DEVA NANDINY

Los siguientes días recuerdo que los pasé totalmente apesadumbrada. Temiendo en cualquier momento recibir una llamada o un mensaje de mi tío, o lo que era aún peor, encontrármelo esperándome cuando llegara del trabajo a la puerta de mi casa.

Era verdad que había conseguido excitarme, y precisamente eso me hacía sentir aún peor. Sin embargo, ahora cuando recordaba esas mórbidas escenas, donde yo de forma sumisa me dejaba humillar y manosear en mi propia casa por mi tío. Me parecía que todo había sido una terrorífica pesadilla.

Las imágenes de esa extorsión incestuosa donde yo era la víctima del chantaje de mi indecoroso tío, seguían bombardeando mi ánimo. Hasta mi propio esposo había notado que mi carácter normalmente alegre y dicharachero, no estaba en su mejor momento.

—¿Qué te ocurre Olivia, has vuelto a discutir con tu madre?

—No, para nada. Estoy bien, de verdad, —Respondía a sus preguntas, intentando disimular mi estado de ánimo.

«¿Cómo podía explicarle a mi marido cuál era el motivo real de mi preocupación?». Ni tan siquiera me podía desahogar con mi mejor amiga, Sandra. Ella era la persona con la que más confianza tenía, ya que era conocedora e incluso coartada de alguna de mis infidelidades. Pero explicarle todo lo que me estaba pasando con alguien de mi propia sangre, me parecía demasiado fuerte. Aunque al final sabía que más tarde o más temprano, terminaría por contárselo todo.

Reconozco, que temía que mi infidelidad con Ricardo saliera a la luz. Me daba miedo enfrentarme a un divorcio casi seguro, ya que la vida junto a mi marido me resultaba tremendamente cómoda. Alex siempre había sabido ofrecerme un nivel de vida muy confortable, renunciar a todo lo que habíamos construido juntos, se me hacía bastante duro.

El buen sueldo de mi marido, me había permitido que dejara un trabajo bien remunerado debido a mis estudios universitarios, por otro mucho peor pagado, trabajando en este caso como dependienta de un pequeño comercio en el centro de la ciudad, algo que me encantaba.

Confieso que alguna vez incluso había llegado a pensar en separarme de Alex, pero hacerlo con la pátina de haberle sido infiel además con uno de sus amigos, era algo que me producía bastante bochorno. Sobre todo, cuando pensaba en mi padre. Mi relación con mi progenitor siempre había sido especial. A sus ojos yo era casi perfecta. Imaginar el desengaño que se llevaría cuando supiera mi forma de actuar, era algo me avergonzaba y me dolía a partes iguales.

Según iban pasando los días sin saber nada del viejo verde de mi tío, me llegó incluso a hacer creer de manera optimista, que quizá se hubiera arrepentido, por haberme obligado a someterme a su vil chantaje.

Aquel domingo fuimos a comer a casa de mis padres, a mis hijos siempre les gustaba ir en verano a pasar el día al chalet de los abuelos, incluso muchos fines de semana se quedaban a dormir allí. Además de bañarse en la piscina podrían jugar en el jardín.

—Olivia, cariño. Cuanto me alegro de verte, —me saludó afectuosamente como siempre mi tía Maite.

Yo me quedé paralizada al verla frente a la puerta del jardín. En ese momento fui consciente de que irremediablemente también estaría su esposo, mi tío Álvaro.

—Hola, tita. Qué guapa estás, —respondí disimulando como pude mi zozobra, dándole a la vez dos besos en las mejillas.

De haber podido me habría dado la vuelta en ese mismo momento.

Bajo el toldo del jardín, vi de lejos a papá acompañado de mi tío Álvaro. Ambos estaban hablando de forma amigable compartiendo una botella de vino. Los había contemplado durante toda mi vida tantas veces de ese modo…

Mi tío era un hombre apacible y afectuoso; amante de una buena conversación y sobre todo muy familiar. Yo siempre lo había adorado.

Me costaba tanto reconocerlo ahora… «¿Cómo podía ser que ese hombre que conversaba con una copa de vino en la mano riendo junto a papá, pudiera haberse comportado de un modo tan ruin con su propia sobrina?»

Volver a verlo hizo que automáticamente se me despertara de nuevo una gran ansiedad. En un instante tenía la boca seca, me encontraba muy nerviosa e incluso pude notar, como mi corazón se aceleraba y mi respiración comenzaba agitarse.

—¿Estás bien? Te noto mala cara, — me advirtió mi madre al verme llegar, como siempre tan observadora en los gestos de todos.

—Sí, anoche no descansé del todo bien y la verdad es que estoy un poco revuelta, pero ya estoy mejor, —respondí intentando disimular mis temores.

—¿No será que estás embarazada? Recuerdo cuando yo estaba en cinta de tu prima Laura, de repente me quedaba blanca como la pared y comenzaba a sudar, —explicó, mi tía Maite.

—No tita, de verdad… Estoy bien, —insistí acercándome hasta donde estaba mi padre acompañado por ese diablo que era mi tío.

—¡Olivia! —Exclamó mi padre sonriendo, haciéndome una seña para que me acercara a besarlo.

Ya no había escapatoria, allí estaba yo temblando y tratando de disimular, mientras me acercaba hasta donde estaba papá, acompañado de mi verdugo.

Por primera vez cruzamos nuestra mirada. Él se mantenía firme, incluso creo que me pareció vislumbrar una socarrona sonrisa en esos labios, que unos días antes habían mancillado mis pechos y mi boca.

—Hola, papá. Me alegro de verte, —saludé con afecto dándole dos sonoros besos.

—Hola, preciosa, —respondió esperando que se acercaran también los niños para saludarlo.

Luego obligada por las circunstancias, me acerqué hasta donde estaba mi tío. Tratando de imitar el mismo gesto que había tenido con papá, me agaché dándole dos besos en las mejillas, que casi se me atragantaron en la boca.

—Hola, tito, —comenté en un tono neutro y sin sentimiento.

Sentí sus besos en mis mejillas como si me quemaran, como si se clavarán desgarrando mi piel.

—¡Olivia, cuánto tiempo si verte…! ¿Sigues trabajando en esa tienda del centro? —Preguntó, mirándome con sus ojos claros y fríos como el hielo.

Moví afirmativamente la cabeza, ni siquiera pude responder su pregunta.

«Hijo de la gran puta», pensé sujetando mi sonrisa, para que papá no se enterara del espanto, que su hermano me producía.

No volví a mirarlo en todo el día. Temía encontrarme con su burlona sonrisa y ese sarcástico brillo, que a mí me parecía observar en sus ojos.

—¿No te bañas en la piscina hoy? —Me preguntó mi madre extrañada, sabiendo cuanto me gustaba nadar.

—No, no me apetece. Quizás más tarde, —traté de justificarme.

—¿Quieres que mañana te acompañe al médico para solicitar una analítica?

—Claudia —le respondí a mi madre llamándola por su nombre propio—. Estoy bien, de verdad.

Fui incapaz de moverme de la silla durante toda la tarde. Temía encontrarme con mi tío a solas. Sabía que ese encuentro tarde o temprano tendría que producirse, y cuanto más tiempo pasaba más temía que llegara el momento. «Allí no, en casa de mis padres no», me repetía a mí misma.  

—Voy un momento al servicio, —comenté a mi madre que estaba justo a mi lado.

Entonces me encaminé hasta la casa con la esperanza de que mi tío no se hubiese percatado de mi ausencia.

Hay escenas que no se olvidan nunca por mucho tiempo que pase. Recuerdo que estaba sentada en el retrete del baño de la planta de abajo, con las bragas en los tobillos haciendo pis. Cuando de pronto, escuché un golpe de nudillos contra la puerta que, por suerte, me había asegurado de cerrar, echando el pestillo.

—Está ocupado. Un momento…—Grité nerviosa, limpiándome la vagina con un trozo de papel higiénico.

Del otro lado nadie respondió, por lo que supuse que sería alguien que pretendía ir al baño, y al ver la puerta cerrada quería asegurarse de que estaba ocupado. «Habrá ido al baño pequeño», pensé.

Pero justo cuando quité el pestillo, alguien empujó desde el otro lado abriendo la puerta.

—¿Tenías ganas de verme, sobrina? —Me preguntó mi tío con voz áspera y socarrona.

—¡No, aquí no! —Exclamé con cierto pavor en mis ojos.

Sin embargo, mi súplica cayó en saco roto. Un segundo después, noté como sus manos me empujaban hacia dentro del baño, impidiéndome salir.

—¿Por qué no? Aquí en casa de tus padres es más morboso aún, —comentó acorralándome contra la pared, como un depredador sabe arrinconar a su presa.

Tragué saliva y cerré los ojos, solo deseaba que el tiempo pasara cuanto antes. Pensé que, si no me resistía demasiado, todo terminaría antes.

En el fondo sabía que mi tío era una especie de sádico que cuanto más afligida me viera, más disfrutaría.

En ese momento noté como una de sus manos se colaba directamente y sin más preámbulos por debajo de mi falda, palpando como si le perteneciera en propiedad, directamente mi coño por encima de mis braguitas.

—Ábrete de piernas, —me indicó de modo categórico y autoritario. Pegando tanto su boca tanto a la mía, que pude notar en su aliento, un fuerte aroma al alcohol que terminaba de ingerir conversando con papá.

Abrí mis piernas obedeciendo, mientras notaba como volteaba mis bragas hacia un lado con sus dedos, y me tocaba directamente el sexo.

—Así me gusta, putita. Me agrada ver que vas aprendiendo a someterte. Este chochito ahora es mío, y puedo hacer con él cuanto me plazca.

Sus dedos recorrieron toda mi rajita, luego los colocó frente a la entrada de mi vagina, empujando hasta que se perdieron dentro.

—Qué buen coño tienes, putita. Está calentito y húmedo. Te estás poniendo cachonda, lo noto, —aseguró riéndose con su boca pegada a la mía.

—¡No! —Negué—. ¡Odio que me toques! ¡Eres un cerdo! —Comenté mirándolo a la cara, mintiéndolo a él, e intentando al mismo tiempo engañarme a mí misma. En esos momentos era consciente de que estaba tremendamente excitada, sintiendo el calor de los dedos de mi tío, moviéndose dentro del interior de mi coño.

—El otro día cuando estuve en tu casa estoy seguro de que estabas caliente como una perra.

—¡No, no estaba excitada! ¡Me das asco! —Exclamé asustada y enfadada conmigo misma, por estar disfrutando con todo esto.

—¿Y por qué estaban las braguitas que me diste tan mojadas? —Preguntó con una burlona sonrisa, imborrable en su rostro.

—¿Es qué no te enteras? ¿Tan listo que piensas que eres y, sin embargo, hay que explicártelo todo? Venía cachonda de estar con Ricardo besándome en su coche. ¡Idiota! ¿Acaso pensabas que mis braguitas estaban mojadas por ti? —Le pregunté riéndome de él—. ¡Pobre iluso…! ¡Tú solo eres un viejo mamarracho! ¿Cómo una mujer como yo iba a sentirse atraída por una cucaracha como tú? —Añadí con todo el desprecio que fui capaz de desplegar contra él. Intentando hacerle el máximo daño. Incluso recuerdo que estiré mi espalda todo lo que pude al mismo tiempo, para que la diferencia de estatura entre ambos, fuera todavía más evidente.

—Sin embargo, aquí estás… abierta de piernas dejándote meter dos dedos en el coño por este mamarracho, mientras tu marido y tus hijos están ahí fuera. Eres una puta, Olivia.

—¿Tengo acaso otra opción? —Le pregunté con cara de rabia.

—Vete al jardín con tu marido, si quieres. Te juro que no le diré nada. En el fondo siempre has sabido que no me atrevería a contar nada, —me confirmó al mismo tiempo que sus dedos comenzaban a follarme, entrando y saliendo de mi sexo de manera implacable.

Sin duda esa fue la mayor humillación que me profirió mi astuto tío en todo este alocado juego de incesto y dominación. Porque en lugar de darle un empujón y salir de allí en ese momento, decidí quedarme quieta, con mi espalda apoyada en una de las paredes del baño, mientras abría mis piernas aún de forma más notable y cerraba mis ojos.

—Lo sabía, zorra… —Dijo riéndose sin dejar de masturbarme.

—¡Ah…! ¡Ah…! —Comencé a jadear sin ser consciente casi de ello.

Nunca olvidaré el sonido de sus dedos chapoteando, al entrar y salir de mi húmedo chochito. Estaba tremendamente caliente, solo quería que me follara allí mismo, ya no me importaba nada. Únicamente quería sentirme muy puta.

—Dime que te gusta. ¡Vamos, atrévete a decirlo!

Yo me quedé cayada, una cosa era disfrutar en silencio y otra muy distinta era reconocer algo así. «Todavía me queda un mínimo de dignidad», pensaba con los ojos cerrados, como si no quisiera verlo de frente.

Hubiera preferido mil veces que hubiera seguido tocándome con la excusa del chantaje, de esa forma me quitaba el complejo de culpabilidad por estar deseosa de estar allí, encerrada con mi tío metiéndome mano en el cuarto de baño de la casa de mis padres.

—¡Vamos, puta! Quiero escuchártelo decir por esa boquita. Si no lo haces, sacaré mis dedos y te dejaré con este tremendo calentón que tienes, —me amenazó.

—¡Me gusta! —Chillé sin darme cuenta de que estaba en casa de mis padres—. Me gusta mucho, tito. Me encanta como me tocas, —solté al fin reconociéndolo con alivio.

Una vez que admití abiertamente estar disfrutando, como si ya no hubiese razón para disimular. Abrí los ojos, y agachándome un poco, acerqué mis labios a los suyos y comencé a besarlo.

Su lengua, esa que tanta repulsión me había dado unos días antes cuando lamía de forma soez mi cuello y la comisura de labios, ahora entraba en mi boca pareciéndome deseablemente húmeda. Fue un beso muy apasionado, ambos estábamos hambrientos de la boca del otro.

—No dejes de besarme, tito, —le indicaba ansiosa por no despegar mis labios de los suyos.

Mi orgasmo estaba a las puertas de llegar, mi tío como hombre experimentado que era lo notó al instante, acelerando y profundizando aún más con sus movimientos.

—Córrete, cariño, —me incentivo—. Enséñale a tu tío la cara de puta que pones cuando te corres.

—¡Ah…! ¡Ah…! ¡Me corro! ¡Me corro, tito! ¡Me corro mucho…! —Exclamaba sintiendo un intenso orgasmo acorde a la enorme excitación que sentía en esos momentos.

—Muy bien, mi niña. Estás preciosa cuando te corres. No te imaginas cuantas veces he soñado con ver esa carita de zorra, —me animaba sin dejar de meterme mano.

—¡Qué gustito, tito! ¡Ah…! ¿Te gusta? ¿Te gusta que sea tan zorra? —Preguntaba con enorme dificultad entre jadeos, sin ser realmente consciente de todo lo que estaba soltando por la boca.

Justo unos segundos más tarde de esos intensos e inolvidables momentos, mi espalda fue resbalando contra la pared, hasta que conseguí sentarme en el suelo, que estaba totalmente empapado debido a la gran cantidad de fluidos vaginales que habían ido resbalando de forma incesante cayendo por mis muslos.

Cuando por fin abrí los ojos intentando volver a realidad, mi tío ya no estaba. Ni siquiera me enteré en que momento me había dejado sola, pero sin duda agradecí su ausencia.

Intenté recuperar la calma, mis piernas seguían temblando y casi eran incapaces de sostenerme. Unos minutos después, me vi caminando por el jardín casi de manera autómata.

Mi menté sufría una especie de bloqueo, que únicamente me permitía hacer las tareas más básicas. Era como si quisiera cerrarse al enorme arrepentimiento y vergüenza, que en esos momentos rondaban amenazantes alrededor de mi cabeza.

—Alex —dije poniéndome frente a mi esposo, que me miró al ver mi aspecto totalmente contrariado—. Llévame a casa, me encuentro algo mareada.

A pesar de encontrarme agotada, sobre todo mentalmente, esa noche no pude dormir apenas. Era indecente todo lo que estaba comenzando a sentir por mi impúdico tío.

En esos momentos mi moral no aceptaba el incesto como una práctica sexual libre y honesta. Mis prejuicios morales pesaban como una losa sobre mis propios valores de conciencia.

«¡Por Dios, Olivia…! ¿Cómo podía ser que me sintiera tan insanamente atraída, por las depravadas y viciosas prácticas de mi propio tío?».

Había engañado a mi esposo con multitud de hombres a lo largo de casi veinte años de relación, en los que jamás había sentido ningún tipo de arrepentimiento por ello. Viviendo mi condición de esposa infiel con toda la naturalidad del mundo, como si fuera un derecho que me perteneciera. Sentía que el adulterio formaba parte de mi esencia y, por lo tanto, hacía muchos años que no trataba de luchar con lo que pensaba que era mi propia naturaleza.

Además, mi personalidad y mi físico me lo ponían bastante sencillo. Era una mujer atractiva que sabía atraer las miradas y los deseos de hombres muy interesantes, y yo, necesitaba y merecía sentir los besos y las caricias de dichos hombres.

Pero notar ese inmoral deseo por el hermano mayor de mi padre, alguien de mi propia sangre que, además había tratado de aprovecharse de mí, chantajeándome, lo percibía como algo casi monstruoso y aborrecible. Toda esa carga de espanto y de desaprobación que me invadía por cualquier tipo de relación incestuosa, venía de mi adolescencia.

Durante años había experimentado una nociva y casi enfermiza atracción hacia mi padre. Mi relación con él siempre ha sido muy especial, sin duda, de todos mis hermanos yo soy su hija favorita. No obstante, jamás había pensado que en toda esa proximidad que sentía por mi progenitor, hubiera ningún tipo de filia sexual.

Fue durante las vacaciones de mi primer año de instituto cuando empecé a percibir ciertas muestras de atracción sexual hacia mi propio padre. Recuerdo que ese verano mi madre se había empeñado en que visitáramos Marruecos. Aquella mañana íbamos en un pequeño autobús para turistas, en dirección al yacimiento romano de Volubilis.

Yo había discutido con mi hermano, y mi padre intentando poner paz de por medio, me ordenó cambiarme de sitio sentándome a su lado. Poco a poco se me pasó el enfado mientras papá, sentado al lado de la ventanilla me iba explicando cosas del paisaje que se divisaba durante el trayecto.

—Mira Olivia, ese es el Monte Zerhoun, justo ahí, a los pies de esa montaña es donde vamos.

Yo miraba embobada mientras él me contaba historias sobre una ciudad santuario, que había justo al lado.

—Siéntate aquí, podrás divisar mejor el paisaje, —me indicó señalando sus piernas.

Yo dudé un instante, ya no era una niña pequeña, e ir sentada sobre el regazo de papá, me parecía algo muy infantil, sin embargo, me maravillaba tanto escuchar sus explicaciones que terminé accediendo.

Levanté inconscientemente mi falda y me senté sobre las piernas de mi papá. Entonces de forma fortuita comencé a percibir el calor de su cuerpo directamente sobre mis muslos, y lo que era peor, sobre mis glúteos.

Aún consigue excitarme esa inolvidable sensación, en la que, por primera vez en mi vida, el contacto con mi padre me excitó enormemente. Me puse tan peligrosamente cachonda, que incluso llegué a sentir miedo de que él pudiera notar, la palpable humedad que en ese momento desprendían mis braguitas.

Desde ese día, experimenté en muchas ocasiones situaciones de ese tipo, deseando y temiendo a la vez, terminar desnuda algún día en la cama con papá.

Creo que fue entonces cuando desarrollé esa filia que me llevó durante mi adolescencia y buena parte de la juventud, a mantener relaciones con multitud de hombres maduros y casados. Siempre buscando un perfil de hombre inteligente, atractivo e interesante.

Puede que, en realidad con esa búsqueda incesante de hombres maduros, tan solo intentara calmar el irrefrenable estímulo de sentirme atraída por mi propio padre.

Eso únicamente fue el descubrimiento de un impulso que siempre me reproché y del que me sentí enormemente avergonzaba y que, sin embargo, me era muy difícil de poder controlar. Quizá por ese motivo volver a experimentar algo parecido a lo que me estaba ocurriendo en esos momentos con mi tío, era algo que se escapaba fuera de mi control.

Era extraño, el cúmulo de sensaciones que experimenté durante aquellos días. Cuando estaba en casa temía a cada momento escuchar el timbre de abajo, deseaba no recibir mensajes. Pero lo peor de todo es cuando salía de trabajar… Según me acercaba hasta casa, mi ansiedad crecía a pasos agigantados, temiendo que mi tío me estuviese esperando junto al portal, o encontrármelo de frente al doblar cualquier esquina.

Sin embargo, eso no era lo malo. Lo peor no era el miedo de encontrármelo, lo que verdaderamente torturaba mi mente, era la enorme decepción que padecía cuando comprobaba que él tampoco estaba esa tarde allí. Sin duda, todo esto me estaba volviendo completamente loca.

Hubiera sido más fácil haberme creído el chantaje, y haber accedido a estar con mi tío para salvar mi matrimonio. Sin embargo, a esas alturas ya era plenamente consciente de que esa excusa en el fondo nunca me la había llegado a creer en ningún momento.

La realidad era mucho más morbosa, deseaba acostarme con mi tío.

Era sábado por lo tarde y había ido con mis hijos al parque que hay cerca de mi casa. El mayor tenía en esa época ocho años y el pequeño estaba a punto de cumplir los seis.

Recuerdo que Carlos jugaba con otros niños montando a los columpios, mientras su hermano se divertía con la arena, a la vez que yo permanecía atenta vigilando sentada en un banco cercano a ellos.

—Hola, Olivia, —escuché atónita la voz de mi tío mientras se sentaba a mi lado.

—Hola, —saludé con un hilo de voz que no estoy segura de que él llegara a escuchar.

—Bonitas piernas, —dijo poniendo una mano sobre una de mis rodillas, sin molestarse ni tan siquiera en calentarme.

—¡Tito, por favor! Aquí no… Los niños… —protesté de forma dubitativa.

—Los niños están jugando, —alegó mientras ascendía con su mano por mi muslo—. No te preocupes, a esa edad todavía no son conscientes de la degeneración que sufrimos los adultos.

—No me siento cómoda… además, cualquiera podría ver cómo me tocas, —alegué.

—Sé que eres como yo. El riesgo es un incentivo que todavía consigue excitarte más. El otro día en casa de tus padres mostraste tu verdadera cara. Jamás he visto a un coño expulsar esa corrida.

Yo miré al suelo avergonzada, sus observaciones eran tan irrefutables que me era imposible negar algo tan evidente. Ese domingo en casa de mis padres, mi tío había conseguido ponerme verdaderamente cachonda, habiendo experimentado a continuación un extraordinario orgasmo, acorde con el grado de excitación que tenía.

—¿Te avergüenzas? —Preguntó con su mano oculta totalmente ya, por la tela de mi vestido.

—Sí, ojalá pudiera volver atrás. No ha pasado un solo minuto que no me haya arrepentido, por haberme comportado de esa forma.

—Pese haberte arrepentido, no parece que pongas ningún tipo de pegas, por dejarte manosear a la vista de cualquiera en el parque, —comentó riéndose.

—Si me dejo toquetear por tus sucias manos, ya conoces la razón… —contesté con rabia.

—Ah, ¿sí? ¿Puedes decírmela?

—La causa de subyugarme a tus enfermizos caprichos, es por el vil chantaje al que me tienes sometida. El motivo son esos dos niños. Ellos no tienen culpa de nada… —respondí simulando estar compungida.

—Olivia, te prometí el otro día en el baño de casa de tus padres, que tu secreto está a salvo conmigo. Te juro que hagas lo que hagas, no le contaré nada a tu marido.

—¿Es que acaso te satisface pensar que me entrego a ti voluntariamente? No seas iluso…

—¿Prefieres engañarte a ti misma creyendo que deseas estar conmigo coaccionada, antes de reconocer lo zorra que eres?

—No soy ninguna zorra. Lo de Ricardo fue un hecho puntual. Nunca había engañado antes a mi marido, —mentí.

—Eres una puta y tu marido un cornudo, asúmelo, —comentó rozando con la punta de sus dedos mi conejito, por encima de mis bragas.

—Estate quieto, tito. Por favor te lo pido.

—¿No te gusta sentir los dedos de tu tío tan cerca del coño?

—Están los niños ahí delante. Esto no está bien…

—¿Te gusta que te toque?

—¿Es que disfrutas humillándome? —Pregunté para no tener que responderle.

—Reconócelo, —Me pidió

—¡Está bien…! ¡Estoy cachonda! ¿Es eso lo que quieres oír?

—Ya lo noto, cielo. Puedo sentir lo puta que te pones en la humedad que desprenden tus bragas, —comentó riéndose, incentivando aún más sus caricias sobre ellas.

—El lunes… estaré toda la tarde en casa ¡Ah…! ¡Estaré sola… ¡Ah…! Pediré la tarde en el ¡Ah… joder, tito como me tienes…! Pediré la tarde libre en el trabajo, —Informé con dificultad entre jadeos.

—¿Te gustaría que me presentara en tu casa?

—Sí…

—¿Pídemelo? —Casi me exigió.

—¡Tito, quiero que vengas a follarme a casa!

—¡Así me gusta! Dime lo que eres, Olivia

Yo me quede cayada, en el fondo me daba mucho pudor reconocerlo abiertamente delante de mi querido tío. Sin embargo, estaba muy excitada y entregada; me sentía tan sumisa y doblegada, que en esos momentos solo buscaba que él estuviera orgulloso de mí.

—¡Una puta, tito! ¡Soy una puta!

Entonces, él sacó la mano con la que me había estado acariciando el coño, y me hizo una afectuosa caricia en la cara, como aprobando mi comentario, tratándome como si en realidad fuera una niña. Luego recorrió mis labios con su dedo índice, que yo besé con enorme agrado.

—Tengo que irme, cariño, —comentó levantándose y dándome un sutil beso en los labios. Un segundo más tarde desapareció de la misma forma que había llegado.

Yo miré a mis hijos que seguían ensimismados en sus inocentes juegos, entonces no pude evitar echarme a llorar de manera desconsolada.

Mi vida era perfecta… sin duda lo tenía todo para poder ser la mujer más feliz de este mundo. No me faltaba de nada: un atento esposo, buenos trabajos, dos hijos sanos… Sin embargo, en esos momentos mi mayor deseo era convertirme en la amante y en la puta de mi propio tío.

Continuará

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