DEVA NANDINY

Para saber quién eres y conocer como se ha llegado hasta aquí, a veces hay que recordar de dónde se viene.

Con mi primer marido mantuve casi veinte años de relación, con dos hijos de por medio. Fui feliz con Alex, aunque reconozco que las infidelidades por mi parte comenzaron desde el principio, ya cuando éramos novios.

Después llegó un traumático divorcio, donde me prometí a mí misma que no volvería a mantener ningún tipo de relación afectiva con otro hombre, por lo menos en bastante tiempo.

Dado mi reiterado gusto por mantener encuentros morbosos con hombres, el peaje que estaba dispuesta a pagar por ello, era alejarme de cualquier tipo de relación de pareja. Además, reconozco que me apetecía una etapa de total libertad.

Sin embargo, nunca me salen las cosas como las planeo, quizás eso se deba a mi carácter caprichoso y cambiante. El caso, es que un par de meses después de separarme apareció en mi vida Enrique, mi actual marido.

Enrique y yo mantuvimos un noviazgo corto y a la vez intenso, donde los viajes, los museos, salir de fiesta y el deporte, eran la base de nuestra relación. Sin embargo, poco a poco el morbo fue apareciendo de forma inexorable de nuevo en mi vida.

Todo dio comienzo en uno de nuestros primeros viajes por Europa, yo estaba bailando de modo sexy y provocativo en un pub, intentando convencer a Enrique para que se animara. Al contrario que yo, él es una persona más tímida para este tipo de cosas.

Enrique permanecía apoyado en la barra tomando una copa mirándome, mientras yo bailaba para él, sin darme cuenta de que había más gente observándome. No obstante, él si percibía como otros ojos me vigilaban con deseo sin perder detalle a ninguno de mis sensuales movimientos.

Seguramente, a la mayoría de los hombres comprobar como otras personas se calientan contemplando a su pareja, les hubiera resultado cuanto menos incómodo. Sin embargo, Enrique se excitó enormemente al notar como otros me deseaban. Observar cómo se acercaban a mí, intentando invitarme a tomar algo.

No estuvimos demasiado rato en aquel pub de Praga. Mi marido se acercó hasta donde yo estaba bailando, me agarró de forma decidida por la cintura, y me sacó de allí. Recuerdo que algunos de los hombres que habían tratado de ligar conmigo, incluso silbaron desaprobando que me marchase.

No entendí muy bien la actitud de Enrique, sin embargo, la comprendí perfectamente media hora después, cuando llegamos al hotel y me tiró con violencia sobre la cama. Esa noche follamos salvajemente.

Ese día todo cambio en nuestra relación. Desde entonces, aprovechábamos los fines de semana para jugar a ese morboso juego. Cada vez atreviéndonos a llegar un poco más lejos. Primero todo consistía en excitar a hombres bailando, simplemente yo actuaba como una calienta pollas. Pero fuimos avanzando cada vez un poco más. Del baile pasé directamente a coquetear, tomando algo con ellos, hablando dejándome incluso toquetear un poco. Todo esto mientras mi marido observaba excitado desde la barra. Una vez en casa, yo le contaba todo lo que había hablado con ellos, y follábamos indecentemente.

No obstante, cada día íbamos un poco más lejos. Recuerdo como si fuera ahora aquel sábado por la noche, habíamos quedado a tomar unas copas después de cenar, con unos compañeros de mi marido. El caso es que, desinhibidos seguramente por el alcohol, terminé follando con los dos compañeros de mi esposo en su presencia. Ese mismo día, Enrique me pidió matrimonio.

Los siguientes días fuimos poniéndonos algunas líneas rojas, una especie de frontera que no queríamos traspasar, pues pesábamos que podrían dañar de alguna manera nuestra relación.

Normas como, por ejemplo: No estar con otros hombres si Enrique no estaba presente, no jugar con personas cercanas a nuestro círculo, no tener amantes fijos, despertarme con mi marido todas las mañanas… y muchas más que con el tiempo fuimos modificando o simplemente eliminándolas de nuestros juegos.

Si embargo, había una norma que hasta ese día había permanecido inquebrantable. No pasar más de una noche con un amante. A esas alturas de nuestra relación, yo a veces me iba a dormir con un hombre, o dormía con él en nuestra cama, algo que siempre me ha encantado que mi marido tolerase. No obstante, por la mañana llegaba a casa a primera hora y le contaba la experiencia a mi esposo. Todo era perfecto y excitante.

Sin embargo, ahora habíamos dado una vuelta de tuerca más, me iba a pasar un fin de semana con Iván.

Todo había sido un pacto tácito con Enrique. Yo había querido forzar la situación pensando que mi marido no aceptaría. «Estoy dispuesta a ponérsela dura a tu jefe, a cambio que me permitas pasar un fin de semana con el amigo de mi hijo».

Era tanto el morbo que a mi marido le producía que yo aceptase iniciar unos juegos con Don Ramón, que no le había importado en absoluto romper la única regla sagrada que permanecía en nuestro matrimonio.

Recuerdo que ese día me levanté especialmente ansiosa. Por la noche había follado con mi esposo, sin embargo, él se había mostrado algo más frío y distante de lo normal.

Nos despedimos por la mañana con un beso en la puerta de nuestra casa. Enrique salió temprano como hacía casi todos los sábados para salir en bicicleta con su “grupo de la bici”, como él mismo los llama.

—Bueno cielo, mañana por la tarde nos vemos. Espero que te aburras mucho y, me eches de menos, —comenté justo antes de cerrar la puerta.

Sabía que mi marido no llevaba nada bien mi relación con el amigo de mi hijo. Habíamos follado dos veces, y este sería nuestro tercer encuentro. Pocos días antes había estado con el chico en la habitación de un hotel cerca de mi trabajo, cuando regresé a casa después de la cita, ni tan siquiera me preguntó.

Aquella noche me folló de forma tradicional, si hablarme de otros hombres. Simplemente, se subió encima de mí comenzando a rozarse contra mi sexo, luego me la metió y dos minutos después pude notar su semen caliente inundando el interior de mi coño.

Yo ni siquiera intenté correrme, simplemente me abrí de piernas para dejar que me follara y eyaculara cuanto antes. El sexo tradicional me resulta tremendamente aburrido, y hace mucho tiempo ya, que dejó de interesarme.

Me hubiera encantado contarle lo que había sentido con Iván en aquel hotel. Narrarle mi encuentro con el chico sin ocultar ni un solo detalle, como hacía siempre. Verlo excitado al saber que mi coño había sido usado por Iván, tal y como le pasaba con otros hombres. Sin embargo, mostraba una total frialdad por la relación que había iniciado con el amigo de mi hijo.

Cuando esa mañana entré por fin al ascensor con el pequeño equipaje de mano, suspiré aliviada. No dejaría que ni tan siquiera mi marido me estropeara un fin de semana que deseaba de una forma tan intensa. «Ya hablaré con Enrique de todo esto a la vuelta», pensé cuando salía del garaje con el coche.

Lo vi de lejos. El chico estaba esperándome puntual junto a la glorieta donde le había dicho que pasaría a recogerlo. Estaba muy guapo, llevaba un estrecho pantalón vaquero y una camiseta blanca con el anagrama de un grupo de rock de los setenta, los Ramones. Estaba segura de que ni siquiera los había escuchado en toda su vida, pero él sabía que a mí me volvían loca. En la mano, traía una bolsa de deportes en la que guardaba su equipaje.

—Sube, —apremié deteniendo un segundo el coche.

—¿No me das un beso? —Preguntó sentándose a mi lado

Yo me incliné hacía él y nos dimos un corto beso. «El primero del fin de semana; el primero de tantos que vendrán», pensé.

Fue un corto contacto de nuestros labios, pues estaba parada en mitad de una glorieta y tenía algunos coches detrás esperando. Sin embargo, no pude reprimirme, metiendo la punta de mi lengua unos segundos en su boca. Solo notar ese húmedo contacto, me hizo sentir un fuerte cosquilleo en la entrepierna.

Por fin metí primera y salí acelerando de la glorieta, pues ya comenzaban a pitar con bastante insistencia, dos o tres coches que estaban detrás de mí.

No pude contenerme en bajar la ventanilla, y haciendo un movimiento obsceno y vulgar con el dedo índice, gritar:

—¡Iros a la mierda, mal follaos!

Iván comenzó a reírse, mientras poco a poco salíamos de la ciudad encaminándonos hasta la autopista.

—¿Dónde vamos? —Interpeló poniendo una mano sobre uno de mis muslos.

—¿Conoces Burgos? —Pregunté sonriendo.

—No, la verdad es que pasamos cerca cuando los veranos vamos al pueblo de mi abuela durante el mes de agosto, pero mi padre nunca ha parado. De todas formas, no creo que lleguemos a salir de la habitación.

Los dos comenzamos a reírnos, sin duda ilusionados por tener tantas horas por delante solo para nosotros.

—¿Piensas estar follándome todo el fin de semana? Hay más cosas que se pueden hacer en Burgos.

—¿De verdad? —Preguntó bromeando.

—Claro cielo, follar está genial. Sin embargo, salir a cenar y después a beber unas copas, sabiendo que cuando lleguemos a la habitación tendremos una larga noche por delante… incentiva el morbo. Para echar un buen polvo nunca hay que tener prisa. —Traté de hacerle entender.

—¿Podré besarte en los bares? —Se interesó.

Yo estallé en una fuerte carcajada. Sin duda para el chico lo único realmente relevante ese fin de semana, era acostarse conmigo.

—Eso ya lo haces, —dije sin poder contener la risa—. Te recuerdo que el otro día me diste un morreo casi en la puerta de mi trabajo. Por cierto ¿Dónde le has dicho a mi hijo que pasarás este fin de semana? —Pregunté con cierta sorna.

—Nada, —respondió poniéndose colorado en un solo segundo.  

—El otro día, me comentó Carlos que le habías dicho que habías conocido por Internet a una mujer madura, con hijos, y que te la ibas a follar este fin de semana, —expliqué intentando simular estar confusa.

Iván no pudo aguantar la tensión, estaba nervioso, casi temblando…

—Lo siento, Olivia. La verdad es que no sabía que excusa ponerle a tu hijo. Además, tampoco te voy a negar que me puso contárselo, —soltó sin poderme mirar a la cara.

—¿Puedo preguntarte por qué te dio morbo inventarte algo así?

—En realidad no me inventé nada, ya que todo es real. Únicamente mentí en el detalle de que la conocí por Internet, y lógicamente también omití que la mujer a la que me voy a follar este fin de semana, en realidad es a su madre.

—¿Y qué más le contaste?

—Me la pone dura explicarle lo cachonda y lo puta que es su madre, sin que tu hijo sepa que me refiero a ti. También le hablo de lo buena que estás, de que tienes unas tetazas impresionantes, —me explicó, poniendo una de sus manos sobre mi camiseta, palpándome directamente los pechos.

—¡Cabrón! —Exclamé, fingiendo estar molesta por mantener ese morboso e insano juego con mi hijo mayor—. Te vuelven loco mis tetas ¿Verdad? —Interpelé conociendo de sobra la respuesta.

—Toda tú me vuelves loco, —respondió sin dejar de sobarlas—. ¿Nunca llevas sostén?

—Solo para hacer deporte. Odio los sujetadores—, respondí, mientras el chico dibujaba con la yema de su dedo sobre mi ajustada camiseta, mi marcado pezón.

—¿A tú marido no le importa?

—¿Qué no lleve sostén? —Interpelé riéndome hacia su absurda pregunta.

—Sí, y a que siempre lleves esas minifaldas.

Yo comencé a reírme, me hacía gracia que me preguntara precisamente eso, porque era mi propio esposo el que me incentivaba a vestir siempre un poco más provocativa.

—¿No te gusta cómo visto?

—Me encanta, —contestó sin dejar de sobarme—. ¿Quieres saber qué más le conté a tu hijo?

No respondí, tenía claro que no iba a entrar en ese peligroso e imprudente juego, a pesar de que en el fondo me moría de ganas por saberlo. Aparté un segundo la vista de la carretera, para mirándolo con deseo a los ojos. «¡Puto niñato! Me pones tremendamente cachonda», pensé.

—Le digo que eres una golfa, que tu marido no te folla como te mereces, y que te pasas el día pidiendo guerra como una buena putita. Además, también le hablo de lo bonitas que son tus piernas, —manifestó abandonando mis pechos, y subiendo mi corta faldita para acto seguido comenzar a acariciarme los muslos

—¿Sí? ¿También le dices que ella… la madura esa que conociste por Internet, es una puta? —Pregunté disimulando, como si en verdad no le estuviera hablando de mí.

—Una zorra, una auténtica cachonda que se mea de gusto cuando veo como se corre por el móvil. También le describo como es su conejito…

—¿Cómo es? Dímelo, —pregunté tremendamente excitada.

—Grande. Con unos labios muy carnosos, pero sobre todo muy húmedo. Perfectamente depilado, rosadito y muy suave, siempre cachondo y gelatinoso —declaró pasando sus manos por la cara interna de mis muslos, rozando mi sexo a través de mis bragas.

—¿Qué más? Sigue hablando, cabrón, —rogué deseando sentir sus dedos en lo más profundo de mi coño.

—Le digo que la muy zorra tiene un culo enorme y precioso, y que me ha prometido que este fin de semana, cuando vaya a conocerla, me va a dejar encularla.

—¿Qué te dice él?

Entonces Iván estalló en una sonora carcajada, dejándome de meter mano por unos segundos.

—¡Vaya! Esa pregunta sí que no me la esperaba. ¿Quieres que le mande algún video de cómo te meto el rabo? Parece que te pone cachonda que le haya contado todo esto a tu hijo, —aseguró.

Para mí fue como una vuelta a la realidad, una especie de aterrizaje de emergencia.

—¡Lo que me pone cachonda es que me toques! —Exclamé molesta por su acusación—. Cuando me lo has contado, para mí es como si hablarás de otra mujer. ¡Por supuesto que no me excita que me hables de mi hijo!

En esos momentos me sentí tremendamente incómoda y no pude evitar comenzar a pensar en mi esposo. Por evitar este tipo de situaciones, a Enrique no le gustaba mi relación con Iván. «Sin duda mi marido, siempre ve venir las cosas antes de que sucedan». Pensé echándolo de menos, y por primera vez lamentando haberme ido de fin de semana con el chico.

—No te enfades, Olivia. Solo era una broma, para nada he pretendido molestarte.

El resto del camino lo hicimos casi en completo silencio, no volvimos hablar de sexo durante todo el trayecto. Incluso en un par de ocasiones se me pasó por la cabeza darme la vuelta y regresar a casa, dando así mi relación con el chico por finalizada.

Burgos nos recibió de forma más calurosa a la que yo esperaba. Una vez que llegamos al hotel y terminamos de hacer el check-in, subimos a la habitación. Ese fin de semana era sin duda muy especial para mí. No había reparado en gastos y tenía reservado un buen hotel, esperando tener un fin de semana idílico. Sin embargo, de momento no había comenzado de la mejor manera.

Sabía que en parte la culpa había sido mía, se suponía que de alguna manera yo era la adulta, o por lo menos la que más experiencia tenía este tipo de aventuras. Me había dejado llevar por un morboso juego, que había conducido a un comentario por parte Iván totalmente desafortunado.

Me excitaba estar follándome al amigo de mi hijo. La situación me resultaba tremendamente morbosa. Sin embargo, tenía que parar algunos comentarios, eliminar situaciones que tuvieran que ver con mi propio hijo.

Nada más entrar en la habitación comencé a colocar el escaso equipaje que había traído para los dos días. Estaba realizando esa labor, cuando noté como la mano de Iván se colaba por detrás acariciándome por debajo de la falda.

—¿Te gusta que te toque? —Me preguntó pegándose totalmente a mí.

—Cariño, me encanta que lo hagas.

Entonces el chico me sorprendió totalmente, bajando de un violento tirón mis bragas hasta medio muslo, que casi consiguió arrancármelas. A continuación, levantó mi falda propinándome un tremendo azote, que hizo que me trastabillara con los tacones, obligándome a tener que apoyarme contra el armario para no caerme.

—¡Qué culazo de zorra tienes! —Comentó, intentando palpar una de mis enrojecidas nalgas.

Justo en ese momento se agachó, y poniéndose de rodillas detrás de mí, separó mis cachetes de forma soez. Dejando mi zona más íntima a la vista, en ese preciso instante, comencé a notar como su lengua empezaba a estimular directamente mi ano.

—¡Ah…! ¡Joder Iván… como me gusta que me hagas eso! —No pude evitar exclamar, pues es algo que me vuelve completamente loca.

Estaba tan ansiosa, que no pude evitar comenzar a tocarme. Mi clítoris estaba henchido y duro, deseando ser estimulado. Sin embargo, tenía tantas ganas de polla, que instintivamente me introduje dos dedos en el interior de mi húmeda vagina.

No obstante, Iván tenía otros planes para mí. De un violento y rápido manotazo me obligó a retirar la mano de mi propio sexo.

A cambio, sentí su dedo índice presionando sobre la entrada de mi ano. Relajando mi esfínter, mi culo comenzó a tragárselo.

—¿Cómo está? —Pregunté tremendamente puta y cachonda— ¿Cómo notas mi culo?

—Apretado y caliente, —respondió— Olivia, nunca pensé que fueras tan zorra ¿Cuántas pollas han entrado antes en este culo? —Preguntó al tiempo que comenzaba a follárselo con el dedo.

—¡Ah…! —Gemí—. No lo sé, cariño. No me… acuerdo… ah…

—¿Cuántas? —Interpeló tajante.

—¿Para qué quieres saberlo? Te digo que no lo sé, Iván, —volví a responder en tono más serio.

—¿Más de cinco? —Reiteró, mientras su dedo entraba y salía de mi culo.

Yo me quedé cayada, deseaba responderle. Contarle lo puta que siempre había sido, explicarle que, a su edad ya había rebasado ese número que me preguntaba con creces. Sin embargo, a pesar de la enorme excitación que sentía, todavía quedaba algo de pudor en mí. Iván era mi amante, pero también era el mejor amigo de mi hijo, al que conocía desde que era muy pequeño.

—¿Has dejado a más de diez hombres joderte el culo?

—¡Tantos no! —Mentí, comenzando a mover mis caderas, sintiendo como se clavaba en mi interior.

—¿Sabes? Carlos dice que un día escuchó decir a su padre, que eres una puta. Por lo visto le ponías también los cuernos.

No aguanté más, sus palabras me excitaban en exceso. Sin embargo, su juego era demasiado peligroso, no quería dejarme llevar por todo ese insano morbo. En ese momento, aproveché para inclinar mi cuerpo hacia delante, forzando con ese gesto que su dedo abandonara el interior de mi culo.

Un instante después me di la vuelta de forma enérgica, para no darle tiempo a reaccionar, y poniéndome frente al chico me clavé de rodillas comenzando a bajarle los pantalones. Un segundo después mantenía su polla en la palma de mi mano. Estaba dura como una piedra, la miré durante unos segundos, como queriéndome deleitar.

—¡Olivia, quiero follarte el culo! —Expresó directamente, intentado que volviera a ponerme en la misma posición que unos segundos antes.

—Ya sé que quieres joderme el culo. No puedes imaginarte cuantos hombres han deseado hacer, lo que te dejaré realizar a ti hoy, —le expliqué acrecentando su morbo, al tiempo que comenzaba a masturbarlo sin dejar de mirarlo a los ojos.

—¡Vamos, puta! ¡Date la vuelta! —Exigió de modo autoritario.

—Necesito comértela. Ya me joderás el culo esta noche cuando vengamos de fiesta. Será el postre de una bonita noche, —comenté justo antes de metérmela en la boca.

Él pareció aceptarlo, porque un segundo después de decirle eso cerró los ojos, y poniendo una de sus manos sobre mi cabeza, comenzó a tirar de mí hacia abajo, obligándome a que me la insertara entera en la boca.

—¡Así…! ¡Métetela toda! —Exclamaba excitado—¡Qué bien la chupas, Olivia! —Lo escuchaba decir mientras me afanaba en hacerle un buen trabajo.

En ese preciso momento, comencé agarrar sus testículos, acariciando sutilmente todo su escroto. Notaba toda la virilidad del muchacho en esa polla que entraba y salía de mi boca, amenazante con llegar a tocarme la garganta. Él me mantenía agarrada, sujeta por mi corta melena rubia, obligándome en cada embestida a llegar un poco más abajo.

No quise tocarme, estaba segura de que si me acariciaba no tardaría nada en alcanzar el orgasmo. Sin embargo, sin previo aviso noté un copioso torrente de lefa caliente en el fondo de mi boca. Eso me atragantó, y en un auto reflejo intenté toser sacándome su verga. No obstante, Iván se mostró inflexible, casi brutal y despiadado. Me sujetó tirándome fuerte y firmemente del pelo, empujando con todas sus fuerzas.

Creí que me ahogaba. En ese momento sentí una fuerte arcada, y a continuación mis ojos se inundaron de lágrimas. Sin embargo, a él pareció no importarle manteniéndome bien sujeta por el cabello, con la polla totalmente insertada en mi boca, mientras no dejaba de gritarme y de insultarme de forma reiterada.

—Toma puta. Tómatela toda. Me corrooooo….

Hasta que no eyaculó la última gota, siguió haciendo fuerza empujándome de manera brutal contra su pelvis. Una vez que por fin me soltó, comencé a toser, a sentir arcadas, brotándome hilillos de saliva por la comisura de mis labios.

—¡Hijo de puta! —Exclamé gritando con los ojos llenos lágrimas, sintiendo una mezcla de ira y excitación al mismo tiempo—. ¡Casi me ahogas! ¡Joder!

Él me miró con una sonrisa impasible, que fue dulcificándose a medida que su excitación mermaba.

—Lo siento, me he dejado llevar, —respondió dándose la vuelta.

Me vi obligada a quitarme la ropa y meterme en la ducha. Había manchado la camiseta con mi saliva y con los restos de semen que habían caído desde mi boca. Además, mis medias y mis bragas estaban empapadas de mis propios fluidos vaginales.

Una hora después salimos del hotel cogidos de la mano, como si fuéramos una pareja más que sale a dar un paseo. Intenté aprovechar ese tiempo, para hacer de improvisada guía turística, pero el chico no estaba demasiado interesado ni por la historia, ni por la arquitectura, ni por el arte.

—De joven trabajé escribiendo algunas guías y artículos de arte, —comenté intentando fomentar su interés.

—Sé por Carlos, que a Enrique y a ti os gustan mucho los cuadros y los monumentos. Dice que algunos fines de semana os marcháis de viaje para ver cosas de ese tipo. Sin embargo, si yo fuera tu marido prefería disfrutar de este cuerpazo quedándonos en casa, —comentó propinándome un azote en el culo.

Yo me reí a carcajadas, dándolo por perdido.

—Menos mal que no eres mi marido, me matarías de aburrimiento, —indiqué esbozando una sonrisa—. Espero que, con el tiempo aprendas a valorar otras cosas además del sexo. Se disfruta más la vida cuando aprecias todo lo que te rodea. Vamos a tomar algo, —indiqué cogiéndolo de la mano.

Después de cenar nos fuimos a tomar unas copas. Iván estaba impaciente en que nos fuéramos al hotel. El chico se mostraba como un pulpo, que no dejaba de toquetearme o besarme cada vez que tenía ocasión. Me encantaba saber que estaba tan cachondo.

Sentados en un sofá, sentí como la mano del muchacho intentaba colarse entre mis muslos. Me había pasado la noche dejándome manosear, pero cuando se acercaba peligrosamente a mi sexo, le obligaba a retirar la mano aludiendo que podrían vernos. Sin embargo, en esa ocasión yo misma abrí las piernas para facilitarle el trabajo

—¡No llevas bragas! —Exclamó divertido al tocar con la yema de los dedos directamente mi húmeda vulva.

—¿De verdad? Se me deben de haber caído, —Bromeé haciéndome la sorprendida.

—¿Las tienes guardadas en el bolso?

Yo negué con la cabeza, abriendo y mostrándole a la vez el interior del minúsculo bolso, para que viera que no las tenía allí.

—¿Qué has hecho con ellas? —Preguntó intrigado.

Yo me reí morbosamente, estaba acostumbrada a realizar ese tipo de juegos con mi marido cuando salíamos de fiesta.

—Antes, cuando he ido a hacer pis había cola en el baño de las chicas. Por lo tanto, entré al de los hombres. No me mires así, —dije riéndome—. Te aseguro que no había nadie. Entonces me he quitado las bragas, y las he dejado colgadas en el grifo del lavabo. Sin embargo, justo cuando salía del baño coincidió que entraba el chico ese, el de la camiseta negra, —indiqué riéndome, apuntando al joven con el dedo—. Desde entonces no para de mirarme.

—¡Qué zorra eres! —Comentó sorprendido por mis juegos.

—Tienes razón, cariño. Sin embargo, soy una zorra con muchas ganas de bailar, —indiqué poniéndome de pies y tendiéndole la mano— ¡Vamos! —Exclamé, tratando de incentivarlo.

—No me gusta bailar, pero podíamos irnos ya de una vez al hotel. Prefiero esa clase de baile, —advirtió poniendo voz de machito.

Yo hice como que no lo escuchaba dirigiéndome sola hasta la pista de baile, una vez en medio, comencé a dejarme llevar por el ritmo de la música.

Ese fue el primer momento, en el que sin duda eché muchísimo en falta a mi marido. Nuestras escapadas de fin de semana eran mucho más completas y divertidas. Disfrutábamos de tantas cosas juntos… de nuestras excusiones, visitando monumentos, yendo a museos, a conciertos… Nos regocijábamos saliendo a beber unas cervezas, buscando comer unos buenos pinchos, sabíamos gozar de una buena cena, de las copas. Lo que viniera después, solo era la guinda del pastel.

Comprendí, que pese a llevar días esperando ansiosa ese momento, con Iván únicamente me unía el sexo. Estar todo un fin de semana con el chico, era como perder el tiempo.

El joven de la camiseta negra que me había visto salir del servicio, encontrándose mis bragas de encaje negras puestas sobre el grifo del lavabo, se acercó pegándose a mí bailando. Era guapo, alto, fuerte, muy masculino… Sin duda el tipo de hombre con el que suelo terminar follando una noche así.

No obstante, Iván me miraba desde el sofá como un corderito asustado. Seguramente en ese momento se debió de dar cuenta que no había estado a la altura.

Entonces sentí como me agarraban fuertemente por la cadera simulando bailar, pasándome durante un segundo su entrepierna por el culo. No pude evitar sentir un estremecimiento, al notarla dura.

—Rubia, te invito a tomar una copa.

—Lo siento, estoy acompañada, —Intenté rechazarlo de manera educada.

—¿Con aquel chico? —Me preguntó sorprendido, apuntando con el dedo a Iván sin disimulo.

—Eso es, —respondí mirándolo de forma seria a la cara.

—Pensé que, a un pedazo de mujer como tú le gustaría más la compañía de un hombre de verdad.

—Puede ser, —le confirmé, fríamente—. Pero también puede, que pensar no sea precisamente lo tuyo.

Entonces me marché de allí abandonando la pista de baile, acercándome hasta donde estaba Iván, que me miraba con ojos timoratos.

—Vayámonos al hotel, creo que es hora que hagamos lo que hemos venido hacer aquí. Quizás tú y yo no estamos destinados para hacer otro tipo de cosas, —expresé en un tono duro y cortante.

—¿Qué quieres decir? —interpeló asustado.

—Nada. Cosas mías —respondí agarrándolo de la mano y sacándolo de allí.

Caminamos hasta el hotel agarrados, pero sin decirnos apenas nada. Sin embargo, al entrar en la habitación lo empujé contra la cama y me tiré prácticamente encima de él.

Iván me había decepcionado. Puede que en la cama se comportara como un hombre. Sin embargo, fuera de ella no dejaba de ser un chiquillo. No obstante, yo estaba hambrienta y deseosa de hombre.

Él se quedó un poco parado, seguramente algo intimidado por el excesivo ímpetu con el que yo me comportaba. Entonces desabroché ansiosa sus pantalones, bajándolos hasta las rodillas.

Su polla no estaba totalmente erecta, pero no me importó. Me subí ansiosa a horcajadas sobre él, como no llevaba bragas comencé a frotar mi sexo de forma directa sobre su pene. Al tiempo que tiré hacia arriba de su camiseta. Lo hice con tanta fuerza que las costuras llegaron a crujir, sacándosela él al final como pudo.

Me tiré ansiosa a besar y a lamer su abdomen, subiendo poco a poco hasta sus pectorales. El roce de mi vulva contra el sexo del chico, me hizo notar como su verga crecía y se endurecía. Juntando mis labios con los suyos, comenzamos a besarnos de manera apasionada, intensa y vehemente; casi salvaje.

De modo enloquecido, casi exaltada, comencé a desabotonarme la camisa. Mi desatado ímpetu, hicieron que varios botones saltaran por los aires. Una vez que conseguí desprenderme de la camisa, la arrojé como si fuera un trapo al suelo.

Mis grandes pechos quedaron expuestos, orgullosos y altaneros. Iván se quedó mirándolos con deseo. Su cara mostraba sus ganas de acariciarlos, sin embargo, no le di ni tan siquiera tiempo a que lo hiciera, yo misma agarré sus manos y las puse sobre ellos.

—¿Te gustan mis tetas, cariño?

Él me sonrió complacido al notarme tan excitada. Comenzó a palparlos, a sobarlos, a estrujarlos. Pasando la yema de sus dedos sobre mis pezones, que ya antes del primer contacto estaban duros y acerados, casi graníticos.

Sin poder aguantar estar tan cachonda, me puse de cuclillas, agarrando su polla la coloqué frente a la entrada de mi vagina, a continuación, me dejé caer sobre ella clavándome hasta el fondo.

—¡Ah…! ¡Qué rica! —Grité al sentir como mi coño se abría.

—¡Cómo te gusta! —exclamó Iván fuera de sí.

—No te imaginas cuanto gusto me da sentir como se clava una polla en mi coño, —respondí con malicia, usando a posta el artículo indeterminado.

Entonces comencé a cabalgar sobre el chico, Iván me agarraba por las caderas, dejándome mover sobre él con verdadero énfasis. Notaba mis grandes pechos botar, casi ingrávidos con movimientos circulares. El chico se quedaba hipnotizado, como si gravitaran sobre él sin atreverse a cogerlos.

—Antes, cuando estabas bailando sin bragas como una puta en el pub, —comentó Iván entrecortadamente—. Me mandó un mensaje tu hijo.

Yo desaceleré un poco el ritmo de mi frenética galopada, pero sin dejar de follarlo ni un solo momento. Sin poder aguantarme las ganas, le pregunté ansiosa e intrigada:

—¿Qué quería?

—Era para saber que tal me iba la cita contigo, bueno… con la madurita cachonda, —apuntó—. También me pidió que le enviara una foto.

—¿No se te habrá ocurrido…? —Interpelé alarmada.

—Me encantaría mandarle una foto de tus tetazas moviéndose, así botando… son una pasada.

No dije nada y comencé de nuevo a incrementar mi galopada. Podía sentir como mi coño desprendía gran parte de la humedad que tenía.

—¿Te imaginas? Seguro que iba a fliparlo. Estoy seguro de que se haría una buena paja mirando tu foto —siguió elucubrando situaciones morbosas para él.

—¿Tú no ibas a joderme el culo? —Pregunté cambiando de tema.

—Solo pensar que la voy a tener dentro de este culazo, hace casi que me corra de gusto, —expresó al tiempo que me propinó un violento azote en una de mis nalgas.

—¡Ah…! —Gemí al sentir el contacto de su mano—. Pues es hora ya de que empieces a dilatarlo. ¡Méteme un dedito, cariño! —Dije cogiendo una de sus manos, y llevándome su dedo índice a la boca comencé a lamerlo, simulando estar haciéndole una felación, dejándoselo bien lubricado.

—¿Te gusta cuando un hombre te mete el rabo en el culo? —Preguntó de forma soez, como dando a entender que me dejaba follar por otros hombres además de mi marido.

—Cariño, si no me diese placer, no me dejaría dar por el culo, —respondí justo cuando sentí como su dedo índice empezaba a presionar mi esfínter.

—¿Por dónde te gusta más, por el coño o por el culo?

—¡Ah…! ¡Despacio, déjalo quieto, no lo muevas! —Exclamé al sentir como su dedo invadía por segunda vez mi ano—. Es diferente. El culo es un juego más íntimo, me ofrece unas sensaciones más morbosas, me hace sentir más entregada a un hombre, y eso es algo que me encanta. La vagina me ofrece seguramente un efecto más placentero a nivel sensitivo.

—¿Has estado alguna vez con dos hombres a la vez?

No quise mentirle y permanecí cayada. En ese momento retiré la mano de Iván de mi culo y lo descabalgué, entonces cogí un bote de lubricante que había dejado previamente en un cajón de una de las mesillas que había junto a la cama, y me tumbé a su lado.

Eché una buena cantidad de gel sobre dos de mis dedos, y mientras, con la otra mano aparté una de mis nalgas, procedí a untarme bien el ano de lubricante. Introduciéndome, primero un dedo y luego dos.

—¡Vamos jódemelo! En esta posición me entrará mejor, —indiqué, volviendo a repetir de nuevo la operación, lubricando bien la zona.

Entonces Iván se incorporó de la cama, colocándose de rodillas entre mis piernas. En ese instante, yo agarré mis nalgas, apartando una con cada mano abriéndome completamente el culo, ofreciéndole así mi orificio sagrado.

—Me parece increíble que seas tan puta, Olivia, —expresó al tiempo que agarraba su polla, colocando el capullo frente a la entrada de mi ano.

—¡Aprieta cabrón! —Dije relajando el esfínter—. ¡Ah…! ¡Joder!

Poco a poco la polla del muchacho se fue introduciéndose dentro de mis entrañas.

—¡Vamos putita, ya casi la tienes toda clavada!

Ese es el momento en el que sin duda más sometida y entregada puedo sentirme. Siempre digo que dejarme dar por el culo es una de las prácticas sexuales más íntimas y personales. Sin embargo, para encontrar placer por estar tan subyugada, tengo que sentir una conexión especial por un hombre.

Después de clavármela toda, el chico se quedó un momento quieto, tal y como yo le iba indicado. Esperando así a que mi culo se acostumbrara a tener su miembro alojado dentro. Pasado unos segundos, yo misma comencé a moverme. Primero lo hice en sutiles movimientos circulares, es una deliciosa manera de sentirme penetrada. Luego comencé animarlo:

—¡Vamos! —Lo apremié—. Venga cabrón jódeme, demuéstrame que eres un hombre.

Iván tremendamente excitado, pero con miedo de hacerme daño, comenzó a sacar y meter su polla. Sin embargo, al observar la cara de inmenso placer que yo mostraba, poco a poco fue ganando confianza y comenzó a follarme de una forma mucho más intensa.

—¿Te gusta, cielo? ¿Te gusta el culo de tu perra? —preguntaba totalmente emputecida y enviciada por las sensaciones del momento.

—Eso es lo que eres. Una perra deseosa de una buena polla.

—Esto no lo habías hecho antes con las niñatas esas que te follas ¿Verdad?

Al poco tiempo cambiamos de postura. Me puso a cuatro patas y volvió a metérmela en el culo desde esa posición. Yo aproveché esa postura para comenzar a tocarme el coño. Podía notar como caían gotas, e hilillos pegajosos sobre mis muslos, dejando la cama empapada.

—¿Esto también se lo vas a contar a tus amigos? —Pregunté morbosa.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Quieres qué le cuente a tu hijo como te he follado? ¿Te gustaría que le explique lo puta que eres, pensando que le hablo de otra? —interpelaba ofreciéndome sendos azotes en mis ya enrojecidas nalgas.

—Dame fuerte, cariño. Dame muy fuerte… ah… Necesito que me des mucha caña, cielo

Yo tenía que dejar de tocarme para no correrme, sabía que, si llegaba al clímax antes que él, el orgasmo iba a ser tan intenso que me quedaría totalmente exhausta, incapaz de sostenerme en esa postura sobre la cama.

—¡Vamos puta! Respóndeme. ¿Quieres que se lo cuente?

—Sí —casi bramé, gritando enloquecida.

—Seguro que terminará pajeándose ¿Es lo que te gustaría?

Dejé la pregunta en el aire, por supuesto que no estaba dispuesta a entrar más en sus sucias provocaciones. Estaba muy puta, llevaba días esperando ese encuentro, y mi coño estaba casi derretido de tan excitado que estaba. Ya había llegado demasiado lejos con mis comentarios que, por un lado, podían excitarme en ese momento, pero sabía de sobra, que después podrían hacerme daño.

—Lo que quiero es sentir tu leche caliente dentro de mi culo.

Entonces el chico comprendió que había llegado el momento. Aceleró sus embestidas, llegando a ser durante unos instantes verdaderamente impetuosas. Yo en esos momentos, bramaba, chillaba, lloraba, reía… Era un culmen de sensaciones tan increíbles, que no tuve que seguir tocándome para comenzar a sentir la venida de un potente orgasmo.

—Toma puta, me corro. Toma toda mi leche en tu culo, —escuchaba a la vez a Iván, en una especie de segundo plano. Mientras eyaculaba en el interior de mis entrañas.

Después de corrernos, Iván se separó de mi lado, marchándose a limpiarse al baño. Yo no pude, estaba agotada. Me quedé tirada sobre las empapadas sábanas, mientras podía sentir como su semen intentaba salirse de mi culo, desconecté y me quedé completamente dormida.

Al día siguiente estaba deseando llegar a casa. Ver a mi marido, mirarlo a los ojos y decirle que lo quería. El fin de semana con Iván me había dejado una sensación agridulce.

Por un lado, había disfrutado mucho. Me había follado con verdadera potencia e intensidad.

Sentía un morbo insano por el muchacho. Sin embargo, en los inexorables momentos en los que el sexo pasaba a un segundo plano, había comprobado que no tenía nada que ver con el chico. Me aburrían sus conversaciones, llegándome a plantear en reiteradas ocasiones que estaba yo haciendo con un chaval de dieciocho años.

Pero no me quería engañar, sabía que era algo más de un simple encoñamiento. Me había hecho sentir muy perra y muy hembra. El sexo con el chico era excelente, pero lo que más me preocupaba, era que el morbo que me proporcionaba iba indecentemente en aumento. Precisamente esa unión de buen sexo y morbo, me podían hacer perder peligrosamente la cabeza.

FINAL

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