QWERQ

La semana transcurre con una tranquilidad sospechosa. Después del día de la playa, todas las dudas me han vuelto a revolotear por la cabeza. Pero los días pasan, y el domingo, el día que me voy con papá a ver el partido de fútbol llega. A primera hora de la mañana nos arreglamos y nos disponemos a salir de casa. Unos besos son el despido que hacemos yo y mi padre con mi madre, mientras ella sigue desayunando con su misma taza de café que siempre.

Sobre las diez de la mañana, ella ya se encuentra sola en casa. Intenta leer un libro en el sofá del salón, pero no puede concentrarse. Piensa qué es lo correcto y qué no lo es. Debería de estar tranquila porque el viejo no va a molestarla, pero la realidad es que ya tenía todo listo, los productos, los condimentos, los utensilios, un delantal, un buen vino que escogió de nuestro armario, incluso unas naranjas para los postres ya que sabe que le gustan, todo guardado en una bolsa grande que se compró para poder llevarlo todo. Pero en la cabeza de ella lo de Don Fernando se acabó, después de lo que sucedió en la playa, ella no piensa dejarse llevar más. No quiere consentirle que le deje en evidencia constantemente, que toque a los suyos, que termine destruyendo su familia y su trabajo como ha hecho con otras.

Intenta aprovechar la mañana haciendo sus quehaceres por la casa, limpiar, recoger, hasta le da tiempo a avanzar tareas pendientes del trabajo. Pero cuando termina vuelve a sentarse en el sofá del salón. Ensimismada en el salón, recuerda como empezó todo, como ayudó a ese viejo a orinar, como lo odió en ese momento, como le resultó nauseabundo todo lo que hizo. También recuerda el día de la piscina, la primera vez que tuvo sus tetas en la boca, sus pelos de la espalda, su enorme barriga y como la acariciaba, como se dejaba besar, los encuentros en la escalera y para terminar, su mamada en el coche el día del parking… No puede evitar que todas esas imágenes vayan a su mente y se sienta rara… Hasta que un sonido del teléfono, apoyado en la mesa de madera del centro del salón, la despierta mentalmente. Se incorpora, desbloquea, lee y tiembla…

«Pero… ¿Quién le habrá dado mi número? ¿de donde lo ha sacado?» piensa mientras empieza a leer:

Mensaje +346XXXXXXX:

Me está entrando hambre, ¿no vas a venir?

Es la 1 del medio día, yo no suelo comer muy tarde,

A qué esperas para mandar a la mierda a tu marido y a tu hijo y venir a hacerme la comida?

—Dios mío… –dice ella leyendo el mensaje. —¿De donde habrá sacado mi número?— dice en voz alta, en la soledad del salón.

Vuelve a leer varias veces el mensaje pero no se atreve a contestarle. Su movimiento continuo de su pie, evidencia su nerviosismos ante tales mensajes. Y la duda empieza a cobrar vida dentro de ella. Sabe que ya lo había zanjado en la playa, incluso sabía que podría volver a la tranquilidad que lleva tantas semanas deseando recobrar, pero sin embargo, ella se levanta y empieza a recoger todas las cosas y las pone en la bolsa donde casi no caben.

—Tengo que vestirme… vestirme como él me dijo… —se dice a si misma mientras empieza a rebuscar en su armario.

Encuentra una blusa de seda blanca con flores dibujadas y una falda corta de cuero. Tarda en vestirse, se le nota visiblemente nerviosa, pero no puede pensar en otra cosa. No quiere pensarlo. No quiere darse cuenta que no está haciendo lo que debe hacer. Cuando termina de recoger y cambiarse, sale de casa cerrando la puerta y bajando las escaleras, esperando que no le vea nadie…

Delante de su puerta se para un momento, cogiendo algo de valor, no quiere que la vea nerviosa, débil. Ella estaba segura que todo había terminado, que no iban a hablar nunca más.

Un silencio incómodo resuena en el rellano mientras está frente a la puerta, parada, pensando. Coge valor y toca al timbre de su puerta. Pasan los segundos y nadie abre. Vuelve a llamar…

«¿Qué pasa?¿Me está tomando el pelo? ¿Se está riendo de mi?»

«Qué ridícula me siento… qué vergüenza…»

Vuelve a llamar, sintiéndose idiota.. pero al cabo de unos segundos, la puerta se abre levemente…

—Don Fernando, ya estoy aquí… —dice ella en voz alta. Pero nadie contesta. —¿Me deja pasar Don Fernando?

Ella empuja un poco al hacer la pregunta. Al fondo del pasillo, ve a Don Fernando que camina a través de él, ni siquiera se ha parado a saludarla.

—He… He venido a hacerle la comida… —dice ella sin siquiera saber si lo ha oído

Todo está en penumbra, como la última y única vez que ella ha estado en casa de ese viejo. Huele raro, está todo sucio, todo por medio, parece que tiene una especie de síndrome de Diógenes.

«Cómo deberá estar la cocina…»

—Pasa —oye desde el fondo del pasillo.

—Don Fernando… ¿Me enseña la cocina, por favor? —dice ella mientras avanza en penumbra hacia donde está él.

—Ven por aquí. —dice él aún a bastante distancia.

Ella sigue avanzando mientras mira alrededor, las revistas que vio aquél día siguen allí…

—Sí.. Don Fernando…

Él está en el marco de la puerta esperándola. —Mira, aquí tienes la cocina.

Ella avanza hasta el marco de la puerta de la cocina. En ningún momento le ha ayudado en las bolsas que ella tiene en las manos. Al ver la cocina, se da cuenta de lo desastroso que está todo. La pila llena de platos sin lavar, todo desordenado, sucio, es inexplicable que haya alguna persona que viva en esta inmundicia.

—Don Fernando, ¿pero cómo tiene esto así?

—¿Qué pasa? ¿Te molesta?

—Bueno… No creo que nadie tenga que vivir en algo así… Te-tendré… tendré que ordenarlo un poco… ¿Tiene bolsas de basura?

—Yo que sé, busca por ahí. —dice señalando por una zona de la cocina.

Ella sin decir nada, empieza a abrir algunos armarios de la cocina, como inexplicablemente una mujer de la talla de Alejandra, intentando ordenarle una cocina así.

—¿Y una escoba? Trapos… No sé… —dice ella insistente.

—¿Escoba?

—Sí.

—Yo que cojones sé. Busca hostia, ¿acaso te crees que soy una mujer que tiene que limpiar la cocina?

—No hace falta que diga comentarios tan machistas Don Fernando. En fin, le limpiaré un poco esto antes de empezar a cocinar…

—Mira, allí tienes una —dice señalando en el pasillo. Una escoba muy vieja. Tendrá muchos años.

—No se puede trabajar así… Bueno, está bien, intentaré arreglármelas.

Alejandra pasa alrededor de media hora recogiendo porquerías, barriendo, organizando un poco todo. Se ha puesto un delantal, pero si lo hubiese sabido, hubiera ido con una bata. «Si tuviese una fregona la pasaría… pero ni se lo pido, terminaría pasando un trapo mojado arrodillada en el suelo, así que mejor no digo nada de esto.» Piensa para si, y mientras pone el agua hervir mientras limpia todos los platos, cubiertos, vasos.

Mientras tanto, el viejo se ha ido al salón. Sentado en el sofá, mientras se toma una cerveza.

—¿¡ALEJANDRA?! —le grita desde el salón.

—¿Si Don Fernando? —dice desde la cocina. «Qué raro que me llame por mi nombre».

—¿Ya está hecha la comida? —dice impacientemente.

—No, aún no Don Fernando. Tardaré alrededor de media hora.

—¿Qué? Joder, y ¿por qué tardas tanto? Tengo hambre hostia.

—He tenido que arreglarle un poco todo esto Don Fernando.

—Joder…

—No se impaciente, estoy haciendo unos espaguetis a la boloñesa, con una pasta italiana riquísima.

—Anda, pues mientras tanto tráeme una cerveza, se buena.

—¿No preferiría algo de vino?

—¿Te he pedido vino?

—No…

—¿Entonces?

Ella no le contesta.

—¿Me vas a traer la cerveza o no? —dice mirando la televisión sin mirarla.

Ella sin decir nada, abre la nevera, la cual está muy sucia. Solo hay latas de cerveza y unos tomates en mal estado. Coge una y se la lleva. —¿quiere un vaso Don Fernando?

—No, así está bien. Ahora termina de hacer la comida, tengo hambre.

—Sí… Déjeme que aparte las cosas de la mesa mientras se hace la pasta.

En un rincón de ese espantoso salón hay una mesa de madera con un montón de porquería por encima. Ella aparta todo como puede. Deja cosas en el suelo, otras en cajas que hay por ahí. Es impactante ver a Alejandra haciéndolo en un sitio como ese, con delantal negro, encima del conjunto.

«Qué maleducado es, no sé porqué he venido.» piensa mientras vuelve a la cocina.

Prepara la salsa en la cazuela y por fin pone los espaguetis. Prepara un plato con un pañuelo de papel azul que ha llevado de casa, un tenedor, encima pone un vaso y un bol con queso rallado.

—Ya está todo Don Fernando. —le dice al lado de la mesa mientras el viejo está viendo la tv.

—¿Ya está todo?

—Sí, siéntese y le traigo la pasta. —dice ella mientras va en dirección a la cocina a por la comida.

—¿para cuantos has hecho la pasta? —le pregunta el viejo cuando la ve entrando en el salón con la cazuela.

—La he hecho toda, así tendrá para cenar o para mañana si quiere. —le contesta mientras le sirve en el plato y lo coloca todo lo bien que ella puede, mientras él sigue en el sofá y poco a poco se levanta.

—¿Tú no vas a comer?

—Si usted quiere sí, Don Fernando.

—No he dicho que quiera.

—Me gustaría hacerlo.

—Solamente te he preguntado si pretendías hacerlo joder.

—Me gustaría, sí…

—No te he dicho si quieres joder… Solamente has puesto un plato para mi.

—Es que no sabía…

—¿Por qué no pones un plato más? —dice sentándose en la mesa.

—Sí, sí, gracias Don Fernando. Pensaba que yo… bueno… que tú… no querias… que yo comiera contigo…

—Trae otro plato.

—Sí, voy. —Y ella apresuradamente va a la cocina y trae otro plato hondo intentando decorarlo de la misma manera que el plato de Don Fernando. —La verdad es que no esperaba que comiéramos los dos juntos…

—¿Quién ha dicho que el plato sea para ti?

—¿Qué? —dice quedándose parada. —Pero… Si solo estamos usted y yo, Don Fernando.

—¿Y?

—No… no le entiendo…

Y justo ese momento, un sonido que no se esperaba hace que mire hacia el pasillo. Su cara evidencia una mezcla perfecta entre sorpresa y temor.

¡DING DONG!

—Vaya… ya está aquí… —dice prácticamente sin inmutarse. Sentado ya en la mesa, sin un atisbo de intranquilidad.

—Qu-que… ¿quién? ¿Quién es?

—Nuestro invitado, cariño —dice con su sonrisa cínica.

La cara de Alejandra refleja el pavor que está empezando a sentir. Sus manos empiezan a temblar, mientras no sabe qué hacer o que decir. —D-Don.. Don Fernando, solo he venido a cocinar a usted… ¿por qué hay alguien más aquí? —dice tartamudeando, visiblemente nerviosa.

El viejo se levanta, haciendo caso omiso a las palabras de Alejandra. Se asoma hasta el pasillo —Ven, pasa, que la mesa ya está preparada. No tengas vergüenza.

El viejo espera a que entre la otra persona. Mientras ella, con el delantal negro y el conjunto debajo, está al lado de la mesa, expectante.

Y detrás de él… lo ve entrar.. le suena, lo conoce…

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