LOLA BARNON

La entrevista I

Pablo regresó de comer y vio que ahí estaba, sentada, puntual, esperando su turno como el resto de las demás. La sonrió y saludó como a las otras no queriendo levantar sus sospechas, ni por supuesto que se diera cuenta de sus intenciones.

Se metió en el despacho, abrió las persianas y desde allí volvió a fijarse en ella, ahora con mayor tranquilidad. Era mejor de lo que me imaginaba.

Ella, nerviosa, se apartó su melena negra de la cara, mostrando su rostro, bello, atractivo, algo serio, quizás. Treinta y dos años, volvió a leer en su currículum. Estudios de periodismo y algunos trabajos de becaria, redactora freelance y poco más. Luego, madre y algunos años sin trabajar y desconectada del mundo laboral. «Muy necesitada del trabajo y, con toda seguridad, de dinero», se dijo Pablo con una media sonrisa. Por eso la había escogido. Esta mañana había habido otra, una tal Sofía, pero resultó ser una sosa. No, para lo que él quería, una secretaria encargada de las notas de prensa y contactos con los medios de comunicación, no le servía.

El pie de ella, en un zapato de medio tacón, se movía fruto de su nerviosismo, haciendo que Pablo se fijara en una piernas torneadas y atléticas. Muslos bien esculpidos, rotundos, parcialmente ocultos por la falda que llevaba y que se la había subido hasta mostrar casi la mitad de ellos. En realidad, era un traje de corte clásico, formal, no demasiado a la moda. Debajo de la chaqueta, se adivinaban unos pechos interesantes, posiblemente operados, como los que a Pablo le gustaban. Sonrió ante la posibilidad que se le avecinaba.

Se sentó en la mesa y repasó por enésima vez la información que poseía sobre ella. Victoria Guzmán, casada, madre de dos hijos, 32 años y una experiencia laboral donde se alternaban trabajos nada interesantes, con otros de un poco más calado. Pero, en resumidas cuentas, «necesitada de trabajo y de dinero».

Su presa. Eso era ella para Pablo. En cuanto recibió su currículum, lo tuvo claro y, después de verla hoy, ahí sentada, más todavía. Pablo se acarició la polla que se tensó bajo el pantalón solo de pensar lo que con tiempo y buenas artes podía avecinarse con ella. Y si no, en dos meses, el tiempo de prueba, le daría puerta. Decidió divertirse y observar sus reacciones. Había que hacer esperar a la presa, ponerla nerviosa, llevarla hasta el límite y él sabía perfectamente cómo hacerlo. No era la primera vez.

—Paula García —llamó reclamando a la primera de las candidatas para el puesto de trabajo, viendo como una chica joven, seguramente recién licenciada, se levantaba y se aproximaba hacia él con una sonrisa perfecta buscando causar una buena primera impresión.

Pablo sonrió por compromiso, aunque su atención estaba sobre ella. Casada y necesitada, como tantas otras. Tuvo que aguantar la sonrisa y evitar mirar a Victoria. Una verdadera y atractiva joven MILF, como a él le gustaban.  Era la más mayor de todas las aspirantes y la única con marido, lo que, a los ojos de Pablo le hacían ser, en realidad, la única candidata.

Se metió en el despacho con aquella chica a la que hizo la entrevista habitual, quizás extendiéndome más de lo normal, buscando alargarla innecesariamente, tratando de retrasar al máximo el momento en que Victoria entrara en el despacho para que, cuando lo hiciera, estuviera aún más nerviosa.

Sonrió y la chica le devolvió la sonrisa, pensando que iba dirigida a ella. Pablo ni siquiera se molestó en sacarla de su error. Veinte minutos después, en la puerta, le dio la mano con efusividad y la promesa de llamarla para decirle algo. Notó la mirada de Victoria sobre él, pero, ignorándola deliberadamente, miró en los papeles y llamó a la siguiente candidata.

—Pilar Sánchez.

Vio su cara de decepción mientras su compañera de silla se levantaba y se acercaba. Otra joven de apenas veinticinco años y una bella sonrisa en su rostro buscando ganarse el favor. Victoria, miró su reloj. Él entonces, saboreó por primera vez ese nerviosismo.

De nuevo el mismo ritual, la misma entrevista que había hecho centenares de veces, solo rota por las miradas furtivas por la ventana hacia aquella casada que, cada poco, consultaba su reloj, posiblemente nerviosa o preocupada. Sobre la mesa de Pablo, el reloj marcaba las cinco menos veinte de la tarde. Todavía no era el momento, se dijo.

Otro apretón de manos, otra promesa que no iba a cumplir y otro nombre que salió de su boca. Pero no el de Victoria. Otra chica aproximándose, otra decepción reflejada en su rostro y una nueva mirada a su reloj, haciendo cálculos mentales y suponiendo que, viendo cómo iba la tarde, no le daba tiempo ir a recoger a los niños al colegio. O a su marido. Imaginarse aquello, como una madre solícita y cumplidora, le puso todavía más excitado a Pablo.

Dentro, ya sentado, con su mente fuera de la entrevista que le estaba practicando a la tercera candidata de la tarde, dejó pasar el tiempo con preguntas tipo y estandarizadas. Se las apañaba para seguir atento a Victoria. La vio erguirse un poco, mirar al despacho y luego su reloj. Pablo pensó que tampoco podía extender demasiado el tema. A fin de cuentas, ni el sueldo era interesante ni la promoción verdadera, con lo que Victoria podría decidir en un momento dado, largarse y buscar otra alternativa de trabajo.

Aunque algo le decía que no se iría, que posiblemente estaba harta de aquella vida, que necesitaba el empleo por lo que fuera, y que seguiría allí, impertérrita, no renunciando a la entrevista para la que había sido citada y que, una hora más tarde, ni la había hecho llamar al despacho.

Nueva despedida. Quedaban solo dos. Ella, y una chica morena, fea, con un piercing en un labio y el pelo colorado. Aun así, miró a Victoria y con un gesto apenas perceptible, elevando las cejas y marcando una escueta señal de calma con su mano derecha, le dejó caer que enseguida sería ella. Vio una pequeña súplica en sus ojos y se acercó cuando la del piercing y el pelo rojo entró a su despacho.

—Le pido disculpas. Pero es una enchufada del gran jefe. —Se acercó un poco a ella, y sonrió. Él sabía que le funcionaba casi siempre—. Pero no voy a cogerla —le susurró—. En cuanto termine con ella, le toca. Y seguro que tiene más posibilidades…

Victoria asintió con un gesto que podía significar agradecimiento y algo de sintonía por haberle deslizado que la que estaba en el despacho, no era rival. Ella sacó su móvil y tecleó algo. A su marido, quizás, pensó Pablo no pudiendo reprimir de nuevo la tensión en su bragueta

Sentado en su silla, asintiendo de forma automática a las palabras de la candidata de turno, seguía pendiente de lo que afuera ocurría, de aquel tecleo, que él se convenció que era a su marido.

Las cinco pasadas. Pablo salió de nuevo para despedirse y esta vez sí la llamó. Era la última. Y en la que debía concentrarse. Todas las anteriores eran ya pasado olvidado. Ahora tocaba ser preciso y enfocar el objetivo de forma incisiva y real.

—Victoria, ¿no? —La llamó así, sin apellidos, marcando cierta familiaridad o interés que ella podía percibir como posibilidad de acceder al puesto de trabajo. Decidió que iniciaría ya el tuteo, para dar una mayor sensación de familiaridad y cercanía—. Perdona, no pretendía ser descortés —le dijo con su mejor sonrisa—. Solo quería disculparme por la tardanza. Se han presentado más de las que teníamos previstas. Te vuelvo a pedir perdón. Pero necesito unos minutos para un tema que me acaban de decir por teléfono —añadió con rapidez—. Será muy poco tiempo, de verdad. Ya enseguida, entras. Lo siento de nuevo.

Está claro que la había cogido con la guardia algo baja, cosa que Pablo pretendía. Allí, medio inclinado mientras le habla, contempló el tono moreno de su piel que se atisbaba por la apertura de su camisa. Aunque demasiado poco para poder ver nada más, y ni mucho menos adivinar qué tipo de sujetador llevaba debajo. Pero sí que podía apreciar el contorno de sus pechos bajo la tela de aquella prenda que, como ya intuyó antes, son redondeados y operados. «Mejor».

—No pasa nada —respondió ella con voz sosegada, tratando de mostrar tranquilidad—. Puedo esperar un poco más.

—Si quieres —dijo señalando hacia una puerta medio abierta—, y por las molestias, te invitamos a un café. Luisa —llamó a una chica que, ya con sus cosas en la mano y lista para salir a su casa, que pasaba por el pasillo en ese momento—, por favor, ¿te importa acompañar a la señorita a la sala de descanso para que se tome lo que quiera?

—Claro, Pablo —asintió, guiando a Victoria hacia aquella sala, viendo como ella sonrió agradecida por el gesto. Pablo sentía que ya se había ganado su confianza.

Con su chaqueta en la mano, moviendo sus caderas bajo aquella falda, siguió a la tal Luisa, compañera de trabajo de Pablo. Este, no pudo evitar que, de nuevo, su miembro volviese a agitarse bajo el pantalón mientras que en su mente ya se la imaginaba follándosela en esos dos o tres meses siguientes. Aquello se había convertido en una costumbre. Una dulce y excitante rutina…

Pablo se demoró quince minutos y acudió con una nueva sonrisa de expresión sentida por la nueva tardanza. Ya no quedaba nadie en la oficina. Luisa se acababa de despedir, y él esperaba a Victoria junto a la puerta, sintiendo su cuerpo casi rozar el suyo mientras la traspasó. La cerró a pesar de saber que, a esas horas, ya no quedaba nadie en la oficina. Estaban completamente solos. Ella y él. Presa y cazador.

—Tu nombre es Victoria Guzmán ¿no? —dijo mientras cerraba un poco las persianas por donde toda la tarde la ha estado controlando.

—Sí.

—¿Señora o señorita? —preguntó Pablo, aunque por supuesto, conocía la respuesta.

—Señora. Aunque eso me hace sentir mayor.

Una sonrisa en su rostro mientras se sentaba, poniéndole fácil la respuesta, el halago, el cumplido. No, aún no tocaba. Con rostro serio, miró su currículum, observando de reojo como ella borraba su sonrisa y se erguía en su asiento. La presa volvía a estar en alerta.

—Tienes treinta y dos años ¿no? —Dijo Pablo como si aquello fuera un lastre, un problema—. Casada, dos hijos y los últimos años sin ninguna clase de experiencia laboral ¿me equivoco?

Era el primer paso. Lo soltó así, de golpe, de forma fría y directa. Victoria acusó el golpe, y Pablo se percató de que volvían a aflorar los nervios, las dudas, los temores que durante todo ese tiempo le han estado atosigando mientras esperaba su turno, rodeada de chicas más jóvenes, sin ataduras y, posiblemente, mejor preparadas que ella.

—No, no te equivocas —contestó Victoria con la voz algo apagada, como si empezara a darse cuenta de que todo aquello era un error, que nunca debió haber acudido a esa entrevista donde iba a topar de bruces con la cruda realidad.

—¿Puedo preguntarte el motivo de estar tanto tiempo fuera del mercado? —le preguntó él con el mismo tono frío y distante de antes.

—Los niños —confirmó ella en voz queda—. Mi marido y yo decidimos tener descendencia y ahora que son algo más grandes y ya van al colegio, pues…

—Entiendo. Ya veo —le contestó Pablo sin mirarla y cortando sus explicaciones, haciendo como si en ese momento no le importaran ni vinieran a cuento—. Voy a preguntarte algo más… —carraspeó, cruzó las manos y miró fijamente a Victoria—. ¿Ese es el único motivo de querer volver? ¿Por qué? ¿Te aburrías en casa? Entiéndeme, no quiero minimizar ese trabajo del hogar… Pero cuando me has dicho que los niños ya están crecidos… —Lo espetó casi con desdén, aunque sin llegar a ser intimidatorio ni despectivo.

De forma fugaz, Pablo vio un brillo en sus ojos, un conato de rebelión, de haberse molestado por el comentario. Pero ni se inmutó. No era la primera vez, ni sería la última que lo hiciera.

—No —contestó ella tratando de mostrarse un poco más digna—. Quiero volver a trabajar para sentirme realizada, recuperar mi carrera y cumplir mis metas profesionales que…

—En realidad, lo que de verdad necesitamos es gente con experiencia… No a una mujer que lleve tanto tiempo sin trabajar —cortó Pablo con cierta sequedad.

—Pero entonces, por qué me han llamado. Si no les intereso, con apartar mi currículum…

—Victoria —dijo suavizando el rostro con una pequeña sonrisa—. Es verdad que posiblemente no puedes competir directamente con todo el resto de las candidatas. Pero también estoy harto de gente que tiene experiencia, pero nada de intuición… Eso, en cambio, sí puedes tenerlo tú. —Le sonrió con amabilidad—. ¿Qué más te mueve a pedir trabajo? Te rogaría la máxima sinceridad. A fin de cuentas, este trabajo es de confianza. Mi secretaria de prensa no es alguien que pasa únicamente informes o notas al ordenador y coge el teléfono. Tendrás que manejar una agenda complicada y decidir en bastantes ocasiones, cuando yo no esté, sobre algunas cuestiones de comunicación.

Victoria estiró levemente la espalda y recolocó su figura en la silla. Pablo volvió a ver a esa mujer con dudas, pero que poseía carácter. Él se recostó en la silla y puso sus manos entrelazadas en la barbilla mientras la miraba.

—Necesito el trabajo —acabó ella por reconocer—. Mi marido está en el paro y… haré lo que sea para encontrar uno. Aquí o en cualquier otro lugar.

Pablo sonrió y su entrepierna experimentó una nueva y ya no tan ligera agitación. Aquella respuesta era inesperada y fantástica. La mejor que le podrían haber dado en ese momento. Superaba todas las expectativas y le acercaba mucho y más rápido a su objetivo real.

—No quiero un trabajo por lástima —añadió Victoria de nuevo—. Pero estoy dispuesta a sacrificarme y a hacer lo que sea. Aprendo rápido, soy lista y tengo más experiencia que cualquier de ellas. Sin querer faltar a nadie, me esfuerzo, soy discreta, tengo las ideas claras y necesito el trabajo. Incluso puedo cobrar algo menos… Y haré lo que sea —remarcó.

—No, Victoria. El dinero será el que está anunciado en la oferta de trabajo. —Pablo quiso poner un toque de caballerosidad y honestidad ante la oferta de ella para trabajar por menos salario—. Veo en ti algo que me gusta. En realidad, ya me ofreces algo distinto y diferente a todas las anteriores. Sinceridad, discreción, sacrificio, esfuerzo, confianza, saber adaptarte a situaciones inesperadas… Y eso que has añadido de que harás lo que sea, créeme, es algo que valoro mucho.

Un destello de esperanza se abrió paso en ella, viendo un rayo de luz al final del túnel, una vaga ilusión de que aquello podía salir bien.

—Gracias —contestó Victoria halagada por las palabras de Pablo.

—Dime, y créeme que es únicamente por entender mejor la situación. ¿Cuánto tiempo lleváis así? Me refiero a tu marido en el paro y tú buscando empleo.

—Seis meses —se sinceró ella sin dudar—. Llevo seis meses buscando empleo. Y sí, soy consciente de mis limitaciones, que no soy una jovencita como esas de antes, ni tengo multitud de títulos ni experiencia durante los últimos años, pero, como has dicho, tengo otras cosas que puedo aportar a la empresa. Me adapto a todo.

Aquella expresión confundía ligeramente a Pablo. Victoria le miraba con fijación, dando a entender que era capaz de… ¿De llegar a algo más, allí mismo? ¿Tan necesitaba estaba? Sería un resultado excelente, sin duda. Nunca se había ligado a una candidata mientras le hacía la entrevista. Aquella idea le excitó mucho, de repente.

Victoria cruzó las piernas, se colocó un mechón de la melena, elevó ligeramente la barbilla y siguió mirando fijamente a Pablo.

—Vamos a aclarar las cosas —dijo él adelantándose hasta apoyar los codos en la mesa del despacho—. Me dices que eres trabajadora, discreta, que te esfuerzas… Me parece perfecto. Las madres, sin duda, sabéis de esas cosas más que los hombres. —Un nuevo piropo o halago nunca venía mal para ir confirmando aquello que Pablo empezaba a intuir—. Es cierto que este trabajo requiere de horarios a veces un poco intempestivos, de plena confianza entre tú y yo, de tener claras las prioridades… En fin, la persona que yo elija debe ser de total y absoluta confianza y…

—De verdad, haré lo que sea.

Victoria seguía mirando a los ojos de Pablo. Seria, pero con el rastro de la necesidad y la valentía en la cara. Sí, se le estaba insinuando o, al menos, ofreciéndose a que lo intentase. ¿Le estaba abriendo la posibilidad de sexo por trabajo? Era lo mejor que le podía pasar. Sin el menor esfuerzo por su parte y sin tener que esperar a un viaje, a charlas a solas a altas horas de la tarde con la oficina solitaria o de hacerse el interesante ni el desafortunado por los desplantes de su mujer… Aquello que cada vez veía con más claridad en Victoria le parecía excitante y sencillo.

—Me adapto rápido y soy consciente de que habrá que hacer… —se detuvo un instante y le clavó los ojos en los de él— sacrificios por la empresa. O algunas cosas que no sean estrictamente laborales… —añadió enseguida—. Si me das el trabajo, en poco tiempo lo haré más y mejor que cualquiera de ellas…

«Joder con la casada.» Pensaba Pablo. Le dio la sensación de que no era la primera que se tiraba a alguien, y de que no le importaba en exceso poner los cuernos a su marido. No sería la primera, seguro… La misma Luisa, en concreto, ya ha estado con él, un par de veces, en sendos viajes. Casada, con una niña y, aunque la primera vez tardó en decidirse, la segunda le comió la boca en el mismo avión camino de Málaga. No es alguien con quien se acueste de forma habitual, pero en aquel primer viaje, el éxito de la negociación, un par de tiros de coca por el triunfo alcanzado y la desinhibición de ir rompiendo barreras, hicieron el resto. El segundo viaje fue mucho más sencillo. La coca, que la hubo con profusión, las copas y que ya no había remordimientos, hicieron que aquellos dos días fueran de sexo y excesos.

—Me gusta cómo suena eso —respondió Pablo con un gesto que quiso transmitir seriedad—. ¿Y cómo hacemos, Victoria? Estoy casi convencido, pero…

—Te he dicho que haré lo que sea. No es broma.

Pablo se levantó entonces, y se sentó lentamente en una esquina de la mesa. Victoria continuaba mirándole. A él ya no le quedaba ninguna duda.

—¿Lo que sea?

—Sí. Necesito el trabajo y no soy una niñata ni una mojigata. Entiendo que haya que hacer ciertas cosas. Y estoy dispuesta…

Victoria se levantó igualmente y da un paso hasta quedar casi rozándole. Pablo podía ver que ella respiraba algo agitada, sabiendo que, si él quisiera, se la folla allí mismo. Se excitó mucho y con una mano rozó la de ella. Luego la puso en su cintura. Tenía una buena figura. Vio que Victoria no se amilanaba.

—Estás casada… —susurró él.

—No sería la primera vez que me acuesto con otro que no sea mi marido… —musitó ella desabotonándose la camisa y dejando ver el inicio del sujetador blanco—. Haré lo que sea…

Cuando le dijo esas palabras en su oído, Pablo la cogió ya por la cintura y la atrajo hacia él. No podía creérselo. Iba a contratar a una auténtica loba, que estaba buena, era infiel y dispuesta a follar con él en la misma entrevista. Mejor no le podía haber salido la jugada.

Pablo se incorporó y con la boca muy cerca de la de Victoria desabrochó con los dedos el segundo botón ante la pasividad y expectación de ella. Algo más de carne quedó a la vista, pero aún no lo suficiente para él, que ya tenía un considerable empalme. Continuó su recorrido hasta el siguiente botón y lo abrió también, pudiendo ver el comienzo de sus generosos pechos y su sujetador, blanco, de algodón, primando la comodidad.

Para la sorpresa de ella, Pablo se detuvo. Victoria se quedó con la camisa abierta, luciendo una sinuosa y excelente figura y un sujetador blanco normal y corriente. Estaba algo sonrojada y respiraba con cierta rapidez. Se colocó la melena, aún de pie, observando a Pablo y esperando su reacción. Ha llegado hasta allí y no va a recular ahora.

—¿De verdad estás dispuesta a… lo que sea? —Preguntó Pablo con una leve sonrisa y mirando con descaro hacia sus tetas que se removían inquietas bajo su respiración agitada.

Ella le miraba y no decía nada, pero en sus pupilas había determinación. Y deseo, sí, Pablo veía ganas de follárselo allí mismo si el trabajo era suyo.

—¿Me estás preguntando que si estoy dispuesta a tener sexo contigo? ¿Ahora mismo?

Él asintió con un enorme bulto en los pantalones. Las palabras de Victoria, que llevaban mezclaban el deseo y excitación con la necesidad de conseguir el trabajo, hacían que la polla de Pablo palpitara con terribles deseos de salir de su pantalón y calzoncillos.

—Sí, digo eso exactamente.

—Si lo hago, ¿el trabajo es mío? —preguntó Victoria haciendo que una sonrisa se dibujara en el rostro de Pablo.

—Sin ninguna duda…

—¿Y si me echas justo después…? Después de hacerlo, me refiero —inquirió ella suspicaz.

—No te preocupes. Te llevas dos mil euros, aunque no pases el período de prueba. Si lo pasas y se te despide al cuarto mes, tres mil. Está en el contrato…

Victoria asintió pensativa. Era una buena opción. Si no salía bien el tema, al menos, tendría para un tiempo y seguir buscando trabajo.

—Vale. Déjame el contrato, lo firmo y follamos…

De nuevo esa determinación seria, concentrada a partes iguales en la necesidad de salir de su miseria de paro y aburrimiento, junto con un punto de excitación que le sonrojaba el rostro y hacía que respirara con algo de nerviosismo.

—Me parece un trato justo… —dijo Pablo abriendo la carpeta que guardaba con el currículum de Victoria y el del resto de candidatas—. Necesitamos tu DNI, la tarjeta de la Seguridad Social… —Le tendió el contrato, que ella, con la camisa abierta y sin taparse un ápice, leyó con rapidez.

—Dame un bolígrafo —le pidió con determinación Victoria, además de un toque de sequedad. Pablo le dio uno que estaba encima de su mesa y ella firmó con rapidez las dos copias del contrato—. Aquí tienes los documentos. —Sacó de su cartera ambos.

Pablo, con lentitud y una sonrisa, los escaneó y adjuntó con el currículum. Luego hizo lo mismo con el contrato, lo firmó, guardó una de las copias y le entregó la otra a ella.

Victoria ya se estaba quitando en ese momento la camisa y desabrochándose la falda que cayó al suelo con lentitud. Sí, pensó Pablo, no solo estaba buenísima, sino que además prometía fantásticas sesiones de sexo con ella.

—¿Seguro que tu marido…?

—Sí. No eres el primero, encanto —dijo ella con rapidez.

—¿Por trabajo también? —dijo él desvistiéndose con prisa tras apagar el ordenador.

—No. En ese aspecto me estreno contigo —sonrió ella levemente—. El resto han sido por… apetencia —contestó con un mohín de cierta indiferencia—. Me gusta follar…

—Joder, estás muy buena… Nos lo vamos a pasar bien. ¿Tienes prisa?

—No. Le he dicho a mi marido que llegaría tarde. Que la entrevista iba para largo —le dijo ella quitándose el sujetador y lanzándolo con displicencia donde ha dejado la falda y la camisa, en la silla de cortesía del despacho de Pablo.

—¿Eres infiel habitualmente? —preguntó él besándole en el cuello mientras ella se descalzaba y le tocaba el paquete.

—Algunas veces… Depende de las circunstancias.

A Pablo aquella mezcla de sinceridad, excitación, entrega y despreocupación por ser infiel le estaba calentando mucho. Mientras dejaba que ella acariciase su pene, aun embutido en su bóxer, se imaginaba que iban a ser meses muy interesantes, los próximos. No más allá de seis, en el mejor de los casos. Una indemnización generosa, pero no excesiva, y a buscar otra nueva. Así, desde hacía tres años. Y con todas, menos con una, por lo que solo duró un mes y medio, había terminado follando.

Quizá con Victoria podría hacer una excepción… Si era tan buena y estaba tan dispuesta como parecía, lo mismo merecía la pena mantenerla en la empresa. Prefirió no pensar en ello mientras ella le bajaba el calzoncillo y agarraba su pene, duro como un martillo, con la mano derecha.

—Conmigo vas a ser infiel bastantes más veces…

—Ya me imagino —dijo ella abriendo la boca y recibiendo el beso con lengua de Pablo, y sus manos en los pechos.

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