ALMUTAMID

Tal y como había predicho Alba por la mañana empezó el tráfico de nuestros amigos de sus dormitorios al baño o a la cocina y terminaron despertándonos. Vi cómo Alba con la misma habilidad de la noche era capaz de poner se el sujetador sin quitarse la camiseta privándome de disfrutar del previsible bamboleo de sus pechos libres.

Tras el largo proceso de desayunos y recogida de la casa nos fuimos a la playa. Mikel estaba encantado con la luz blanca del mes de septiembre en una playa concurrida pero no atestada como en agosto. Nos pusimos en una zona algo aislada pasado el santuario donde la playa es más ancha y menos concurrida. Íbamos bien pertrechados de nevera con bebidas y unos bocadillos que nos habíamos hecho junto con bolsas de patatas fritas y picoteos variados.

Lo pasamos bien jugando al vóley aunque sin querer le di un pelotazo a Leyre en toda la cara ganándome seguramente su odio perpetuo aunque lo disimulara. Perdí jugando a las palas con Alba embobado en como su bikini era capaz de sostener sus peras. No sabía como disimular para que no me descubriera mirándola. Aunque ella estaba disfrutando de su victoria.

Pero el atardecer de nuevo me trajo el bajón. La puesta de sol en la playa devolvió la nostalgia a mi espíritu quedándome sentado en la toalla observando el mar mientras Pablo, Leyre y Alba se daban un último baño pues Viqui y Mikel se habían ido a pasear por la playa. Alba pareció percatarse pero cuando se sentó a mi lado disimulé.

Es verdad que los momentos de bajón me venían cuando estaba solo y la cabeza se me iba a los recuerdos con Claudia. Pero cuando estaba activo me sentía mucho mejor. Por eso el regresar a la casa repitiendo el ritual de manguerazo con jabón en el patio de los chicos mientras las chicas usaban el baño me devolvió a la tranquilidad de ánimo. Además Mikel resultó ser un conversador divertido. Empezaba a caerme bien el novio de Viqui.

Como el día anterior nos bebimos unas cuantas cervezas antes de cenar lo que hizo aumentar el nivel de euforia. Ahora quería divertirme. Y esa noche el plan era bueno. Se inauguraba la feria de aquella localidad con fuegos artificiales y allí íbamos a estar nosotros. Las chicas tras la cena se arreglaron obligándonos a usar pantalón largo, aunque la camisa hawaiana de Mikel hacía fuerte contraste con la tradicional sobriedad meridional de camisas lisas, rayas o cuadros en el vestir masculino.

De nuevo Alba me deslumbró. El sol se le había pegado aun más enrojeciendo ligeramente sus hombros y sus pómulos y dándole reflejos rubios a su melena castaña. De nuevo optó por escote de espalda. Los cuellos anudados la favorecían y seguramente la ayudaban a sostener el peso de sus tetazas que esta vez mostraba con una sugerente apertura entre ambas mostrando parte de su redondez. Todo rematado en un short blanco ancho que alargaba sus piernas rematadas en zapatos de tacón. Ni me fijé que llevaban sus amigas deslumbrado. Empezaba a lamentarme de mi mala suerte. Fracasé con Claudia por la distancia y fracasaría con Alba por lo mismo.

Fue el primer día que de verdad lo pasé bien tras la ruptura definitiva con Claudia. Quizá las garrafas de vino moscatel de la tierra tuvieran algo que ver. Pero sobre todo el bailar con las tres chicas, reírnos de la torpeza de Mikel al seguirnos y el ambiente de franca camaradería de ellos cuatro, haciendo que Alba y yo en ningún momento nos sintiéramos los sujetavelas de las otras dos parejas.

Pero al regresar a la casa todo cambiaba ellos se metían en sus dormitorios y Alba y yo en el salón. El mismo alcohol que unas horas antes me animaba y me provocaba falsa euforia ahora me hacía sentirme un ser despreciado. Dicen que esos altibajos son propios de los estados psicológicos de depresión. Pero yo cuando era un pardillo sufría menos. Duele más perder que no haber tenido nunca. Y además en mis dos últimos años los momentos de zozobra rápidamente se habían visto sucedidos por algún hecho que me sacaba de ese estado. O porque yo me dejaba llevar o por un golpe de suerte como fue el paso de Claudia cuando Marta me dejó injustamente.

Ahora yo mismo había cortado esa posibilidad evitando cometer un error con la persona que tan bien se estaba portando conmigo y a la que realmente no sabía como corresponder sin llegar a enrollarnos. Me faltaban palabras de agradecimiento pero el sentimiento de algo más no era nuevo con ella. Lo que había ocurrido en primavera era muy real. Y en verano me seguía demostrando un afecto y fidelidad encomiable. Yo no habría sido capaz de actuar como ella lo hacía conmigo si yo estuviera enamorado de ella y estuviese rota por un exnovio.

Pero a ello se sumaba la cercanía. Verla todo el día en bikini, y sobre todo, verla quitarse el sujetador de nuevo hábilmente con la camiseta puesta, esta vez si comprobando el movimiento de sus dos melones. En otro tiempo yo no habría dudado en meterme en el sofá con ella y acabar disfrutando de su cuerpo y dándole a disfrutar del mío. La tenía allí al lado y la creía dispuesta a recibirme. Pero su bondad me repelía. “Así no” me repetía a mí mismo. Ni por ella ni por mí.

Estaba convencido que sentir otro cuerpo me iba a hacer recordar que el último cuerpo que se estremeció por mi penetración era el de Claudia. La última piel que había acariciado, los últimos labios que había besado y la última chica que me había felado y follado era Claudia. Y estaba convencido que me iba a afectar con la siguiente chica que estuviera. Y Alba no se lo merecía. Si algún día estaba por ella sería al 100% para ella.

Debió notarme inquieto porque me habló desde el sofá:

-¿No duermes?
-No lo consigo.
-¿Qué te pasa?- me preguntó con aire maternal.
-Que no valgo nada.
-Ya estás otra vez.
-No merezco estar con nadie. Me merezco que me rechacen y estar solo.
-No empieces a dar lástima Luis. Este fin de semana lo estamos pasando bien. Y tú también te lo noto. Además lo que tienes se pasará con el tiempo. Vales mucho.
-¿Cómo no dar lástima si me doy lástima a mí mismo?
-Pero no le das lástima a los demás. Si no te viéramos como alguien muy capaz no estaríamos arropándote Luis. Venga, deja de lamentarte.
-Es más fácil decirlo que hacerlo.
-Anda, intenta descansar.
-No puedo.- me quejé.

Entonces Alba se levantó del sofá y se vino a mi colchón.

-Hazme hueco.

-¿Qué iba a hacer? ¿Venía buscando lío a ver si así me relajaba? No le pegaba nada. Aun así obedecí.

-Quítate la camiseta y pone boca abajo- me ordenó.
-¿Qué vas a hacer?
-Lo que mi madre me hacía de pequeña cuando no podía dormirme.
-No soy un bebé.
-No pasa nada por probar.

Obedecí y me quité la camiseta colocándome boca abajo. Me hizo pegar los brazos a los costados y empezó a pasar sus dedos por mi espina dorsal. Para poder hacerlo ella estaba apoyada en el codo contrario de modo que sus pechos caían de lado sin que la camiseta pudiera hacer otra cosa más que marcarlos. Tuve que poner mi cabeza girada al lado contrario para que la cercanía de sus pezones marcados no me pusiera nervioso. Afortunadamente en caso de empalme incontrolado estaba boca abajo.

Su mano recorría mi columna vertebral suavemente. Primero me provocó un escalofrío pero según repetía el gesto me daba una sensación de confort. Mientras lo hacía Alba musitaba una canción, no sé si una nana o canción infantil, pues lo hacía muy bajito. No sé si sería alguna suerte de sortilegio pero consiguió que me durmiera.

Amaneciendo sentí frío en la espalda. Cogí mi camiseta. Alba seguía acostada a mi lado. Realmente era muy bonita. Me volví a acostar. Ella al sentir movimiento se despertó. Me hice el dormido, pero ella al darse cuenta de que dormía conmigo se fue al sofá. ¿Lapsus o intención? Lo que fuera ella prefirió saberlo sólo ella.

Por la mañana me desperté mejor de ánimo pero desconcertado. Tenía que darle un giro a mi vida. El regreso a la residencia iba a ser duro. Pero esa mañana empecé a pergeñar un plan. Si me salía bien empezaría a ordenar mi existencia pero no iba a decírselo a nadie hasta comprobar que podía hacerlo. Tendría que cambiar cosa, adelantando unas y retrasando otras. Pero si lo conseguía creía dirigir mis pasos por el camino correcto. Si triunfaba todo saldría bien y podría presentarme ante alguien como debía. Si fracasaba no sería más que la continuación de la bola de nieve en que m había ido dejando arrastrar desde que empecé a tontear con María a las pocas semanas de empezar la carrera. Pero lo tenía que intentar.

El regreso a casa supuso en cierta medida una recaída al tener más momentos de soledad en los que mi mente siempre se paseaba por los mismos recuerdos y las mismas sensaciones. Y eso que fuimos capaces de echar un partido o pachanga todas las tardes. Las mañanas, ya sin clases las dediqué a preparar mi plan.

En medio de mis preparativos me llegó una notificación importante. Me habían concedido la beca Erasmus para el segundo cuatrimestre del curso en la universidad belga de Lieja. Lejos de retrasar mis planes se me presentaba como una oportunidad. Por ello el viernes me fui a la ciudad donde estudiaba con el coche de mi padre para modificar la matrícula aprovechando la concesión de la beca. Me permitió anular matrícula de algunas asignaturas, sustituirlas por otras y así poder elegir en Bélgica las asignaturas que mejor se acomodaban a mi plan de estudios.

Tuve la tentación de haber ido en tren y quedarme ya en la residencia. Pero la soledad de esos días y los recuerdos en ella me harían más mal que bien, y yo ya era consciente de la “cura” que necesitaba. Así que el fin de semana lo pasé en casa aprovechando para celebrar el cumpleaños de Viqui y una pequeña despedida para mí con la promesa de venir más a menudo a la ciudad y no sólo en puentes y fiestas. Les prometí que así sería.

Noté a Alba algo despegada, tanto que le pregunté a Viqui qué le pasaba y su respuesta lejos de ayudarme me provocó un leve decaimiento que tuve que disimular:

-Luis, estás tonto. Está triste porque te vas. Y no sólo a tu universidad, después de Erasmus. Van a ser meses sin veros.

Cuando tuve ocasión y sin que pareciera provocado hablé con ella mientras tomábamos el aire fuera del pub donde celebrábamos el cumpleaños de Viqui.

-¿Sabes una cosa?- le dije.

Alba me miró sin saber a que me refería y continué:

-Que he visto la combinación entre nuestra ciudad y Lieja.
-¿Y eso? ¿Ya estás preparando el viaje? Te faltan meses.
-Pues muy sencillo. Me voy en febrero. A primeros de abril es Semana Santa. Allí son católicos y cortan las clases a partir del Miércoles Santo. Como no es fecha de exámenes me cojo un vuelo y en 3 horas estoy aquí para que disfrutemos toda la semana.
-¿Disfrutemos?
-Vamos si tú quieres quedar conmigo.
-Qué tonto eres…
-La segunda que me dice lo mismo hoy, al final va a ser verdad.
-Jajajajaja. Que sabes que me encanta la Semana Santa y el año pasado la vimos muy bien.
-Por eso…
-Pero…falta mucho para eso.
-Es que antes tenemos fines de semana, puentes, Navidad…

Alba me miró extrañada. Se sentía descubierta y me pareció que no entendía porque yo mostraba tanto interés en demostrarle que nos veríamos. Pero con su discreción habitual se limitó a decir que se alegraba de poder seguir viéndonos disimulando el supuesto entusiasmo que según Viqui mostraría.

El domingo después de comer mis padres me llevaron a la estación de ferrocarril para dejarme en el tren que me llevaría de nuevo a la residencia. A la incertidumbre y ansia de libertad de mi primer año le sucedió el deseo de reencuentro del siguiente. Pero ahora tenía miedo. No sabía qué me iba a encontrar aunque temía como me iba a sentir. Y sinceramente, lo que menos me preocupaba era saber con que humos volvería Marta.

Según se acercaba la hora de llegada del tren a la ciudad donde estudiaba mayor era el temor que sentía. No era miedo a alguien o a algo. Era miedo interno. Pavor a la soledad a pesar de tener amigos y pánico por los sentimientos que me podían surgir sin que nadie me animara. Iba a echar de menos verdaderamente a Alba, Viqui y Pablo, mis ángeles de las últimas semanas, pues los ángeles de Luis, mis amigas del año anterior no estarían seguramente. Eso es lo que creía en ese momento.

El nudo en el estómago iba creciendo por momentos a pesar de que Ángela ya me había preguntado por mensaje si nos veríamos en la cena. Tenía mucho que hablar con ella aunque no sabía como se tomaría mis problemas. Sentía en ese momento que era la única que me entendería.

Para completar mi cuadro de nostalgia la llegada al atardecer culminó mi panorama de desolación. Llevaba un año sin estar allí con Claudia y sin embargo todo me recordaba a ella. Mi suerte fue que al entrar en el dormitorio encontrarme a Marcos allí. Desde luego impidió que me pusiera a llorar desconsoladamente recordando los momentos vividos allí con mi exnovia. Especialmente la primera vez que nos enrollamos.

Tras el abrazo de rigor y los típicos saludos empezamos a ponernos al día. Tras yo confesarle que había acabado un poco mal con marta el me soltó un bombazo que no me esperaba. Su determinación y la forma de explicar las cosas me recordaron de golpe a mi propia evolución el primer año de carrera. De pardillo a listillo…

-Pues verás Luis…-me dijo- he cortado con Silvia.
-¿Y eso?
-Estoy saliendo con una chavala de mi pueblo. Lo de Silvia estuvo bien. Me he hartado de follar y me lo he pasado muy bien con ella, pero no es para mí. Estoy mucho mejor con mi novia de ahora.
-¿Y ella cómo se lo ha tomado?
-Pues la verdad es que no se.
-¿Y eso?
-Corté por teléfono.
-Eso no se hace, tío.
-Ya. Pero prefería eso antes que ponerle los cuernos.- me dijo encogiéndose de hombros.
-Pues ahí tienes razón. Bueno, a lo mejor ahora tienes ocasión de hablarlo mejor con ella.

No pareció muy convencido de mi último comentario pues se limitó a decirme que me dejaría libre el cuarto la mayoría de los fines de semana para irse con su novia al pueblo. Yo pensé: “Libre, ¿para qué? ¿Para hundirme en mi mierda…?”

En la cena coincidimos Marcos, Víctor, Ángela y yo. Por algún motivo decidí que prefería hablar con Víctor antes que con mi amiga. Así que quedé con Ángela en vernos antes de ir a dormir. Tras decirle que la buscaría en el dormitorio me arrepentí. Era el dormitorio de Claudia.

Pero antes de eso durante la cena si nos pusimos al día de cuestiones menos íntimas contándonos el verano. Yo les comuniqué que sólo estaríamos medio curso solos. Se lamentaron de mi marcha. Especialmente a Ángela le sentó muy mal.

Víctor y yo nos quedamos tras la cena charlando en el pasillo. Él sabía por Lourdes lo que había pasado aunque evidentemente sólo la versión de Claudia. Pero me interesaba saberlo. Él me dijo que si lo estaba pasando mal quizá no fuese buena idea saber detalles. Pero yo insistí hasta que mi amigo empezó a referir:

-Luis, Claudia lo ha pasado muy mal por tu culpa. Ha estado muy enganchada a ti, tanto como para romper su promesa de no comprometerse sentimentalmente durante los estudios. No pudo evitar estar contigo pero vuestra separación fue un infierno para ella.

-Y para mí…-me defendí.
-Ella habla de remordimiento por ocultarte cosas pero también habla de cuernos tuyos. No fuiste capaz de esperarla.

Un nudo en la garganta me hizo callar bajando la mirada avergonzado.

-Tambien- prosiguió Víctor- nos cuenta que la presionabas para volver nada más haberla dejado y mientras ella sabía que te acostabas con la niña de tu facultad. Luis lo ha pasado mal de verdad.
-No tengo defensa ¿verdad?
-Sí. Lourdes dice que te quiere mucho. Que Claudia sigue pillada por ti y que por eso mantuvo el contacto contigo todo este tiempo.
-¿Le contó que nos vimos en junio y nos acostamos?- pregunté para ver que grado de sinceridad tenía Claudia con ellos.
-Luis, le dijo a Lourdes que se planteaba volver contigo. Que si volvía a la residencia sabía que podíais estar como al principio, pero con su beca, sin saber donde iba a seguir su carrera y de nuevo estando contigo en la distancia tomó la determinación de romper definitivamente y no prolongar su sufrimiento.
-¿Y le contó que nos hemos visto en mi ciudad?
-Luis. Se lo ha contado todo. Que os visteis en julio cuando ella dudaba.
-Por eso me besó en la estación…
-Y también que cuando te vio hace unas semanas no pudo reprimirse a pesar de haber tomado ya la determinación.
-Pero le he propuesto vernos todos los fines de semana. Va a estar a media hora de mi casa…-me lamenté.-Pero ¿por qué pone impedimentos a algo que queremos los dos? Es absurdo. Cuando quieres a alguien no soportas estar separados. Y ella me quiere. Te lo ha dicho.
-No Luis. Tú estás aquí, y después en Bélgica. Y ella ya no puede más. No le hagas más daño. Si la quieres, déjala tranquila.

Las palabras de Víctor resonarían en mi mente muchos días después cada vez que buscaba la forma de hablar con ella o saber de ella: “Si la quieres, déjala tranquila…”

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