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Al abrir la puerta de casa, mi madre me encuentra en mitad del pasillo.

—Uy hola Juan. —dice ella casi evitando mirarme mientras yo me fijo en esa gabardina que lleva puesta.

—¿Vienes así de hablar con Verónica? —digo yo preguntándole sin dejar de mirarla.

—¿Qué? ¿Cómo que así? —dice acercándose a mi, dirigiéndose a su habitación que se encuentra al final del pasillo.

—Sí, con esa gabardina, mamá. —digo yo extrañado.

—Ah, sí. Quería enseñársela a Verónica que el otro día me preguntó por ella. —me contesta sin mirarme mientras pasa a mi lado.

Yola miro en silencio como pasa a mi lado sin decirme nada más hasta que llega a la habitación y se cierra la puerta.

Hay algo que no funciona bien. Hay algo que me hace sospechar. Pienso mientras las imágenes de hace nada de mi madre en la ducha me invaden de nuevo. Su comportamiento es extraño. Tengo que averiguar qué está pasando.

Ese mismo día, al atardecer y aprovechando la tranquilidad del salón mientras toquetea su móvil, recuerda toda la conversación que ha tenido ese mediodía con Verónica.  Aún no se cree que haya bajado como le dijo el viejo y que su amiga Verónica le haya visto con esas pintas, haciendo justamente lo que quería. Ella algo nerviosa por la conversación que han tenido, busca en la agenda su móvil y la llama:

—Hola Verónica, quería hablar contigo.

—Dime

—Mira, mi amistad contigo es algo importante para mi y no quiero perderla. Creo que deberíamos blindarla de Don Fernando.

—Qué quieres decir.

—No debemos hablar más de él si no es absolutamente necesario. Nuestra amistad debe prevalecer por encima de cualquier circunstancia y más de esta.

—Pero.. pero yo quiero ayudarte…

—Así es como me ayudarás… Blindando nuestra amistad, para que no se rompa.

—Bueno.. si es lo que tu quieres…

—Sí, es lo que quiero. Besos.

—Be… besos…

Al colgar la llamada siente algo de alivio. Ha sido dura con ella, pero era necesario, no quiere que su amiga entre en el juego, sabe que tarde o temprano, si lo hace, acabará perdiendo. Pero ella aún con el teléfono en la mano, le invaden los pensamientos.

«He hecho lo que debo hacer, alejarla de él lo máximo posible… Pero… ¿Cómo sabré lo que está pasando? Espero que ella me haga caso, que le haga caso a su amiga, pero ¿cómo sabré si ella ha cedido a sus trampas? Supongo que ese día vendrá a pedirme la combinación de la cual un día Don Fernando me hablo…»

En la soledad de ese salón, abre el portátil, inmiscuida en sus pensamientos.

«Ese cerdo… Ya he soñado con él un par de veces… me despierto a media noche… siento su olor… Sus manos en mis nalgas… veo su sonrisa, su típica sonrisa cínica, su barriga, sus tetas, su polla… La siento en mis manos… Tengo que alejarme de él… Por mí misma, no sé hasta qué punto soy capaz de llegar… Pero Iván… Solo trabaja y duerme… con él el sexo me parece cada vez mas monótono y aburrido…»

Se pone a leer varios casos que lleva pendientes. Pero esa soledad le absorbe en los acontecimientos que está viviendo. No consigue concentrarse en su trabajo.

«Cuando voy a la frutería Ahmed no para de mirarme, sobre todo si no hay otras clientas, eso si, disimuladamente. Ya no me llama Señora Alejandra, con Alejandra parece que le basta…»

Ella cierra los documentos respecto a los casos y abriendo el navegador, teclea la página de una web porno. Los sonidos de un video empiezan a sonar en el silencio de ese salón, y ella aprovecha para bajarlo lo máximo posible. En el video, dos mujeres que no pasarán los 20 años empiezan a follar con un hombre mayor. Ella no puede dejar de verlo, imaginándose, dejándose llevar. Pero un sonido en la cocina le alerta. Sin mediar palabra, cierra el video y limpia el historia. «Debo limpiar el historia, no debo permitir que mi hijo vea este tipo de videos en el historial del ordenador.

Unos días de tranquilidad reinan en nuestra casa. Algo necesario después de todos los acontecimientos que han pasado a los largo de las últimas semanas. La vida de mi madre vuelve un poco a la normalidad. Las situaciones tan intensas que ha vivido la han llevado a un límite que no conocía y gracias a esta tranquilidad, le ha servido para recomponerse.

Ella habla periódicamente con Verónica, pero desde que se enteró de que se vio con Don Fernando no ha vuelto a quedar con ella… ¿por qué? Ella para evitar pensar en ello se vuelca un poco con su familia, saliendo a comprar, yendo a cenar con papá algún día. Recuperando un poco su vida habitual. Tanto es así que se ha vuelto a reincorporar al trabajo después de la baja, aunque sigue con el tratamiento. Esa noticia nos sorprendió cuando nos la dio en la cena. Pero nos dijo que la vuelta al trabajo, de manera paulatina, le ayudaría a mejorar su estado anímico. Tanto papá como yo le apoyamos, no podemos hacer otra cosa. Lo único que deseo es que mi madre vuelva a ser la misma de siempre.

Una mañana, después de ducharme, oigo a mi madre y a mi padre en la cocina. Están hablando de que mi padre tiene que ir al dentista y mi madre le está diciendo que se acuerde, que le cogió cita. Él va con prisas, como siempre, entro en la cocina y los veo. Mi padre me saluda, se toma el café casi de un trato, se atusa la camisa y se dispone a salir de casa. Mi madre no para de hacer cosas por la cocina, organizando papeles que se tiene que llevar al despacho, etc. Veo como mi padre le da un beso en los labios a mi madre, como siempre. Pasa por mi lado, me da un beso y sale de casa.

Mi madre va elegante, como siempre, como marca de identidad. Una blusa blanca abotonada hasta el penúltimo botón donde se le puede ver su empezar de la clavícula que lo acompaña con un fino collar. Una falda de tubo color marrón oscuro y el pelo suelto que llega hasta los hombros.

Yo me siento en la mesa a desayunar mientras observo a mi madre como no para de un lado para otro.

—Mamá… —digo cogiendo un par de galletas.

—¿Si? —contesta ella sin mirarme.

—Una cosa… —han pasado varios días, pero en mi mente aún se dibuja la imagen que vi… en la ducha… no lo puedo evitar… Tanto que me hace titubear cuando le hablo. —Que.. que.. que te quería preguntar… ¿qu.. qué… qué tal estás… ya sabes… de eso…?

—Mucho mejor cariño, ¿no lo ves? —me contesta ella segura de sus palabras.

—Sí… sí que me he dado cuenta, pero te.. te quería preguntar…

—A ver… sigo con el tratamiento, pero ya puedo rendir en el trabajo, no como antes.

—¿Si? ¡Genial! ¡Me alegro muchísimo mama! Como ya no comentabas nada… Pero eso no significa nada… Ya sabes, puedes no decir nada y no estar bien…

—Con lo quejica que soy, seguro que si estuviese mal lo notarias —dice ella sonriendo, intentando hacer una broma.

—¡Pero si tú nunca te quejas! Hasta que no viniste aquél día y me lo contaste… No me di cuenta…

—Tranquilo… Estoy mucho mejor. Aún no del todo, pero bien.

Lo que ella no sabe es que he estado en su portátil varias veces, intentando mirar el historial pero siempre que lo veo, está borrado. He intentado buscar más documentos con algo escrito, pero no he encontrado nada. Algo que no me cuadra para nada. ¿Eso qué quiere decir? ¿Por qué siempre lo borra? Tengo que intentar coger el ordenador por la noche, igual no borra en ese momento el historial.

—Por cierto mamá… Tengo que hacer un trabajo conjunto con unos compañeros los próximos días, ¿puedo cogerme el ordenador unos cuantos días? Hasta que termine el trabajo…

—¿Todo el día? —me contesta girándose hacia mí. —Bueno hijo… sabes que debo utilizarlo para trabajar. ¿No puedo disponer de él ni por la noche?

—Es que es un trabajo que nos vale un punto en la asignatura. Solo serán unos días… ¿No puedo?

—Espero que no muchos…

¿Por qué le molesta que coja el ordenador por la noche? ¿lo necesitas? Necesito averiguar algo más de todo esto…

—A veces paso informes a limpio… Pero bueno… si solos son unos días…  —dice ella comprendiéndolo.

—Puedes pasarlos por la noche, pero luego me lo devuelves para seguir haciendo el trabajo. —digo yo.

—No, mejor no. Tendremos que comprarte uno para ti solo.

—Es que ese ordenador va muy bien.

—Bueno hijo, debo ir a trabajar, hoy llegaré un poco más tarde. Tengo que pasar por el super. —zanjando la conversación

—Vale, que vaya bien el día en el trabajo, ¿pero nos vemos a la hora de comer?

—Si bueno.. intentaré estar para comer. Nos vemos sobre las 2 y media.

—Vale mama.

Mi madre me da un beso en la mejilla mientras yo sigo desayunando. Coge las llaves y sale de casa. Noto su olor. Su olor característico…

Su transcurre con tranquilidad. Ajetreada, pero acostumbrada a lidiar con los quehaceres de su trabajo. Cuando termina la jornada, se dirige al supermercado, donde junto a la lista de la compra, va llenando un pequeño carro que la acompaña.

Está buscando en la estantería de las pastas… buscando alguna marca italiana… Quiere comprar pasta que sea buena… Y justo en ese pasillo, vuelven a coincidir, después de bastantes días. Ella no se da cuenta, pero el viejo se encamina hacia ella. Se acerca, mientras ella está centrada en comprar la mejor pasta.

—Hola vecinita… ¿qué haces por aquí?

—Hola Don Fernando, ya ve, de ama de casa. —contesta sin importarle que le llame vecinita y casi sin sorprenderle su presencia. Quiere sobrellevarlo.

—¿De ama de casa? ¿de donde vienes tan guapa?

—De trabajar. Ya estoy dada de alta. —dice mientras pone la pasta en su cesta y girándose hacia él. —por cierto, ¿Qué tal las naranjas?

—Bien cariño, estaban muy buenas.. gracias por regalármelas. —algunas personas pasan por su lado, es mediodía y no hay mucha gente por el supermercado.

—Por cierto, ¿ya estás recuperada?

—Aún me medico… pero ya estoy mejor…

—¿Si? ¿Todo gracias a mi?

Lo que no se dan cuenta es el contraste que hay entre las dos. Mi madre, inmaculada con la blusa y la falda de tubo contrasta fuertemente con las pintas de ese viejo, con una camiseta desgastada y manchada y la barba sin cuidar de varios días.

—¿A usted? No… Al tratamiento…

—Yo puedo ser el tratamiento, ¿no? —dice sonriendo.

—¿Puedo hacerle una pregunta Don Fernando?

—Dime cariño —Dice mirándola de arriba abajo.

—Es curiosidad… —Le dice mi madre, notando como le mira. —El día de las bolsas… El día aquél que nos ayudó a subirlas… —«Y que me manoseó y se quedó con una bolsa» piensa ella —vi que en la suya solo llevaba comida de gatos… No sabía que usted tenía. No los vi el día que fui a su casa con mi hijo.

El viejo sonríe.

—¿Quién ha dicho que tenga gatos?

—Como llevaba comida de gatos…

—¿Cómo hoy? —le contesta enseñándole la bolsa con 5 latas.

—Pero si no tiene gatos, ¿para qué las compra? Si no le importa decírmelo… Claro…

—A veces eres demasiado curiosa cariño.

Ambos hablando parados en mitad del pasillo. A veces alguna persona los mira, pero nada más.

—No quería sonar entrometida. Quizás les de comida a los gatos en el parque… No se…

—¿Has probado alguna vez esta comida?

—¿Qué? ¿Yo? ¿Pero qué dice? No por favor…— Dice sorprendida por la pregunta.

—Quizás te dé algún día para que pruebes.

—¿Pero qué está diciendo? ¿Está usted loco? Además no es comida para las personas… Vaya usted a saber qué lleva.

—¿Y?

—No me dirá que usted se la come…

Don Fernando sonríe al ver la cara de asco de mi madre.

—¿Te molesta?

—No es que me moleste… Es raro… Además usted debería cuidarse mejor Don Fernando.

—¿Sabes lo que podemos hacer un día cariño? Vienes a mi casa, me preparas el mejor plato que sepas hacer. Por ejemplo un poco de pasta —dice mientras ve el paquete en su mano. —y mientras yo como tu plato, tu pruebas un poco de mis latas. —su sonrisa parece diabólica. —¿Qué te parece?

—¡Ni loca!

—¿Ni loca por qué?

—No voy a comer de esto… Qué se piensa, ¿que soy una gata o que? —Ante tal ofrecimiento, ella se nota molesta. Se da media vuelta y se pone a caminar por el pasillo. Ofendida. No le gusta la conversación. Pero Don Fernando la sigue, poniéndose de nuevo a su lado, empezando a caminar juntos por el supermercado.

—Me pone cachondo que comas de esta comida cariño…

—Es una cerdada.—dice sin para de caminar. Sin mirarle. Algo molesta. «Solo piensa en humillarme…»

—Estábamos hablando, ¿por qué te has puesto a caminar?— le dice alzando la voz, cuando le coge de la mano. Ella se suelta inmediatamente, no quiere que nadie los vea.

—No hace falta que alce la voz Don Fernando.

—Es que te vas y no me esperas.

Ella se pone a su paso. No quiere que arme escándalo.

—¿Qué vas a hacer ahora cariño? —le dice, llamándola de esa manera, mientras una pareja de ancianos están cerca. La anciana se gira y los mira, extrañada.

—Pues ahora mismo voy a comprar estas cuatro cosas que necesito y me iré a casa. —dice sin mirarlo. —Usted haría bien en dejar estas latas y comprar otra cosa.

Ambos caminan juntos. A mi madre no le hace mucha gracia que le acompañe, pero después de lo del otro día. Hoy es algo casi normal.

—Cariño, ¿Te has dado cuenta de que parecemos pareja?

—Don Fernando… si usted tuviese más cuidado de si mismo… Debería buscar a alguien que le limpie y le planchara la ropa. Que le mantuviese la casa limpia.

—Tienes razón. Necesito a una mujer que me haga esas cosas. Además, las haría ir por casa en camisa blanca y falda. —le contesta haciendo referencia a la ropa de mi madre.

—Seguro que puede encontrar a una chica de servicio que lo haga. —le contesta mi madre obviando su comentario. —Además, no creo que le pueda exigir como ir vestida. Le compra una bata y ya está.

—¿No te gustaría a ti hacerlo?

—¿A mi? ¿Está usted loco? Yo ya tengo trabajo y mejor pagado. —ella le va contestando sin mirarle, mirando en los pasillos las cosas que le hacen falta y añadiéndolas a su carrito.

—¿Y?

—Pues eso, que no estoy disponible para ese trabajo.

Se dirige a la caja mientras el viejo le acompaña. Poniéndose ambos en la cinta. Ella empieza a poner las compra en la cinta. El viejo se pone detrás de ti. Decide no indagar más, ya que la nota bastante tensa.

Al otro lado de la cinta hay una chica, de alrededor de 20 años, casi llegando a ser pelirroja con unas pecas dispersas por su joven y blanca cara. El uniforme del supermercado hace entrever su buen cuerpo. Encima del pecho tiene una ficha, pone Lucía.

—Hola, buenos días. —dice la chica amablemente.

—Buenos días. —contesta mi madre.

—¿Junto o separado? —Le pregunta a mi madre haciendo referencia a su compra y las latas de comida de gato que están al final de la cinta.

—Separado, por favor.

—Junto, junto. —dice el viejo casi interrumpiéndola.

Ella se gira a mirar al viejo que lo ve sonriendo. Mientras la chica se queda un poco pillada, sin saber qué decir.

—Entonces… ¿Junto?

El viejo acerca las latas a la compra de mi madre. Ella no quiere montar ninguna escena. Con hartazgo contesta. —Está bien. Cóbralo junto…

El viejo ve un momento idóneo para poner a mi madre a prueba. —Vamos Alejandra, no sé porque le dices a esa joven guapa que vamos por separado, si vamos juntos…. Si somos pareja. —lo dice bien alto para que la chica se de cuenta.

Pero sorprendentemente mi madre no se sobre salta y con naturalidad responde. —Vamos juntos porque nos hemos encontrado Don Fernando. Pero da igual, cóbralo junto.

La joven los mira a ambos, sin saber muy bien qué decir.

—Venga cariño, no te enfades. —Se atreve a decir el viejo.

Mi madre mira a la joven con cara de “qué le vamos a hacer”. Como haciendo referencia a que al viejo se le va la cabeza. Dando a entrever que es algún conocido. Intentando excusarse.

—Bueno, somos vecino e invito yo.

Ante la vista de la joven, observa a los dos. Mi madre con sus pintas de bien vestida en contraste con el viejo sucio.

—Serán… 23 euros.

El viejo no para de sonreír. Mira a la cajera y le habla directamente a ella. —Por cierto Lucía. —le dice al ver su tarjeta identificativa. —Eres guapísima. ¿Qué edad tienes?—

La chica lo mira, no esperaba eso por parte del viejo.

—¿Cómo?

—Venga Don Fernando, vayamos a casa a dejar sus cosas. —Contesta mi madre intentando evitar males mayores.

—Sí, tu edad.

—ve-ve-veinte.. —contesta la joven, sin hacer caso a lo de guapísima.

El viejo sonríe, al lado de mi madre. Le acaba de decir guapísima a una niña de 20 años. —Muchas gracias Lucía, ha sido un placer conocerte. —Le dice mientras partiendo de la caja, saliendo del supermercado.

—¿A qué era guapísima cariño? —le pregunta a ella.

—¿Por qué le gusta siempre ponerme en evidencia? —le pregunta. No le gusta que actúe así delante de ella.

—¿Tu crees que una joven así vendría a casa a cuidármela?

—¿Ella? No, ya tiene trabajo. Deberá buscar a otra mujer.

—Joder, si viniera Lucía, le haría limpiar en ropa interior.

—No sueñe. ¿Por qué tiene que decir estas cosas Don Fernando? —Le contesta sabiendo que haga lo que haga o diga lo que diga, no va a conseguir cambiarlo. —Bueno Don Fernando, le dejo que tengo el coche en el parking. —Mientras se da cuenta del fallo que ha cometido diciéndole eso al viejo.

—¿Has venido en coche?

—Es.. es que he venido directa del trabajo…

—Pues vayamos juntos.

—Estamos muy cerca de casa Don Fernando…

—No pensarás dejarme aquí, ¿no? Venga, vamos cariño y así me enseñas tu coche…

—Hoy no Don Fernando. Nos vemos otro día. —le contesta mi madre mientras se encamina hacia el parking con su bolsa de la compra.

Don Fernando va un paso detrás de ella, intentando no ir a su lado. —Venga cariño… ¿Tanto te cuesta llevarme a casa?

Ella no contesta. Hasta llegar al coche. No le gusta coger el coche con Don Fernando. Pero no le contesta. Ella mete la compra en el maletero sin hacerle caso a lo que dice y se mete en el coche. Acto seguido se abre la puerta del copiloto y se introduce también el viejo en el coche. Sin ella recriminárselo.

—Qué coche más bonito.. —dice pasando una mano por el tapiz del coche. —¿Es tuyo o de tu marido?

—Casi siempre lo uso yo. —dice poniendo las llaves en el contacto.

Al sentarse, la falda le ha quedado 3 dedos por encima de la rodilla.

El viejo aprovecha y posa una mano justo en ese hueco entre la rodilla y la falda. Mientras ella baja levemente las ventanillas. No quiere que quede su olor dentro del coche. Acto seguido coge su mano y en un gesto se la aparta, mientras le dice. —Aparte la mano y deje que arranque el coche. Tengo que conducir.

—Tendría que haber invitado a Lucía a venir a mi casa..

—Don Fernando, estaba trabajando y no lo conoce de nada.

—¿Y?

—No se suele ir a casa de desconocidos…

—Si hubiese venido a casa, me la habría terminado follando… —dice mientras pasa una mano por si paquete.

—Don Fernando, le saca casi 50 años.

—Podrías ir un día y decírselo tu misma. —le dice con osadía mientras pone de nuevo la mano en su pierna.

—¿yo? —se sorprende.

—Sí… —sonríe.

—Don Fernando, ya he hecho suficientes tonterías para usted. —le contesta pero esta vez no le quita la mano de su rodilla.

Ella se dispone a arrancar el motor y justo en ese momento un coche aparece aparcando a su lado. Un monovolumen en el cual desciende una pareja joven con dos niños de poca edad.

Ella gira la cara hacia el sentido contrario para que no la vean junto a él. Pero al girarse, se queda mirando al viejo.

—¿Qué te pasa cariño?

—Nada, solo le miraba mientras hablábamos. —le contesta intentando disimular.

Tardan en salir del coche. El viejo sabe por qué se ha girado pero también disimula. Aprovecha y aparta el pelo detrás de la oreja. En un movimiento característico que le suele hacer. Pero esta vez lo hace mientras al lado bajan las personas del coche.

Ella visiblemente nerviosa, no sabe qué hacer. Sabe que si hace movimientos bruscos llamará la atención.

—fuiste muy guapa cuando bajaste a casa de Verónica el otro día… —suelta ese comentario en el momento idóneo, diciéndole algo que ella no se esperaba.

—¿Qué? ¿Cómo sabe que fui? —dice muy sorprendida.

El viejo no le contesta, solo sonríe.

Aprovecha y acaricia levemente su pierna. Don Fernando se da cuenta de que la mujer fuera del coche mira hacia dentro, sabiendo que hay dos personas dentro.

Ella ya no puede evitar que le acaricie la pierna, solo espera que se vayan pronto de ahí. No se puede creer que para la familia de al lado, pasen como simples adolescentes metido en un coche. Una mujer como ella. Nota como el viejo le acaricia la mejilla con la otra pierna en la rodilla.

—Respóndame… ¿Cómo sabe que finalmente fui? ¿Se lo vino a decir Verónica? —pregunta ella buscando una respuesta.

Pero el viejo sigue sin responderle.

—Contésteme, por favor. —le ruega.

—Me encanta que hayas obedecido y hayas sido buena. Que le demostraras a Verónica que haces lo que te pido. Ella pensaba que no lo harías. —le contesta regodeándose.

—Don Fernando… Por favor… —le contesta al notar como su mano cada vez sube más por su muslo.

—Ella pensaba que no bajarías a su casa con la camisa abierta y sin sujetador… —sonríe, ve su cara de circunstancia.

—Vayámonos de aquí por favor… —nota su mano subiendo y no puede evitar mirar hacia alrededor para que nadie los vea.

Poco a poco se van alejando del coche. La mujer, a unos metros de distancia, se gira hacia el coche. No ha visto nada, pero había algo que no le cuadraba.

—Ella no tenía que haber ido a verle… —prosigue.

—Y sin embargo tu bajaste… —le contesta el viejo.

—Sí… —admite.

—¿Creías que no iba a saber que bajarías?

—¿Se lo dijo ella? ¿Ella le dijo que lo había hecho? —le pregunta de manera impaciente.

Su mano está a mitad de su muslo. Justo donde empieza la falda pero no responde a la pregunta. Quiere jugar con ella.

—Dígamelo… Por favor… —le vuelve a rogar.

Con todo el descaro, y aún sin responderle, su mano va a su camisa y desabrocha un botón.

—¿Qué hace…? —pero se deja hacer. —No… por favor… pare… aquí no…

—Además, Verónica es más simpática de lo que creía… —continúa diciéndole mientras su mano está en su blusa.

—Déjela… déjela a ella… —intenta resistirse sin hacer nada.

«Por qué… Por qué soy tan débil con él… No lo entiendo… Espero que esto termine así… Con la visita de Verónica para decirle que lo había hecho tal y como quedamos… y que no manipule como hace conmigo…»

—No sabía que trabajaba en la gestoría Menéndez y asociados. —le dice intentando confundirla con ese tipo de datos…

«La muy inocente le ha contado más de lo que debía…» piensa mientras lo mira con circunstancia.

—¿Qué pasa? ¿Te molesta que haya venido a verme? —le contesta Don Fernando al ver su cara seria y dura.

—No… Bueno… Le dije que se apartara de usted… Pero no lo hizo… ¿No tiene suficiente con lo que me hace a mi? —intenta dialogar.

—¿Pero qué es lo que te molesta? Más allá de que haya venido porque intentas apartarla de mí… o… ¿por qué haya venido y no te haya dicho nada…? —le responde malmetiendo a ella mientras su mano se vuelve a acercar a ella… Pasa de su cuello a su clavícula hasta que llega al siguiente botón de su camisa. Todo ante su propia parsimonia.

—Las… Las dos cosas no me parecen bien… —le replica insegura. —no lo haga Don Fernando…

—¿De qué tienes miedo? ¿de que se convierta en mi preferida? ¿acaso es eso? ¿que sea más obediente que tú? ¿que haga mejor las cosas que tú? —dice el viejo envalentonándose.

—No… Tengo miedo de que le haga daño como me ha hecho a mí…

—¿Daño? Si gracias a mi estás descubriendo cosas que nunca habías experimentado. —y desabrocha otro botón ante la templanza de ella.

A esa afirmación solo puede bajar la cabeza. Sin saber qué responder. —Ella… Ella nunca será tan permisiva… De esto estoy segura… —acaba admitiendo.

—¿No? ¿Crees que ella será más dura?

—Ella no querrá saber nada de usted, Don Fernando.

—¿No? ¿Entonces por qué ha subido ya dos veces hasta mi casa? —le dice mientras su mano juega con la parte de arriba de su pecho, tentado de desabrochar otro botón de la camisa.

—No… no… sé… —contesta dejándose hacer.

—¿No dices que no es tan permisiva? ¿y que no querrá saber nada de mí?

—No se porque lo hizo… Ella… ella es inocente…

—Como a mi me gustan. Creo que nos caemos bien… —le dice intentando confundirla, queriendo que se moleste.

Ella vuelve a mirarle de manera dura. «Cerdo. Qué cerdo es.» —No es como yo…

—¿Cuándo comprobaré que no es como tú? ¿Cuándo esté limpiando mi casa en ropa interior?

—Nu-nunca… se entregará como yo lo hago… Ella nunca irá a su casa a limpiarle… —admite involuntariamente.

—¿No? ¿prefieres ser tú?

En ese momento mi madre le pone una mano en su pecho, por encima de la camisa, a la altura de su teta. —Yo lo haré… Usted lo sabe Don Fernando… De la misma manera que bajé a su casa porque usted me lo ordenó… —confiesa finalmente, dejándose llevar por primera vez. Algo ya inevitable para ella.

—Vaya… Así que prefieres hacerlo tú en vez de ella… ¿Tienes miedo de que te quite el sitio cariño? —le contesta mientras desabrocha otro botón ante la pasividad de ella.

—A ver.. ¿cómo es tu sujetador cariño?

Ella no le contesta, solamente se deja abrir la camisa, mostrando sus bustos acompañados con un sujetador negro con bordados florales que se pegan perfectamente al dibujo de sus pechos.

—Me encanta tu sujetador… es tan… De abogada… —le dice mientras mete la mano por dentro de su camisa, englobando el pecho derecho. —¿Te lo ha regalado tu maridito?

—S… Sí… Vayámonos de aquí Don Fernando por favor… Aquí nos pueden ver… —responde mientras nota como sus dedos abarcan su pecho, sintiendo el calor de esa mano apoderándose de ella de nuevo.

—¿Le has preguntado eso?  —vuelve el viejo a la carga.

Esa pregunta la descoloca, no sabe a qué se refiere. —¿El qué?

—Sabes perfectamente a lo que me refiero.

Su cabeza está hecha un lío, se comporta como si quisiera ser la protagonista, la preferida de él.

—La… ¿la talla de sujetador? Es… es una 105D…

El viejo sonríe ante la respuesta. —Son más grandes que las tuyas… —y justo al decir eso, nota como su mano aprieta un poco su pecho derecho.

—Ahhh… Pare por favor… —dice al sentir la presión de su mano en su pecho —sí… así es…

—Me encantan los pechos grandes…

«Cerdo…»

—Joder como me gustaría que pusiera su teta en mi boca… que me ofreciera su teta… —dice sin manosear su pecho.

—No lo hará Don Fernando… quíteselo de la cabeza… —responde dejándose hacer.

—¿No? ¿por qué? —dice jugando con su pecho.

—Ahh… —suelta ella ante un apretón a su pecho demasiado duro por parte del viejo —Ni siquiera… Le gusta chupar la polla de su esposo… —dice confesándole otra de sus preguntas. —esto es lo otro que quería saber, ¿no? Es una niña…

—¿No? ¿no le gusta? —dice sorprendido. —Joder que cachondo me está poniendo.. igual la mía si que le gusta chupar…

—¿Eso le excita? ¿Qué no le guste chupar? —responde dejándose hacer.

—Sí…

—Ya le digo… Es una niña…

—Podrías enseñarle…

—¿Enseñarle? Por Dios Don Fernando…

—Una mujer dulce.. guapísima, con una 105D y que no le gusta chupar pollas… Es perfecta, ¿no crees?

—Si le quiere enseñar, le enseña usted, si ella lo acepta… A mí no me meta… —responde pareciendo molesta pero notando como sus pezones cada vez más duros se aprietan contra la tela de su sujetador, notando como la mano de él juega con su pecho.

—¿Por qué no? ¿Estas molesta?

—No. Pero yo no haré nada para que usted la tenga. Bien que me ha liado a mi… Hágalo con ella si sabe… No, mejor dicho, si puede… Pero ya le digo que estoy segura de que no. —y sin pensárselo dos veces, mi madre pone la mano en la bragueta del viejo. Parece que quiere que vea lo dispuesta que está ella.

—¿Qué haces? —contesta el viejo sorprendido.

—¿No le gusta esto? —pregunta ella con las mejillas sonrojadas y los ojos encendidos.

—Lo siento, pero quiero reservarme para Verónica… —dice sonriendo, sin escrúpulos…

Ella lo mira sin entender nada, apartando la mano de su paquete como acto reflejo. Después de todo lo que ha ido pasando, ahora es él quien le para los pies… Se siente ridícula, como dando algo preciado para ella que él desprecia.

Entonces… Entonces… ¡Deme las llaves del contacto y vámonos de aquí de una vez! —dice enfadada quitando la mano del viejo de su pecho. —Al menos saldré ganando, mientras pierde el tiempo intentándolo con ella. Me dejará en paz a mí.

—¿No quieres que me reserve para ella? —dice sin alterar un ápice su voz.

—Haga lo que quiera… —responde mientras intenta recomponerse un poco.

—Si realmente lo quieres… pídemelo. —y ella se gira a mirarlo ante esa respuesta. Sabiendo perfectamente que lo desea. Debatiéndose entre lo que debe y no debe hacer.

Ella lo observa, sabe lo que busca. Y sin saber el motivo, mirándolo, quita la mano del botón de arranque y se gira levemente hacia él, dejándose llevar completamente. Admitiendo algo que lleva dentro de su ser y que no puede reprimirlo más.

—Qu… quiero… quiero tenerla en mi boca… qui… quiero chuparla… d.. darle placer… —le dice sintiéndose muy humillada.

—¿Si? —sonríe, triunfante.

—Pídemelo por favor… —dice regodeándose.

—Po.. por favor Don Fernando…

—Así me gusta cariño… —dice sabiendo qué hacer y qué decir en cada momento.

Su mano se dirige a su pantalón que lo desabrocha. —Entonces quieres hacerlo tú, ¿no?

—Por favor… —Ella, casi llegando a la desesperación, sobre todo después de confesar que lo desea, como si una losa que tenia en la espalda desapareciera, con sus propias manos, termina de desabrochar el pantalón. Los baja, mientras Don Fernando levanta un poco el culo dejando caer los pantalones hasta los tobillos.

Ella la mira. Es oscura, llena de venas, pero siente una extraña atracción hacia ella. Algo que no entiende, pero que necesita tocarla, besarla, poseerla. Hasta tal punto que le da igual estar en un parking de un supermercado. Coge la polla por la base tocando sus pelos y la acaricia. No puede dejar de mirarla, la recuerda, aquella vez en ese cuarto de baño… Pero la recordaba mucho más fea de cómo la ve ahora. Nota como sus bragas empiezan a mojarse, y sus pezones duros como piedras siguen aprisionándose bajo el sujetador como si fuese una señal de lo evidente. Nunca se había sentido tan atraída para hacer algo como lo está deseando ahora.

Ella la acaricia, hasta que se pone dura, muy dura. Nota como la textura del glande se forma en su mano. Un glande rosado y carnoso que le produce una excitación añadida. Saborea cada movimiento de su mano en esa polla que resbala por ella, sintiéndola como si fuera suya y notando como se mezcla entre una mata densa de pelos, algunos oscuros, otros grises.  No puede dejar de mirarla, ya no recuerda que están en el coche del mismo supermercado, ha perdido la noción del tiempo, solamente están ella y esa polla. Mientras la mira, nota como una mano de él se posa en la parte de atrás de su cabeza. —Vamos, agáchate. Quiero que te la metas en la boca.

Ella lo mira a los ojos en silencio y sin esfuerzo se agacha hasta su polla y se la mete en la boca. Por primera vez siente como entra en su boca, como nota su sabor por primera vez y como no siente asco alguno de tenerla dentro de su boca. Su lengua empieza a jugar con su glande, dentro de su boca, englobándola y mojándola, queriendo darle el disfrute que se merece.

—Ah… así… así… —se oye decir al viejo al notar como ella juega con su polla dentro de su boca.

La nota cada vez más dura, hinchada y eso le excita… Nota como sus pezones se marcan en su sujetador, aprisionándolos.

—Eso es… métetela toda.. lámela…

Ella mueve su lengua mientras la chupa. Intentando darle el placer que se merece y que le reclama. Muchos olores la invaden. Pero ninguno son malos para ella. Jamás había olido algo así. Solo piensa «Dios… qué estoy haciendo… en qué me he convertido…»

—Eso es… así… chúpala… como una buena zorra… —le dice mientras sus manos están en su cabeza.

—Quieres ser mi favorita, ¿Eh?

«Qué humillante que es…»

—¿Vas a venir a limpiarme la casa o se lo pido a Verónica?

Ella sigue chupando, pero siente la necesidad de levantar su cabeza para contestarle —Iré… las tardes que pueda iré Don Fernando… —le contesta para volver a meterse la polla en la boca.

Mientras se la está chupando, el viejo coloca de nuevo el pelo detrás de la oreja, para tener mejor visión de cómo se la está metiendo en la boca y se la come… Ella nota al viejo muy excitado, nota como le gusta verla así, ella siente como el viejo está tan excitado por culpa de ella, y eso le gusta.

El viejo aprovecha la posición recostada hacia él de ella y estira el brazo hasta llegar a su culo que lo manosea, pasa su mano de una nalga a la otra por encima de su falda. Toca, amasa y hasta le da un pequeño azote sin que ella levante la cabeza de lo que está haciendo..

—Mmmm… así cariño… así… Quiero que sigas haciéndole preguntas a Verónica… para mí…

Ella no contesta y sigue chupando… —sabe que está muy excitado y que por su boca saldrán todas las cosas que se le ocurran.

—Quiero que Verónica sea mía… ah… ah… ah… —su voz se entrecorta. –Quiero que me dé sus tetas… ah… —y su mano hace mas fuerza en la cabeza para que se la metas más profundamente.

Ella sabe que de un momento a otro se va a correr e intenta apartar su boca de su polla. No quiere que se corra dentro de su boca, aún no está preparada para ella. Jamás lo ha hecho y no quiere ni que él ni en este momento sea cuando se produzca. Pero Don Fernando, llevado por la excitación, lo evita poniendo ambas manos en su cabeza, sin dejar que se aparte…

—mmmmmhhhh —dice ella sin poder apartar la boca de su polla… Notando como las grandes manos de él se posan en su cabeza haciendo una fuerza desmedida.

—Ah.. si joder… Verónica… ah.. ahhh…. AAAAAAAHHHHH! —y empieza a correrse en la boca de mi madre…

Ella nota como varios chorros le inundan la boca… Uno… Dos… Tres… hasta que toda la corrida abarca toda su cavidad bucal mientras agarra con fuerza desmedida la cabeza de mi madre. Él, llevado por el éxtasis cada vez hace más fuerza con sus manos, hasta que es ella misma quien se aparta de la boca de él. Ella como acto reflejo abre la puerta y escupe todo lo que tienen. Apunto de vomitar. No se da cuenta que se ha manchado levemente la blusa blanca.

—Joder… Cómo me he corrido… —Dice mientras se vuelve a subir los calzoncillos y los pantalones. Ni siquiera le dice si lo ha hecho bien o mal. Ni siquiera le dice si le ha gustado o no.

Él ve como ella limpia su boca  en silencio y se recompone lo mejor que puede. —Quiero que le preguntes cual es su ropa interior más sexy. Quiero saber cuantas pollas ha chupado en su vida. —le dice sin importarle que se la acabe de chupar.

Ella sigue atusándose y limpiándose lo que puede mirándose en el espejo. Hasta que se arma de valor de nuevo para contestarle.

—No.. no puedo preguntarle eso Don Fernando… —le contesta mientras saca un pañuelo de su bolso e intenta limpiar cualquier resto de suciedad.

—Además, quiero que le preguntes que es lo más cerdo que ha hecho con ese maricón de su marido en la cama… —Y cuando termina de decirle eso, sin posibilidad de que le replique, abre la puerta del copiloto y sale del coche. —Nos vemos cariño. —Cierra la puerta y poco a poco se aleja del coche perdiéndose por el parking… Dejándola sola… Dejándola ahí después de lo que acaba de pasar…

Ella se abrocha la blusa y pasa un pañuelo por ella. En silencio, recapacitando por lo que ha hecho. Rezando para que en el momento de éxtasis que ha tenido, nadie se haya acercado a verlos. Arranca el coche, sintiéndose muy sucia. En su cabeza solo retumba un pensamiento y es que es la primera vez que le hace una mamada a ese cerdo.

Mientras sale del parking otra vez a la luz del día piensa «Lo he hecho para protegerla…» —se dice a si misma autoengañándose.

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