QWERQ

Han pasado varias semanas. La preocupación por mi madre ha aumentado, desde el día que me dijo que estaba mejor, ha ido todo empeorando… últimamente la noto triste… como ida, sin mucha hambre, inmersa en tus pensamientos.. ¿Qué le pasa? ¿Papá se habrá dado cuenta? ¿No se supone que estaba mejor? No sé qué hacer… pero tengo que hacer algo… Debo proponerle algún plan, ir a visitar a los abuelos, puedo decirle de ir una tarde de compras, puedo proponerle de ir un día a la playa… o hacer algo juntos.. algo que le anime….

Esa misma semana, un día después de cenar la tranquilidad reina esa casa. Yo estoy en mi habitación leyendo mientras mi padre ha ido a la cama a dormir. Mi madre, sentada en el salón con un pantalón de lino y una camiseta negra, con el ordenador encima. Una luz tenue arropa todo el salón mientras ella con las piernas encima del sofá, su coleta mal hecha y sus gafas, dejan ver a una mujer suya, altiva sin ningún pero.

Esta tranquilidad le invita a abrir un documento y ponerse a escribir:

«Han pasado casi tres semanas, estoy peor que antes, las pocas veces que lo he visto me ha saludado escuetamente, después de todo lo que he hecho por él, es casi como si no existiera. Tengo pensamientos, sentimientos tan contradictorios. Soy como un pañuelo usado y tirado. Por un lado, agradezco no sentir el miedo a quedar en evidencia delante de todo el mundo, pero por otro lado no puedo evitar sentir una tristeza, una tristeza profunda. Sé que él tiene derecho a desear e ir con otras mujeres, después de todo vive solo. Qué soy yo, estando casada y con un hijo quien no tengo derecho a ello. Pero al menos un gesto amable, una sonrisa, aunque fuese de aquellas sonrisas cínicas como las que solía dirigirme.

Soy una mujer mayor, lo entiendo, pero él… ¿él que es? ¿Qué se ha creído que es? Solo es un viejo cerdo. No puedo hablar con nadie de ello. Visité a mi psicóloga ya que tenía cita, me salí con evasivas…

A Verónica la veo poco, menos que antes y está más distante, o eso me parece a mí. A los dos días de lo del parking… sí, de la mamada que le hice, fui a su casa a llevarle las latas de comida… Abrió la puerta y sin darme las gracias, las cogió y cerró.

Hoy he hecho algo, sé que no debo, pero no puedo soportar más esta sensación de abandono. Juan e Iván van a pasar el domingo fuera. Van a Barcelona a ver un partido de fútbol, su gran afición. Le he mandado una nota por debajo dela puerta: “Este domingo puedo hacerle la comida”. Solo eso, sin saludos, ni besos, ni nada.

Juan me ha pedido ir una mañana a la playa, lo complaceré, yo también tengo ganas de unas horas de mar y sol, lejos del barrio. Mis horarios son flexibles y puedo hacerlo. Bastante trabajo ya.

Este hijo mío me preocupa, a su edad debería ir ya con alguna chica, pero es tan apocado… En esto ha salido a Iván, apocados e inseguros, demasiado pegado a mi. ¿Lo habré educado mal? Creo que he sido demasiado exigente, a veces dura con él y esto lo ha hecho así. Pero ya no hay tiempo de corregirlo. No he sido la mejor madre, bueno o al menos no he sabido educarlo como debía. Últimamente parece preocupado por mi, supongo que a raíz de mi depresión. Si supiera…

En estos días de solitud he pensado en lo que me ha ocurrido, en lo que me ocurre, incluso he buscado información, entre el 50% y el 60% de las mujeres tenemos fantasías de sumisión. ¿Cuántas las llevamos a término? Esto, claro, los estudios no lo reflejan.

En tiempos de corrección política y del auge del feminismo, en el que por descontado estoy de acuerdo, hay cosas que no se pueden pensar y mucho menos decir, pero hay hombres que tienen el poder de despertar nuestros deseos más escondidos de sumisión y quizás por ello el derecho de usarnos. Don Fernando es un cerdo, pero sabe manipular y el día que supe su pasado sentí miedo. Pero al mismo tiempo lo sentí como alguien con este poder… No son violadores, son machos Alfa de la manda, por gordos y sucios que sean lo son y ya no puedo enfrentarme a él. Solo sucumbir y rogar… rogarle que no me ponga en evidencia en un entorno que nunca entendería, ni aceptaría en esta faceta sexual. Que en nada me cambia en mi vida profesional y cotidiana.

Nos usan para su placer, no hay amor, a veces algunas muestras de cariño, es lo más que podemos aspirar. Para ellos somos objetos de usar y tirar y ahora parece que ya me ha tirado. Nada ha hecho para darme a entender que desea que le vaya a hacer la comida… Ya sacó lo que quería de mí… Y ahora estará buscando a otra, otra pieza para su caza particular… Aún así espero que quizás antes del domingo me diga alguna cosa… pero tengo ya pocas esperanzas… no sé que será de mi después de haber probado la sumisión…

Por lo que hace a Verónica, cada vez creo menos en que su ingenuidad sea real, o al menos mucho está cambiando. No sé si soportaría saber que ello se debe a Don Fernando, que finalmente esta sea su nueva pieza de caza. Pero lo cierto es que el otro día la vi casualmente caminando por las afueras de la ciudad, sola, yo iba en mi coche y ella no me vio. Mejor que fuera así… la manera en que vestía… en que andaba por la calle, me hizo sonrojar. No puede ser que no se diera cuenta que provocaba deseos. O miente o más que ingenua es boba.»

Ella al termina el texto, cierra el ordenador y se va para el dormitorio, con el silencio de la casa como acompañante de su periplo por ese terreno desconocido.

Al día siguiente, mi madre aparece por la puerta de la cocina. Estoy sentado en la mesa, tomándome un café. Le he preparado una taza a ella también, con las tostadas, mantequilla y mermelada que tanto le gusta en la mesa.

—¿Vamos a la playa? —dice ella enérgicamente. —¡Hace un día estupendo!

Ella aún no se ha preparado, la veo con un pantalón de lino oscuro y una camiseta beige, el pelo recogido en un moño mal hecho, con las gafas puesta.

—¿Si? ¿Al final vamos a la playa como hablamos? O… Tienes cosas que hacer… —digo intentando ser comprensivo a la vez que sorprendido.

—¡Sí, sí! Tengo muchas ganas de ir. —dice ella reluciente y sonriente. —¿No quieres tú? Ya lo he dicho en el despacho…

—¿Yo? ¡Sí, sí! Si que quiero ir… Pero no sabía si tú al final tendrías cosas que hacer… Si quieres podemos ir al centro comercial como te comenté… O no sé, podemos ir a visitar alguna cosa…

—Nono, tengo muchas ganas de ir. Además, tengo ganas, la piscina no me gusta como el mar… —dice sin entender yo entre líneas.

En eso entra papá en la cocina, vestido y preparado para irse. Dejamos de hablar del tema y juntos los 3 desayunamos tranquilamente. Ellos hablan, tranquilamente, sonrientes, cómplices. Hasta que papá se levanta para irse a trabajar. Nos quedamos solos de nuevo.

—Venga, espabila. Tómate el café y vamos. Voy preparando unos bocadillos para llevárnoslos. Hace un día espléndido y quiero aprovechar.

—¡Vale! —digo al verle con tanta energía.

—Venga, tómate el café y vete a cambiarte —dice sin mirarme, preparando la bolsa con los bocadillos y las bebidas.

Yo me voy a mi habitación, intento cambiarme en poco tiempo. Al cabo de los 5 minutos vuelvo a la cocina a ver si encuentro a mi madre. Justo la veo saliendo de la habitación. Ya no lleva gafas, ya no lleva el moño. Su pelo suelo cae desenfadado por sus hombros acompañado de un vestido de colores azulados que dibuja diferentes formas geométricas hasta los tobillos, realzando más si cabe su figura.

—¿Va-vamos? —Solo me atrevo a decir yo.

—Sí hijo. Venga, ya está todo. Cógeme la nevera.

—Sí.

Bajamos hacia el parking y subimos al coche. Veo como mi madre arranca y salimos del parking dirección a la playa. De camino, me fijo en ella. Está muy guapa con ese vestido.

El pelo suelto se mueve ligeramente con la ventanilla bajada. Me doy cuenta de que mi madre es una mujer preciosa.

A los 10 minutos ya estamos aparcando. Al ser entre semana y por la mañana. No hay muchos coches aparcados. Cogemos las cosas y nos encaminamos por el camino de madera hasta adentrarnos en la playa. Vemos varias personas a lo largo de la arena, otras paseando por la orilla. Para no ser aún verano, hace calor y eso se ve reflejado en la gente que hay en la playa.

—¿Vamos allí? —digo señalando un lugar algo apartado. Sin tener a nadie cerca. —Podemos estar tranquilos.

—Vale hijo.

Nos ponemos a andar hasta llegar al lugar indicado.

—Venga, ayúdame a poner las toallas. —dice mi madre sacándolas de la bolsa. —No quiero que las levante el viento.

—Voy… —Digo dejando las cosas en el suelo.

—Venga espabila hijo, que yo sola no puedo.

—Eh… sí, sí… perdona… —le contesto mientras intento coger un par de piedras para que la toalla no se mueva. —¿Así?

—Sí. Si no se levantarán cuando nos bañemos. Así está bien.

Sin mirarme, se pone de rodillas en la toalla y empieza a rebuscar en su bolso. Yo la observo, mientras también intento acomodarme. Me quito mi camiseta blanca, quedándome solo con el bañador verde.

No pierdo detalle de sus movimientos, ella empieza a rebuscar en su bolso hasta que veo como se quita el vestido y se queda en bikini. Un bikini negro con dibujos lineales blancos que se trazan por toda la tela, tanto del sujetador como de la parte de abajo. Aún estando de rodillas puedo ver como le queda, cómo le estiliza el cuerpo. Ella ajena a todo, no se da cuenta como el bikini le hace una muy buena cintura y le realza los pechos ante mi atenta mirada. Es una mujer espectacular,  la verdad es que no aparenta la edad que tiene.

—Ponte crema. —me dice alargándome el tubo de crema, sin darse cuenta de todos mis pensamientos. —Si no luego te quemas. Estás muy blanco.

—¿Es nuevo? —le pregunto mientras cojo el bote de crema.

—¿El bikini? —dice mirándoselo ella misma. —Sí. Me lo he comprado estos días, ¿te gusta?

—Sí, te queda muy bien mama. Además realza tu tez morena.

—Muchas gracias hijo. —dice ella sin darle más importancia.

Nos acomodamos en las toallas y nos empezamos a echar crema por las diferentes partes del cuerpo. La playa invita al relax, no es el típico día de bullicio, se oyen las olas del mar incluso las gaviotas a lo lejos. Mientras me embadurno de crema,  me pongo a mirar hacia la playa y veo dos mujeres de alrededor de 35 años pasear por la orilla de la playa en topless. Al no ser verano aún, muchas personas aprovechan este periodo de baja afluencia de personas para coger algo de color y muchas lo hacen también para sus pechos. Me quedo mirándolas, son jóvenes y tienen unos pechos turgentes y firmes que llaman mucho la atención.

—La verdad es que si fuese más joven, me pondría como ellas. —esa frase me saca de mi mirada hacia ellas para acto seguido mirar a mi madre y veo como me señala con la barbilla hacia ellas.

—¿Qué? ¿Qué dices mamá?

—Espero que al menos con el bikini se me quite la marca del bañador…

—Pero mama… ¿Qué estás diciendo? —digo aún sin creerme que haya dicho eso. —No me gusta que bromees con esas cosas.

—Vamos hijo, no seas tan puritano. A mi me parece bien que estén así.

—¿Puritano? —le pregunto sabiendo que es la mujer más puritana que conozco.

—Pareces un hombre mayor, hijo. —me dice intentando normalizarlo.

—Y tú no pareces tú… —digo sorprendido.—¿desde cuando piensas así? Si nunca lo has hecho…

—Bueno, ni falta que hace. No voy a ponerme así. Pero los tiempos cambian y corren y tenemos como mínimo que respetar que la gente vaya como quiera, ¿no te parece?

—Pero tú no habías dicho eso… Has dicho que te pondrías en topless también…

—Bueno hijo, déjalo, da igual. —yo miro a mi madre sin entender las cosas que está diciendo. Nunca había hablado de esa manera.

—¿Te pones crema o no?

—Eh… sí sí, voy. —Me siento en la toalla y continuo  echándome crema por las manos, barriga, brazos, hombros…

—Por la espalda ya te la pongo yo. —dice mientras se sitúa por detrás de mi.

—Vale… To-toma. —le contesto dándole el bote de crema.

Noto como sus mano empiezan a restregarme la crema por la espalda, poco a poco.

—¿Puedo decirte algo hijo?

—Eh.. sí… Sí claro mama… ¿qué pasa? —le contesto mientras aún noto sus manos por mi espalda.

—Nada. Que deberías hacer deporte y adelgazar un poco.

—¿Qué? —me sorprendo de escuchar eso de mi propia madre. —Pe-pero mama… si… si intento cuidarme…

—Pues haz algo más que intentarlo. —me contesta sin parar de esparcirme la espalda con su voz seria característica.

—Pero mama… ¿por qué eres tan dura conmigo?

—¿Crees que lo soy?

—Un poco..

—Solo lo digo por tu bien.

—Ya pero…

—Bueno, esto ya está. —noto como sus manos se despegan de mi espalda y veo como se aparta de mi espalda y se sienta a la izquierda.

Ella empieza a ponerse crema en las manos y se aplica de la misma manera que yo lo he hecho antes. Por sus hombros, sus muslos, sus piernas, su pecho… Yo no puedo evitar mirarla de soslayo mientras lo hace, intentando no prestarte atención, no quiero que me diga algo si se da cuenta que la miro, hasta que su voz me despierta de nuevo.

—Después me pones tú en la espalda, por favor. —dice sin preguntar.

Noto la autoridad con la que me habla. —Eh… Sí, sí, voy mamá. —le contesto mientras me pringo las manos de crema y empiezo a darle por la parte de detrás de los hombros.

—Venga, espabila. Repártela bien, por favor.

Noto su piel, tersa, fina, apenas unas pocas pecas se dibujan por la espalda, haciendo que parezca una constelación en la que no me importaría explorar… Su piel, la cual invita a tocarla, acariciarla, rozarla, hace que me recree hasta esparcir completamente toda la crema. Me espero en sus hombros hasta tal punto que parece que le estoy haciendo un masaje que por su quietud no parece sentarle mal. Paso por la clavicula hasta el cuello hasta que voy bajando poco a poco por su columna vertebral hasta llegar a la parte lumbar. Podría quedarme horas tocando esa piel, la de mi propia madre, hasta que noto un pinchazo en mi entrepierna que me avisa que algo está yendo demasiado lejos.

—Qué piel más suave tienes mama… —digo al terminar.

—Para la edad que tengo… creo que sí… que me conservo bien… —me contesta ella con los ojos cerrados dejándose hacer.

—Sí… La verdad es que sí… —Veo su piel algo morena, ese tono característico mientras mis manos dejan ya su espalda.

—Por aquí también hijo que luego cuando me ponga de espaldas me voy a desabrochar y me quemaré. —dice mientras se desabrocha el bikini y se lo mantiene con las manos. —No me gusta que me quede una marca ahí.

Yo al verle la espalda al desnudo, me vienen a la mente imágenes recientes. No puedo evitar acordarme de la imagen de ella en la ducha. De espaldas, arrodilla. —Sí, sí. —digo muy apurado y me esmero en darle bien por la espalda mientras veo como se agarra el bikini.

—Y dime hijo, ¿no vas con ninguna chica aún?

—¿Chica? No… ¿por? ¿por qué me preguntas eso? —le pregunto mientras termino de darle crema.

—Por saber. Ahora empezáis muy jóvenes.

—Ya mama… Pero no sé… La verdad es que no hay ninguna que me guste. —digo sin saber por qué está interesada en este tema ahora. —¿por qué me preguntas eso ahora mamá?

—Solo era curiosidad. No sería tan extraño que estuvieras con una chica, ¿no? —me contesta sin mirarme mientras se abrocha de nuevo el bikini. —Ahora déjame tomar el sol un rato y luego nos pegamos un chapuzón y comemos algo. —dice zanjando la conversación.

—Vale… —le contesto mientras veo como después de abrocharse se tumba boca abajo, con los ojos cerrados.

Me doy cuenta de cómo me hablas, con qué autoridad lo haces. Me doy cuenta de lo recta que eres, siempre lo has sido de hecho, qué personalidad más dura. —Mama… ¿me puedo bañar?.

—¿Hasta eso me preguntas? —dice tumbada sin abrir los ojos. —Venga hijo, claro que puedes bañarte, a eso hemos venido ¿no?

—Vale… —le respondo levantándome. Recapacitando en que tiene razón en lo que ha dicho.

Mi madre tumbada, abre un ojo mirándome como camino hacia el agua. «Qué poca iniciativa tiene. A veces es preocupante» Pero vuelve a cerrar el ojo y se queda medio adormilada.

Al rato salgo del agua y la veo en un postura similar a como la dejé cuando me metí en el agua. Intento coger una toalla y la mojo con algunas gotas por la espalda.

—¡Juan! ¡Que me salpicas! —dice mi madre notando las gotas rías.

—Lo siento mama, el agua está buenísima. —digo mientras me seco con la toalla.

—¿Sí? Ahora me tomaré un baño.

—¿Cuándo desayunamos? —le pregunto a mi madre mientras veo como se levanta. La verdad es que el bikini le ensalza mucho la figura, está muy bien.

Me siento en la toalla, con las piernas dobladas, cogiéndolas mientras veo como ella se introduce en el agua. No puedo dejar de mirarla. Nunca antes había captado la atención como lo está haciendo ahora. ¿Tendrá que ver con la imagen que vi en la ducha? Es la primera vez que he visto a mi madre más allá de una figura materna. Pero ella al fin y al cabo es una mujer, como cualquier otra, tiene unos pechos muy bonitos y una muy bonita figura y cualquier persona le encantaría estar con ella. Pero mas allá de eso, ¿por qué lo hizo? Le está pasando algo. Veo como al poco sale del agua. La veo venir, y no puedo evitar mirarla. No puedo evitar mirarle los pechos, los cuales se tambalean levemente a cada paso que da. El pelo moreno echado hacia atrás le cae hasta el principio de sus hombros.

Ella sin coger la toalla se dispone a tumbarse de nuevo. Sin decir nada. Necesito romper el silencio que se ha formado. —¿Está buena el agua mamá?

—Mucho. —dice mientras se termina de tumbar y desabrocha el bikini tal y como me había dicho antes.

—Mama, ¿pero no íbamos a comer algo? Tengo hambre. —digo al ver como se tumba de nuevo había abajo.

—Si espera un momento hombre… Deja que me aproveche un poco más de este sol…

Pasan los minutos y las gotas que había invadido el cuerpo de mi madre, poco a poco van despareciendo.

Veo como ella misma intenta abrocharse el bikini. —Abróchame el bikini, por favor, que no es tan fácil hacerlo.

—Voy… —Y cojo las dos partes del bikini e intentando abrocharlo. —¿Esto como se pone?

—Juan… Bueno… ya lo hago yo… pero tumbada no puedo. —dice intentando incorporarse.

—Pe… pero….

—Me tengo que sentar para hacerlo. Por eso te decía que me lo hicieras tú. ¿Comprendes? Pero da igual. —me contesta intentando incorporarse mientras se sujeta con las manos el bikini por los pechos.

—Ya.. pe-pero… —digo solo saliendo de mi boca silabas a trompicones. La veo levantarse, el bikini se sostiene por la parte de los pechos, ayudado por una mano. Al incorporarse, veo como sus mano intentan abrocharse el bikini, moviéndose levemente los pechos a cada movimiento. Lo que no puedo evitar es ver como por los lados quedan algo visibles desde mi posición.

—Lo… lo siento mama… —digo mientras no puedo remediar mirar un par de segundos.

—Tienes que espabilar hijo. No puede ser que no sepas ni abrochar un bikini. Pero bueno. —me contesta sin mirarme, terminando de abrocharse ella sola. —Venga, comamos algo. —dice mientras empieza a buscar en la bolsa.

Yo puedo ver que aún hay gotas que se resisten a abandonar la piel de mi madre. Haciéndola más sensual si cabe.

—Toma… Este de jamón es para ti.

—Gracias.

Veo como mi madre me mira. —¿Te pasa algo?

—¿Qué? ¿por qué dices eso?

—Estás más rojo de lo normal… —dice fijándose en mi cara. —Bueno, será por este sol engañoso. Bueno come.

—Sí…

Veo como ella se saca un pequeño bocadillo de pan integral con jamón de york y queso.

—¿Entonces al final el domingo os vais a Barcelona?

—Sí. Qué ganas tengo de ir con papá a ver el clásico. Aunque es pronto, juegan al mediodía, así que saldremos pronto y saldremos —se nota el ánimo con lo que lo digo. —¿Tú que harás?

—Me aburriré sola… pero aún me aburriría más si fuera a ver el partido ese.

—Pero lo pasaríamos muy bien los tres…

—No me gusta el fútbol. Ya lo sabes.

—Podrías venirte…

—No. De verdad.

—Ya pero no sé… es un plan que podemos hacer los tres…

—Esto está más que hablado con tu padre. Podemos hacer otros planes más divertidos. Y sobre todo que nos gusten a los tres, ¿No crees?

—Ya tienes… razón…

—Así que no insistas.

—Vale…

—Prefiero leer un buen libro que estar en un estadio con todos esos locos gritando. —veo que mientras me habla rebusca en la nevera, cogiéndose una cerveza.

—¿Una cerveza mama?

—Sí, ¿qué pasa? Estoy en un día libre

—Ya pero…

—Déjame disfrutar un poco de la vida hombre, pareces tu padre.

—Vale… vale… —digo terminando poco a poco el bocadillo.

Cuando lo termino, me tumbo en la toalla, descansando. Mientras mi madre, sigue sentada mirando hacia el mar, terminando su bocadillo y bebiéndose su cerveza.

De vez en cuando saca el móvil para mirar un poco sus cosas, sus correos, para mirar las reuniones de las próximas semanas.

Hasta que decide levantar un poco su vista hacia la playa de nuevo, viendo en diagonal a unos veinte metros…

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