda era tan corta, que al caminar dejaba de ver unos centímetros la blonda del encaje de mis medias.

Elegí un tanga con un precioso calado en la parte delantera también de color negro, en la parte de arriba elegí una camiseta blanca muy ajustada que se acoplaba perfectamente sobre mis grandes pechos, marcando de forma poco sutil mis pezones. Había decidido que como casi siempre, no llevaría sostén.

Una de mis dudas razonables ese día, era si debía ponerme zapatos con tacón. Pues soy una mujer bastante alta que, con tacones, podía sacarle perfectamente más de media cabeza a mi tío. Al final me decidí por unas preciosas sandalias negras con alto tacón. Sin duda, uno de mis grandes fetiches es que siempre me ha costado follar sin los zapatos puestos.

Me miré al espejo de mi vestidor mientras me daba los últimos retoques, peinando mi corta melena rubia, maquillándome sutilmente con una sombra, que hiciera resaltar el claro color de mis ojos, y pintándome para terminar los labios, con un llamativo color burdeos.

Miré la hora ansiosa en el reloj de mi muñeca. «Las cuatro y media». Mi tío seguía sin dar señales de vida. Tenía su número de teléfono en mi agenda, sin embargo, me negaba a llamarlo con cualquier excusa.

Me sentía ridícula esperándolo de esa forma tan ansiosa. Él era un hombre que sobrepasaba los sesenta años con escaso atractivo físico. Por lo tanto, me parecía absurdo que fuera precisamente yo la que más interés y deseo sintiera por ese encuentro.

«Él se lo pierde», me repetía comenzando a sentirme decepcionada. Fui hasta la cocina a por hielos y me serví un gin tonic. Luego me acerqué al salón y puse música intentando distraerme.

Recuerdo que justo estaba escuchando una canción de Cyndi Lauper, cuando sonó por fin el telefonillo que abría la puerta del portal.

—¿Quién es? —Pregunté nerviosa, con el corazón casi a punto de escapárseme del pecho.

—Soy yo —Respondió sin decir su nombre, pero reconociendo al instante la voz grave de mi tío Álvaro.

Yo lo esperé apoyada en el marco de la puerta, deseando que nada más salir del ascensor me viera así vestida, quería ver el deseo en sus ojos. Reconozco, que estaba tan impaciente que los escasos minutos que pasaron desde que abrí la puerta de abajo, hasta que escuché como el ascensor se detenía en mi planta, se me hicieron interminables.

Por fin lo vi salir del ascensor, con ese andar un poco encorvado tan característico, vistiendo uno de sus inconfundibles trajes oscuros, que solía llevar casi siempre.

Entonces me miró por fin de esa forma, apoyada en la puerta con la minifalda de leopardo y la ajustada camiseta que marcaba mis exuberantes tetas. No pudo contenerse y me sonrió acercándose hasta mí. Me sentí emocionada al notar tanto deseo en sus ojos.

—Estás preciosa, cariño, —me saludó dándome un beso en los labios, sin importarle que la puerta de mi casa estuviera aún abierta.

Yo me dejé besar incluso saqué la puntita de mi lengua, para percibir toda la suavidad de sus labios.

—Pasa, tito. ¿Deseas tomar algo? —Le pregunté de la misma forma que lo hubiera hecho un día cualquiera en circunstancias normales.

—Lo mismo que estés bebiendo tú, —me respondió, dándome un azote en el culo cuando me vio irme hasta la cocina a buscar los hielos.

Sentir su mano azotando mi nalga de ese modo me excitó enormemente. Es algo que, sin saber la razón siempre me ha vuelto loca.

—He tardado en venir, porque vino tu prima a comer a casa hoy, —se disculpó.

Yo agaché sin poder evitar la cabeza. Durante unos segundos me sentí tremendamente avergonzada. Laura era casi como una hermana, nos habíamos criado prácticamente juntas, pasando la niñez y buena parte de la adolescencia jugando en el jardín de la casa de mis padres. Había ido a clase con ella. Habiendo compartido tantos sueños y confidencias… Verme en esos momentos así, vestida como una puta, teniendo además la intención de follarme a su padre, me hizo sentir indecorosamente desleal y zorra.

—¿Está bien? —Pregunté interesándome por mi prima para de disimular a la vez mi zozobra—. Hace tiempo que no nos vemos, —añadí.

—Fenomenal —Respondió tajante, mostrándose como un padre orgulloso por su hija—. La vi feliz, vino a decirnos que está embarazada otra vez. Pero no digas nada, seguro que cualquier día de estos te llamará para contártelo.

—No te preocupes tito, me haré de nuevas cuando ella me dé la maravillosa noticia y, enhorabuena por la parte que te toca. Vas a ser abuelo otra vez, —lo felicité acercándome hasta él, con la intención de darle dos besos en las mejillas de forma cordial y familiar.

La situación me parecía locamente extraña. La mayoría de las veces no podía evitar verlo, como el hermano mayor de mi padre, sin darme cuenta de que ese día había venido para follarme.

Sin embargo, él se giró con un rápido movimiento, justo cuando mis labios alcanzaban su mejilla. Dándome un beso en la boca. Sentir su lengua acariciando la mía, me hizo olvidarme al instante de mi prima. Fue un corto beso, pero suficiente para desearlo aún con más fuerza.

—Estamos solos, Olivia. Cuando estemos solos no quiero que me beses en las mejillas, —comentó riéndose.

—Tienes razón, perdona, —respondí intentando sonreír.

—Ven, siéntate aquí a mi lado, —me indicó a la vez que me apuntaba sus rodillas—. Quiero disfrutar del cuerpo de mi querida sobrina. ¿Vas a ser buena chica con tu tío, hoy?

—Claro tito, ya sabes que yo siempre soy cariñosa y complaciente contigo, —contesté en tono mimoso, casi infantil a la vez que me sentaba encima de sus piernas.

—El otro día estuve pensando que te he tocado el chocho dos veces, nos hemos besado… Sin embargo, todavía no te he visto las tetas, —manifestó, bordeando mis pezones a través de la tela de mi ajustada camiseta con su dedo índice.

—¿Tienes ganas de verme las tetas, tito? —Pregunté juguetona, visiblemente excitada.

—Me muero de deseo, —reconoció—. Vamos cariño, quítate la camiseta y enséñale a tu tío las tetazas que siempre he intuido que debes de tener.

Yo lo miré a la cara sonriendo, me excitaba aún más de lo que me había imaginado nunca todo este morboso juego. Hice el amago de levantar mi camiseta para descubrir mis senos, sin embargo, antes de hacerlo sonreí pícaramente.

—¿Te ponías muy cachondo cuando me veías en la piscina con el bikini? —Pregunté al tiempo que me desprendía por fin de la camiseta. Mis pechos, al sentirse liberados de la opresión de la ajustadísima prenda, parecieron rebotar como si tuvieran vida propia, quedando totalmente expuestos y a su alcance.

—Me poníais tremendamente cachondo. ¡Vaya dos zorras que estáis hechas… las de pajas que os habré dedicado! —Declaró usando el plural, sin importarme en absoluto que se estuviera también refiriendo a mi propia madre.

En ese momento llevó sus manos, como si no terminara de creérselo del todo hasta mis pechos, comenzando a palparlos, intentando inútilmente sujetarlos uno en cada mano.

—¿Te gustan, tito? ¿Te gustan mis tetas?

—¡Joder, Olivia! —Únicamente fue capaz de exclamar, antes de posar sus labios sobre ellas y comenzar a besarlas.

Noté como sus dedos pinzaban mis pezones y los pellizcaba de forma sutil, luego los fue lamiendo y recorriendo primero uno y luego el otro con su lengua.

—¡Ah… me encanta, tito! —Exclame, tremendamente excitada, sintiendo como mis pezones crecían erguidos, poniéndose duros como piedras.

—Que tetas más ricas tienes, cariño, —expresó sin dejar de comérselas.

—Cómetelas, tito. Son tuyas, —lo incitaba muerta de deseo.

Aproveché un momento en que mi tío retiró su cara de mis pechos, para comenzar a besarlo. Me volvía loca sentir su lengua en mi boca jugando, entrelazándose con la mía. Era tanta la pasión que ponía al besarme, que llegó a morderme los labios con verdadero énfasis.

—¡Joder Olivia! ¡Cómo me gusta besarte!

—Y a mí que lo hagas, tito.

Y era verdad, los besos con mi tío eran constantes y desenfrenados. Dándonos un auténtico festín o maratón de ellos. No recordaba haber disfrutado con esa inusitada vehemencia, besando a ningún otro hombre de ese modo.

—Ponte de pies y quítate la falda, —me exigió de modo autoritario.

Yo obedecí encantada, me bajé la minúscula falda, dejándola caer al suelo sin dejar de mirarlo a los ojos.

Entonces, él me agarró por la cadera y me acercó hasta él, hundiendo a continuación su cara a la altura de mi sexo. Durante esos segundos pude notar el calor de su aliento a través del fino calado de la tela de mis bragas, repartido su vaho por toda mi vulva. Él inspiró profundamente, como queriendo absorber toda mi esencia de hembra.

—Qué bien hules, puta, ¡Vamos gírate! —Exclamó.

Acaté su orden, mostrándome feliz y complaciente con mi tío. No tenía intención de negarle nada. Necesitaba dejarlo prendado de mí. Como una buena chica obediente, me giré dejando mi culo a un palmo de su cara. Un instante después volví a sentir su mano, ahora de forma directa sobre la piel de mis nalgas ofreciéndome sendos azotes.

—¡Ah…! —Dejé escapar.

—¿Te gusta sentir cachetes en tus nalgas, de zorra? —Me preguntó, atizándome otro par.

—Me encanta, me vuelve loca, tito, —reconocí casi suspirando.

—¿Sí, putita? ¡Veo que te va la marcha! —Expresó agarrándome a continuación por las muñecas, empujándome al mismo tiempo sobre él. Obligándome de esta forma a echarme encima de sus piernas, quedando mi culo de nuevo expuesto a su alcance.

Jamás nadie me había hecho algo así. Aprovechándose de mi infantil postura, como si fuera una niña castigada por una buena azotaina por haberse portado mal. Mi tío comenzó a zurrar mis nalgas como ningún otro hombre había sabido satisfacerme.

Era tanto la excitación que sentía, que estoy segura de que de haber continuado un poco más, me hubiera corrido sin tener la necesidad ni tan siquiera de tocarme el coño. Dejándome los cachetes de mi culo, rojos como un tomate. Quedando durante un par de días la marca de sus dedos impresos en la blanca piel de mis nalgas.

—Tienes un hermoso culo, sobrina, —manifestó tirando de la fina tela de mi tanga, enterrada entre los protuberantes cachetes de mi culo. Poco después, aprovechando mi sumisa postura abrió de forma soez mi culo, pude sentir como uno de sus dedos estimulaba sutilmente la entrada de mi ano.

—¿Te han jodido tu rico culo alguna vez? —Me preguntó de manera ordinaria.

—Sí…—Respondí jadeante y deseosa de sentir ese dedo dentro de mi follable culo.

—¿Te lo estrenó tu marido? —Quiso saber introduciendo el dedo dentro.

—No, tito. ¡Ah…! No fue él quien me lo folló el primero ¡Ah…! —Comenté sintiéndome tremendamente puta.

—¿Quién fue?

Yo me quedé cayada. Por una extraña razón era incapaz de mentirle a mi tío. Sin embargo, él conocía muy bien al hombre que me había dado por el culo la primera vez, hacía casi diecinueve años. Estuve tentada, pero no me atreví a confesárselo.

—Vamos a mi cama, tito. Estaremos más cómodos, —lo invité levantándome al mismo tiempo de su regazo, y ofreciéndole mi mano para conducirlo hasta mi dormitorio.

—¿A qué hora viene el cornudo? —Preguntó refiriéndose de modo despectivo a mi esposo.

—No lo llames así, tito. No me gusta, —le reprendí riéndome—. Tenemos más de una hora para nosotros, —le informé animada.

Cuando por fin llegamos al dormitorio, empecé yo a llevar por primera vez la iniciativa. Comencé empujándolo violentamente contra el armario, él me miró sorprendido, se notaba que no estaba acostumbrado a esos juegos, donde era la propia mujer la que ponía y marcaba tanto las reglas como los ritmos.

Él se mantuvo expectante a mi próximo movimiento, entonces comencé a besarlo de nuevo. Sin embargo, esta vez ya no pude contenme, ya no me conformaba solamente con su boca. Mi mano, de forma viciosa comenzó a deslizarse hasta llegar a su entrepierna, donde empecé a sobar de forma grosera su abultado paquete.

—¿Qué es esto? —Pregunté juguetona— Parece que a mi tito se le ha puesto dura la polla.

—¡Qué zorra eres, cariño!

—No lo sabes tu bien… —afirmé riéndome de nuevo.

Diciendo eso, abrí su bragueta e introduje mi mano dentro. Esa fue la primera vez en mi vida que toqueteé el pene de mi querido tío.

Sin poder aguantar por más tiempo, me hinqué deseosa y hambrienta de rodillas.

Con el abultado paquete de su entrepierna rozándome prácticamente en la cara, comencé a desabrocharle el cinturón, casi relamiéndome. Un segundo más tarde, comencé a desabrochar sus pantalones, dejándolos caer hasta el suelo.

Miré ansiosa el bulto que se dibujaba bajo su ropa interior.

—¿Qué tienes aquí, tito? —Pregunté palpando su ansiado paquete.

Entonces agarré el elástico de sus calzoncillos y comencé bajárselos, su polla rebotó hacia arriba con una fuerza inusitada para un hombre de más de sesenta años.

Primero me quedé observándola unos segundas, absorta y concentrada en cada detalle, recorriendo con mi dedo todas las rugosidades de su tronco, sus venas hinchadas, su glande…

Palpando con una mano sus gordos testículos, acerqué mi boca hambrienta de su polla, y comencé a pasar mi lengua alrededor de su glande

Poco a poco, sintiendo cada centímetro de ese duro trozo de carne, comencé a engullirla ansiosa. Hasta que su verga se sumergió por completo dentro de mi boca. En ese momento sentí como mi tío me sujetaba la cabeza y comenzó a mover sus caderas, follándome de forma literal la boca.

Fue algo casi instantáneo, sentirme tan llena de su polla, hizo que mis babas comenzaran a resbalar por la comisura de mis labios, sintiéndolas caer sobre mis grandes tetas.

Estaba tan excitada que no pude contenerme y comencé acariciarme vehemente el coño, mientras podía notar como la polla de mi querido tío, entraba y salía de mi boca.

—Vamos, cariño. Cómetela toda. ¡Mi zorrita come vergas! —Exclamaba agarrándome por el pelo.

Me encantaba sentirme tan entregada, deseosa de darle todo el placer que pudiera con todas mis artes amatorias, a su plena disposición.

—¿Querías polla? ¡Yo te daré toda la polla que necesites, puta! —Gritaba fuera de sí mi tío, sin dejar de hacerme preguntas que yo no podía responder, atragantada y ahogada hasta la garganta, con su verga metida en mi boca.

Estaba en un estado de excitación tan desaforado, que sin apenas tocarme y sin darme casi cuenta, me encontraba al borde del orgasmo.

Mi coño estaba tan pegajoso, que mi dedo se deslizaba de tal manera, que me costaba incluso estimular debidamente mi hinchado y duro clítoris.

Unos segundos después yo misma me proporcioné el primer orgasmo. Comencé a gemir sin que mi tío me otorgara un poco de clemencia, viéndome casi ahogada, no dejaba de follarme la boca cada vez de una manera más frenética.

—¡Córrete guarra, córrete! —Comenzó a estimularme usando toda clase de adjetivos peyorativos hacia mi persona.

Su forma de tratarme, me hacía sentir cada vez más puta. Me encantaba el modo en el que me follaba la boca, con impulsos tan potentes y profundos, que sentía como su glande me rozaba la garganta. Pensé que se correría sin remedio en una de esas salvajes embestidas.

Sin embargo, agarrándome fuertemente del pelo, tirando de ese modo tan agresivo e impetuoso hacia atrás, me apartó de él. Sacándome con ese enérgico gesto, su gruesa verga de la boca.

—¿Quieres metérmela en el chochito? —Le ofrecí deseosa de que me follara de una vez.

—¡Qué engañado nos tienes en la familia! —Exclamó— Jamás imaginé que mi sobrina fuera tan zorra.

—Soy muy zorra, tito, —le confirmé poniéndome de pies, con las rodillas casi entumidas.

Entonces me acerqué a mi cama y retiré el edredón, a continuación, me saqué las bragas, estaban tan húmedas, que parecía que me había meado encima.

Después de arrojar mis braguitas al suelo me dejé caer sobre la cama. Mirándole a la cara comprendí cuanto lo deseaba dentro de mí…

Sin dejar de observar las reacciones de su rostro comencé abrirme de piernas de forma grotesca y vulgar. Ofreciéndole de este modo, una buena panorámica de mi rajita totalmente abierta.

—¿Te gusta, tito? ¿Has visto mi conejito?

Él no necesitó ningún otro estímulo más, lanzándose a por él de modo enérgico. Un segundo después de ofrecerle de esa manera tan obscena mi chochito, mi tío tenía su cabeza entre mis piernas. Pude notar al instante como sus dedos recorrían mis abultados y sonrosados labios vaginales.

—Me encanta, cariño. Tienes un coñito precioso. Me gusta como lo llevas así totalmente depilado, —comentó acercando su boca hasta mi sexo. Incluso pude escuchar el sonido de sus besos sobre mi mojado y enrojecido coño.

—¡Ah…! —No pude evitar exclamar, al sentir como dos de sus dedos se introducían dentro de mi vagina, mientras, con su lengua comenzó a estimular mi clítoris.

Ver de este modo a mi tío, con su cara enterrada entre mis piernas, me hizo por unos segundos fantasear que era mi propio padre el que en ese momento me estaba comiendo el coño. Hecho que me produjo una más que placentera impresión. No voy a negar justo en este punto de la historia, que seguramente padezco cierto complejo de Electra «¿Y qué más da…? No renunciaría a sentirlo, por nada del mundo».

—¡Qué gustito sabes darme! —Lo animé loca de deseo.

Me apetecía enormemente correrme en toda su cara.

Él notó mi alto grado de excitación. Entonces decidió incrementar la intensidad tanto de la follada que me daba con sus dedos, como de los lametones que su experta lengua estaba ofreciendo a la zona más erógena de mi coño.

 No tarde demasiado tiempo en correrme, aún con mayor intensidad que la vez anterior.

—¡Me corro! ¡Qué bien me haces correr! ¡Qué gusto sabes darme! ¡Ah…! ¡Sí…!

Una vez que mis piernas dejaron de temblar, mi tío escapó de entre mis muslos.

—Voy a joderme al zorrón de mi sobrina como merece, —me indicó.

—Métemela bien dentro, quiero sentirla… —Grité cada vez más cachonda, a pesar de haberme acabado de correr por segunda vez.

—¿Quieres que me ponga condón? —Me preguntó, cogiéndome por sorpresa, ya que había dado por hecho, que se lo pondría sin preguntar.

—¡Me da igual…! —Exclamé, sin importarme lo que para mí en ese momento no era más que un pequeño detalle—. ¡Métemela cabrón! ¡Jódeme ya…! ¡Quiero tenerte dentro…! —Exclamaba ansiosa, casi rogándole que me follara.

Él decidió no perder más tiempo. Sin más preámbulo colocó su glande a la entrada de mi coñito, y dando un fuerte golpe de cadera me la empotró toda para dentro.

—¡Ah…! —Exclamé al sentir como el interior de mi coño se abría en un solo segundo, para dejar pasar a esa gruesa verga.

En ese momento, comenzó a bombear con fuerza, metiendo y sacando de forma acompasada su miembro de mi sexo.

—¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta la polla de tu tío?

—Sí, tito. Me vuelves loca, —le respondía entre jadeos, sudorosa y casi a punto de alcanzar, de manera consecutiva el tercer orgasmo.

Sin embargo, mi tío estaba tan excitado, que tuvo que parar un rato para no correrse en ese momento. Yo aproveché esa pequeña tregua para coger un poco de aire.

—Échate en la cama, —le pedí con la voz tomada por mi agitada respiración—. ¿No quieres ver como cabalga tu sobrina? —Pregunté totalmente fuera de mí.

Él se tumbó en la cama, ocupando el mismo lugar en el que yo había estado recostada. Entonces agarré su polla y la puse frente a mi vagina. Notando el roce de su glande en la entrada del coño, me fui poco a poco dejando caer sobre su polla, notando como se iba ensartando nuevamente dentro de mí.

Una vez que la tuve completamente clavada en mi chochito, comencé a cabalgar sobre mi tío, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Me satisfacía ver su cara. Aunque no conseguía en realidad sacarme totalmente a mi padre de la cabeza.

Ajeno a mis perversos pensamientos, el viejo verde de mi tío miraba embobado el movimiento de mis exuberantes pechos, que colgaban hacia abajo, meneándose y botando en cada una de las embestidas, que yo arremetía contra su erecta verga.

—¡Que bien follas! Se nota que tienes experiencia, pedazo de zorra, —me profirió mientras me arreaba un par de buenos azotes, seguramente bien merecidos por ser tan puta.

—Me pones muy cachonda, me gusta mucho follar contigo, —reconocí disfrutando como una loca.

—Me voy a correr, —anunció de pronto—. Échate a un lado, quiero llenarte las tetas de leche.

Yo lo miré riendo, sin detener la velocidad de mi galopada. Por nada del mundo iba a sacarme esa polla.

—Tito, quiero tu lefa en mi coño, —grité desesperada entre jadeos.

Estaba tremendamente agotada, sobre todo debido a la intensidad de la follada que le estaba ofreciendo.

—¿Quieres mi leche, puta? —Preguntó cogiéndome con fuerza de las tetas.

—Sí, —afirmé aumentando la velocidad y la intensidad de mi galopada, casi estando de nuevo al borde de correrme—. ¡Ah…! ¡Sí, joder! ¡Qué rico me corro! ¡Ah…! —Comencé gemir de nuevo.

—¡Me corro, cariño! ¡Toma, Olivia! ¡Toma, toda mi leche para ti, mi niña! —Exclamó justo cuando comenzó a eyacular una copiosa corrida dentro de mi chochito. —¡Me corro, mi niña! ¡Olivia… me corro…!

Una vez que terminó de expeler toda su lefa dentro de mi coño, yo me eché sobre él, y sin sacar la polla de mi interior, comenzamos a besarnos de nuevo. Está vez de un modo más tierno y pausado.

Pasados unos minutos, cuando su verga ya había perdido toda la consistencia, me la saqué y me eché a su lado. Él hizo el amago de levantarse, pero yo lo detuve con un gesto.

—Tenemos un ratito más. No te vayas, tito, —le supliqué mimosa como una adolescente.

Entonces él se echó a mi lado y comenzó abrazarme y a besarme de nuevo, tapados y ocultos ya por las sábanas de mi cama.

—¿Te gustaría repetir, Olivia? ¿O prefieres que esto quede simplemente en una mera anécdota? —Me preguntó mientras me abrazaba paternalmente.

—Quiero ser tu amante, tito, —respondí totalmente convencida de lo que sentía en ese momento por él.

—¿Estás segura? —Interpeló.

—Nunca he estado tan segura de algo, —respondí riendo y relajada.

Veinte minutos después, me despedía de mi tío besándome a la puerta de casa. Yo completamente desnuda, solo con los zapatos de tacón puestos.

—¿Cuándo podremos vernos? —Le pregunté.

—Si quieres paso a verte mañana por la tienda y lo hablamos, —me indicó dándome un último beso en los labios. —¿Te apetece que tu tío pase a verte al trabajo?

—Claro, me encantará verte. Cierro a las dos, si pasas a última hora podremos quedarnos un rato dentro a solas

—Hasta mañana, mi niña, —se despidió por fin abriendo la puerta del ascensor.

Nada más marcharse comencé a sentir su semen escapándose, resbalando desde mi coño hasta mis mojados muslos. Fui directamente hasta el salón, sintiendo como su lefa se deslizaba en gruesos goterones hasta el suelo.

Recogí sin perder tiempo los vasos y la ropa que permanecía tirada en el sofá. Entonces miré la hora nerviosa. «He apurado el tiempo al máximo, Alex puede llegar en cualquier momento», pensé nerviosa, pero sin perder la sonrisa.

Hice la cama a toda prisa tirando prácticamente del edredón hacia arriba. No me dio tiempo ni tan siquiera a ducharme, tal y como me hubiera gustado hacer. Eché algo de ambientador, ya que la habitación olía a sexo. Fue justo en ese momento cuando escuché el ruido de la cerradura «Mi marido está abriendo la puerta». Pensé nerviosa.

Entonces me vi reflejada en el espejo «¡Mierda! Estoy desnuda y con los tacones puestos. ¡Parezco una puta!» Pensé aterrada, al tiempo que me descalzaba y escondía las sandalias debajo de la cama. Entonces me vestí a toda prisa, cogiendo una amplia camiseta que a veces utilizaba para estar cómoda por casa. Ni tan siquiera me dio tiempo para ponerme unas bragas.

Salí al pasillo disimulando y me encontré de frente a mi marido que venía con mis dos hijos de la mano.

—Mamá, el abuelo me ha comprado esta pelota, —comentó Carlos, enseñándome radiante su nuevo juguete.

—¡Qué pelota tan bonita, mi vida! El sábado vamos a jugar al parque con ella, —respondí sonriendo acercándome hasta ellos.

—Tienes mejor cara. Te veo feliz, —me indicó mi marido dándome un beso los labios.

—Lo soy, —respondí sonriendo

                                                                                                                                                                                                                                     3/3  FINAL

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