C. VELARDE

PRIMERA PARTE

I

Durante las últimas noches ha sido muy frecuente soñar que Dalilah me deja por otro hombre, uno más apuesto y fuerte que yo, que se lleva a nuestra hija con su nuevo amor a un sitio donde yo no los puedo encontrar, y que al final, al no soportarlo, absorbido por la desesperación, ato mi cuello a un lazo que anudo a la regadera de la ducha, y que me cuelgo, tirando la silla con mis tobillos para quedar completamente suspendido sobre el viento, en una atmósfera amarga y silente.

Siempre despierto justo cuando mis tendones estallan, mis huesos se rompen, y el dolor del estrangulamiento se vuelve insoportable e incesante. Y al abrir los ojos, sin aire, agitado, temblando, abatido, mirando al techo, llevándome los dedos a mi cuello, miro a mi esposa, que duerme en parsimonia, a veces cansada de tanto estrés y angustia, y a mi izquierda veo la puerta abierta de nuestro cuarto, desde donde se filtra la lamparilla encendida de una pequeña habitación, donde permanece nuestra hija de cinco años, durmiendo perezosa, en paz, sin sus horribles crisis de ansiedad que ya tres veces nos ha hecho ir al hospital por sus fuertes taquicardias.

Y suspiro hondo, degustando el reposo y la placidez que a veces sólo te pueden prodigar las madrugadas. Y me levanto por agua, paso con mi pequeña, le doy un beso en la frente, y vuelvo a mi habitación.

Y los días pasan con cautela, sucesivamente, y de pronto viene otra madrugada, el mismo sueño, los mismos miedos, pero diferentes escenarios. Mi esposa y mi hija ahora yacen muertas, y las estoy velando en soledad, y aunque aparentemente el panorama ha cambiado, el trasfondo es el mismo; la horrible sensación de pérdida, de ausencia tenebrosa, tanto de mi esposa como de mi hija.

Y al otro día es igual, otra pesadilla, nuevamente la mortificación; y esta vez regresa aquella donde mi esposa me abandona por su amante, llevándose a mi hija consigo.

Y me vuelvo a despertar agitado, repitiendo el mismo ritual que ya se ha vuelto un acto protocolario. Y me pregunto si aquella sucesión de onirismos no querrán decirme algo. Una burla o una insolente predicción.

«Tonterías, Jesús, son putas tonterías» me reprocho, cuando tengo el valor de hablar conmigo mismo. Pero a veces los tormentos son tan fuertes que hasta te da miedo interiorizar, y hablar de ti, aunque lo hagas contigo.

Y me vuelvo a recostar. Entrecierro los ojos, y me obligo a serenarme, a tener confianza en mí, en ella, en nuestra hija.

***

Algo ha cambiado esta vez que me he vuelto a despertar; esta madrugada advierto una inédita sensación de pérdida, una nueva evocación de dolor y una lacerante confirmación de que en esta ocasión no se trata de una nueva pesadilla.

Lo sé porque en realidad no me he despertado. De hecho ni siquiera me he dormido. A decir verdad, llevo horas hundido en este alféizar gris que huele a moho, mirando a la calle nocturna, a través de una ventana empañada, imaginando que de pronto ella aparece y que todo vuelve a la normalidad.

Pero entrecierro los ojos y al volverlos a entreabrir descubro que el mundo no cumple caprichos, sino que cobra caros los desafíos.  

—Dalilah…

Por momentos recobro la lucidez y me doy cuenta que no estoy en mi ciudad, ni en mi casa, ni mucho menos en mi cuarto. Estoy más bien en un pueblo de Michoacán, en la casa de verano de mi primo Hugo, en un cuarto sobrio y oscuro que en este instante me parece álgido y mordaz, que me consume, que me atraganta.

Una habitación enorme aunque sea tan pequeña, y que se siente tan vacía aunque esté repleta de muebles, de dos maletas sin hacer y de ropa sin ordenar.

—Eva… mi pequeña…

El consuelo que me queda es que mi hija está en Guadalajara, con mis padres, a salvo… desconocedora de lo que aquí ha pasado. Mientras que yo, su ridículo padre… permanece en estado de vigía, a la espera de que su madre, mi esposa amada, vuelva.

—Vas a estar bien, vida, mi Dalilah… —susurro a la ventana, empañándola con mi aliento amarescente, como si me hubiese atiborrado de infusión prodigiosa. Y contengo las lágrimas, para sentirme fuerte, y evitar debilidad. Contengo mi vida, para que no se me escape, y contengo mi muerte, para que no me alcance—. Vas a estar bien… Dalilah, él lo prometió.  

¿Pero quién puede fiarse de la palabra de un inmundo criminal que, privilegiado de su poder y las prerrogativas que le suponen ser el líder del cártel de esta región, se ha llevado a tu esposa con una impunidad que raya en lo absurdo, delante de los comensales, de tus amigos, delante de ti… en un acto que sobrepasa lo inverosímil y lo irrisorio?

—Vas a estar bien… Dalilah. Tú misma me lo has dicho: «Vida, esto también pasará…»

Y heme aquí, como un perfecto imbécil, como un ridículo monigote, incapaz de hacer nada, en absoluto, obligado a esperar… ejerciendo mi papel de cornudo forzado con la mayor de las deshonras, mientras ella seguramente está con él, asustada, o quizá riendo. Siendo atormentada, o a lo mejor desnuda con una copa de licor fino, con una pistola encañonando su frente… o quizá con una verga hiniesta encañonada pero en su vagina o en su culo, a cuatro patas… quizá llorando de miedo o tal vez bramando de placer.

Y esto último me atormenta, y me pregunto si soy muy perverso y egoísta al preocuparme por su deshonra, tanto o más que por si le provocan un daño irreparable.

Y lo peor son los recuerdos que me agolpan la cabeza, ella y yo en la intimidad, haciendo el amor en nuestros mejores años, muchas veces, yo acometiéndola, corriéndome dentro de su sexo, y ella bramando, entregada, y después de nuestros orgasmos ella diciéndome, una y otra vez, entre susurros dulces cargados de lascivia:

«Siempre he fantaseado con que un criminal me someta, vida, que me subyugue, que me domine, que me desnude y que me coja duro, muy fuerte, como si fuese una puta, su puta.»

Y yo riéndole la gracia, aunque en realidad estoy horrorizado por dentro, diciéndole entre broma y reproche que sus locuras me volverán loco a mí también.

Y ella respondiendo, quitada de la pena, sólida en sus convicciones, limpiándose el semen de su boca, y muy segura de sus palabras:

«Mi ingenuo Jesús, que me refiero a ti, tontito, disfrazado de bandido… y que juguemos a que me atracas, que entras a casa y me sometes, que yo me resisto, y que tú me obligas a chupártela, y yo grito, simulando sufrimiento, aunque en el fondo esté deseando que me folles duro, perversamente, con guarrerías y esas cosas. Y que me llenes el coño de tu leche, o mi boquita, lo que quieras…»

Y mi gesto desencajado, incrédulo y con una perspectiva de repulsión. 

«Basta ya, Dalilah, y déjate de jugarreras, que esas cosas no se piensan, no se sueñan, no se desean.»

Y lo que son las cosas.

Su fantasía y mi peor miedo consolidado, hecho realidad, en esta noche… a estas horas, y yo muriéndome por dentro, con mi mente errabunda, y mis pensamientos inconexos, intrincados… a veces vacíos. Y aun si es cierto que me da miedo su ausencia, que esta horrible angustia de no saber lo que le están haciendo o si ella está sufriendo me está carcomiendo la carne y los huesos. Pero más terror me da su regreso, porque, aunque es lo que más añoro, su retorno, no sé qué ocurrirá con nosotros.

Sólo tengo una certeza, por más dolorosa que sea, y es que después de esto… ella y yo, regentes de nuestra pequeña familia, ya no seremos los mismos nunca más. 

II

Dalilah y yo somos tan distintos en temperamento y actitudes, tan discordes en doctrinas y filosofías, tan opuestos en música y en deportes, tan discrepantes en comidas y bebidas, que seguramente por ese motivo nos atrajimos.

O eso pensaba.

Al principio asumí que lo nuestro, dos personajes disparatados enamorados entre sí, yo profesor de preparatoria y ella organizadora de eventos sociales, se debía a ese extravagante mito que asegura que los polos opuestos se atraen.

Al día de hoy, doy fe y legalidad de que no todo es tan así, y a veces duele constatar que tal leyenda no es más que una invención romántica del amor para tener esperanza y para aferrarnos a un propósito desconocido.

Infortunadamente todo se reduce a la química que hay entre parejas, la afinidad en sus proyectos personales, la atracción sexual que existe entre los dos y la tendencia de continuar a la par los algoritmos que llevan a la supuesta felicidad.

Cuando uno de los dos falla, todo se quiebra, todo se rompe, todo se desborona, todo cae, como un castillo de naipes al que, por error, le has dado un testereo.

No hay polos ni leyes físicas que repercutan en el amor cuando no sigues las reglas, porque simplemente no hay una ciencia de enamoramiento, de hacer las cosas bien y nunca errar. Todo se sostiene simplemente con la lealtad y el concepto del amor, la idealización y todo lo que ésta definición involucra.

—¡Oh, Jesús, relléname el coño con tu polla, vida…! —me parece escucharla gimotear, y yo percutiéndola fuerte, desde atrás, como le gusta—, ¡nalguéame fuerte, vida… ponme el culo rojo… que me arda…!

Y ella a cuatro patas, mi pene abrasador ardiendo entre sus caldos, palpitando allí dentro de su cavidad carnosa, que chupa mi falo y lo comprime, lo succiona, lo adhiere a su piel, y sus caldos chapoteando, mojando mis testículos, sus muslos y nuestras sábanas «Lléname, Jesús… lléname…» mis palmas apretando sus gordas nalgas, marcándolas a cachetazos, más por morbo suyo que mío, y mis oídos atrapando las resonancias de sus eróticos gemidos «¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Hummm! ¡AHHH!» y exigiéndome más vigor, un exceso de potencia, y su culo bamboleándose sobre mi verga, con experta cadencia hasta hacerme correr.

—¡Oh… Dios… Dios… Mierda Dalilaaaah! —Yo expulsando mi simiente… hasta rellenarla, como ella quiere, mientras bruscos escalofríos aceleran mi pecho y me acarician el cuerpo.  

Dalilah siempre fue una chica extrovertida, bulliciosa, explosiva y muy sexual. La conocí siendo la novia del hermano de un amigo, en una de esas raras ocasiones en que, más por obligación que por placer, asistí a una discoteca para celebrar el cumpleaños de ese amigo. La vi, me vio, y al parecer nos gustamos desde entonces, según sus propias palabras y mi propia confesión. Nos comenzamos a seguir por las redes sociales, por allá cuando recién se usaba el metroflog y el Messenger de MSN, en conversaciones que se extendían hasta la madrugada.

¿Y después? Después nada. Ella tenía un compromiso y no iba ser yo quien lo deshiciera.

A los seis meses nos volvimos a encontrar en la fiesta de mi primo hermano Hugo (que ella misma organizó), quien, para mi sorpresa, resultó ser su nueva pareja. La relación de ambos apenas duró algunos meses, pues, según la propia Dalilah, no llegó a más, a pesar de tener una «fuerte conexión» porque descubrió que sus proyectos de vida no eran compatibles, y la madurez de mi primo Hugo estaba tan desarrollada como la de un «puto caracol.»

Y fue en la fiesta de egresados de la primera generación de chicos de preparatoria que me tocó graduar, en la que tuve ocasión (o tal vez pretexto, pues sabía que ella y Hugo habían terminado) para contactarla y solicitarle sus servicios de organización de ese evento que era tan importante para mí.

Y ella aceptó. Por la noche, cuando la fui a dejar a su apartamento de soltera, donde vivía con su íntima amiga Odett, Dalilah estaba en medio de mis piernas, no sé cómo si mi auto era pequeñísimo, comiéndome la polla, y yo nervioso de que alguien nos pudiera ver en el aparcadero, sujetando su cabeza, descubriendo sus dotes para mordisquear el glande mientras la mamaba, oyendo sus gemidos mientras repasaba la lengua entre mi tronco, y tocándose ella sola los senos hasta hacerme correr.

Y después de eso nos volvimos a frecuentar, y de pronto nuestras salidas se volvieron más asiduas, entretenidas, afines (aun sin afinidad) y aunque no me gustaban muchas de sus costumbres, y ella odiaba muchas de las mías, logramos una conexión genuina, casi etérea; un no sé qué, que no sé cómo, que nos envolvió como un remolino de vida y nos hizo amarnos, como cuando una galleta se deshace en el café caliente. 

Confieso que al principio lo nuestro fue meramente sexual, atacados por el deseo, y una atracción mutua que nos terminó por catapultar. A ella le gustó mi aspecto de intelectual, incluidos mis anteojos sin armazón, mi estatura media, mi corpulencia atlética, ya que adoraba nadar, mis ojos cafés que parecían de chocolate líquido, según su apreciación, y mis espesas pestañas, las que a diario pedía que le regalara.

Y claro, como no podía ser de otra manera, Dalilah adoraba el morbo que le suponía estar de novia de un «joven profesor de preparatoria» aun si ambos éramos de la misma edad.

A mí, de Dalilah, además de gustarme todo lo que ella representaba como una mujer emprendedora, risueña, optimista, cariñosa, y con esa extraordinaria personalidad que logró penetrar en mi intratable temperamento y cambiar, al menos un poco, mis retraídas costumbres, me gustó su físico, como es lógico.

Siempre tuve debilidad por la feminidad, las pieles bronceadas, los ojos grandes, provocativos, color avellanas, pestañas largas, abundantes, cejas curvadas, coquetas, que ofrecían a sus miradas seducción y  chispazos penetrantes de osadía y erotismo, tal y como, hasta donde he podido conocer, sólo las mujeres tapatías (las nacidas en Guadalajara, Jalisco) son capaces de poseer.

Si además de la mirada, en resumidas cuentas, tenía un perfil frágil, que a su vez mostrase esbozos muy marcados e inductores, y una voz tentadora y musical, pues ya era ganancia.

Y Dalilah Hinojosa no solo era poseedora de todas las virtudes anteriores, sino que, por la gracia estética y de complexión física, que es más meritorio de ser tapatía que por ser mujer, era dueña de unas caderas anchas, y unas deliciosas nalgas carnosas que hacían juego con sus muslos tonificados. Sus pechos eran de un tamaño que considero normal; eso sí, turgentes, duros, y con unas admirables e inmensas areolas que parecían más bien dos salamis de color canela, aunado a ese par de deliciosos pezones que resaltaban bruscamente cuando se ponía blusas sin sostén, que era una costumbre muy usual en ella cuando trataba de provocarme, y que yo nunca me cansaba de lengüetear y de morder.

Así fue como quedé endiosado de toda ella, sobre todo cuando descubrí una inédita entrega hacia mí, esa pasión enardecida que sólo gozan las mujeres que se muestran reales, sin filtros, sin capas ni ocultamientos, sino que simplemente son ellas, con sus defectos y sus virtudes. Y seguramente por eso me enamoré de Dalilah, porque era un libro abierto, siempre diciendo lo que pensaba, sin importar si era lacerante o doloroso. Y del mismo modo cariñosa, efusiva, amable y servicial.  

Y ella me empapó de su locura, y yo la suministré de mi apacibilidad.

Al principio yo era demasiado mojigato para aceptar las locuras que me proponía, como sus ansias por tener sexo en los baños de los restaurantes o sitios donde corriéramos un gran peligro de ser descubierto.

El champagne, a petición de ella, comenzó a gustarme, sobre todo cuando lo esparcía sobre su cuerpo desnudo, mojando sus pezones, para después lamerlos y secarlos con la suavidad de mi lengua.

En fin.

Cuando menos acordamos, ya hablábamos de un futuro juntos, «somos tan diferentes, Jesús, que creo que por eso compenetramos.» Y yo estuve de acuerdo con su afirmación.

A Hugo no le pareció mal que iniciase una relación con su ex novia; y es que yo, que siempre fui de frente, por ser partidario de la lealtad, me sentí con la necesidad de decirle lo que sentía por ella, y lo mucho que me interesaba que él aprobara nuestra relación para evitar rencillas futuras, pues la cercanía entre Dalilah y yo ya se había prestado para que surgieran diversas habladurías en nuestra familia, los Mendoza, sobre todo entre su madre, hermana de mi papá, y otras tías chismosillas.

Y Hugo, siempre con tendencias sediciosas; insufrible y jocoso, no sé si en un gesto de hermandad sincera, de envidia o de vileza me dijo:

 «¿Pero qué me dices, mi buen Chusito? (como me llamaban en mi familia y algunos amigos de cariño por llamarme Jesús) Que te lo cuente Dalilah; lo que hubo entre ella y yo no trascendió a más porque realmente sólo nos buscábamos para follar. En lo único en lo que siempre fuimos compatibles es en nuestro gusto por coger como pervertidos: ambos somos unos maniacos sexuales y ya. Lástima que no quiso continuar, o la hubiera seguido perforando.

»En fin. Tú adelante con ella, mi buen Chusito, aunque te confieso que lo único que me preocupa es que no seas capaz de dar la talla y dejes en mal el apellido Mendoza, el que yo he sabido honrar. Ya, ya, primito, no pongas esa cara. Te lo repito, la relación que hubo entre Dalilah y yo sólo estuvo basada en culear y nada más. Así que no hay bronca. Si te gusta, y le gustas, pues no te lo pienses más. Ahí me cuentas qué tal saben mis babas.»

Y aunque esas palabras tan burdas y fuera de contexto me sentaron muy mal, resultándome verdaderamente incómodas, se lo dejé pasar porque creí que no se volverían a repetir. Pero, para mi desgracia, en cada reunión familiar o de amigos en común donde nos encontrábamos, mi Primo Hugo no perdía la ocasión para decirme cosas desagradables como «ahí disculpa si te dejé su pucha (refiriéndose a su coñito) un poco holgado, pero es que calzo grande, no sé tú» Y en la siguiente reunión, más de lo mismo: «¿Qué tal las culeadas con la primita Dalilah, mi buen Chus? ¿A que te la entrené bien?» Y de nuevo, en otro encuentro más, volviendo a atacar: «Ah, mi buen Chusito, cada vez que te corras en su boquita, quiero que hagas una conexión telepática conmigo y me agradezcas esas mamadas tan deliciosas que te echa, porque aunque ya la conocí aprendidita en los temas felatorios, conmigo y mi gran verga perfeccionó la técnica»

 Palabras más, palabras menos, hasta que un día, harto de sus faltas de respeto, lo confronté y le prohibí que volviese a dirigirse Dalilah de esa forma tan despectiva, punzante y vulgar, pues era una falta de respeto, sobre todo cuando sabía que ella era ahora parte de mí.

«Uh, la, lá, primo, sí que te pegó duro el amor» me dijo riendo en aquella ocasión «Está bien, está bien, deja de mirarme así, que prometo portarme bien.»

 Y una semana después de mi advertencia, amanecíamos con la noticia de que Hugo ya estaba de novio con Odett, la mejor amiga de Dalilah, una acción que yo tomé como provocadora, pues, aunque Odett es de un calibre físico incomparable y que no asumía ninguna rareza que mi primo se fijara en un monumento rubio como ella, yo nunca dejé de pensar que su relación con la mejor amiga de mi novia lo había hecho para fastidiarme, logrando así, estar cerca de Dalilah a través de su novia.

III

Nos casamos casi año y medio después de conocernos, cuando Dalilah tenía un mes de embarazo. Mis padres, devotos católicos, no querían que su estado se notara y nuestros conocidos comenzaran a murmurar.

La realidad es que nos casamos por amor, sin importar las presiones de mis padres o los suyos, que estaban distanciados de ella por considerar que tenía «comportamientos vergonzosos». Lo hicimos porque nos resultaba insoportable ya no vernos tan seguido (gracias al lejano sitio donde me mandaron a trabajar), vivir en casas separadas y porque teníamos una necesidad enorme de formar una familia, aun si para entonces apenas teníamos veintitrés. Ansiábamos compartir nuestros proyectos de vida, juntos y, desde luego, criar a nuestra hija Eva, (que no fue proyectada, pero que nos alegró su llegada) dando lo mejor de los dos.

Y sin yo pedírselo, Dalilah Hinojosa cambió, abandonó sus correrías de fines de semana, los famosos juebebes de baile y alcohol, se alejó de sus amistades incitadoras hacia fuertes ambientes, y se concentró en fortalecer su pequeño negocio como organizadora de eventos sociales, madurando de golpe para convertirse en una esposa devota y una madre ejemplar para nuestra Eva.

De la única de quien nunca se pudo librar fue de Odett, esa rubia alta despampanante, de tetas operadas y culo fuerte, que durante los últimos cinco años había dejado la relación con mi primo un centenar de veces, para luego, volver a regresar.

—Odett es como mi hermana de leche, vida —solía decirme Dalilah cuando yo la criticaba—, asi que si la criticas a ella es como si me criticaras a mí, que sabes bien que en el fondo yo soy como ella.

«¿Como ella cómo?» siempre me pregunté sin exteriorizárselo en voz alta para evitar un altercado «¿una zorra sin remedio?»

No, Dalilah ya no era así, desde que estaba conmigo, mi mujer se había reformado.

«La cabra siempre tira al monte, primito» he llegado a escuchar decir a Hugo cada vez que tenemos el desafortunado placer de reunirnos obligadamente por el parentesco de nuestras familias, o en los cumpleaños o eventos que organizan mi esposa y Odett, en las que su amistad coacciona nuestros reencuentros. «Así que no cantes victoria.»

«No sé a qué chingados te refieras con eso, Hugo, pero mejor que te mantengas al margen de mi relación con Dalilah, a no ser que no vayas a echar en falta tus hermosos dientecitos cuando decida que me has hartado tanto como para romperte el puto hocico de perro que tienes…»

A veces siento, con pesar, que Hugo, pese habernos criado casi juntos, ansía que me vaya mal en la vida; es como si quisiera que Dalilah me falle, que se convierta en una puta como su novia Odett, que aunque esté de pareja con él de pronto se la ve con uno y con otro. A veces pienso que Hugo desea que Dalilah se desmadre, que sea la misma borracha, sexosa o fiestera de antes, como él la conoció, que vuelva a su vida de excesos e irresponsabilidades de juventud, y a mí me da miedo pensar que pudiera ser así. Me causa incertidumbre y me pone mal.

«La cabra siempre tira al monte, primito» recuerdo una y otra vez.

«Dalilah, no le demos el gusto a la gente de vernos mal» le suelo decir, sin señalar directamente a los deseos de Hugo. «No nos fallemos, vida. Seamos honestos y maduros como hasta ahora. Todo irá bien.» 

«Eso siempre, vida» suele responderme ella «Todo irá bien, a medida que confiemos el uno del otro.»

Por fortuna, hace siete meses, Hugo partió a un pueblo de tierra caliente, allá en Michoacán, donde trabaja en una fábrica de refacciones automotriz, en compañía de Diego, otro amigo que tenemos en común, que, como él, se recibió como ingeniero industrial.

Y gracias a Dios, Hugo se llevó a ese pueblo a su novia Odett, y Diego, por su lado, hizo lo mismo con Fernanda, su novia de años.

Lo que no me esperaba es que hace cinco semanas nos llegara una invitación: nuestros amigos Diego y Fernanda se casaban en Tierra Caliente, allá en el estado de Michoacán, y querían que Dalilah y yo fuésemos sus padrinos de arras.

IV

—No me parece correcto que aceptaras quedarnos en casa de Hugo y Odett —le dije a Dalilah por enésima vez después de abordar el avión—, y mucho menos que lo hayas hecho sin consultármelo. Podríamos haber reservado a través de airbnb, o en un hotel.

Habíamos llegado al aeropuerto de Guadalajara apenas con el tiempo justo, pues nos había costado mucho convencer a nuestra pequeña Eva (que últimamente había padecido crudos episodios de ansiedad) de quedarse con sus abuelos, mis padres, durante ese fin de semana.

Era jueves, 7:50 de la mañana, y esa tarde, a las cinco, se casaban Diego y Fernanda en una hacienda que habían alquilado en ese famoso pueblo de Michoacán.

—A ti nada te parece últimamente, Jesús —respondió Dalilah tamborileando sus dedos, de uñas plateadas y largas, sobre sus muslos—. No te ha parecido que aceptáramos ser padrinos de Diego y Fernanda; no te ha parecido que me trajera un vestido rojo para la fiesta, por considerarlo llamativo y «provocador» aun si sabes que ese es el color que Fernanda eligió para las madrinas. No te ha parecido que la celebración se lleve a cabo en ese pueblo de Michoacán, y tan poco te ha parecido que nos quedemos en casa de Odett, cuando sabes perfectamente que desde que se desatara ese maldito virus, y ahora des clases en línea, se te ha reducido el suelto a casi el 50%, que yo estoy en ceros porque en estos tiempos nadie quiere celebrar nada, nuestra hija está en tratamiento por lo de su reciente enfermedad y tenemos necesidad de ahorrar; pero a ti te importa más el orgullo de tener que quedarte en la casa de mi amiga Odett, solo porque su pareja fue mi ex novio hace siete años, y no lo has podido superar, ¿pues tú de qué carajos vas, José de Jesús?

Tuve que guardar silencio. La prudencia a veces me costaba. Mas yo era de los que prefería callar antes que provocar un drama con su mujer. Fue a la mitad del vuelo cuando comencé hablar:

—Vamos a ver, vida; yo nunca te dije que no quería que fuésemos padrinos de Diego y de Fernanda, sólo te hice el comentario de que estábamos apretados de dinero, y que había que ajustarnos al precio de las arras, aunado lo que nos costaría el viaje de Guadalajara hasta ese pueblo de Michoacán; de lo del vestido rojo, no es que me pareciera llamativo y provocador (que dicho sea de paso, sí que lo es) sólo te dije que por lo mismo de que estamos apretados económicamente, era mejor que usaras uno de los que tenías en tu armario, que son muchos, y todos preciosos, porque tú eres preciosa y cualquier cosa que te pongas te hará lucir hermosa, y añadí que eso era mejor antes que comprarte un vestido nuevo, sobre todo ahora que no podemos permitírnoslo.

Esperé una mueca de su parte, pero ella continuó mirando hacia la ventanilla del avión. Yo continué con mi defensa:

—¿Que no me ha gustado que la celebración se lleve a cabo en aquel pueblo de Michoacán en lugar de que fuese en Guadalajara, de donde ellos también son originarios? Pues claro, y ahora no sólo objeto por el costo que esto nos ha supuesto en pasajes y demás viáticos, sino porque ese pueblo está en Michoacán; para ser precisos, en la región de tierra caliente, donde no hay autoridad y ley, salvo la ley del narco, que viven en guerra constante entre ellos mismos en la lucha inacabable por gobernar las plazas en cuestión. ¿Quién mierdas en estos días quiere ir a la tierra de los narcos?

Dalilah suspiró muy fuerte, que era su manera de hacerme saber que estaba enfadadísima conmigo, y nada de acuerdo con mis opiniones.

—Y respecto a quedarnos en casa de Hugo y Odett, ¿no ves lo mal que nos llevamos mi primo y yo últimamente?

Y fue allí donde Dalilah reaccionó.

—¿Perdona? —me dijo, girándose un poco hacia mí—, ¿no será más bien que tus malditos celos infundados, otra vez, te impiden ver que aquí el único que se la lleva mal con Hugo eres tú y no él? ¡Tu primo ni en el mundo te hace, Jesús! ¡Él está con Odett, que encima es mi amiga, de un cuerpazo al que ni siquiera yo le llego, y tus putos celos lo único que hacen es que me faltes al respeto, sugiriendo que entre Hugo y yo podría pasar algo!

—A ver, a ver, baja la voz —le pedí cuando se alteró. Por fortuna no iba nadie en esa hilera de asientos de tres. Dalilah, con los ojos cristalinos, miró por la ventanilla, que estaba a su lado, y volvió a suspirar muy fuerte—. Yo nunca he tenido celos de Hugo hacia ti… son figuraciones tuyas —mentí.

Era eso o una guerra sin cuartel por el resto de los días de viaje.

—¡Siete años, Jesús, y no lo puedes superar!

—¡Que no, mujer, qué no tengo celos!

—¿Entonces por qué lo aborreces tanto? —volvió a girarse hacia mí—. ¿Por qué te pones como un animal cada vez que nos lo encontramos, que se habla de él, o que se hace alusión a su nombre en cualquier lado? Y encima tus payasadas afectan mi relación con Odett, que sabes bien que la adoro, que somos como hermanas, que hemos sido amigas incluso antes de ti. Y eso no es justo, Jesús, que ya somos mayorcitos para tener en cuenta semejantes inseguridades.

—¡Pero mujer, por Dios! —No se me ocurrió nada para rebatir la lógica de sus argumentos salvo remitiéndome a su última falta—. Ya está bien, solo te pido que la próxima vez me consultes las decisiones que tomas, prefiero que las consensuemos entre los dos, y no de forma unilateral, como ha sido tu costumbre últimamente.

—¿Perdona? —se hizo la occisa.

—Esta la segunda vez que me la haces, Dalilah —le recordé, intentando que mi queja no sonara como reproche—. Pasó hace quince días, cuando de buenas a primeras me dijiste que Odett estaba en Guadalajara, aunque sin Hugo, que quería irse contigo a un fin de semana de chicas a tostarse en la playa allá en Puerto Vallarta, y tú aceptaste, dejándome solo con la niña, cuando sabes bien lo mal que ha estado Eva últimamente y lo terriblemente ansiosa que se puso al no verte. Encima llegas el lunes de madrugada… sin un solo indicio de tostadura en la piel de que hubieras estado en la playa y…

—¡Caramba contigo, Jesús, creí que eso también ya lo habíamos superado, pero por lo visto tú eres de los que no dice nada en su momento, sino que va acumulando rencores hasta explotar. ¿En serio quieres traer a tema esto otra vez? No mames, en verdad.

—No uses esas palabras conmigo, ¿vale?, sabes que las detesto —le dije, tomándola de sus mejillas con cariño—. En fin, vida, ya, ya, tranquila. Discúlpame si he sido tan pesado últimamente, pero… lo  de Eva… me tiene muy angustiado.

Dalilah dejó de respirar fuerte. Pestañeó, me enseñó sus hermosos ojos brillantes del color de las castañas, como su pelo ondulado, y me concentré en sus labios hidratados, blandos y fulgentes.

—Vida —le susurré, acercándome a su oreja, mordiéndola, aspirando su hermoso aroma a hembra—. Lo siento… y me disculpo.

Cuando sentí que sus uñas se pasaban por detrás de mi cuello, rasguñándome con cariño con sus puntas, y su respiración se volvió a compasar con la mía, entendí que la había recuperado. Odiábamos tener estos disgustos, no eran lo nuestro.

—Lo siento yo también, mi Jesusito. Yo estoy como tú, estresada por lo de nuestra princesa. Perdóname, ¿sí, hermoso?, no debí de hablarte así ni ser tan grosera, pero es que… cuando te enfadas conmigo siento que me consumo por dentro. Por eso he querido que viniéramos a este viaje, soltar la monotonía. Al menos estaremos juntos y nos olvidaremos de los problemas. ¿Me perdonas, vida?

—Siempre tendrás mi perdón anticipado, mi Dalilah… —acaricié la punta de mi nariz con la suya—. ¿Me das un beso, vida?

—Solo… solo si me prometes… algo —Y de pronto su angustia se transformó en lujuria.

—¿Si te prometo qué? —intenté adivinar su nueva locura.

—Que esta noche… me castigarás en la cama poniéndome la cogida de mi vida, ¿quieres?

—Ufff, eso suena… riquísimo —me estremecí.

—Si tan mal te cae Hugo, entonces démosle un espectáculo aprovechando que estaremos en su casa. ¿Te imaginas lo que será para él oír cómo brama su exnovia a manos de su primo, el más odiado, ya que tú dices que te odia?

—Ay, mi cielo… andas muy traviesa el día de hoy.

—En la noche ni sabes la que te espera, Jesús. Me dejaré que me metas dedo donde quieras, incluido en el culo, si te apetece, y te chuparé tu hermosa verga hasta que me llenes toda mi boquita de tu leche. Y mientras recuperas la erección, te pondré mi coño en la cara y me lo comerás hasta que me hagas correr, y cuando te hayas recuperado, me pondrás en cuatro y me follarás como si fuera una puta… tu puta…

No sé bien si estaba empalmado por el relato de lo que me esperaba esa noche con ella, o porque, luego de poner su abrigo en mis piernas, me sacó la polla de la bragueta y me comenzó a masturbar, mientras las aeromozas que pasaban por junto, repartían las bebidas y aperitivos matutinos.

—Esta noche ni Hugo ni Odett dormirán por oírme gritar como una zorra —me dijo en el oído, sin dejar de masajearme el rabo con discreción, pero fuerte.

—Ni esta noche ni el resto de noches en que estemos en su casa, mi reina —le prometí.

Y nos fundimos en un húmedo beso. A los minutos, cuando notó que me revolvía como víbora en el asiento, aceleró las jaladas de cuero, con una sonrisa traviesa. Acercó una servilleta de las que nos habían dado con el desayuno, y la puso sobre mi glande donde se contuvo mi corrida. Dalilah limpió mi semen con la servilleta, la hizo puño en su mano, y luego la guardó entre su pantalón de cuero, justo en su entrepierna, por dentro.

—Quiero sentir tu esencia en mi coño desde ahora —dijo relamiéndose los labios con erotismo—, y aquí me llevaré tu semen, Jesús, hasta que lleguemos a casa de tu primo.

Suspiré excitado, acomodándome la polla en el pantalón. Al mirar a mi izquierda, con gran vergüenza, noté que un hombre cincuentón que estaba sentado en las hileras de allá, había visto, o al menos imaginado, lo que mi esposa y yo habíamos hecho en el avión, a juzgar por su sonrisa.  Iba a decírselo a Dalilah cuando dijo:

—Pórtate bien, Jesús, con Hugo y con Odett. No ridiculices nuestro concepto de amor, que reside precisamente en evitar celos y toxicidades. Nada de inmadurez, ¿vale?, que te recuerdo que por eso no funcionó lo mío con Hugo.  

Suspiré casi desfallecido, forzando la mejor de mis falsas sonrisas, diciéndome, en mi fuero interno, que no había necesidad de traer al presente ese «por eso no funcionó lo mío con Hugo» como si en verdad lo añorara. Pensé que ella tendría razón, que ese fin de semana sería inolvidable. Y vaya si lo fue, aunque no por las predicciones que ella esperaba.

Continuará…

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