LOLA BARNON

La entrevista II

Pablo alzó uno de los pechos de Victoria y se lo llevó a la boca, lamiendo su suave piel y succionando el duro pezón. Escuchó un ligero gemido y observó de reojo la cara sonrojada de la mujer, que con los ojos cerrados se abandonaba al deseo. Sus labios entreabiertos y el movimiento nervioso de sus piernas, apretando sus muslos entre sí, delataban que aquello empezaba a gustarle.

Él cambió de pecho, dedicando toda su atención con la boca, mientras su mano derecha se ocupaba del otro, del recién lamido y succionado. Victoria emitió un nuevo suspiro delator, que ya no se molestó en disimular y que le confirmaba a Pablo que la entrega de ella era ya total y completa.

—Levántate de la silla —le dijo él, abandonando sus pechos y contemplando su rostro arrebolado y excitado.

Victoria tardó unos segundos en obedecer, pero lo hizo, apoyando con firmeza las manos en la mesa y elevando parcialmente su culo al ponerse ligeramente de puntillas.

Pablo la rodeó con sus brazos por la espalda, abarcando de nuevo ambas tetas que acarició tirando levemente de los pezones. Dejó que ella respirara de forma agitada, y pasó lentamente la lengua por su cuello.

Se apoyó contra su cuerpo por detrás, pegando la pelvis contra su fantástico, firme y redondeado culo, Victoria sintió la dureza de su polla en la separación de los cachetes de sus glúteos y ronroneó de excitación con los ojos cerrados.

De nuevo, un sonoro gemido se escapaba de sus labios y Pablo ya supo que aquella mujer iba a ser suya muchas veces, como tantas otras antes. Besó su cuello y ella lo ladeó para ofrecérselo, entregada, rendida, totalmente a su merced. Sin dejar de manosear sus tetas desde atrás, una de las manos de Pablo bajó hasta su cintura donde empezó a acariciar el vientre plano y las curvas de su cadera. Era una mujer con un cuerpo esbelto, y en ese momento, en medio de la excitación, pensó que era complicado tenerlo así tras el embarazo de unos gemelos. No le dio mayor importancia. Apretó un poco más su pene que se hundió entre las redondeces de su culo e hizo que ella se colocara aún más de puntillas y ampliara ligeramente la abertura de sus piernas.

Victoria, con los ojos cerrados, encontró la boca de él. Seguidamente, con un lento movimiento, empezó a mover sus caderas buscando aquel contacto, mientras él continuaba con sus manos acariciándola, ahora de nuevo, sus pechos.

—Me pones mucho… Joder. ¿Sabe tu marido que le van a crecer unos buenos cuernos?

—No serían los primeros… —susurró ella sacando su lengua para que jugueteara con la de Pablo.

Él se cogió la polla con las manos y golpeó un par de veces el glúteo derecho de Victoria, haciéndola, primero gemir y luego, sonreír con lascivia.

—Chúpamela… —dijo él con un ligero tirón de su pezón izquierdo—. Arrodíllate y chúpamela…

Victoria se volvió con suavidad. En su cara se marcaba una medio sonrisa de desinhibición y deseo. Pablo, por un momento pensó que todo ha sido demasiado fácil, y que, en realidad, era la primera vez que esto le sucedía tan rápidamente.  

Ella se separó de la mesa, echó la melena hacia atrás y se arrodilló justo enfrente de él. Pablo abrió ligeramente las piernas y con su mano derecha acercó a la boca de ella, el sonrosado glande que ya brillaba por el preseminal. Observó a Victoria aceptando con naturalidad aquello, resuelta, con el deseo aflorando por cada poro de su piel, arrodillándose ante él, sumisa y dispuesta.

Ella miró por un momento su polla erguida, dura a más no poder, y sin más preámbulos, llevó su mano a ella, rodeándola, calibrándola, mirándola con admiración, acariciándola suavemente primero y luego, con mayor confianza y soltura. El primer lametazo lo hizo con suavidad, el segundo, con vigor y brío, haciéndole sonreír, al constatar su entrega total. Un instante más tarde engulló con lentitud y sin quitar los ojos de los de él, dos tercios de su polla. Realizó tres o cuatro movimientos que recorrieron el tronco del pene. Se lo sacó de la boca y lamió los huevos hinchados y pesados de Pablo.

Él gimió de gusto y se apoyó con las manos en el respaldo de la silla cercana. La boca de Victoria se acercó otra vez con parsimonia a su miembro y Pablo vio de nuevo en la mirada de Victoria, algo distinto y diferente de la del resto de chicas que en su despacho habían estado haciendo lo mismo que ella. Era algo que no supo discernir o definir, pero que tampoco tuvo tiempo para hacerlo ya que los labios y la lengua de Victoria rodeaban de nuevo el glande y lo chupaban con fruición, haciéndole suspirar de nuevo de puro placer.

—Dios… joder, que bien la chupas, zorra… —Con aquellas palabras y mientras echaba su cuello hacia atrás, se evaporó aquella sensación que Pablo ha tenido cuando ella lo ha mirado—Joder… sigue, cabrona…

 Su mano acariciaba su cabeza que subía y bajaba con una destreza nunca imaginada y que, por un momento, le hizo envidiar a su marido que seguramente, también disfrutaría de semejante boca.

Y es que Victoria, la dulce Victoria, esposa, aunque infiel, de un hombre en paro, madre y mujer sufridora, le estaba proporcionando posiblemente, la mejor mamada de su vida.

—Lo vamos a pasar bien… —le dijo Pablo mientras ella volvía a engullir su polla y acariciaba con sus dedos y uñas los testículos cargados y duros.

Ella le miró durante un segundo, pero volvió con la felación.

—Joder, vamos a ser un equipo glorioso, Victoria…

Pablo pensó que, si ella continuaba así, le haría correrse enseguida. Y debía seguir con su plan. A pesar de todo, de vislumbrar una etapa magnífica en el trabajo con su nueva secretaria, no tenía que distraerse de lo principal.

—Para, para… que vas a hacer que me corra —le confesó con una amplia sonrisa de excitación.

Volvió a observarla. Era una hembra de bandera, con unas tetas operadas, pero no excesivas. Una figura curvilínea y precisa. Vientre plano, cara de niña pija buena y boca que derretiría la Antártida entera si se lo propusiera.

Victoria se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y se recostó sobre la mesa, apoyando las manos y su rodilla izquierda. Le estaba ofreciendo que se la follara ya, de inmediato.

—Métemela… —susurró con una voz ronca por el deseo—. Pero ponte un condón. No quiero problemas…

Pablo, con rapidez, le obedeció. Siempre lo hacía con preservativo, salvo cuando ya había confianza. Con agilidad, rompió el envoltorio y se lo colocó. La actitud de Victoria, en cierta medida, seguía desconcertando a Pablo. Nunca había tenido a una mujer así en su despacho. Y ya eran varias a las que se ha follado allí, putas incluidas. A medida que han ido pasado los minutos, la Victoria madre y esposa, había dado paso a una mujer distinta, completamente diferente. Una mujer sexual, fogosa, experta, entregada y aparentemente dispuesta a culminar aquella entrevista, llevándola hasta las últimas consecuencias.

Él estaba acostumbrado a otra cosa, a luchar hasta el final, a que se le resistieran, a tener que esperar y terminar doblegando sus reticencias. Recordó a Gema, una rubia de pelo largo y piernas infinitas. Era con quien tenía el récord de rapidez: se la había follado el quinto día de trabajo. Sin necesidad de viaje, ni cenas, ni invitaciones. Pero con Victoria iba a fulminar todos sus registros y experiencias. Aquello, cuanto más lo pensaba, le excitaba todavía más.

—Joder, no me imaginaba esto… —le dijo mientras se acercaba con la polla tiesa buscando la entrada de su coño que brillaba de húmedo—. Si que debéis necesitar el trabajo… —Utilizó el plural para humillarla, para hacerla saber que su entrega, a pesar de ser una mujer que ya ha sido infiel al marido, estaba siendo utilizada por él, por el que iba a ser su jefe. Su polla palpitó al rozar la entrada de la vagina de ella. Suave, depilada y pequeña.

—¿No era esto lo que querías? —Preguntó ella mientras giraba su cabeza hacia atrás, mezclando la pregunta con una especie de reto.

Pablo le agarró de la cintura y apuntando el glande a su coño, empezó a empujar lentamente, saboreando cada instante que su pene iba desapareciendo en ella.

—Joder… —gimió ella—. Sigue, sigue…

Él aceleró en el último momento, hundiendo la polla hasta lo más profundo que pudo. Victoria soltó un gemido más alto que los anteriores, pero aguantó su embestida.

Con sus manos sujetando su cintura y con la pelvis moviéndose de manera ya enfebrecida, empezó a bombear algo más rápido, empujando sin cesar su dura erección contra el pequeño y bonito coño de Victoria. Los sonidos del entrechocar de su cadera contra las nalgas de ella se alternaban con el de los gemidos y suspiros de ambos.

Era el momento de culminar aquello. Sin dejar de embestirla, alargó la mano y cogió el móvil, dispuesto a grabar aquello como siempre hacía. En realidad, no se trataba de otra cosa, que una especie de seguro para evitarse problemas.

—No… no me grabes… —su protesta fue demasiado débil al estar ya entregada a él—. No, por favor… eso no…

—Es para que no te olvides. Calla —le dijo tirando ligeramente de su pelo y haciendo que girara su cabeza.

El rostro de ella se mostró congestionado por el placer y no protestó cuando él la volvió a enfocar.

—Joder eres un cabrón… ¿para qué lo quieres? —preguntó ella, sin dejar de recibir las contundentes entradas del pene de Pablo.

—Me voy a pajear mil veces con él… —explicó él empujando con fiereza dentro de ella.

—No se te ocurra enseñárselo a nadie… —añadió ella de nuevo, dejando caer la cabeza cuando Pablo la soltó el pelo.

—Tranquila… —le contestó dándole una fuerte palmada en su nalga derecha y saliéndome de su interior—. Ven…

Se sentó en el sofá mientras seguía enfocándola con el móvil, grabando como ella se incorporaba de la mesa y venía hacia él totalmente desnuda.

—Vamos, rápido, móntame —le ordenó Pablo que no quería que su nivel de excitación bajara lo más mínimo. Estaba cercano al orgasmo y no desea perderlo. Ella llegó junto a él sin ya importarle la grabación, mientras Pablo, triunfante, pensaba que ya disponía de otro recuerdo inolvidable que iría a parar junto al resto de grabaciones de las muchas mujeres con las que ha disfrutado en aquel despacho, a lo largo de los años.

Victoria, totalmente subyugada, colocó sus piernas a ambos lados de su cuerpo, cogiendo con su mano la polla erecta y firme de Pablo. Luego, tras colocarla en la entrada de su pubis, fue bajando lentamente, entornando sus ojos mientras lo hacía, haciendo desaparecer en su interior cada centímetro de la dura carne de su jefe. El móvil seguía en su mano, inmortalizando aquel proceso.

—Buf… Hum… —murmuró ella mientras se sentía penetrada, absorta, focalizada en cumplir con los preliminares de ese trabajo que tanto necesitan en casa. Y ya, ignorando por completo el móvil que la grababa, subía y bajaba sobre la entrepierna de Pablo—. Hum… Sí… qué bueno…

—Muévete más rápido, que me quiero correr —le pidió él acariciando su culo, estrujando su nalga, conminándola a hacerlo.

Victoria, ya sin ninguna objeción, y sin duda disfrutando y queriendo hacerlo, cumplió su petición, posando sus manos sobre los hombros de Pablo. Un segundo después empezó a oscilar arriba y abajo sobre su polla, cada vez más rápido, cada vez más profundo e intenso.

Al igual que en la mamada, a Pablo le sorprendió su entrega, la fogosidad que desprendía, el arte que le imprimía a aquella cabalgada que le está haciendo enloquecer. Ya concentrado en su próximo orgasmo, dejó caer el móvil en el sofá, mientras pensaba que aquella madre follaba como si le hubiera puesto miles de cuernos a su marido.

—Eso es, preciosa… Sigue así —manifestaba dando un nuevo palmetazo en su nalga con su mano derecha, mientras que con la izquierda la atraía para comerle un pezón a Victoria—. Así, muévete, puta…

Ella ni protestó por su insulto. Incluso Pablo hubiera jurado que le pareció ver un atisbo de sonrisa en su boca, pero que enseguida se difuminó en aquella vorágine de sexo en la que se hallaban inmersos.

—¿Grabas a todas? —preguntó por sorpresa Victoria deteniendo su vaivén y empezando a mover su pelvis de una forma demencial, mientras, en su interior, su vagina se contraía aprisionando la polla de Pablo dentro de ella.

—¿Qué? —preguntó él, sorprendido por sus palabras y su cambio de proceder.

—A las otras —repitió sin dejar de moverse de aquella forma que le estaba llevando a un orgasmo como muy pocas veces ha experimentado—. No me creo que yo sea la primera. No me tomes por tonta.

—Sí… —reconoció en un murmullo él, mientras llevaba sus manos a la cintura de ella, tratando de asirse y dominar la cabalgada que estaba a punto de llevarle al clímax—. También se dejan… —añadió cerrando los ojos y sintiendo el orgasmo muy cercano.

Y entonces ella, sin que él se percatase, cogió el móvil caído en el sofá y continuó con la grabación, pero enfocando a la cara de él, que ya mostraba un rictus de placer inmenso. Pablo se acababa de correr ajeno a que ahora era él, el protagonista de la grabación…

—Qué cabrón eres, Pablo González… —habló ella con un deje algo furioso—. Así que las grabas para que no digan nada y tener material para tus pajitas… En las fiestas esas a las que vas, con putas y coca, ¿también grabáis a las que os tiráis?

Aquellas palabras coincidieron con que Victoria se levantó del sofá. Entonces, él, con el preservativo lleno de su semen y la respiración fatigada, cayó en la cuenta de que ella tenía su móvil, que le estaba grabando, manipulándolo y tecleando algo.

—¿Qué haces, joder? ¡Dame el móvil inmediatamente! -chilló, aunque el primer intento por levantarse fue torpe e inútil, mientras ella continuaba con el tecleo.

Pablo vio de nuevo aquella expresión en sus ojos que no supo identificar. Pero, además, ahora, ella sonreía triunfalmente mientras se acercaba a la puerta del despacho.

—¿Qué coños estás haciendo? —Le preguntó Pablo empezando a entender que quizá todo había sido un engaño, una trampa en la que ha caído.

—Estoy trabajando, cariño —apuntó ella con un mohín de suficiencia, mientras le tiraba el móvil tras haber terminado de teclear—. Ganándome la vida…

—¿Qué quieres?, ¿dinero?

—¿Dinero? No —Victoria se rio con ganas—. Ya me han pagado por esto, y además me voy a llevar dos mil euros de tu empresa cuando sea despedida… —Volvió a reírse.

Pablo agarró el móvil al vuelo y buscó la grabación de ella. Pero ya no estaba.

—¿Qué has hecho?

—Querido —señaló Victoria abriendo la puerta—, no es nada personal, solo trabajo. Una amiga me ha pedido este favor y no me podía negar.

—¿Qué amiga? ¿qué está pasando aquí? —Inquirió Pablo furioso y no comprendiendo nada—. ¿De qué coño estás hablando?

Pero entonces Victoria, aún desnuda, abrió la puerta del despacho y, al otro lado apareció una atractiva mujer. Pablo se quedó paralizado, cubriendo su desnudez con las manos, y no entendiendo ni quién era, ni qué hacía aquella persona allí.

—Hola, cabrón. Soy subinspectora de policía y me llamo Tania Velasco.

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