C.VELARDE

CUARTA PARTE I   

El alma se me escapa del cuerpo cuando reparo que Odett aparece sola en el vestíbulo de la casa, con ropa distinta a la que vestía el jueves por la noche, arrastrando una pequeña maleta que no llevaba aquella vez, y con sus rubios cabellos atados en un molote sobre la cabeza. Mis piernas tiemblan al descender un par de peldaños más. Y clavo la vista en la puerta de olmo, que ya está cerrada. Y, con opresión en el pecho por la desilusión, entiendo que nadie más va a entrar por allí. Las camionetas ya han arrancado, las escuché marcharse cuando decidí salir del cuarto.   Y Odett sigue allí, meditativa, y suelta la valija a la mitad del vestíbulo y echa sus ojos claros a los míos, que deben evidenciar una implacable severidad. —¿Dónde está? —le pregunto de forma brusca. Odett calla, hace una mueca persuasiva, sigo bajando, ella retrocede, evita mi cara. —¿Dónde mierdas está mi esposa? —Desconozco el propio tono de mi voz, que es impulsivo y álgido. —Yo… no sé, Jesús —responde la mujer de mi primo tragando saliva. Mira hacia sus costados, busca a Hugo, pero él no aparece, aunque, por el olor a marihuana, creo saber dónde está. —¿Cómo mierdas no vas a saber si estabas con ella? —le planto cara, y la tomo de los brazos, y sin pensarlo encajo mi punzante mirada sobre la suya y en un impulso la sacudo—. ¡¿Dónde mierdas está Dalilah?! —¡Tranquilízate, por favor! —se horroriza, sus ojos claros parecen salirse de sus órbitas y su hálito de frutas impacta dentro de mis poros. —¡Respóndeme, maldita sea, Odett! —la conmino. —¡Te juro que no lo sé, Jesús… ella y yo… Realmente solo estuvimos juntas un rato el resto de la noche del jueves… y la mitad del viernes! ¡Después de eso ellos… se fueron, no sé a dónde, Nerón no me lo dijo, y yo me quedé en esa casa con Lisardo y…! —¡¿Dónde está Dalilah?! —la sacudo con fuerza, y su cabeza se agita, mientras jadea—. ¿Qué carajos me ocultas, Odett? —¡Jesús, por favor… me lastimas! ¡Y no, no te oculto nada, nada! Odett chilla con pánico, desconociendo mi personalidad violenta, y la intensidad de mis impulsos me entorpece, y no me doy cuenta de que la he atenazado de los brazos con una fuerza brutal.  La libero cuando lloriquea, y me desplazo por el vestíbulo, acariciándome las sienes. —Así que mi tortura aún no termina… —caigo en la cuenta de la verdad—. ¡No termina! Ella solloza, y lo hace muy fuerte. —No es su culpa —farfulla. Y la miro, furibundo, con la sensación de que se burla de mí, de que me oculta cosas, y aunque sus expresiones faciales sólo me enseñan pesar y compasión, la sigo rechazando. No me atrevo a acercarme a ella porque estoy seguro que la podría lastimar de verdad, y me arrepentiría toda la vida. Yo no soy así, y no voy a convertirme en un maltratador. —¿Entonces es tuya? —la obligo a hablar—, ¿es tu culpa? Hugo es el que responde, con su habitual desenfado al caminar y al hablar. Viene de la cocina, y está fumándose un churro de marihuana que acaba de encender. En su mano libre carga una jarra de litro que está llena de licor. —Las cosas pasaron y ya, primito. No hay culpables aquí, solo acciones. Pasó y ya —vuelve a insistir. Viste unas bermudas beige y una camisa sin mangas que enseñan la palidez de su piel—. Mejor vamos a brindar porque mi putilla ya llegó y, por lo que veo, viene forrada de regalitos y dinero. Hugo se echa a reír mientras contempla la valija que yace en el suelo. Odett se ha puesto roja por la vergüenza, y me mira a la cara, y la noto retraída.  —Hugo, por Dios… —¿Qué pasa, amorcito? —se echa a reír mi primo otra vez, dando una calada a su cigarro de marihuana, cuyo ahumadero lo expulsa en la cara a su mujer—. ¿Por qué te pusiste roja? ¿Desde cuándo las zorras se ofenden por su condición? —Y vuelve a lanzar el humo sobre la cara de una Odett que permanece roja de la ira, con los ojos llenos de lágrimas, sintiéndose ultrajada—. Anda, cerda, quita esa cara y vete a bañar, que debes estar asquerosamente atiborrada de lefa… —¡Te estás pasando, Hugo! —le reclama, haciendo pucheros, y para mi sorpresa, siento pena por ella. Me parece mentira que mi primo la esté humillando en mi delante de forma tan cruel—. Vamos a hablar a otro lado… Hugo, no aquí. —¿Ahora te da vergüenza que mi primito sepa que tengo por pareja a una ramera? —le reitera Hugo, dando un trago largo a la jarra—. Pero de las finas, ¿he, primo? No cualquiera, mi mujer es una ramera de las fines —me dice, sonriente, y vuelve su despreciable mirada a Odett. —¡Eres una mierda de persona! —le grita ella, que se siente humillada y avergonzada porque yo estoy presenciando esa extraña y enferma relación que llevan ambos. —¿Mierda de persona yo, amorcito? —le dice Hugo con sorna—, mierda de persona tú, que te coges al que se te pone en frente. —¡Tú me obligas! —le grita llorando, y vuelvo a sentir una punzada en el pecho—. ¡En lugar de mi pareja parece que sólo has ejercido de mi proxeneta, haciéndome sentir así, que soy una puta, que sólo sirvo para esto, con mi autoestima por los suelos, convenciéndome de que sin ti nadie me querrá, por mis antecedentes, por mi historial… por…! —¿Ahora te haces la santa, Odett? ¿Ahora me vas a decir que no has disfrutado los placeres que te he enseñado durante estos años? —¿Acostándome con tus amigos…? ¿Dejándome ir… por cuarta ocasión, con un maldito narco que sólo me trata como su puta, sin importarte que un día alguno de ellos, de lo drogado que esté, me mate? —¿Y cómo esperas que te traten, Odett, si una puta es lo que eres? —¡Déjala en paz! —reacciono al no tolerar más sus groserías—. Respétala, sino porque es tu pareja, porque es una mujer. —JA, JA —se burla mi primo, echándose un trago de licor—, ¿respetarla?, ¿cómo voy a respetar a una vieja que ha pretendido llevarte a la cama, a espaldas de tu mujercita, Jesús? Mi gesto debe de ser un poema. No me espero esas palabras, y miro de soslayo a la rubia. —¡Cállate, cabrón! —Odett lo manotea, llorando, pero Hugo recula—. ¡Cállate! —¡Díselo, cabrona, que cuando lo ves se te mojan las putas bragas, que cuando estamos en la cama me has propuesto juegos donde yo soy Jesús y tú Dalilah! —¡No lo escuches… Jesús… no lo escúch…! —¿Crees que mi primito es mejor que yo, Odett? —le recrimina Hugo, y esta vez me mira con rabia—. ¡Pues no, cabrona, todos los hombres somos iguales! —¡Ojalá en serio fueras como él, un hombre! —lo vuelve a manotear, y Hugo farfulla—, ¡ojalá tú te preocuparas por mí al menos un puto miligramo de lo que Jesús se preocupa por Dalilah! ¡Pero si no me sirves en la cama, ¿por qué mierdas he de pretender que me servirás como marido protector?! —¡Ni se te ocurra, cabrón! —le planto cara a mi primo cuando noto que quiere darle una patada—. Vete de aquí, Odett, donde este imbécil no pueda molestarte. —¡Tú no te metas en lo que no te importa, Chusito, y tú, cerda, antes de encerrarte como rata dile a Jesús lo que no has querido contarle, que su honorable esposa ha estado bramando como puta todo el fin de semana, y que ahora, oficialmente, ha sido coronado como cornudo! —¡A MI ESPOSA LA RESPETAS, HIJO DE PERRA! Y no le doy tiempo a nada; cuando Odett grita horrorizada, mis puños, con imperiosa necesidad, ya se están clavando en la cara de Hugo y en sus costillas. Nunca he sido impulsivo, pero la exasperación me domina. —¡Déjame, pendejo! Hugo jadea, e intenta darme con la jarra, pero yo soy más rápido y lo doblo por mitad con un rodillazo, y la jarra colapsa en el suelo, quebrándose en mil pedazos. —¡Déjameee! —grita Hugo, lanzándome puñetazos que no logran acertarme. Y retrocede, queriendo correr, pero yo lo alcanzo, lo cojo de la camisa y lo devuelvo. Él se sacude, lanza patadas, y yo lo atropello, lo pego contra el muro que está detrás de él y lo golpeo. Hay mucha rabia contenida en mí: la enfermedad de Eva, el rapto de Dalilah, y toda la mierda que yace acumulada en mi cabeza. Encima este hijo de puta jodiéndome, irrespetando a su mujer, ofendiendo a mi propia esposa, y ya no lo soporto más, he llegado al límite de mi paciencia. Y por eso lo muelo a golpes, porque alguien tiene que pagar todos mis pesares; por eso en Hugo descargo mi rabia, porque nadie me quita la idea de la cabeza de que él, que es un maldito parásito, ha tenido que ver con todo lo que ha pasado. —¡Jesús, por Dios… basta! —escucho la voz de Odett, que grita aterrorizada—. ¡No te comprometas! ¡Por Dios! ¡Lo vas a matar! —¡Me rindo… déjameee… soy tu primo… Jesússs! ¡Me rindoooo! —llora el malnacido por el dolor. Y la rabia me vuelve a estallar en el pecho, pues es solo oír su voz y pensar que por su culpa estoy metido en esto. La cabeza y mi cuerpo se pone caliente y la adrenalina me posee. Lo ataco, con verdaderos deseos por lastimarlo.  —¡Eres una mierda… Hugo… un puto parásito de mierda! —mis golpes no cesan, y el sangrerío de su cara mancha mis puños, mis manos, mi camisa. —¡Jesús! —llora Odett—. ¡No merece la pena… él no merece la pena! Hugo grita de dolor, incapaz de defenderse: patalea, y lo tiro al suelo, y le pongo mis rodillas en su panza y lo bloqueo. —¡Odeeettt! —llora mi primo—. ¡Dile que pare! ¡Dile que pareee! De pronto no es Hugo el que está tendido, sino Nerón, con la cara rota, gritando como un puto cobarde. Y mis nudillos se vuelven enterrar en su cara, que salpican sangre, y luego en las costillas, y es cuando Odett me agarra de la espalda, gritando de miedo, suplicándome que lo suelte, que no vale la pena.   Y me detengo. Mi cara está caliente. Me levanto, mis manos entumecidas, doloridas también. Escucho los bramidos de mi primo que me corre de su casa y luego oigo a Odett que le pide que se calle, o que voy a volver a terminar de desgraciarlo. Me siento mareado, confuso. Apenas entiendo que Odett me pide que me vaya a mi cuarto, que permanezca ahí y me serene. Y como autómata los dejo; Hugo sigue tirado, lloriqueando, con el rostro lleno de sangre, las cejas partidas y la nariz chueca. Escupe sangre y me pregunto si hice mal… Pero entiendo que no. Ahora me siento tranquilo. Y me voy a mi cuarto, me ducho, me limpio el cuerpo, olvido todo, reviso nuevamente el celular donde escucho un audio que mi madre ha enviado de mi hija, que me dice «papi… ¿dónde están?, quiero una paleta de chocolate, de las frías. Los extraño. Quiero ver a mami. Te amo papi.», sonrío, con un nudo en la garganta y me tumbo en la cama. —Por ti lo que sea, mi princesa —digo, antes de quedarme dormido.   II Odett me despierta como a las once de la noche para darme de cenar. Enciende la luz y los destellos me encandilan. Ni siquiera reviso lo que hay en la charola. No tengo hambre. Sólo respiro y me doy cuenta que Dalilah no ha regresado. —¿Dónde está? —le pregunto por Hugo. Aunque en realidad, si soy sincero, no me importa dónde esté ni cómo esté.  —Le he dado un sedante para que se durmiera. Le duele todo. Le quebraste la nariz, intenté hacer lo que pude. Mañana temprano iremos al centro de salud comunitario. Asiento. No me arrepintiendo, y encima, me siento complacido. —Nunca debiste dejar de ejercer de enfermera —le reprocho—, dicen que eras buena. —Lo que bien se aprende nunca se olvida —sonríe. Odett huele a flores. Está vestida con una bata de dormir, con trasparencias blancas. Veo su sostén, donde se desbordan sus dorados senos. Está hermosa. Odett es muy bonita, pese a todo. —Lo siento —le digo—, por lo de Hugo. La rubia sonríe, sigue de pie, junto a la puerta, y yo sentado, en el borde de la cama.   —¿En verdad lo sientes? —No —me sincero. Los dos reímos, de forma sutil. Agacha la mirada, mira hacia afuera y luego de nuevo a mis ojos. —Gracias… Jesús… yo… nunca antes… ningún hombre… me había defendido… como lo has hecho tú. Y sus palabras se clavan en mi pecho, y me duelen en lugar de sentirme halagado. —Ojalá hubiera podido defender a Dalilah de… —Has hecho lo correcto, Jesús. Cuando vuelva… sólo escúchala, y nada más. Ya no te lamentes. Y… respecto a lo que dijo Hugo de mí… respecto a ti, contigo… yo… —No hay cuidado. Olvídalo —le digo, mirándola seriamente. No la pienso incomodar—. Y Odett, aléjate de Hugo cuanto antes. Es un cerdo. Te va arruinar la vida. Su toxicidad te está desmoronando. Te ha atosigado, te ha hecho creer que es normal lo que te pide y no es cierto. Las mujeres no son eso que muchos hombres intentan vender al mundo. Las mujeres no son pedazos de carne. Tienen sentimientos. Ustedes son las criaturas más hermosas del universo, y me jode muchísimo que la has pasado tan mal… Ella llora en silencio. —Eh… no llores. Y en serio, Odett, mándalo a la chingada. Tú mereces algo más que ese pedazo de mierda. Eres… muy hermosa. Y no es verdad que nadie va amarte por tu pasado… lleno de excesos —Y me veo a mí, aceptando el pasado de Dalilah. Y sé que es posible… tener una vida nueva. ¿O quizás no?   —Gracias, Jesús. Me has abierto los ojos. —¿Y qué harás al respecto? —Lo abandonaré —se sincera—, pero primero… necesito arreglar discretamente ciertas cosas. Él tiene deudas a mi nombre. No puedo ni quiero que al dejarnos, tenga yo que cargar con ellas. —Pobrecita —pienso en voz alta. Sus ojos claros me miran avergonzados. —¿Te doy lástima? —Me causas compasión. —¿Me das un abrazo, Jesús? —Los que quieras. III  Dalilah ha llegado a casa pasaditas de las diez de la mañana. Ni siquiera la escuché abrir la puerta. Me había cansado de esperarla y dormí toda la noche. Me siento aporreado de mis nudillos, y recuerdo que le partí la cara a Hugo. Es lunes, y a estas horas ya tendríamos que estar llegando a Guadalajara. No obstante, hemos perdido el vuelo.  —Hola —me dice, y me impresiona saber que sigue siendo su voz, aunque si la siento diferente, como si fuese otra, no Dalilah, mi Dalilah. Yo no respondo, solo la miro, y mientras la contemplo, mi pecho tiembla y mi corazón palpita. —He reservado otro vuelo para las dos de la tarde —me dice entre susurros, y mi cuerpo revira.   Y me duele verla ahí plantada, delante de la puerta, con una valija en la mano, como la de Odett, que tampoco llevaba cuando se fue. Me causa angustia verle el cabello húmedo, con un desorden de hebras largas que se adhieren a su espalda, pegado a una blusa de seda blanca que no le conozco de nada. Se acaba de bañar, aún huele a jabón, y pensar que se ha bañado con otro hombre que no soy yo… que la visto desnuda, que la ha tocado, que la ha hecho suya, una y otra vez, me hunde, y solo con solo verla, en su infructífero intento de hacer como que no ha pasado nada… me hace sentir humillado. La contemplo de nuevo, mutilado por dentro, y advierto que luce fresca, y un poco tostada de la piel. —Apenas nos quedará tiempo para ir a Morelia, al aeropuerto. —Su voz tiembla, su mirada titubea—. Pediremos un taxi… para llegar a tiempo al aeropuerto.   Y la estudio de nuevo, y ella me evita; la noto con vergüenza, como si no tuviera el valor de soportar mi mirada al menos tres segundos. Y me duele en el alma verle los pezones marcados por delante, con las areolas pegadas a la seda, como si todavía estuviesen mojados. Se acaba de bañar, no cabe duda, y de donde quiera que venga, le ha sentado su belleza. ¿Por qué mierdas no ha tenido la decencia de ponerse un sostén? ¿Es que quiere echarme en cara que viene recién cogida? —Voy hacer tu maleta —me dice, mirando el desastre que hay por doquier, la ropa desperdigada y la comida fría en mi buró que me dejó Odett anoche. Yo no digo nada, solo suspiro. Ella nota mi distanciamiento, mi rechazo, y está asustada, no sabe qué hacer o cómo actuar ante mí. —La puerta de la casa estaba abierta —dice, y recuerdo que Odett llevaría temprano a Hugo a un centro de salud—, ¿dónde están Hugo y Odett? —No lo sé —respondo por primera vez. Como ella, yo también me escucho diferente, como si fuese diferente al que siempre fui—… desde esa noche… ninguno ha venido a dormir a casa. Y Dalilah deja de ordenar, y noto su falda holgada que hace juego con su blusa. Me mira, inquieta. —¿Odett no ha vuelto? —parece preocupada, y su angustia se materializa cuando le digo que «no»—. ¿y Hugo tampoco está? —No. Mis respuestas son secas, carentes de armonía, sin color, apenas con aliento.  Y ella traga saliva, me mira con lástima y me cólera que me mire así.   —¿Has estado… solo… aquí? No respondo. Suspiro, y ella, con ese gesto sofocante, inquieto, arrepentido, sólo atina a asentir. Y continúa recogiendo la ropa, con prisa. Y yo me pregunto qué debo de decirle, qué debo de hacer. Y comienzo, como algo casual, como si fuesen preguntas de rutina en cualquier matrimonio, como si fuese algo normal: —¿La pasaste bien? Se sorprende por mi pregunta, me observa, sus senos se mueven debajo de la blusa y noto que los pezones parecen hinchados. Cierro los ojos, con mucho dolor. —Estás bronceada esta vez —hago la acotación.   —Era una playa —dice en un susurro, dudando sobre añadir un detalle más. Se vence, y no dice nada. —Es una pena que hubiese estado nublado cuando fuiste a Puerto Vallarta —le doy un golpe bajo, y ella continúa en lo suyo, con un gesto de impotencia. Adivina a lo que me refiero y por eso jadea. Se sabe descubierta, y por eso actúa como autómata, doblando y desdoblando ropa una y otra vez. Y me parece extraño que en nuestra maleta comience a guardar mi ropa… pero sacando la suya, que es la única que yace en su interior. Y veo su alianza matrimonial reluciendo el dedo anular igual que aquel día en que se lo puse. Y se me revuelve la panza, y cierro los ojos, y me muerdo los labios para no gritar. —¿Te trató bien? —lo digo por decir. —Sí —murmura, pero su voz sale como soplido. —¿Te gustó, físicamente? ¿Te ha parecido apuesto? Dalilah aprieta los ojos, se muerde los labios y sabe que no puede mentir. Es nuestro acuerdo; decir verdades cuando se pregunten las cosas de manera directa. —¿Entonces? —insisto—, ¿él te pareció guapo? —Lo normal —responde de forma llana. —¿Más que yo? Vuelve a cerrar los ojos. —No. Levanta nuestra maleta y la pone en el borde opuesto de la cama. —¿Cogieron? —Sí. —Me sorprende la rapidez con que me respondo. Asumo que entre más rápido acabe el interrogatorio mejor para ella. Lo que no sabe es que no tengo la intención de ponerle las cosas fáciles. —¿Desde la noche del jueves…? —No… —¿En la madrugada el viernes? —Sí… Ella no miente, nunca me miente, por eso me sigo preguntando por qué me mintió con lo de Puerto Vallarta. —¿Cuántas veces? Dobla la ropa, se muerde los labios, sus ojos están crispados, y su respiración se agita. —Varias veces… —Está cabizbaja, sus gestos son de remordimientos, y yo, aunque sé que lo hizo, no puedo evitar sentir un gran dolor, al confirmarlo… algo que era un grito a voces. —¿Cuántas? Esta vez espera unos segundos, antes de responder. —Algunas veces… —¿Cuántas? —Por favor… Jesús —me suplica por primera vez, evadiéndome, con la voz quebrada. La estoy torturando, y por alguna razón muy perversa… disfruto hacerlo. —¿Cuántas? —insisto. La escucho sollozar. Ya tiene todo en la maleta, excepto su ropa, la que trajimos de casa para que pasásemos juntos el fin de semana. Y me da rabia pensar que no la guarda en la maleta porque ya no la necesita; no ahora que Nerón, su padrote, le ha renovado el guardarropa. —Vida… —me susurra, y su cabeza sigue hundida en la maleta—, ¿me ayudas? No puedo cerrarla. —¿Cuántas? —mi voz se vuelve cansina, y ella lo sabe. Veo su ropa tendida en la cama y me estremezco. Es la que yo le he comprado, pero ya no la quiere, ahora prefiere llevarse a casa la de su nuevo amante. Y por eso la atosigando, la atormento, con mucha saña—. Debieron de ser muchas, ¿verdad?, por algo no te acuerdas. —No puedo cerrarla, ¿me ayudas? —Me vuelve evadir. Veo que sus dedos tiemblan en los bordes de la maleta. La estoy agotando. —¿Se la chupaste? Ese era nuestro acuerdo: a preguntas directas, respuestas certeras, siempre, sólo así iba a funcionar lo nuestro. —S…í. Otro golpe en mi pecho. —¿La tiene más grande que yo? Mis inseguridades vuelven a golpearme. Mis dedos, como los suyos, tiemblan, pero los míos sobre mis piernas. —Son iguales… Trago saliva. —¿Y los huevos? —También… —¿También qué? —Son… del tamaño… —¿Estás segura? —Quizá le cuelgan más… no sé. —¿Te mojaste? Intento formularle preguntas concretas, que me ayuden a analizar todo. Si le pregunto si lo disfrutó, podría responderme cualquier cosa. Pero… hasta donde entiendo; una mujer se moja sólo si está excitada. —Dime si te mojaste… Está prohibido entre nosotros la palabra «¿qué?» para fingir no haber entendido la pregunta. Así que ella sólo tiene qué responder. Un paso en falso, y toda respuesta posterior será tomada como una mentira. Ella lo sabe, por eso elije sus palabras. —Quiero saber si te mojaste… Entrecierra los ojos, se irgue, limpia su frente y aspira aire por la boca. —Al principio no… —¿Por qué? —… porque… porque tenía miedo… —¿Por ti…? —Por ti —responde, volviendo a respirar—, a lo que pudieras hacer… a que no me hubieras hecho caso… Devuelvo los ojos al suelo, y entiendo el significado de ese «al principio no»; significa… después sí, muchas veces… y los celos comienzan a azotarme. ¿Por qué se mojó después…? ¿Cuándo dejó de estar asustada? ¿Cuándo comenzó a parecerle todo tan excitante? ¿En qué momento se olvidó de mí? —Al principio no —formulo de nuevo—, pero después sí… después sí te mojaste. Encuentra su bolso, sobre el buró de la derecha, que se quedó conmigo, en la mesa. Hurga entre él y advierte que su teléfono está descargado. —Sí… —responde. Y ataco de nuevo, aun sabiendo que mi orgullo puede quedar herido de por vida: —¿Te lo hizo mejor que yo? —Je…sús… —solloza, sus ojos aguados, sus manos vibrantes. Y me levanto lentamente, y me acerco a ella, que no me mira, e insisto. —¿Nerón te lo hizo mejor que yo? La tengo cercada, y ella está gimoteando, atormentada, dándome la espalda, y falta poco para que las lágrimas escapen. —¿TE LO HIZO MEJOR QUE YO? —Ya no más… Jesús —se quiebra, pero aun sin mirarme—. ¡Ya no más… te lo ruego! ¡Tú bien sabes que no tuve elección! No quiero entrar en ese juego… de mentiras y verdades: aún no. —Pero sí tuviste elección de quitarte el anillo y no lo hiciste —se lo reprocho, cuando se lo veo brillante en su anular—. O al menos es mi apreciación… que por respeto debiste de habértelo quitado mientras… follabas con él. Y decirlo en voz alta me atormenta; y el corazón se me acelera tan fuerte que mis uñas se vuelven a enterrar en mis palmas, de por sí ya heridas por las veces anteriores. La escucho respirar hondo, cabizbaja. —Nadie me lo hace mejor que tú —dice… fuera de lugar. —Tardaste en responder, por lo que asumo que ese hijo de puta… —¡Basta ya… Jesús! ¡Basta ya! —grita, se desespera, se sacude—. ¡No es mi culpa… lo que ha pasado! ¡Yo no busqué esto…! ¡Y tienes que entender que en las buenas y en las malas, tú eres mi esposo! —¿Sí? —mi susurro sale vaporoso, como un aliento de vidrio y de hielo—, ¿te acordabas de mí mientras te cogía? —Yo solo he sido una víctima… —me dice, y esta vez lo hace mirándome a los ojos. —Eres una mentirosa —se escapan las palabras de mi garganta con toda el alma, vidriosas, punzantes. Y ella sufre. Y decido que lo de Eva lo dejaré hasta el final, por respeto a mi niña hermosa. No voy a empañar la imagen de mi hija en una conversación tan putrefacta y tan sórdida como esta. Lo de Eva será el punto final, la cereza del pastel, la justificación perfecta para ganar esta maldita discusión que sólo nos está arrastrando al exterminio de lo que somos.  Por eso se lo digo, sin filtros ni preámbulos. No tiene caso endulzarlo; —¿Sabes lo que pienso, Dalilah? Que esa orgía con doce hombres en la que te la metieron por el ano, por la vagina, por la boca, y hasta por las orejas, y que Hugo siempre se encargó de restregarme en la cara, sí existió, aunque tú me lo niegues. ¿Y por qué traigo a colación esta mentira, si para entonces no éramos nada tú y yo? Pues porque si has sido capaz de mentirme en la cara con algo que en realidad no nos debería de afectar (lo que no fue en mi año no hace daño), con mayor razón has sido capaz de engañarme respecto a tus últimas andanzas. —¡Yo no soy ninguna mentirosa! —carraspea—, ¡y lo sabes bien… Yo nunca te he mentido! —Lo hiciste, Dalilah, con ese puto viaje a Puerto Vallarte que nunca existió. ¿O tal vez sí? Yo no lo sé. Lo que sí sé es que no se la pasaron en la playa, ni tú ni Odett, pues ninguna de las dos traía un solo rastro de bronceado en ninguna parte de la piel, ¿y cómo iban a estar bronceadas si se la pasaron cogiéndose a no sé cuántos hijos de puta todo ese fin de semana? Sus ojos se extienden, y la noto ofendida, incapaz de asimilar lo que le digo: —Retráctate… —me ordena, haciendo una mueca de dolor—, porque eso no es cierto… —Pero eso no es lo peor —continúo—, no, no… lo peor es que este puto secuestro ha sido prefabricado, por ti y por Odett, y no me extrañaría que también con la complicidad de Hugo, que lo único que ha querido siempre es verme hundido en la mierda. Y Dalilah abre los ojos, con impactante incredulidad, sus labios tiemblan, y se lleva las manos en la cabeza. Y comienza a caminar de un lado a otro, hiperventilando. Y yo también camino, la asecho, e intento interpretar su reacción, pero no le digo nada, quiero ser paciente. Aguardo cauteloso, delante de la cama. Y ella se dirige al alféizar, el que ejerció de mi crisol y purgatorio durante todo el fin de semana; y allí se tumba, con resuellos graves, intensos, y se gira hacia mí, y su ceño permanece fruncido. —¿Sabes? —digo, y comienzo a palmear mis manos, como si le celebrara una gesta heroica. Me estoy descontrolando, ya no lo puedo soportar—. Por un momento casi les creo esta jugarreta. —No me doy cuenta de que estoy riéndome entre lágrimas, carcajeándome como un maldito demente—. ¡Casi me trago el cuento de que mi querida Dalilah fue raptada por un narcotraficante de manera casual! Pero felicidades, amorcito —imito la palabra de Hugo—, porque casi me trago el cuento. ¿Qué buena jugada la tuya, no? Planear este secuestro para cumplir una de tus mayores fantasías: revolcarte como una zorra con Nerón y sus secuaces todo un fin de semana. Ah, no, perdón, perdón… ¿cómo es que se llama?, sí, sí, con Dimitrio Romano, y hacerle creer al cornudo de tu marido que has sido víctima de un infortunado desencuentro, y que por lo tanto no puede ni debe reprochártelo. Es eso, ¿no? ¡Lo inventaste todo para burlarte de mí! Y ella continúa temblando, gimiendo de dolor, de impotencia y de decepción. Sabe que la he descubierto, por eso sigue allí tirada como perra, sin atreverse a mirarme a la cara, sólo jadea, entierra sus uñas en el sofá y no dice nada. —¿Y ahora vienes y me dices que no me preocupe por el vuelo que hemos perdido, Dalilah?, ¿porque traes dinero de sobra para pagar este vuelo y muchos más? ¡Pues eres una completa estúpida si piensas que me voy a dejar humillar nuevamente por ti! ¡Prefiero volver a Guadalajara arrastrándome entre las piedras antes que viajar con el dinero que ha ganado una pinche prostituta que se ha dejado mancillar a costa del sufrimiento de su cornudo! Y Dalilah lanza al viento un densísimo jadeo, y ya no lo soporta más. Se levanta del alféizar, con el rostro descompuesto, y aunque sé cuál será su proceder yo me quedo plantado en el mismo lugar. No hago nada para evitarlo y dejo que su rabia la descargue cruzándome la cara de una fortísima bofetada que apenas si me tambalea. Y lanza un violento alarido colmado de incredulidad, desbordándosele las lágrimas en torrentes. Y me mira como si yo no fuese Jesús, su Jesús, su vida, su marido. Lanza otro alarido y ahora me evalúa de arriba abajo intentando descifrarme o reconstruirme; descubrir quién ha sido esa bestia que me ha impulsado a irrespetarla de tal manera como nunca lo hice. Y me vuelve a desconocer, y sus ojos se posan en los míos e intentan ahogarlos con su mirada, penetrar en ellos como si los suyos fuesen una bala. Y continúa buscando a su marido, pero no lo encuentra. Y al no hallarlo se desprende de sí misma y decide tampoco ser mi esposa y desconocerse. Su raciocinio se vuelve algente, y su cordura explota, para finalmente atacarme con una voz que parece ajena, impropia, con balbuceos que intoxican el ambiente: —¡Pues sí, cabrón, pues sí! ¡Lo he planeado todo con Odett y con Hugo desde hace mucho tiempo, porque quería revolcarme como una puta con Nerón «y sus secuaces»! ¡Y ya que quieres saberlo te lo digo: me follaron todos, como en ese maldito Gang Bang que organizó tu primo días antes de que nuestra relación terminara! Pero esta vez han sido más, durante todo el fin de semana, ¿cuántos eran? ¡¿Diez, quince?, ¡yo qué sé! ¡Y Hugo ha estado conmigo todos estos días, y me la ha estado metiendo por el culo, mientras Odett me comía el coño! ¡Por eso no están aquí! ¡Por eso no has visto a Hugo desde esa noche, porque estaba conmigo! ¿Y sabes por qué lo hice? ¡Porque soy una puta! ¡Una zorra! ¡Una cerda que no merece el amor de nadie, ni consideración ni ser respetada ni como mujer ni como persona! ¿Eso es lo que quieres escuchar para quedarte tranquilo, Jesús? ¡Pues ahí lo tienes! ¡Y ahora déjame en paz! Y al terminar vuelve al alfeizar, y se tira sobre él, y en posición fetal se echa a llorar, amargamente. Nunca la he visto en tal estado, y su llanto incontrolable me llega a lo más hondo de mi corazón. Y entiendo lo perverso que he sido con ella, y sus jadeos me carcomen el pecho.    —Hugo… —apenas si me sale la voz—… Hugo ha estado aquí todo este tiempo… —le informo, mientras ellas continúa llorando, el pecho latiéndome muy fuerte—. Y Odett… ella volvió ayer… —Hago una pausa, pero ella no dice nada, permanece tendida y agitada—, ¿por qué me has gritado esas mentiras… entonces…? No lo entiendo, en verdad que no lo entiendo. Aguardo un par de segundos, y ella parece reaccionar. Se acomoda en el alfeizar y eleva sus ojos hinchados hacia mí: —¡Porque si te digo que jamás planeé nada de lo que me has acusado no me lo vas a creer… haga lo haga, diga lo que diga, si esto es lo que piensas de mí, sé muy bien, conociéndote como te conozco, que nunca me vas a creer! —La voz apenas se le entiende, le tiembla demasiado, y me asusta su expresión. Está abatida, incapaz de controlar su aflicción—. ¡Porque si te digo que todo fue casual… una maldita jugarreta del destino, y que nunca me esperé que me pasara esto, pero que cuando ocurrió no puse resistencia por una razón… tú me tildarás de mentirosa, y no me comprenderás! —Fue por Eva… ¿verdad? ¡Lo has hecho por Eva! ¿Es así? ¡Sé que mi hija tiene una enfermedad que no me has contado… y tú no tenías ningún derecho de hacerlo…! ¡Eva es mi tan hija mía como tuya, y merecía saber la verdad! ¿Qué tiene? —Y al tratarse de mi hija la desesperación me azota, me envuelve. Dalilah se pone tensa, agacha la mirada y luego la vuelve a levantar. Se limpia las lágrimas, y en un susurro me pregunta: —¿Te lo ha contado Evangelina? —se refiere a mi madre. Entonces es verdad que mamá también lo sabía, y se ha quedado callada. —Sí —miento, acercándome un poco más a ella. Tampoco pretendo meter en líos a Iván. Ya habrá tiempo, si lo hay, de aclararlo todo. Dalilah ha dejado de llorar, pero aún permanece deshecha. Me observa, dubitativa, y me responde: —Si te lo contó Evangelina, entonces ya sabes por qué lo callamos. —No, Dalilah, de hecho no lo sé… y me duele… porque lo único que puedo intuir es que para ustedes yo soy solo un monigote estúpido, inútil y pusilánime, del cual no pueden confiar ni esperar nada. Entiendo que para ustedes soy un pobre imbécil que vale tan poco que no será capaz de mover un solo dedo para… salvar a su hija de lo que sea que tenga, ¿es eso, entonces?, ¿crees que yo no sería capaz de mover cielo, mar y tierra, para buscar hasta las putas entrañas del infierno una manera, una forma… un milagro para auxiliar a mi hija? ¿Por eso me lo han ocultado? Y ella sacude la cabeza, se vuelve a limpiar la cara y se echa el cabello a la espalda. Quiero tocar mis manos, pero yo no la dejo.   —¡No, no, Jesús, por Dios! ¡No es por eso… de ninguna manera! Son tus pesadillas… esas que no me quieres contar pero que yo sé de lo que se tratan —contesta angustiada—. Te he escuchado gritar por las noches, Jesús; ¡has dicho que te vas a matar… que vas a colgarte de no sé dónde! ¡Y luego tiemblas en la cama, y te llevas las manos al cuello y es cuando te despierto… y me duele en el alma verte así! Guardo silencio, y la miro de forma fugaz. Ella continúa: —Yo sé que haber perdido la mitad de tu suelto por esta maldita pandemia te ha agobiado y ha sesgado tu orgullo; encima yo tampoco he recibido un solo peso durante el último año. Y luego están las hipotecas… todo el dinero que les debemos a tus padres desde que Eva enfermó… y los préstamos del banco… ¡Esas malditas cuentas que nos están ahogando… y que tampoco te lo he querido recordar porque no quiero cargarte más estrés… y porque me da miedo que cometas una locura al saberte superado! Trago saliva, y me siento mareado. Todo es peor de lo que pensaba. Y entonces entiendo que mi esposa… sólo ha tratado de protegerme… todo este tiempo. —¡Tú me enseñaste que las promesas siempre se cumplen, Jesús… y por eso insistí a que cumpliéramos esa promesa que hicimos a nuestros amigos de ser sus padrinos de arras! Y no, no he descompletado el dinero del mes para comprarlas, sino que yo las he comprado con… con lo que he trabajado… limpiando… las dos casas… de tus padrinos. —¿Qué…? —El alma se me cae al suelo. —Y tu madre también te lo puede constatar. —¡Pero Dalilah…! ¿Esas visitas tan frecuentes a la casa de mi madre en realidad eran…? —Nunca te he mentido —vuelve a decirme—: sólo te he guardado información, porque sé que jamás me hubieras consentido trabajar de sirvienta… mucho menos para alguien tan cercano a tu familia… pero es que… no he podido encontrar empleo en otro lado. No terminé la universidad… y eso de organizar fiestas en plena pandemia ya no me rindió. Y mis vestidos… esos que querías que usara en lugar de comprar uno nuevo para esta fiesta. Jesús… revisa mi armario y verás que ya no los tengo: ni las joyas de valor que me regalaste en nuestros mejores tiempos… porque los he vendido casi todos para pagar los estudios médicos de Eva. —¡Por Dios Dalilaaaaah! —grito con rabia—. ¿Lo ves? ¡Yo no sirvo para nada! ¡Ni siquiera soy capaz de mantener a mi familia y…! —¡Eso nooo, Jesús!  —Se levanta y se acerca a mí, y no me toca, porque no quiere sentir mi desprecio—. ¡Tú has dado todo lo que has podido… como profesor en la preparatoria… haciendo trabajos de jardinería y de pintura cuando tus amigos te han ofrecido ayuda! —¡Pero no ha sido suficiente! —¡Y eso está fuera de nuestras manos y no es nuestra culpa… como tampoco ha sido nuestra culpa que … la niña… sus taquicardias… ¡Por Dios, Jesús… Eva está enferma del corazón! Y me quedo paralizado… con la boca seca…  —No… —Me niego—: son taquicardias… solo son crisis de ansiedad… que le aceleran sus latidos… Los médicos… los médicos dijeron que se había curado… ¡ya pasaron tres años desde que…! —Tiene fibrilación ventricular —me dice, y aunque trata de ser fuerte para no mortificarme, el abatimiento de su semblante no miente—. Su corazón… Jesús… su corazón… —¿Se va… a mor…? —No… —contesta muy rápido—: Ella no se va a morir… porque van a ponerle un implante desfibrilador cardioversor… y estará bien… —¿Cuándo…? —En quince días… vida —me informa—, en quince días le harán su cirugía… —¿Una operación… en su corazón?… ¿Pero eso no es peligroso… Dalilahhh? ¡Dios…! Todo el cuerpo me tiembla, y las emociones, la rabia, el rencor, la ansiedad, todo me desconcierta… —Odett y yo sí fuimos a Puerto Vallarta —murmura—, jamás te mentí con eso. Fuimos para buscar al doctor Bermuda, y tu madre también te lo puede verificar… porque ella lo sabía. —¿De qué doctor Bermuda hablas? —No entiendo. —Del que la va a operar, el mismo que operó a tu padre años atrás. Es el único en el que podemos confiar. Y ya no puedo más. Me desplazo hasta el buró y doy un fuerte alarido.   —¡Me han excluido de todo, maldita sea! ¡Me han minimizado! ¿Es que ni siquiera para ser un puto padre sirvo? ¿Es que tan inservible les parezco? —¡Entiende que no quiero perderte! —exclama Dalilah—. ¡No quiero que corras la misma suerte que Rogelio! —¡Yo no soy Rogelio! —El dolor de su recuerdo me agolpa la cabeza. —¡Era tu hermano… Jesús… y se suicidó al verse agobiado por la muerte de su hijo! —¡Es diferente… Dalilah… él… lo atropelló estando borracho y no pudo con la culpa! ¡Yo… a Eva… yo no podría suicidarme y…! —¡No íbamos a arriesgarnos a que una preocupación como esta te empujara a hacer una locura! —insiste, viniendo hasta mí—. Se te iba a decir, sí… pero cuando todo estuviese listo… el dinero… el doctor… la fecha… todo. ¡Y por favor, no nos lo reproches, que lo único que no queríamos era permitir que esta noticia te perturbara mentalmente! —¿Ahora te preocupas por mi puta salud mental, Dalilah?¿De cuál salud mental me hablas si hoy mismo me encuentro destrozado? ¿No te preocupó que me suicidara mientras te sabía follando con otro hombre? ¿No te preocupó que me trastornara sabiendo que tú y mi madre me habían ocultado cosas sobre mi propia hija? ¡No sé cómo mierdas no me he vuelto loco, Dalilah! —¡No te has vuelto loco porque tu fuerza reside en Eva, en nuestra Eva, no en mí ni en lo que haya pasado este fin de semana con Nerón. No te has vuelto loco porque te hice jurar que te cuidarías… para ella… para nuestra hija… para que la protejas. Para que vuelques tu vida en ella por si acaso yo… Y todas las alarmas de mi cabeza se encienden. Y me pierdo en sus ojos, y la busco… y la encuentro lejos… y ya no entiendo lo que pasa entre nosotros… —¿Por si acaso tú qué, Dalilah? —Por si un día yo ya no estoy — solloza, y otra vez las lágrimas corren por sus cuencos. Y veo que va hacia su bolso, de donde saca un nuevo celular: uno que yo no podría comprarle ni ahorrando en mucho tiempo. Un teléfono que le ha comprado Nerón. Y me quedo quieto, mientras ella pasa unos minutos haciendo algo en el teléfono, nerviosa, con torpeza. Y escucho que mi móvil vibra, y sé que ella me ha enviado algo. Voy hacia el buró y abro el mensaje, y observo y no entiendo: —Es el pasaje de abordar —me dice, y su voz me anuncia una certeza; una que barajé y que no creí que de verdad pudiera hacerse realidad. —Pero aquí solo hay un boleto. Y la miro, y me mira, y se echa las manos a la cara, donde oculta su llanto. —¡Dalilah… ¿qué significa esto?! Y ella responde entre sollozos: —¡Te pido perdón por no ser la mujer que esperabas! —Y en ese instante sé que la estoy perdiendo, que si no hago algo la perderé para siempre—. ¡Te pido perdón por haberte dado una hija… enferma del corazón! —Dalilah… vida… —Pero antes de que te vayas… Jesús, mi Jesús… quiero que sepas esta verdad: te amo, te amo y te amo. Quiero que me creas cuando te digo que yo nunca te he fallado… y nunca te fallé. Desde que nos casamos, nunca me acosté con otro hombre, porque contigo siempre lo tuve todo. A tu lado me sentí amada por primera vez, y que tú me ofreciste la familia que siempre soñé… —¿Por qué…. Por qué siento como si te estuvieras despidiendo? —Los ojos se me ponen rojos de lágrimas—. ¡¿Por qué sólo hay un pasaje de avión?! Y entonces entendí la razón por la que había sacado su ropa de nuestra maleta; no era porque prefiera la de Nerón, sino porque había tomado una decisión, ella no volvería conmigo. —A ver… Dalilah… —me acerco a ella… Y ese asco que sentí por ella cuando apareció en la puerta, esa repulsión que sintió mi cuerpo al saber que nunca podría mirarla de la misma forma, ni hacerle el amor sin el trauma de imaginarla siendo poseída por otro hombre se disipó. Porque el amor es así. Porque el amor verdadero no sabe de rencores. Porque el amor sincero no sabe de desprecios—. Yo te creo… Dalilah… y te pido perdón por haberte ofendido. Yo te creo que no planeaste este secuestro, porque escuché esa conversación que tuviste con Odett donde tú ignorabas absolutamente todo este mundo de las buchonas y los narcos… ¡Pero es que el orgullo, el dolor y los celos me obnubilaron el pensamiento! Acaricié sus mejillas, y ella me abrazó mi fuerte, y lloraba… y sus uñas se aferraban a mi espaldas, y jadeaba. —¡Yo te creo, Dalilah, que cuando el tal Lisandro las abordó en los baños no había nada que tú pudieras hacer al respecto… que tuviste miedo de que nos mataran, y que para preservar mi vida y ya tuya aceptaste este maldito acuerdo! Yo te creo… porque sé, que aunque al principio estuviste asustada… entendiste que… al final de todo esto… obtendrías dinero… para Eva. Y por eso te resignaste… —Jesús… mi Jesús… tienes que irte. —¡Te vienes conmigo, mi amor…! —¡Me entregué a otro… Jesús… y esto nunca lo vas a superar… yo te conozco! —¿Es por eso…? —pregunto, y la aprieto fuerte, y no la quiero soltar—. ¡Haremos lo que falte para superarlo, Dalilah! ¡Iremos a sesiones psicológicas… a un psiquiatra… haré lo que sea que haga falta! —¡Me entregué a él muchas veces… y aunque al principio me resistía… aunque al principio lo rechazaba… al final cedí! —¡Ya no digas nada… por favor… Dalilah… lo vamos a superar, pero por favor ya no digas nada…! —¡Cedí… y me entregué a él… para olvidarme de todo… de todo! —¡¿Por qué me dices todo esto ahora… si estoy intentando olvidarlo…?! ¡Si estoy intentando arrancarlo de mi pecho! —¡Para que sea más fácil que me dejes! —¿Por qué quieres que te deje? —Yo no busqué esto, Jesús —me dice agitada, negando con la cabeza, y nos separamos un momento, y la noto angustiada—, pero él… él quiere que sea su mujer. —Sus palabras recrudecen mi semblante, y la rabia me vuelve a dominar—. Me ha propuesto algo que tú jamás aceptarás. Y no voy a obligarte, y tampoco voy a consentir que tú sufras por mi causa… No voy a dañar más tu orgullo ni tu dignidad como hombre. ¡No voy a ponerte en peligro, ni a ti ni a Eva! —¡Esta vez voy a luchar, Dalilah! —le dijo con fiereza—. ¡Esta vez voy a pelear! ¡Tú eres mi esposa y no voy a permitir que ningún hijo de puta te aparte de mi lado! ¡No voy a perder a mi mujer, ni Eva perderá a su madre! ¡Te lo digo claro y sin temor! ¡Yo voy a defenderte… así tenga que morir luchando por ti! —Leí tus mensajes, Jesús —me dice—, cuando llegué y te vi dormido vi tu celular… y allí había un mensaje de Iván diciéndote que te había concertado una cita con Roberto Almeda. Y no… por nuestra hija, Jesús… no vas a cometer ninguna locura. Esto es grave, esto es peligroso… y… no lo voy a consentir. Quiero que vayas a casa, que cuides a Eva, que te lleves el dinero que hay en esta valija y que no hagas nada que los ponga en peligro. No es inteligente hacer tratos con esa gente. Y mucho menos por mí. Suelto sus manos, busco nuestra maleta y la abro. Meto de prisa su ropa, sin doblar, de manera torpe, y la vuelvo a cerrar. Me pongo los zapatos, busco mi billetera, guardo su viejo celular en el bolso que traía el día de la fiesta y también guardo el mío. Respiro hondo, arrastro la maleta hacia la puerta y le digo: —¿Me amas, Dalilah? Ella está lejos de mí, y un gran espacio nos separa. Y la nostalgia y los recuerdos de nuestro matrimonio me azotan y me remueven fibras, sentimientos… los primeros besos, las primeras caricias… esas noches en que hacíamos el amor. Y ella está allá, lejos de mí, llorando, viéndome partir. —Con toda el alma… —me dice estremeciéndose. —¿Confías en mí? —Siempre… mi hombre —me dice, y la forma tan sentida con que lo hace me enorgullece. Y mis ojos se vuelven a desbordar, y extiendo mi brazo, y ella lo mira, cautelosa. —Entonces ven conmigo, vida… y yo te prometo que… Pero no hace falta que termine mi promesa, ella me cree, Dalilah confía en mí. Se siente protegida. Se siente amada. Sabe que no le fallaré. Yo soy su hombre y ella mi mujer. Y los dos lo sabemos. Nos costarán noches de desvelos, pesadillas infernales, luchas internas, traumas… reconstrucción. Pero vale la pena, por nosotros, por nuestra hija. Y ella empuja la valija que contiene el precio de su dignidad, despreciándola, y se viene conmigo. Y se cuelga de mis brazos. Y me besa, y nos besamos. Y nos volvemos uno. Y entiendo que me ama, y ella sabe que yo la amo, y se arriesga a todo… a todo por mí. IV —¿Por qué estás llorando, mami? —dice nuestra pequeña, mortificada, incorporándose de la cama. Se me parte el alma verla con esas ropas de hospital, y todos esos aparatos con los que será trasladada en un par de minutos al quirófano. Y me da terror saber que esa podría ser la última vez que mire su sonrisa; que contemple sus ojos brillar… que escuche su hermosa voz diciéndome «papá.»  Sus ojitos se llenan de lágrimas por ver a su madre llorando, y me mira, encogida, y su mirada inocente y llorosa me destroza, cuando me doy cuenta que para mi hija yo soy el único héroe que puede resolverlo todo, incluso que su madre deje de llorar. —Papi… ven y abraza a mami, y dile que le comprarás una paleta de fresa, como a mí, para que ya no llore. Doy vuelta a la camilla, y me poso al lado de Dalilah.   —¿Están enfadados? —nos pregunta, mirándonos a los dos. Su respiración se muestra agitada… cansada de tanto luchar. —No… mi amor… —respondo, acariciando el pelo de mi esposa, que está muy cerquita de mi hija—. No estamos enfadados. —¿Entonces por qué no se han dado un beso? Dalilah sonríe, se limpia las lágrimas, y yo la miro, avergonzado, y me acerco a sus labios, y ella eleva su rostro y los intercepta. Me contempla, sonríe y me besa. Nos besamos. Y me doy cuenta que no hay nada más importante en mi puta vida que ver a mi hija sonreír, palmear sus manitas y decirnos que nos quiere. —¿Papi, mami? —nos dice con la misma sonrisa, cuando el equipo médico encabezado por el doctor Bermuda aparecen en la habitación—, ¿verdad que si me muero ustedes tendrán otro bebé para que no estén tristes? Y en ese instante me rompo en trizas, y la envuelvo en brazos, los que extiendo para abarcar a mi esposa y a ni niña, que está en medio de los dos. —Tú no te vas a morir, Eva —le prometo—. Porque eres una niña muy fuerte… Vas a estar bien, princesita, y cuando estés mejor… nos iremos lejos… muy lejos, ¿verdad, vida? Dalilah asiente, incapaz de controlar sus espasmos y gimoteos.   Y siento sus afables alientos, que se enredan en mi corazón enternecido. Aspiro sus dulces aromas, y recreo imágenes de nuestros mejores momentos. Y las aprisiono contra mí, convencido de que entre más fuerte las abrace menos posibilidades habrá de que se me escapen por ningún recoveco. Y ahí estoy yo, desafiando nuevamente al destino, a escasos momentos de que mi chiquita sea intervenida por el doctor Bermuda, que nos ha dicho constantemente que todo saldrá bien. Y mientras tanto, las continúo abrazando y dando fuertes besos en sus mejillas, porque sé que mientras haya vida, esto también pasará.  FIN… CASI… FALTA UN PEQUEÑO EPÍLOGO, MUY PEQUEÑO, DE UNOS CUANTOS MINUTOS… SOBRE  UNA SECUENCIA CONTADA POR DALILAH. D.R. © 2022, C. Velarde

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