LOLA BARNON

El sol brilla esa mañana y mucha gente a nuestro alrededor está haciendo deporte, corriendo, montando en bicicleta o paseando a los perros. Vicky ha llegado hasta mí con el resuello justo.

—Cielo, eres un pedazo de bombón, y verte el culo es un aliciente que me renta… —Respira de nuevo fatigosamente—.  Pero tengo agujetas hasta en las tetas.

Ella ha empezado a hacer deporte de forma sistemática gracias a mis consejos y acompañamiento. Ahora, tras un tiempo, ya le gusta correr y empieza a ir regularmente al gimnasio, de forma metódica y dirigida. Antes, sí, se cuidaba, pero no de manera ordenada ni con orientación profesional. En eso, he sido yo el inductor.

¿Estamos juntos? Sí, pero lo nuestro es más complejo que una mera relación de pareja. No podemos quedar como la gente normal muchas veces, porque ella o yo tenemos trabajo. No puedo negar que en ambos hay también una necesidad de querer a alguien. Somos novios, pareja o como se diga, pero tenemos una relación extrañamente unida.

Por supuesto, sabe lo de mi hijo. En un momento de debilidad se lo conté. No lo he hecho nunca. Ninguna de mis clientes lo sabe. Sucedió a los pocos días de sentirla como amiga, le conté la extrema gravedad que ya le acosaba. Fueron los momentos más duros, en donde no sabía qué más hacer, ni cómo acometer la gravedad que se iba profundizando.

Por desgracia, ya en esas fechas en que se lo referí, no le quedaba mucha vida. No había esperanza y eso me consumió. La última visita al médico, que incluso ella me esperó en la sala, fue demoledora. En esos días, apenas trabajaba y durante las últimas semanas de la vida de mi hijo intenté disfrutar de él todos sus últimos días. Me quedaba a dormir con él, abrazándolo y llorando desconsoladamente, como si de esa forma pudiera sortear lo inevitable.

Confieso que, gracias a Vicky, a mis padres y que la vida sigue, he retomado mi vida. Y soy razonablemente feliz.

—No jodas, Vicky… Puedes seguir.

—Sigue tú, tío… Yo me rajo. No puedo más. En serio. Ya no me motiva ni mirarte el culazo que tienes, cariño… Y créeme, eso que te acabo de decir es muy duro… —me dice moviendo el índice en señal de atención, para inmediatamente después volver a apoyar sus manos en las rodillas y respirar otra vez, profunda y rápidamente

Vicky es de Madrid. De una familia sin apenas recursos. Un padre desconocido y una madre con inclinaciones tóxicas de drogadicción, con varias parejas que se fueron enlazando, una tras otra. Según me ha contado, al menos dos, intentaron abusar de ella. Una, consiguió tocarla, besarla y casi violarla. Otra, la última, y por la que decidió salir de esa casa a todo correr, no pudo por el rodillazo que le pudo meter en la entrepierna.

Criada en varios centros públicos y en casas de acogida cuando la madre estaba en rehabilitación, nunca tuvo un verdadero hogar. Recuerda un par de familias que sí la trataron bien, pero poco más. De su madre, cuando tuvo veintidós años, se separó de forma casi definitiva. Desde aquello, la ha visto en diez o doce ocasiones, y en medio de continuas recaídas por su parte. Tiró la toalla con ella hace ya tres o cuatro años, después de que quebrantara —una vez más— la promesa de dejarse de meter mierda al cuerpo.

Empezó a trabajar en algo que siempre la había atraído como una forma de huir de todo aquello. Fue becaria o ayudante en una revista digital y una emisora de radio. No cobraba o era escasísimo el sueldo. Y el poco dinero que conseguía, se lo pulía su madre en drogas y juergas. Intentó estudiar Servicios Comerciales de Formación Profesional Básica, y aprobó tres o cuatro asignaturas, pero entre los trabajos sin apenas remuneración y que una compañera de clase le habló del oficio, ya no regresó a las clases.

—Un poco más, venga. Puedes, Vicky —intento convencerla con palabras amables y motivadoras, mientras me tomo el pulso.

—Que sí, guapo, que ya sé que si te hago caso, en un mes me cogen para las Olimpiadas… pero ahora mismo, no puedo más. Me voy a casa. Tú sigue y cuida esa carrocería de modelazo. Yo mientras me tumbo en el sofá a recuperarme. Me dejas molida, encanto… Y no me refiero ahora al sexo, cabrito. Que también —vuelve a señalarme de nuevo con el dedo índice irguiéndose y apoyando la mano izquierda en la cadera. Sigue respirando fatigada.

Sonrío con ganas. Vicky es guapa. Bastante, además. Tiene una belleza salvaje, de ojos oscuros y melena morena suelta. Cuerpo atlético, fibroso y elástico. La naturaleza está de su parte, porque se alimenta a menudo de comida chatarra. Menos mal que la he enseñado a cuidarse y ahora ha mejorado bastante esos hábitos. 

Conmigo siempre ha sido abierta, directa, un poco arrabalera, pero graciosa, divertida y sin filtros. Trabajando, porque la he visto, es educada y discreta, sabe sonreír y encandilar a un cliente. Toda su vida se ha tenido que adaptar a las circunstancias y ahora no es diferente.

—¿Tu qué vas a hacer después? —me pregunta ya algo más recuperada.

—Iré luego a ver a mi hijo… Al cementerio. —Suelo hacerlo todas las semanas. Creo que me ayuda, e incluso, hablo con él. Sé que suena estúpido, pero me hace bien.

—Joder, no lo sabía… —murmura y me abraza cariñosamente—. ¿Quieres que te acompañe?

—No…, de verdad. Descansa.

Sabe que los últimos días de vida de mi hijo fueron terribles para mí. Asumí su muerte el día que el médico, de forma definitiva, me dijo que ya no había solución. Pero eso no quita que fuera terrible y muy doloroso.

Aspiro el aroma mezclado del champú de coco y de sudor que emana de su cuerpo. Siento que me abraza fuerte y que me besa en el cuello. Cierro los ojos e intento aguantarme las lágrimas.

—En serio, cielo, ¿no quieres que vaya contigo?

Vicky conoció a mi hijo. Fue a verlo en tres o cuatro ocasiones y la presenté a mis padres como una amiga, compañera de trabajo como comercial de productos de gimnasio de todo tipo.

—No. De verdad, Vicky. Te lo agradezco, pero ya sabes que me gusta estar a solas con… con él…

—Como quieras, pero si cambias de opinión, me lo dices. Sabes que…

—Lo sé. En serio. —Le corto con suavidad—. Y te lo agradezco.

Vicky, aunque el sexo y esta especie de vida en pareja no hubiera surgido entre nosotros, sería lo más parecido a una amiga para mí. Además de tener intimidad sexual, tenemos una sintonía que excede a eso. Hemos avanzado mucho desde el primer día que nos acostamos y hablamos de todo entre nosotros, nos contamos cosas y nos dejamos llevar por las esperanzas y planes de futuro. Tenemos la ilusión de hacerlo juntos, aunque en realidad nos parece muy difícil. Pero ambos sabemos, porque nuestras miradas nos delatan, que un día seremos capaces.

Hablamos de planes siempre inconclusos, a medias entre la esperanza y una realidad que es tozuda y constante en impedírnoslo. Nuestros deseos, y lo sabemos, pero no queremos abandonarlos, se sostienen con mucha fantasía y ganas, pero chocan con el día a día. La gran meta es que, cuanto tengamos algo de dinero ahorrado, dejaremos esta profesión y conseguiremos «…un trabajo de mierda, que haga que tengamos que soportar a gilipollas día sí y día también. Me motiva el tema», definió un día Vicky con una amplia sonrisa.

Lo malo es que seguimos todavía sin el dinero suficiente. Yo, porque me lo gasté en intentar todo con mi hijo y aún debo algo al banco. El dinero se esfumó en procesos experimentales privados, y curanderos de todo tipo. Me agarré a clavos ardiendo que, pensados fríamente, ahora soy consciente de que tenían escasa o nula credibilidad. Pero no me arrepiento. Hice todo lo que consideré posible. Y los médicos, privados, públicos, cercanos o de paso, coinciden: no había solución.

—Si me necesitas, me llamas —me dice con un susurro y un nuevo abrazo—. Esta noche… —se turbó ligeramente—… ya sabes.

—Lo sé. —Le digo acariciándola la mejilla derecha.

Tiene trabajo. Un buen cliente y que empieza a ser fijo. No estoy celoso, ni siento otra cosa que no sean ganas de tenerla a mi lado. Pero al igual que yo, necesita el dinero para sobrevivir. De hecho, al día siguiente por la noche, yo tengo una fiesta a la que me han invitado, aunque esta vez como gancho para algunas solteras y divorciadas. Me llama una antigua cliente que ahora tiene una agencia de modelos. Ella sabe que yo podía pasar por uno de ellos y que es más que probable que sus invitadas terminen conmigo, antes que con uno de los del catálogo, muchos de ellos homosexuales.

Vicky aunque no puede dejar por ahora ser escort, también busca trabajo. Ha hecho algunas entrevistas intentando conseguir ese inicio que le haga arrancar hacia la vida normal. Pero está complicado. Debo admitir que me gusta que lo intente, porque significa, ni más ni menos, que sintoniza conmigo en lo de dejarlo y probar que somos capaces de hacer una vida en común, simple y corriente.

Veo a Vicky andar hacia la casa y durante un segundo, me pregunto si lo nuestro, de verdad, tendrá algún tipo de futuro. Quizás son estas cosas, como el abrazo, su olor a champú de supermercado, la cercanía y predisposición para hacerme este trago más sencillo., las que me hacen vislumbrar una esperanza… Puede que, en el fondo, todos estemos buscando lo mismo: querer y que nos quieran.

Vicky se gira todavía un par de veces, sonriéndome. Incluso lo hace una tercera vez y me lanza un beso con su mano derecha.

Sí, merece la pena intentarlo…

Entiendo que su trabajo y el mío puede ser un obstáculo para tener una vida normalizada. Pero no nos queda otro remedio si un día queremos salir de todo esto. La veo alejarse andando, despacio. Con un movimiento de su mano, se suelta la coleta y su melena negra queda libre.

Así, entre toda le gente que nos rodea, no parecemos lo que somos. Podríamos ser una pareja normal, con sus problemas e intimidades, sus días felices y sus miserias cotidianas.

Pero tenemos un trabajo que nos hace ser lo que no somos. Parecernos a esas fantasías de esa otra gente que nos rodea y que pasa por ser normal. 

En ese momento me viene a la cabeza el extraño encargo que me ha comentado Vicky y al que tiene que ir en un par de días. Sé que es sensata y tiene control sobre lo que hace y acepta, pero es una historia de violación, drogas y una mujer policía que quiere vengarse… 

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