TANATOS 12

CAPÍTULO 47
Parado en un semáforo, con el sonido del parabrisas martilleándome, sentía que la excitación llegaba a sobreponerse por encima del dolor; recordaba a Edu follándola, de aquella manera tan sucia, sobre la tierra mojada de aquella explanada… y aquella frase de María… aquel “¿Qué me haces?” ¡Me matas!” que mostraba asombro y admiración… y mi mano bajó y se coló por mi pantalón y mis calzoncillos, que me recibieron con un charco viscoso y frío.
En apenas dos minutos de penetración la hacía correrse de una manera tan brutal que me confirmaba que con Edu todo cobraba otra dimensión para ella. Y que era algo a lo que ya no podría seguir renunciando.
Mi teléfono móvil vibró entonces, y supe que no era por María, pues la acababa de ver, imparable, entregada, desatada, y disfrutando de una rendición que seguro continuaría durante en horas.
Vi que era Begoña la que me había escrito un escueto “Está ya Eduardo con ella, ¿verdad?”. Y yo me preguntaba qué le importaba y cómo es que suponía que no jugábamos los tres, sino que María me abandonaba.
Detenido en otro semáforo le respondí afirmativamente y ella replicó con un “Ven a mi casa, si quieres”.
Miré el reloj, eran casi las dos de la madrugada, y me dije que no debía, al tiempo que me visionaba en mi casa, en nuestra casa, en nuestra cama, esperando su llegada… desvelado, excitado y abatido, imaginando cómo la follaban Carlos y Edu, o solo Edu, en su coche, en un hotel o donde fuera… y sabía que no quería pasar por aquello. Me la imaginaba llegando al amanecer, oliendo a sexo, deshecha… y diciéndome que ya no me quería… y me desgarraba tanto… que me vi conduciendo hacia casa de Begoña.
No quería nada. Ni siquiera sabía si le contaría algo. Solo quería escapar del suplicio de la espera en nuestro dormitorio.
Sabía que María no tenía llaves de casa, pues su bolso estaba en el coche, pero estaba seguro de que yo volvería antes que ella.
Todo era como un sueño: la lluvia, el resplandor, el olor espeso… Aparqué cerca de su casa, timbré, subí en el ascensor, y me recibió con una sudadera larga rosa, con el pelo alborotado, como si ya hubiera echado una cabezada en el sofá, y con sus piernas casi desnudas, pues un camisón, también rosado, asomaba un poco por debajo de la sudadera cubriendo con suavidad parte de sus muslos.
Yo no estaba allí porque quisiera estar allí, solo estaba huyendo. Y ella debió de ver en mi cara que algo muy grave había sucedido y que mis ojos lo habían visto, ya que sacó, madura y comprensiva, una botella de ginebra casi sin que hubiéramos pronunciado palabra.
—No tengo refresco… ni mezcla ni nada —me dijo, dulcemente, y yo ya no tenía fuerzas para desconfiar de su dulzura.
—Me da igual —le dije, y me servía el alcohol yo mismo, en un vaso, cada uno sentado en un sofá.
Ella no me preguntó nada. Dejaba que yo bebiera, y me llegaba a dar tanta paz que no solo no me molestaba el silencio sino que me abrigaba, y, al rato, me vi reflexionando en voz alta, y, después, me vi confesándole lo que había pasado.
Yo no daba detalles explícitamente sexuales, sino que incidía en la más absoluta desaparición de mi existencia y del resto del mundo una vez Edu había aparecido en el hotel. Y ella escuchaba y yo agradecía que no me juzgara a mí, ni criticara a María, ni me interrumpiera con un “te lo dije”.
Bebía y ambos respetábamos los silencios, y mi mente volaba a lo que acababa de vivir: la entrega total y humillante de María, y me daba cuenta de que había una cosa que la excitaba más que que la vieran follar y gustarse, como habíamos hecho con Carlos, y era su propia y estrepitosa caída; que si a mí me parecía morbosa su entrega hasta la sumisión y su degradación más absoluta… más le excitaba eso a ella. Humillarse ante Edu, obedecerle… sentirse una puta para él… era realmente el fin último, y dejaba el resto de ramificaciones de nuestro juego en meras banalidades superfluas.
Yo sabía que ella no podía renunciar ya a ese clímax máximo de sentirse así. Que ni el amor que pudiera sentir por mí la haría desistir de Edu.
—Te vas a acabar la media botella que quedaba en veinte minutos… —sonrió Begoña.
Yo la miré entonces; con sus ojos grandes, afable, adorable, y le dije:
—¿Tú crees que Edu querrá seguir? Si te digo la verdad la esperanza pasa porque él… la folle esta noche, se vuelva a Madrid y… pase de ella.
—No creo que lo que quiera Edu te tenga que importar —respondió Begoña.
Me quedé pensativo un rato. Y también le daba vueltas a todo lo sucedido con Carlos y le pregunté a Begoña por su opinión.
—Pues yo diría que Carlos algo le gustaba, y como te decía, me daba la impresión de que María te empujaba hacia mí para tener vía libre con él, pero parece que apareció Edu y se le cayeron las bragas…
—No, las bragas no se le cayeron… —dije, refiriéndome a que ni llevaba, y ella no lo entendió, pues no le había contado lo de los pantalones agujereados, pero tampoco pidió una aclaración.
—No me quiero meter en lo vuestro, que es súper… loco y súper retorcido, ¿vale? Pero… si dices que algo pasó en ese aparcamiento, algo muy guarro, y que ni te miró… y que después quiso irse con ellos y no contigo, pues eso ya de juego de pareja tiene poco… Vamos, que no tiene nada.
Se hizo un silencio, y cuando me pude dar cuenta apenas quedaba un fondo de botella, y ella me decía que se iba a acostar, pero que me cedía el sofá, y se despedía con un “y no te comas mucho la olla…”, serio, pero que, dicho por ella, siempre sonaba vaporoso y extrañamente leve.

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