IRENE DE SANTOS

El parque

El parque está a reventar, los niños corren, juegan y gritan imparables cargando el ambiente con los sonidos de la vida. Sin embargo, la chica del banco de la entrada no lo nota; el palpitar de su corazón es tan fuerte que no le permite escuchar nada más.

Se queda con la mirada perdida en el vacío, en la distancia o en el tiempo, porque hacia allá vagan sus pensamientos, al recuerdo de un momento antiguo y reciente a la vez, en que sus miradas se cruzaron en ese preciso lugar, cuando él entró al parque trotando, se volvió a mirarla y le sonrió. Dejaron de pertenecerle su corazón y su voluntad en ese mismo instante, escaparon enganchados a esa sonrisa amable.

Cupido contempla la escena recostado de la rama de un árbol con cara de hastío, ¿qué culpa tiene él si el joven se retrasa? A su espalda bosteza el carcaj olvidado lleno de flechas sin destinatario. Una mano reposa sobre la otra mientras él espera al corredor para dibujar corazones en el aire.

El agua de la fuente cae desde gran altura quebrando el aire a su alrededor con un ruido atronador, llenándolo de gotitas finas que estallan en mil iridiscencias. Desde su pedestal una dama inmutable descansa la barbilla sobre el puño de piedra caliza. Frente a ella un improvisado partido de fútbol empieza y termina en un segundo: se suma un gol al marcador cuando el balón golpea la diadema que adorna su cabeza y queda preso en los rizos de su pétrea melena.

Una joven uniformada pasea a una anciana en silla de ruedas. Le habla, le cuenta mil cosas que esta no parece comprender, perdida como está en una nebulosa de sombras. La lleva frente a un rosal y entonces sonríe. Recuerda que le gustaban las flores.

Los amantes de los perros tienen su espacio, intercambian consejos y fotos de sus peludos, les toman fotos, se toman fotos con ellos. Suben un reel a Instagram.

Un músico rasga las cuerdas de una guitarra hasta arrancarle un bolero que acompaña con su voz lo mejor que puede, plantado en una ubicación estratégica cercana a las mesas de una terraza. Guarda los aplausos de su público en una caja a sus pies.

Cinco personas hacen yoga frente a un espejo de agua. Sus contorsiones pixeladas adquieren formas imposibles al reflejarse en la luna de cristal.

Un joven consulta la hora en su reloj por centésima vez mientras le pide al camarero otro café. Su expresión se relaja cuando la ve a ella caminar de prisa hacia su mesa. Las bolsas que lleva en la mano explican su tardanza.

Un corro de niños estalla a carcajadas junto a sus pompas de jabón.

Un helado cae al suelo y se funde en el pavimento. Un niño llora. Un padre compra otro helado.

Un grupo de habituales se deshace del frío con los rayos del sol de la tarde.

Un chico en monopatín pasa raudo al lado de un anciano y lo hace trastabillar. Al principio se enfada, blande su bastón en el aire amenazante, pero luego recuerda que él fue niño alguna vez y se le pasa.

Las agujas del reloj de flores del parque acompañan al sol hacia el ocaso inexorable, el corredor llega al fin, Cupido tiene una segunda oportunidad.

Una mujer lee algo en su teléfono, quizás este extraño relato de lo que acontece una tarde en el parque.

Mibitacoradigitalirenedesantos.com

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s