SONIA MONROE

Hacía calor en la oficina. El verano llegó de repente apretando fuerte tras una primavera fría y lluviosa. Llevábamos dos días con el aire acondicionado encendido, pero había rincones a los que no llegaba del todo. Obviamente, en 500 metros cuadrados de espacio, es imposible mantener el ambiente fresco cuando fuera se está a 39 °C de temperatura. Así que esa semana decidimos llamar para que instalasen una aparato adicional y tuve que encargarme personalmente de ello.

Fran, mi jefe, era un tío atractivo de metro ochenta y cinco de altura. Moreno, fibroso, bien afeitado, con un pelo abundante que domaba con gel fijador, provocaba suspiros en todas las féminas que le rodeaban. Resultaba irresistible con ese aire de superioridad y una planta envidiable, combinado con un enorme carisma, no había negocio que se escapase a su dominio. Y, sin embargo, no me resultaba para nada atractivo. No soporto a los tíos trajeados, no hay nada que me provoque mayor aversión. Y Fran tenía que vestir de etiqueta a diario. Además, soy de las que opinan que los hombres tan guapos son extremadamente aburridos, y lo digo por experiencia. Cómo me equivocaba en ese momento…

Mi nombre es Mónica y soy la secretaria del jefe, una tía nada impresionante: rellenita, muy pálida, de estatura media, me gusta pasar desapercibida y no visto prendas atrevidas. No me considero fea, tengo unos rasgos agradables:ojos grandes, labios carnosos y una nariz pequeña; la típica cara de niña buena. Soy optimista, risueña, nerviosa y me gusta aprender. Tengo una curiosidad innata por las situaciones nuevas.

Me divierte enormemente ver a las mujeres pasar al despacho de Fran con cara de depredadoras. Pobrecillas, no saben que es un hombre extremadamente formal y aburrido, nunca da pié a nada y corta en seco si ve que hay intención alguna de acercamiento. La de intentos frustrados de flirteo que he visto… Vienen con faldas muy cortas, algún botón de la camisa desabrochado, bañadas en perfume penetrante y bien maquilladas. Es todo un show ver día tras día aquel desfile de modelos jóvenes y guapas, pero con el cerebro tan pequeñito. Y aún así, nunca he visto peligrar mi puesto a pesar de que sé que me envidian. No soy un pibón pero soy mucho más rápida en todo que ellas y lo he demostrado en multitud de ocasiones. Soy educada y formal, en apariencia, porque por dentro soy puro fuego (pero muy, muy selectiva con los hombres). Y paso de mi jefe, con sus pintas de ejecutivo. Quizá por eso nos llevamos tan bien, no está acostumbrado a que las mujeres ignoren sus encantos y yo nunca le he dado pié a nada. Llevamos una relación profesional excelente y nos entendemos de maravilla.

Ese sábado había demasiado trabajo, y es que trabajar en una energética con los tiempos que corren, es algo intenso. Teníamos que enviar varios expedientes y un informe que tenía que ser entregado al lunes siguiente. Con la ola de calor, el exceso de trabajo se llevaba muy mal y nos estaba afectando, íbamos ralentizados. La mitad de la plantilla estaba ya de vacaciones en pleno mes de julio y nuestro turno de trabajo acababa a las 14:00. Todo lo que se trabajase ese día era considerado horas extra y esta semana llevábamos unas cuantas. Nadie estaba dispuesto a sacrificar más horas y se había avisado varias veces de la necesidad de contratar más personal pero, como era algo puntual, mi jefe no lo consideró.

Se acercaba la hora y empezaron a apagar los ordenadores. En ese momento quedábamos tres personas trabajando y la única soltera sin cargos era yo. Los demás querían disfrutar del sábado en familia y era algo sagrado. Fran sabía que yo no tenía ese problema y me convenció para quedarme un par de horas más. Me prometió que, al salir, me invitaría a comer y me recompensaría por mi esfuerzo. No era la primera vez que comíamos juntos, solía ser habitual cuando hacíamos horas extra. Y allí estaba yo, sola con el jefe y delante de un ordenador tras 6 horas de trabajo extra un sábado de verano, sin un refrigerio de por medio. No veía el final de mi jornada y el cansancio acumulado de la semana estaba empezando a afectarme al humor. El día anterior había estado encerrada 10 horas en esa oficina y necesitaba urgentemente tirarme en un sofá y no pensar en nada. Soy muy activa a todos los niveles, pero también soy humana.

Estaba empezando a desesperarme cuando Fran salió del despacho.

“Mónica, es un último esfuerzo, supondrá un ingreso adicional y te daré días libres. Sé que puedes con esto, eres una crack y nadie más que tú puede hacerlo.”

Sus palabras me animaron, me miraba directamente y sé que era sincero. Sus ojos, de un verde azulado, contrastaban con su tez morena y al acercarse pude distinguir las notas de ámbar de su perfume. Era increíblemente guapo pero no era para nada mi tipo. Aún así, ese día note cierta atracción por él, seguramente fruto del cansancio y de que llevaba un par de meses sin follar.

“Por cierto, me gusta el vestido que llevas hoy. Nunca te lo he dicho pero me pareces una mujer estilosa, nada vulgar. No te hacen falta adornos para resultar atractiva.”

Guau. Eso, viniendo de él, era todo un halago.

“Mira, llevamos muchas horas seguidas y necesito un parón. En la nevera tengo una botellita de champán y unos aperitivos, vamos a parar 5 mnts y seguimos. ¿Te apetece?”

“La verdad es que empiezo a necesitar frenar, no he parado en toda la mañana y empieza a dolerme la cabeza. Acepto tu propuesta.”

¿En qué estaba pensando? Tomarme una copa con el jefe era algo muy extraño, pero excitante y  me gusta la sensación de lo nuevo, lo desconocido. Era una propuesta difícil de rechazar.

Entramos en su despacho y me invitó a sentarme en un sofá de tres plazas. En ese momento, me pareció el sitio más confortable del mundo. Sacó una botella de champán, dos copas y un cuenco con encurtidos y lo puso sobre la mesita situada frente al sofá. En lugar de sentarse en el sofá monoplaza que tenía a un lateral, decidió sentarse a mi lado. Empecé a ponerme nerviosa,no sé dónde quería ir a parar.

“Por el trabajo bien hecho. Y por el deseo de un verano tranquilo.”

Aparté el sentimiento de desconfianza y brindé con él. Era una bebida excelente, no era a lo que estaba acostumbrada. Suelo decir que el espumoso de Albariño es mi favorito, pero éste tenía unos matices exquisitos. Me terminé la copa, fría y agradable, y me sirvió otra. Comí un par de encurtidos del cuenco y estuvimos charlando un rato de los pormenores del informe. No me di cuenta de que estaba demasiado cerca y me asusté un poco. Soy tímida y me sentí un poco inquieta. No estaba resultando desagradable, creo que el efecto del alcohol hacía que considerase atractivo a aquel tío trajeado.

“Ufffff, qué calor hace…¿Te importa si me quito la corbata?”

Y ahí estaba él, sin corbata y con un par de botones de la camisa desabrochados que dejaban entrever unos pectorales firmes y un vello escaso. La que estaba empezando a sentir calor era yo…

Seguimos hablando del trabajo que nos quedaba por delante sin más, pero lo sentía muy cerca. Nos habíamos bebido la mitad de la  botella y empezamos a bromear.

«¿Sabes qué? Me resulta curiosa tu actitud, Mónica. Por aquí pasan miles de mujeres interesadas, y, día tras día, observo que mis encantos son anulados ante tu presencia. Soy un hombre muy seguro de mí mismo y sé el efecto que ejerzo en las demás, pero a ti te da igual. Y eso es lo que me fascina, me atrae muchísimo. Es un placer poder hablar con una mujer sin notar la sensación de que está flirteando. La invitación a la Copa era, además de una pausa necesaria, un intento de acercamiento. No sé cómo romper tu muro pero es algo que llama mucho mi curiosidad.»

“Ah…es interesante saber eso. No es algo en lo que piense a menudo, yo aquí vengo a trabajar.”

“Si, pero… Mónica, tengo que confesarte algo: me pones mucho. Me pone que seas una mujer tan normal, tu aire distraído, tu saber estar… No soporto seguir fingiendo que no me atraes. Hay ocasiones en las que te mando venir a mi despacho y no es para ningún asunto urgente, a pesar de que así lo parezca, es por tenerte unos segundos en exclusiva para mí, para poder verte y olerte. Fue una sensación que crecía con el paso de los meses, y ya no podía aguantar no decírtelo.”

Me quedé con la boca entreabierta y cara de boba. El jefe se me había declarado. Estaba en shock y así, en ese estado, recibí un beso jugoso, y una lengua que penetró entre mis labios y buscaba aliarse con la mía. Me dejé llevar, ajena a todo. Estábamos solos, no podía pasar nada pero…¡Era mi jefe!

Sus manos empezaron a acariciar mi rostro, me cogía a ambos lados intentando que mi boca no se separase de la suya. Yo seguía estática, estaba en un limbo, era demasiado para mí. Sus labios, su cuerpo, su manera de besar… Me estaba entrando mucho calor y notaba que mi entrepierna reaccionaba a sus caricias. Mi respiración comenzó a agitarse y no resistí el impulso de abrazarle, de acercarle más a mí. No quería que frenase.

De un movimiento, conseguí zafarme de sus brazos y me coloqué encima suya. Mis piernas abiertas se sentaron sobre su pubis y comenzaba a notar un bulto a través de su ropa. Sin separar nuestras lenguas, deslizó mis manos por mi cintura hasta llegar a mis glúteos y apretó firmemente, guiándome sobre su erección.

«Joder, Mónica, qué culo tienes…».

Se rozaba constantemente y se estaba alterando demasiado. Podía notar sus latidos en mi pecho. Con una mano, desabrochó un par de botones del escote de mi vestido camisero y dejó mi pecho al descubierto. Llevaba un sujetador fino, ligero, que transparentaba unos pezones duros, listos para ser mamados. Enterró su cara entre mis pechos y me lamió de lado a lado, mordisqueando levemente en las zonas que más loca me ponían. Me bajó en vestido por delante y tiró del sujetador hacia arriba, dejando que mis tetas rebotasen en libertad. Me encanta que me chupe los pezones y me devore a gusto, me pone muy cachonda. Mientras succionaba, me agarra de nuevo del culo y apreta contra su polla, quiere liberarse de su encierro, está muy excitado. Me levanta bien agarrada y me deposita sobre el sofá para arrodillarse entre mis piernas.

“Huele a coñito mojado, caliente, sabroso… Voy a comérmelo, tengo mucha hambre. Hoy no he desayunado.”

Entierra su rostro y de un tirón, rompe mis bragas, dejando mi sexo anhelante de su boca. Lame, chupa, para y me mira.

“Quiero más, me lo voy a comer entero.”

Prosigue con su labor mientras yo me retuerzo de placer. Joder para el jefe. Esto es una locura,  mucho mejor que todas las citas de Tinder del último año. Me voy a correr en breves, y se lo hago saber. Para y mete sus dedos, empujando hacia arriba. Siento que me meo, no puedo frenarlo y un chorro sale disparado hacía él acompañado de un orgasmo muy intenso. Grito de placer, no puedo callar…

“Así me gusta, preciosa. Qué te corras para mí. Ahora voy a darte polla, te la mereces”.

Se desabrocha en pantalón, ya le aprieta demasiado, y un miembro de buen tamaño y grosor sale disparado como si fuera un muelle de sus boxer.

Introduce el glande, un poco, y se aparta. Me mira fijamente y se relame. Lo introduce un poco más, y vuelve a apartarse. Se ríe. Vuelve a la carga de nuevo y me mete la polla entera, apretando, sintiéndolo todo. Se aparta, empuja, acelera, gruñe.

“Eres deliciosa, pequeña. Estás tan mojada y mi polla tiene tanta sed de ti…”.

Sigue follando con ganas y no sé cómo, me levanta en brazos sin retirar su polla de mi coño y me sube a la mesa. Para, respira un poco, sé que está a punto. Se separa y me empuja hacia una ventana. Mis pechos son apretados contra el cristal, estoy atrapada por su cuerpo. Sin mediar palabra, mete su polla de nuevo en mi coñito desde atrás. A cada embestida, mis pechos se aprietan más y más contra el cristal, tiene que ser un poema mirarme desde la calle, completamente desnuda y apretada. Me doy cuenta de que un vecino del edificio de enfrente nos está mirando, y no puede evitar acariciarse la bragueta.

«Fran, mmmmmm, tenemos espectadores…para…»

«No voy a parar, vas a correrte con mi polla 20 veces seguidas si es necesario. Y que nos vea quien sea, desnudos somos todos iguales.»

Y así, con esa seguridad y descaro, me giró para ponerme de lado y permitir que nuestro  “vouyeur” se deleitase con un mejor plano de nuestros actos. Se separó un poco y escupió sobre mi ano para, acto seguido, meterme un dedo.

“¿Te gusta que te folle el culo, muñeca?”

“No lo sé, prueba, jefe…”.

Empieza a mover su dedo y vuelve a escupir. Introduce otro y consigue dilatar un poco mi apretada entrada trasera. Mueve sus dedos sin parar de follar, sin que pierda un ápice de mi excitación. Cesa de follarme el coño y acaricia la entrada de mi culo con su glande. Vuelve a escupir en su polla y se empapa bien, para seguir apretando. Entra un poco, y la mantiene ahí un rato. Otro empujón y entra un poco más. Tiene una buena polla y debe ir con cuidado para no lastimarme. Sigue dentro, empujando muy despacio, manteniendo en el sitio, hasta que consigue traspasar el umbral. Ya está toda dentro. Sigue quiero un rato y empieza a moverse, sin sacarla. La sensación es intensa, me gusta, y mucho. Me folla el culo suave pero continuo, mirando de vez en cuando a nuestro espectador que lleva tiempo masturbándose sin quitarnos ojo. Con una mano sigue sujetando mis caderas y con la otra, le da unos golpecitos a mí clítoris alternando con la introducción de sus dedos. Es una sensación deliciosa.

«No aguanto más, me voy …»

«Espera nena, me falta muy poco, tengo los huevos a reventar, quiero llenarte entera…».

Dos minutos, un escalofrío, varios espasmos y un placer infinito durante unos segundos que supieron a gloria. Mi culo se llenó de su esperma caliente, resbalando por mi pierna. Me dejé caer en el suelo, exhausta, con su leche rezumando fuera de mi cuerpo. Él se tumbó a mi lado, como si fuésemos dos críos que acababan de perder la virginidad. Me miró con devoción y me habló:

«Lo necesitaba. Lo necesitábamos. Y sabes que esto no termina aquí. Eso sí, tendremos que ser un poco cautos para que el resto de la plantilla no sospeche. ¿Te unes a esta aventura conmigo?»

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