GABRIEL B

— ¿Qué hacés todavía despierto? —preguntó mamá—. No me digas que te quedaste para ver a qué hora llegaba —dijo después, soltando una risita.

La doctora Lorenzzeti lucía un vestido negro bastante ceñido, y demasiado corto tratándose de ella. Su pelo estaba recogido, haciendo que las hermosas facciones de su rostro ovalado resaltaran más que de costumbre. Sus ojos marrones tenían un brillo especial. Los anteojos de grueso armazón negro, habían sido reemplazados por unos cuyo marco apenas se notaba. Las piernas, tan bellas como las de Leticia, lucían especialmente sensuales debido a que usaba zapatos de tacones altos que las hacían ver más torneadas de lo que ya de por sí eran.

Sentí vergüenza cuando me percaté de que la estaba escudriñando como si fuera la propia Leticia, y no mi querida madre. Desvié la mirada hacia sus ojos, rogando que no hubiera notado mi actitud desubicada.

— No —le respondí al fin—. Es que estaba mirando una película acá, y no tenía ganas de ir a verla a la cama.

Ella se acercó por detrás del sofá en donde estaba sentado, y me dio un beso en la frente. Después dio la vuelta, rodeando el sofá, se sacó los zapatos, dejándolos a un costado, y se sentó a mi lado.

— Ya no daba más con esos zapatos. Nunca fui de usar tacones tan altos, así que me estaban matando —comentó.

— ¿Querés que te traiga una palangana con agua fría para poner los pies? —pregunté. Ella me miró estupefacta, como solía hacer cuando yo me ofrecía a colaborar en cosas que antes ni siquiera reparaba. A pesar de que ya lo había hecho varias veces, no dejaba de sorprenderse.

— Bueno, voy a aprovechar el hecho de que, de alguna manera, un ente extraño intercambió de cuerpo con mi hijo… así que, sí, por favor, traeme agua fría, y después me contás de qué va la película.

— No cambié tanto como para tenerte tanta paciencia —le respondí, bromeando, ya que mamá tenía esa mala costumbre de aparecer cuando las películas ya iban por la mitad, y pretendía que le contara toda la historia mientras yo intentaba continuar viéndola.

Fui a buscar la palangana, y la cargué con agua. También agarré una toalla limpia. Coloqué la palangana a los pies de mamá, y volví a sentarme a su lado, dejando la toalla sobre uno de los apoyabrazos. Cuando levantó las piernas para sumergir los pies en el agua fresca, su vestido se corrió un poco hacia arriba, dejando los carnosos muslos a la vista. Un mechón de pelo se escapó del resto, que estaba prolijamente recogido, y cayó sobre su preciosa cara. Sus labios gruesos parecían reprimir una sonrisa.

— Veo que te fue bien —dije—. Aunque me da pena el doctor Abascal. Ahora que se separó, se quedó sin el pan y sin la torta —comenté maliciosamente.

Sabía que mamá había tenido una cita con un hombre que le presentó una de sus amigas. Un tipo muy diferente a los profesionales estructurados con los que solía lidiar todos los días en tribunales. La había obligado a decirme de quién se trataba. Lo busqué en Instagram, y vi sus publicaciones. Se trataba de un muchacho de veintisiete años, de barba frondosa, pero prolijamente recortada. En más de una publicación había un video donde cantaba y tocaba una guitarra. Era el típico hipster. Un hombre atractivo que neutralizaba su apariencia, que rozaba el ridículo, con una actitud exageradamente segura. Era de esos tipos a los que les sobraba las mujeres, responsable de que chicos como yo no cogiéramos nunca, ya que se quedaban con todo lo bueno.

— Sí, me fue bien —dijo ella, esperando que yo hiciera alguna broma, pues en su momento no se había escapado del comentario irónico de que pretendía comerse a un niño. Algo exagerado, claro está, pero ocho años de diferencia tampoco eran poca cosa. No obstante, por esta vez no la molesté con ese tema.

— ¿Te puedo hacer una pregunta? —dije. Mamá pareció estar en alerta, pero al mismo tiempo se notaba que quería escuchar mi pregunta. Desde que habíamos tenido aquella primera conversación, en la que me contó sobre el doctor Abascal, y más aún, después del incidente con Antonia, se mostraba sumamente abierta a charlar conmigo de sus intimidades. Lo que había dicho sobre el ente extraño que había intercambiado de cuerpo conmigo, no era del todo una broma. La doctora Lorenzzeti quería sacarle el mayor jugo posible a mi cambio de actitud, probablemente debido a que temía que en algún momento volviera a ser el mismo chico retraído de siempre.

— Sí Carlitos, preguntame lo que quieras —dijo.

— ¿Las mujeres suelen acostarse con tipos en la primera cita? —inquirí.

Ella sonrió, algo avergonzada. Resopló, de tal manera que el mechón que había caído en su rostro se corrió a un costado.

— Bueno, no puedo hablar por todas… pero, no es algo raro. Estamos en el siglo veintiuno…

Me levanté del sofá, me coloqué frente a ella, y me incliné. Metí las manos en la palangana con agua, y agarré uno de sus pies, para empezar a masajearlo.

— ¿Se siente bien? —le pregunté, haciendo movimientos circulares con el pulgar sobre la planta del pie, mientras que con la otra mano masajeaba su talón.

— Sí, demasiado bien —dijo. Inclinó su torso hacia atrás, quedando la espalda apoyada contra el respaldo del sofá. Sus ojos se cerraron, y emitió un suspiro que casi parecía un gemido—. Me estás malacostumbrando —dijo después.

Levanté la vista. Por un instante vislumbré la tanguita negra que tenía debajo del vestido. Por lo visto, mis impulsos incestuosos no eran fáciles de reprimir. A pesar de que no dejaba de autocensurarme cada vez que me pasaba algo parecido, siempre terminaba cayendo en la tentación. Me sorprendió el hecho de que no sobresaliera ningún vello púbico, ya que la tela de adelante parecía ser muy angosta. Por lo visto, por esta vez la doctora Lorenzzeti se había depilado. Desvié la vista enseguida, pues no quería que me pesque infraganti.

— Entonces… ¿Te acostaste con ese músico? —pregunté. Por esta vez no utilicé la palabra coger, ya que resultaba muy violenta si se decía así, de la nada.

— La verdad, prefiero no contestarte —dijo ella, aunque no parecía en absoluto molesta—. A ver… una cosa es que te cuente algunas intimidades mías, como lo del doctor Abascal. Pero otra muy distinta es que te diga si mantuve relaciones sexuales con un chico con el que acabo de tener una cita. Es como… demasiado íntimo, y sobre todo, demasiada información innecesaria.

— Entonces, ¿si te lo pregunto en unas semanas, me contestarías? —dije, pero luego aclaré—. Es broma, má. Además, de todas formas, si no te hubieras acostado con él, me lo habrías dicho. Si no contestás es por algo…

— ¡No me corras con eso, mocoso! —exclamó, fingiendo un enojo que no sentía—. Si no te respondo, es porque no me parece correcto decir algo tan concreto como eso. Pero ya sabés que, si querés preguntarme cualquier cosa sobre sexualidad, podés hacerlo.

— Ya lo sé má, gracias por eso —dije, soltando el pie para agarrar el otro. Se notaba que estaba hinchado. Cuando lo masajeé, mamá largó otro suspiro de alivio y placer. Esta vez no pudo evitar emitir un “ah” involuntariamente. Froté con mayor ímpetu, ahí, donde sabía que necesitaba mayor relajación, haciendo que hunda su espalda en el acolchado respaldo aún más. Me resultaba muy difícil no observar subrepticiamente su tanguita.

— ¿No ibas a ver la película? —dijo ella, de repente, como percatándose de que no era del todo normal el masaje que le estaba dando.

— Ya la veré después —contesté—. ¿Querés un café? —pregunté luego.

— Ya me estás asustando. Voy a empezar a creer que me querés pedir algo grande —dijo ella, riendo—. No será que estás trayendo a Antonia a la casa mientras no estoy ¿No?

— Nada que ver —contesté—. De hecho, no volví a verla. No te voy a decir que estaba enamorado de ella, ni mucho menos. Pero era la única con la que me podía desahogar sexualmente —agregué.

Mamá se enderezó, y me miró desde arriba, con una expresión que parecía de culpa. Después de todo, por más razones que hubiera tenido, no quitaba el hecho de que me había despojado de la única mujer que, por el momento, estaba dispuesta a mamármela hasta hacerme acabar. Pero más allá de eso, la mención de Antonia hizo que ambos recordáramos el bochornoso momento en el que solté mi semen en la pierna de mamá. Nos sumimos durante unos segundos en un silencio incómodo. Ella sacó los pies de la palangana, y se los secó con la toalla.

— Ya está bien. Ahora me siento mucho mejor Carlitos. Gracias —dijo. Juntó las piernas, y se puso de pie.

— ¿Ya te vas a dormir? —pregunté. Compungido. Era viernes, por lo que al otro día no debía levantarse temprano. Seguramente trabajaría con su notebook, pero eso lo haría por la tarde.

— Sí, y la verdad que si tomo café, después me va a costar dormir. Prefiero ir a descansar. Salvo que quieras decirme algo importante—dijo.

— Bueno. Sí hay algo que quiero decirte —dije, rebuscando en mi cabeza algo para retenerla.

— Ah ¿Sí?

Mamá se cruzó de brazos, y esperó a que le contara lo que supuestamente me inquietaba.

— Es que… es que… —dije, balbuceando. Debía ser algo que la obligara a quedarse un buen rato conmigo—. Es que, me gusta una mujer mayor que yo —dije al fin. La verdad es que era lo único que me vino a la mente.

— Bueno, eso no me extraña, después de lo de ya sabés quién —contestó ella, imperturbable, esta vez evitando nombrar a Antonia.

— Pero no te estoy hablando de algo así —aclaré—. Digo… me gusta en serio. Pienso todos los días en ella…

Mamá largó un suspiro de resignación, y se sentó de nuevo.

— En lugar de un café, mejor servime un té —dijo después.

Cuando pronunció esas palabras, sentí alegría y culpa en partes iguales. Fui a la cocina y volví tres minutos después, con una taza de té caliente.

— Lo hiciste muy fuerte —comentó ella, al recibirlo, y notar que estaba muy oscuro—. Contame ¿Quién es esa mujer? —dijo, dando el primer sorbo.

Vi con suma atención, cómo el líquido oscuro pasaba entre sus sensuales labios gruesos y sus perfectos dientes. Su garganta hizo un sonido gracioso cuando lo tragó.

— Prefiero no decirte de quién se trata por el momento —aclaré—. Pero es alguien que está fuera de mi alcance.

— Ya ves que vos también preferís reservarte algunos detalles —señaló, sin poder evitar echármelo en cara—. Bueno… si es grande, no necesariamente es inalcanzable. Pero no me parece buena idea que tengas un romance con alguien así. Una cosa es mi caso, que salí con un chico bastante menor que yo, pero de todas formas ambos somos adultos, y ya pasamos los veinte hace mucho tiempo. Pero vos, aunque legalmente seas mayor de edad, en ciertos aspectos todavía sos un niño. ¿Cuántos años tiene la chica en cuestión?

— Treinta —mentí, quitándole cinco años a Leticia, quien era la mujer que tenía en mente—. ¿Pero por qué decís que no es necesariamente inalcanzable? —quise saber, ignorando por completo sus palabras en contra de una hipotética relación con alguien mucho mayor que yo—. ¿Vos estarías con un chico de mi edad? Me imagino que no tendrías un romance con alguien tan chico, pero me refiero a… a un polvo. Yo realmente no sé si quiero tener un romance con ella. Lo que me pasa con esta mujer es para lujuria —agregué después.

— A ver, vamos por parte —dijo la doctora Lorenzzeti, poniendo una actitud seria, mientras sorbía un segundo trago de té—. Yo no estaría con alguien mucho más joven que yo, y menos tanto… Pero hay mujeres que pueden sentirse atraídas por un mocoso, eso seguro. Aunque no es tan común como sucede con los hombres, a muchas veteranas les gustan los chicos, y acá tuvimos un ejemplo obvio —recalcó, trayendo inevitablemente por enésima vez el recuerdo de la empleada doméstica—. Y si lo que sentís por esa chica es pura atracción sexual, lo mejor sería que primero te acerques a ella, de manera muy respetuosa, y de alguna manera sutil le hagas saber tus intenciones. El hecho de que no tengas intenciones románticas es algo que te juega a favor, ya que, una cosa es decidir entre echarse un polvo o no con un crío de dieciocho años, y otra muy distinta es decidir si se va a poner de novia con ese chico. Lo segundo es mucho más improbable —después de decir eso, mamá cerró los ojos, como conteniendo las ganas de dormirse ahí mismo. De repente pareció sumamente fatigada—. De todas formas… —dijo después. Parecía que le estaba costando encontrar las palabras indicadas para terminar la oración—. De todas formas, me siento algo aliviada de que solo te quieras coger a esa mina. Porque si estuvieras enamorado, sería todo más complicado.

Mamá había utilizado la palabra con g sin tapujos, cosa que me alegró. Ahora parecía que estaba siendo víctima de un fuerte dolor de cabeza. Llevó su mano a la frente, y por unos segundos no se movió, ni dijo nada.

— ¿Estás bien má? —pregunté—. Esperá que vaya a buscar una aspirina —dije. Fui corriendo al botiquín. Agarré una cafiaspirina, y se le di en la mano. Ella se la metió en la boca, y dio otro sorbo de té—. Tomá todo —le dije—. A ver, yo te ayudo.

Empujé la taza, haciendo que bebiera todo su contenido. Cuando terminó de hacerlo, sus labios aparecieron mojados, e incluso un fino chorro de té se deslizaba por su barbilla, cosa que me hizo reír.

— Se te ve muy cansada —comenté.

— Sí —fue su única respuesta. Le quité la taza de la mano, y la coloqué sobre la mesa, pues parecía que en cualquier momento la soltaría, y se haría pedazos en el piso. Limpié su barbilla con mi propia mano. Ahora la doctora Lorenzzeti miraba hacia algún punto invisible de la pared, y no parecía atinar a decir nada—. Me siento rara —balbuceó después.

— Bueno, quizás es mejor que vayas a dormir. Pero la verdad que no me quiero quedar con la duda ¿Te cogiste al tipo con el que saliste hoy? —insistí.

— Claro que me lo cogí —respondió ella, con una sinceridad violenta.

La observé con detenimiento. Su rostro era tan bello como siempre, pero ahora parecía inexpresivo, cosa que le quitaba atractivo, ya que gran parte de su encanto residía en su expresión alegre. Detrás de los cristales de los anteojos, pude ver que sus ojos tenían las pupilas dilatadas.

— ¿Y estuvo bien? —pregunté después, cauteloso.

— Estuvo fantástico —respondió ella.

— ¿Cómo lo hicieron? —pregunté. Pareció confundida, así que traté de ser más preciso—. ¿Cómo cogieron?

— No me quitó el vestido para hacerlo. Me bajó la tanga, me alzó con sus brazos, y me cogió de parado. Fue algo salvaje. Después, en agradecimiento, se la chupé, hasta que se vino en mi boca.

— De seguro el doctor Abascal nunca te cogió así —comenté.

En ese momento me llegó un mensaje, al cual respondí inmediatamente.

— Me alegra saber que la pasaste bien —dije después—. Sabés, ahora va a venir un amigo. Así que es mejor que te quedes un rato con nosotros. Solo un rato —agregué después.

Fui a abrir la puerta, sabiendo que Lautaro ya estaría esperando afuera. Habíamos acordado que no tocaría el timbre, pues temíamos el efecto que podía producir en ella un inesperado sonido. En efecto, el chico pecoso de mejillas sonrosadas, apareció en el umbral, ansioso por entrar.

— ¿Ya le hizo efecto? —preguntó en un susurro, mientras entraba a la casa.

— Creo que sí. Pero no estoy cien por cien seguro —contesté.

Esto último era una deliberada mentira, pues acababa de comprobar, con las dos preguntas que le había hecho, que mamá ya había caído en la sumisión química. El propio vecino fue el que me había explicado que otro de los síntomas de ese estado era que, quien ingería la droga contestaba con absoluta sinceridad a cualquier pregunta que se le hiciera. Eso, sumado a su estado físico, principalmente reflejado en su rostro, eran la evidencia de que ya se encontraba sometida. Pero no se la iba a hacer tan fácil a Lautaro. Con mi respuesta, lo obligaría a perder valiosos minutos mientras confirmaba que en efecto se encontraba bajo los efectos de la droga.

Me sentía una persona vil y ruin por hacer lo que estaba haciendo. Sin embargo, para quitarme, aunque fuera, un poco de peso de encima, le había dado a mamá la oportunidad de escapar del plan del vecino. Le había ofrecido un café, cuando sabía que era sumamente improbable que lo aceptara a altas horas de la noche. Al no tener otra manera de hacerle ingerir la droga, me habría dado por vencido, al menos por esa noche. Tenía la pequeña bolsa en mi bolsillo, y deseaba volcar su contenido en el inodoro, para luego tirar de la cadena y hacer que desapareciera, aunque eso significara mi enemistad con Lautaro.

Pero luego, la muy necia de la doctora Lorenzzeti me dijo que prefería una taza de té. Ya estaba. Lo que iba a ocurrir, en parte, también sucedería porque ella misma lo había permitido.

— Hola, señora Ana —saludó el vecino. Mamá seguía sentada, en un estado idéntico al que hacía unos días atrás, se encontraba Leticia. Apenas atinó a girar la cabeza, para mirar a quien acababa de llegar. Entonces Lautaro hizo algo que me sorprendió sobremanera, y eso que a esas alturas, pocas cosas que hiciera lograban sorprenderme. Se inclinó, para saludar con un beso a mamá, pero en vez de besar su mejilla, le estampó un pico en los labios—. Qué gusto verla de nuevo —dijo después. Y cuando miró mi cara de estupefacción, agregó—: Tranquilo, si estuviera lúcida, habría girado la cabeza para poner su mejilla. Por lo visto ya está bajo la sumisión química.

El vecino movió una mano frente a los ojos de mamá. Ella no reaccionó en absoluto. Sus ojos ni siquiera pestañearon. Siempre estaba un paso delante de mí, cosa que por momentos me hacía detestarlo. Mi plan de hacerlo perder tiempo se vino abajo en cuestión de segundos.

A diferencia de Leticia, quien aparentemente había tomado apenas un vaso de limonada, siendo que la droga se había diluido en la jarra de un litro, mamá consumió la dosis entera en ese té. Cuando dijo que lo notaba muy fuerte, creí que todo había acabado. Mamá no tomaría el té, y encima, la dosis quedaría perdida para siempre. Un sentimiento violentamente ambiguo me embargó en ese momento, pues por un lado quería liberarla de esa humillación, y por otro, moría de ganas de verla sometida. Pero al final, se lo había tomado todo, y ni siquiera había hecho mención a que tenía un sabor diferente al normal, que era otra cosa que temía.

Lo que sabíamos de esa droga, seguía siendo mucho menos que lo que ignorábamos de ella, por lo que nos resultaba imposible determinar cuánto duraría el efecto. Pero si dicha duración fuera proporcional a la dosis aplicada, teniendo en cuenta que con Leticia había durado cerca de media hora, en este caso podría llegar a las dos horas. Para correr el menor riesgo posible, habíamos decidido que el vecino sólo jugaría con ella durante una hora.

Lautaro se sentó a su lado, y yo lo imité, dejándola entre medio de los dos. Él la miró con detenimiento.

— Está claro de que ya cayó en la sumisión química —insistió. Mamá pareció confundida, pero no dijo nada—. Mirá, tiene las pupilas dilatadas —agregó él después.

Apoyó una mano en la rodilla de ella. La miró a los ojos.

— Separe un poco más las piernas, Ana —ordenó. Ella, lentamente las abrió. El vecino empezó a frotar su mano en la rodilla. Ella no decía nada, por lo que cada vez que pasaba el tiempo, se confirmaba que estaba bajo el yugo del estupefaciente. Los dedos delgados de Lautaro fueron deslizándose, muy despacio, hacia arriba—. Que suavecito se siente —comentó, cuando fue llegando a los muslos. Enseguida, el vestido negro de mamá fue corriéndose hacia arriba, dejando cada vez más piel desnuda, y, a la vez, más espacio para que el vecino frotara sus despiadadas manos en ella. Con la otra mano, agarró el anteojo de mamá, y se lo quitó—. Me gusta su aspecto de intelectual, pero sin ellos, parece más puta —comentó, dejándolo sobre la mesa.

— Acordate de no hacer demasiadas cosas fuera de lugar, así, en caso de que se despierte, podamos salir del paso —expliqué, aunque eso ya lo habíamos hablado en detalle el día anterior. Sin embargo, mi secuaz, parecía haberse olvidado de eso. Estaba levantando el vestido de tal manera, que ya casi podía verse su tanguita, y si de repente la droga perdía su efecto, no habría manera de explicar el hecho de que se encontrara en esa situación, con nosotros dos a su lado.

— No te preocupes —dijo él, notando mi turbación—. Según pude averiguar hoy, el efecto tiene mucha más potencia en la primera media hora después de que se la ingiere. Por lo que, en lugar de andarnos con cuidado, lo que tenemos que hacer es aprovechar lo mejor que podamos estos primeros minutos, ya que es el momento en el que se encuentra más indefensa.

Me puse en alerta. Eso significaba que pretendía hacerle las cosas más bajas en cuestión de unos instantes. Dudaba de que me estuviera mintiendo, pero el hecho de que me comentara ese detalle recién ahora, era algo evidentemente premeditado, eso nadie me lo podría sacar de la cabeza. Cuando planeamos este encuentro, dejé deslizar, como quien no quiere la cosa, que como yo no había hecho gran cosa con Leticia, más que mirarle el trasero por debajo de la pollera, y frotarme con ella, con la ropa aún puesta, él tampoco debería excederse más allá de eso. Pero su respuesta fue contundente. Haría lo que quisiera durante el tiempo en el que mamá estuviera sometida. Si yo no había hecho más que eso, había sido porque no quise, y nada más que por eso.

— Ana, póngase de pie, y párese ahí —dijo. Mamá se paró, dio unos pasos hacia un costado, colocándose frente a Lautaro, al alcance de sus manos, y quedó ahí parada, mirando en dirección a nosotros, aunque parecía ver a la nada misma—. Dese vuelta —ordenó después él. Ella dio media vuelta, ahora mirando hacia el lado del televisor—. Levante su vestido hasta la cintura—. Dijo después.

La doctora Ana Laura Lorenzzeti, sin inmutarse siquiera, agarró el extremo inferior de la ceñida prenda, y la subió, hasta que su perfecto culo quedó a la vista de nosotros.

— En esto sí que tu mami le gana a la mía —comentó Lautaro, dirigiéndose a mí.

En efecto, era una opinión que yo mismo compartía. El trasero de mamá tenía muy poca competencia. Ni siquiera el de la vecina, el cual era un hermoso culo, la igualaba. Los dos cachetes eran perfectamente redondos, se mantenían firmes, sin ningún atisbo de que los treinta y cinco años de su portadora repercutieran negativamente en ellos. La fuerza de gravedad no parecía regir para ellos. Ahora estaban inusualmente sensuales, ya que apenas estaban cubiertos por la tanguita negra de encaje, cuya diminuta tela se hundía en las profundidades del medio.

Para ese entonces, mi erección ya no era ninguna sorpresa. Estaba completamente al palo, disfrutando de la hermosa vista que tenía. A Lautaro se le hacía agua la boca. Se mordía los labios, y frotaba sus manos transpiradas en su propio pantalón. Mamá estaba inmóvil, con ambas manos a la altura de la cintura, sosteniendo el vestido.

Como era de esperar, el vecino extendió un brazo. Palpó, como con cierta precaución, uno de los glúteos. Los dedos se hundieron en el pulposo orto de la doctora Lorenzzeti. Luego le dio una especie de nalgada, aunque fue muy suave, ni siquiera hizo ruido. Durante un instante el glúteo tembló como una gelatina, para luego volver a su estado normal, como si nada hubiera pasado.

— Deberías probar —comentó Lautaro, con la mano todavía encima de mamá—. Se siente demasiado bien. Tengo que reconocer que es el primer culo que manoseo.

— ¿Probar? Estás loco. Yo solo estoy acá para asegurarme de que todo marche bien —dije.

— Sí, claro —respondió él, irónicamente, lanzando una mirada a mi entrepierna.

— Bueno, tampoco soy de madera —dije a la defensiva, refiriéndome a la erección.

No se me olvidaba de que había sido testigo de cómo él también se excitaba al ver a su madre en una situación erótica. Y no sólo eso, sino que se había masturbado frente a mí sin ninguna vergüenza. Por suerte, no había tenido que ver cómo eyaculaba. Probablemente asumía que yo era igual de degenerado que él, pero de ninguna manera se lo iba a confirmar. Si tenía una erección, era porque todo eso me daba mucho morbo, pero no tocaría a mamá. Jamás lo haría. Una cosa era la reacción involuntaria que tenía mi cuerpo, al ver un hermoso culo, sin diferenciar quién era su portadora. Y otra muy distinta era hacer algo como lo que me proponía el vecino.

Ahora él tenía las dos manos puestas en las nalgas de mamá. Y ya las estrujaba con mucha mayor vehemencia. De repente, se inclinó hacia adelante. Arrimó su rostro. Su nariz hizo contacto con la raya del culo. Aspiró profundamente, como si fuera un drogadicto que estaba consumiendo cocaína.

— Se siente delicioso —comentó. No pude evitar recordar aquella vez en la que le robé la ropa interior a mamá, y la olí, sintiéndome sumamente erotizado por ello—. Ahora, Ana, dese media vuelta nuevamente.

Mamá giró, y ahora quedó mirando en dirección a Lautaro. Lo tenía frente a ella, y seguía todas sus instrucciones, pero ni siquiera lo miraba.

— Esta tanguita es muy linda —comentó. Estaba más parlanchín que de costumbre. Parecía que era de los que les gustaba hablar mientras mantenían relaciones. Aunque de hecho, aún no las estaba teniendo, y esperaba que no lo hiciera. Lautaro extendió la mano, y con dos dedos, agarró la delgada tira de la tanga, que rodeaba la cintura de ella. Frotó dicha tira, con un deleite tal, que perecía estar tocando el propio cuerpo de la doctora Lorenzzeti—. Pero me gustaría verte sin ella —agregó, para inmediatamente después, tironear hacia abajo. De a poco, la tanguita fue bajando por los muslos de mamá, para luego llegar a sus rodillas, y finalmente caer hasta sus tobillos.

Tal como lo había imaginado, se había preparado concienzudamente para el encuentro con ese músico hipster. Desde un principio había especulado con acostarse con él. Su pelvis completamente depilada era la prueba de ello.

— Recién depiladita —comentó el vecino, haciéndose eco de mis propios pensamientos—. Usted vecina, resultó ser todo una puta —agregó después.

La palabra puta, refiriéndose a mi madre, me pareció sumamente chocante. Aunque por el momento no dije nada. Sin embargo, Lautaro me miró de reojo, como esperando a ver mi reacción, cosa que me alteró incluso más que el propio insulto, pero de todas formas, fingí que no me pasaba nada. Luego, cuando comprobó que lo ignoré por completo, apoyó su mano en uno de los muslos de la doctora.

— Bueno, no se sienten tan firmes como esperaba, pero sí que son muy suaves —comentó. Luego retiró la mano, para escupir sobre ella. Finalmente volvió a ponerla encima de mamá, aunque esta vez se internó en las profundidades. Separó la carnosa vulva, ante mi atenta mirada, y metió dos dedos en su sexo. Ella no pareció haber notado nada. Incluso cuando se lo enterró más, la doctora Lorenzzeti estaba impasible—. Vaya, se siente bien, aunque no tanto como había imaginado —comentó después Lautaro—. Quizás es porque aún está muy seca —dijo, retirando la mano con la que la ultrajaba. Luego escupió sobre ella de nuevo, pero esta vez, la saliva fue mucho más abundante—. A ver ahora… Sí, ya se siente mejor.

No podía quitarles la vista de encima. Mi pobre madre, convertida en una autómata, completamente desnuda de la cintura para abajo, a merced de ese pendejo que sabía de sexo incluso menos que yo, enterrando la mano embadurnada de saliva en su sexo.

— Eso sí. No soy un experto en vaginas, pero esta se siente increíblemente amplia —comentó, sin dejar de escarbar en ella—. Se habrá metido cosas enormes por acá —agregó después, con malicia.

Yo recordé los enormes dildos con los que se masturbaba. Incluso el propio Lautaro la había visto hacerlo. Pero sin embargo, suponía que se refería a que mamá se había metido vergas de carne y hueso de todo tipo de formas y tamaños.

Cuando pareció aburrirse de penetrarla con los dedos, retiró la mano del sexo femenino. Miré la hora en el celular. Apenas habían pasado diez minutos. Todavía quedaba demasiado tiempo en el cual, según Lautaro, la sumisión química estaría en su máxima potencia. Veinte minutos para un adolescente a solas, con una hembra como mamá, era tiempo de sobra para cumplir cualquier retorcida fantasía.

El vecino sacó un pañuelo de tela del bolsillo de su pantalón, y luego lo frotó en el sexo de mamá, secando la saliva que había quedado en él. Era astuto, y no dejaba rastros. Tuve la esperanza de que no se animaría a cogerla. Desde ya, que yo me opondría, pues si lo hacía, seguramente dejaría algún rastro tras de sí. No estaba seguro de cómo funcionaba el cuerpo de una mujer, pero tenía la certeza de que al otro día, notaría que alguien la había penetrado. Quizás su sexo quedaría hinchado o algo por el estilo. Luego recordé que esa misma noche se había acostado con el músico aquel. No pensaba compartir esa información con mi cómplice, pues seguramente la usaría a su favor. Era mejor que siguiera pensando que debía andar con mucho cuidado. Pero, de todas formas, si se proponía cogerla ¿Qué iba a hacer yo? No podía andar a las piñas en mi propia casa —o eso creí en ese momento—, sin saber cuándo mamá podría volver a estar lúcida.

Lautaro guardó el pañuelo en su bolsillo nuevamente. No me cabían dudas de que se lo quedaría de recuerdo.

— Acomódese el vestido —ordenó a mamá. Ella así lo hizo, aunque su tanga aún permanecía en el suelo—. Venga —la llamó después, para agarrarla de la muñeca, y hacerla sentar nuevamente en medio de nosotros.

Se la quedó mirando, recorriendo con lujuria su cuerpo, de pies a cabeza, con total lascivia. Acercó sus labios al oído de mamá, y le susurró algo que no alcancé a entender. Fue una oración bastante larga, que me hizo poner nervioso. Cuando terminó de decirla, el vecino me miró con una sonrisa perversa pintada en su aniñado rostro.

Fue entonces cuando todo empezó a irse a la mierda.

Mamá volteó hacia mi lado. La miré a los ojos, para asegurarme de que siguiera bajo los efectos de la droga, por lo que no me percaté del movimiento que hacía con la mano. Sus dedos frágiles se cerraron en mi entrepierna. Mi verga, completamente dura, fue apresada por ellos. La doctora Lorenzzeti empezó a hacer movimientos sobre mi sexo. ¡Me estaba masturbando! Aunque, al menos, lo hacía por encima del pantalón.

— Bajale el cierre y masturbale la verga desnuda —ordenó enseguida Lautaro.

Con la torpeza que tenía en ese momento, logró dar con la bragueta de mi pantalón, para luego bajar el cierre.

— No… —alcancé a decir, mientras ella metía su mano adentro, y sacaba hacia el exterior mi pija.

Desde que Antonia me había dicho que tenía un buen tamaño, me sentía orgulloso de mi miembro viril. Ahora lo veía hinchado, inyectado en sangre, con las venas marcadas, totalmente duro. El calor que emitía hizo contacto con la tibia mano de mamá, al tiempo que empezaba a masturbarme. A pesar de no estar lúcida, lo hacía muy bien. No me quería imaginar cómo sería cuando se encontraba sin los efectos de alguna droga.

Mi cuerpo se contrajo de placer. De los conductos ya salía el presemen, que hacía que mi glande estuviera totalmente mojado. Lautaro le susurró algo más al oído, y, acto seguido, ella se inclinó sobre mi regazo. Sus carnosos labios se abrieron, cuando estuvieron a milímetros de mi palpitante verga.

— No… ¡No! —grité, pues sentía que estaba pasando un límite que no estaba dispuesto a cruzar—. Dejá de hacerlo. Mejor hacéselo a él. Chupale la verga al vecino —agregué.

Mamá alejó su perfecto rostro del falo de su hijo, aunque su mano todavía lo sostenía. Parecía sumamente contrariada debido a las órdenes opuestas que le acabábamos de dar.

— Venga —intervino Lautaro, para poner fin a dicha confusión. Al igual que yo, parecía haber intuido que ese tipo de cosas podían hacer que volviese en sí, al menos parcialmente.

Por fin soltó mi sexo. Volteó hacia el otro lado, y se inclinó, ahora sobre la verga del vecino.

No alcancé a ver la felación, debido a que, desde donde me encontraba, sólo alcanzaba a observar la cabeza de mamá, subiendo y bajando, cada vez que se llevaba el sexo de él a la boca. Lo cierto era que con sólo pararme y colocarme frente a ellos, podría ver la exquisita boca de la doctora Lorenzzeti en acción. Pero opté por quedarme donde estaba. Sí podía ver, en cambio, el rostro infantil de Lautaro, totalmente poseído por un placer tan intenso que hasta casi parecía generarle dolor. Mientras ella cumplía la orden a rajatabla, el vecino acariciaba su cabeza, y cada tanto la empujaba hacia abajo, instándola a que se la metiera por completo.

En la posición que estaba, tenía las nalgas de ella, a sólo unos centímetros. El vestido estaba algo corrido, por lo que podía ver los pulposos glúteos desnudos. Todo eso era una locura que debía parar cuanto antes. Si se despertaba, estaría todo perdido. Pero no se me había ocurrido una mejor idea, mientras estaba a punto de ser mamado por mi propia madre, que decirle que se la chupara a él.

— Eso es, Ana. Es usted una perfecta puta. Ojalá pudiera jugar con su cuerpo todos los días de mi vida —susurró el vecino, mientras ella no dejaba de mamársela.

Cada vez que le decía puta, sentía mi sangre hervir. ¿Qué necesidad había de humillarla más de la cuenta?

Unos minutos después, empezó a jadear como un condenado a muerte, mientras que su cuerpo se retorcía sobre el sofá. Ella, por su parte, no se quitaba la pija de la boca por nada del mundo. El rostro de Lautaro se puso rojo. Sus dientes se cerraron, como si estuviera haciendo un enorme esfuerzo. Parecía que quería contener la eyaculación. Pero apenas logró retrasarla unos segundos. Largó un grito furioso mientras soltaba toda su leche en la boca de mamá. Lo curioso era que ella seguía chupando, aun cuando el miembro ya estaba completamente fláccido.

— Ya está bien —dijo él, jadeante. Pero la cabeza de mamá seguía subiendo y bajando, una y otra vez—. Ya puede dejar de chupar.

Ella obedeció, como venía haciéndolo desde un principio. El vecino se había dado un festín con mi querida progenitora. La pasó mucho mejor de lo que yo mismo la había pasado con Leticia. Decidí que ya era hora de terminar con la velada.

— Mamá, ponete la tanga de nuevo, andá al baño a enjuagarte la boca, y después subí a tu cuarto a dormir —ordené. Cuando se puso de pie para ponerse la tanga, noté que un hilo de semen se deslizaba, desde la comisura de sus labios, hasta la barbilla—. Y lavate la cara —agregué.

Se fue al baño, dejándome a solas con el vecino.

— Increíble —comentó él—. Se tomó toda la leche la muy puta. Bueno, casi toda…

De repente, la ira se apoderó de mí. Me puse de pie de un salto, y solté una piña que le dio directo a la cara.

— ¡Qué mierda hacés! —gritó Lautaro, escandalizado, y también asustado, cosa que me divirtió.

— Que le digas puta a una mujer a la que obligás a hacer cosas de las que no está ni enterada. ¡Sorete de mierda! —exclamé, y solté otro golpe. Esta vez alcanzó a cubrirse, pero de todas formas recibió daño, pues su propia mano se hundió en su mejilla—. Y eso de decirle que me la chupe a mí. ¿Qué carajos te pasa? —grité, largando uno, dos, tres golpes más

Lautaro se escabulló de alguna forma, y salió corriendo hasta la puerta. Tenía la boca sangrando, y me clavaba una mirada de odio asesina. No dijo nada. Simplemente abrió la puerta y se fue.

…………………………………………………………….

No es que negase mi parte de responsabilidad en todo el asunto. Me había dejado llevar por la locura del vecino, a tal punto de contagiármela. Pero ya era hora de poner fin a toda esa locura. Para ser sincero, hacía rato que era hora de hacerlo, pero mejor tarde que nunca. El enojo por tratar de puta a mamá no era más que la gota que rebalsó el vaso. Desde hacía tiempo que me sentía sumamente presionado por todo lo que sucedía en mi cabeza, y que para colmo, luego, de alguna manera u otra, se materializaba en la realidad. Decidí poner fin para siempre a ese perverso intercambio.

Esa noche mamá se había ido a la cama, tal como se lo había ordenado. Al otro día se levantó con jaqueca. Se mostró confundida respecto a la noche anterior, pues no recordaba con exactitud la hora en la que se había ido a dormir. Le dije que le había agarrado un fuerte dolor de cabeza mientras hablábamos, y que, después de tomarse el té, se había quedado dormida en el sofá de la sala de estar. Luego, más tarde, la ayudé a subir a su cuarto. Cuando lo hice estaba más dormida que despierta, por lo que era normal que no recordase ese hecho.

Por suerte se tragó cada una de mis mentiras. Era el fin de todo, así debía ser. Y si dependiera exclusivamente de mí, así sería. Pero por supuesto, no era el caso. 

Continuará

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