ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Hoy no es un día como otro cualquiera, es Navidad, y todos, en mi bloque de paredes de papel, nos hemos despertado temprano: los niños correteando y chillando por la ilusión de los juguetes; los abuelos excitados por los inusuales reencuentros familiares de este día; los padres, cuyas ojeras se vuelven hoy menos pesadas, para disfrutar con sus hijos montando castillos, haciendo puzzles y hablándoles, con los ojos empañados, de otras navidades, cuando los niños eran ellos y el mundo y la vida estaban aún por venir. Los que no somos ni niños ni abuelos, ni ejercemos de padres, también hemos madrugado, contagiados por el ineludible sentimiento festivo de este día, que trae una melancolía dulce y una suave añoranza de otros tiempos, cuando las mesas eran más grandes y estaban ausentes las ausencias.

Hoy todo parece distinto, también en la calle, pues el frío, la humedad y el abandono que reinan el resto del año en las aceras de este barrio de extramuros, han amanecido hoy maquillados por las luces de colores que cuelgan entre las viejas fachadas desconchadas de estos bloques sin soberbia ni ascensor.

Por las puertas de los viejos comercios que, con su sempiterna presencia, le dan identidad, sentido y continuidad a este barrio obrero, se escapa, tintineante y jovial, un coro de villancicos acompañado de un entrechocar de panderetas que alborota los corrillos de niños, que hoy, libres de sus lobotomizadoras y excluyentes distracciones cibernéticas, corren de acá para allá, riendo, atropellándose al hablar, con ese brillo que la Navidad siempre supo dibujar en los ojos de los más pequeños.

Damián, el viejo y barrigudo panadero que ha endulzado y enternecido las mañanas y las tardes del barrio desde que existe memoria en estas calles, ha montado un tenderete navideño en la puerta de su panadería, donde ha colocado una mesa con una bandeja de mantecados, una botella de aguardiente y una torre de vasos, transformando así ese lugar en punto de encuentro de todos los que sentimos este barrio como nuestro. Allí nos juntamos para hablar de los negocios que cerraron, de los vecinos que se mudaron y de los que se fueron para siempre. Reímos recordando andanzas de juventud que, con la indulgencia de la memoria y los años, se han engrandecido y mejorado. Cuando la botella está acabándose aparece Damián con una nueva, con más mantecados y con un chiste que enrojece sus mejillas y remueve arriba y abajo su gran barriga. Todos reímos. Es Navidad.

Callamos cuando vemos aparecer a la señora Ramona. Está parada junto a su portal, sentada sobre el asiento de su andador, con su cara blanca, casi traslúcida, que deja ver el camino que surcan las venas bajo sus sienes. Para los que nos hemos criado en este barrio, verla hoy nos provoca una emoción que trepa por nuestro cuerpo, erizándonos la piel y aguándonos los ojos. De niños escuchábamos sus sermones y agachábamos la cabeza en silencio cuando nos regañaba por alguna trastada que hubiéramos hecho. Crecimos al amparo de sus sonrisas y sus buenos consejos. Desde el descampado, donde jugábamos, la escuchábamos tararear viejas canciones en su balcón, mientras lavaba y tendía la ropa, con un ojo puesto en los juegos de sus tres hijas, que iban siempre pegadas a ella, colgadas del delantal que la acompañaba a todas partes y donde siempre había caramelos guardados para los niños del barrio. La señora Ramona era una mujer feliz que contagiaba a todos su sonrisa y su energía, que tenía la capacidad de aceptar con entereza y coraje todo lo bueno y lo no tan bueno que la vida pusiera en su camino. Por eso su ánimo no flaqueó cuando su marido enfermó y tuvo que dejar el trabajo para postrarse en una cama a causa de una de esas enfermedades extrañas y desconocidas que no tienen remedio ni final. Cuando se quedó viuda y sus hijas se fueron a vivir sus propias vidas ella continuó adelante, siempre consecuente con su vida, sin perder la sonrisa ni las ganas de vivir.

La señora Ramona nos ha visto crecer a todos del mismo modo que todos la hemos visto envejecer y la hemos escuchado justificar su soledad y defender las largas ausencias de sus hijas.

Por eso, por esa sonrisa que es solo suya, por su entereza y porque es la memoria viva de este barrio, todos cruzamos la calle para felicitarle la Navidad, y nos miramos en sus ojos claros, casi transparentes, hundidos bajo una frente aún lúcida a pesar de sus muchos años, de lo visto y lo vivido, y ella se siente feliz de vernos y levanta la cabeza, orgullosa, cuando ve acercarse el coche de su hija mayor. En silencio la vemos alejarse y, abandonado ya el tenderete navideño de Damián, volvemos cada a uno a nuestros quehaceres: unos a enfrentarse con comidas copiosas y pesadas digestiones, otros a nuestros recuerdos y soledades; todos contentos porque la Navidad, una vez más, ha servido de vehículo para recordarnos las cosas que nos unen y para seguir estrechando lazos en este vecindario de bloques con paredes de papel.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

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