GABRIEL B

Lautaro había quedado conforme con el audio de la conversación que tuve con mamá, aunque no pudo dejar de señalar que podía haberle sacado más provecho del que le saqué. A él le hubiese gustado saber si mamá disfrutaba del sexo anal. O si había estado con más de un hombre a la vez. Además se mostró fastidiado por el hecho de que no insistí en que me dijera con cuántos hombres se había acostado. Le contesté que qué quería que hiciera. La cosa no era nada fácil, ya que ella debía pensar que la conversación se daba de manera natural. Si sospechaba que intentaba hablar de sexo con ella, e incluso de sus propias experiencias sexuales, quién sabe qué ideas se podía armar en la cabeza.

En cierto punto las cosas habían salido como me lo había propuesto. Había ganado tiempo. Ahora que Lautaro debía ocuparse de devolverme el favor que yo le había hecho, no podía seguir con otro intercambio, cosa que me hacía estremecer de solo pensarlo. Pero lo malo de esto era que, al no ser algo tan arriesgado, el vecino no tardaría en concretarlo. Mi única esperanza era que su madre no fuera tan abierta en esas cosas como la mía, y no quisiera compartir sus experiencias con su hijo.

Sin embargo, esas esperanzas no tardaron en desvanecerse, ya que al mediodía siguiente me llegó un mensaje de él. Lo primero que noté fue que no era un archivo de audio. En la computadora apareció una conversación de Leticia por chat. Además, esta conversación ni siquiera era con su hijo, sino con un tal Gramajo. Mi primera reacción fue de decepción. ¿Qué tan interesante podía ser una conversación de la vecina con alguien a quien tenía agendado por el apellido? Si fuese una charla con alguna amiga, eso sí que valdría la pena. Suponía que frecuentaba a chicas tan lindas como ella —o casi—. El sólo imaginar las cosas que se confesarían, quizás en un chat grupal, me hacía agua la boca. No podía creer que el primero en irse a menos en nuestro perverso juego fuese el propio Lautaro. Al fin de cuentas, yo lo había dejado escuchar la propia voz de la doctora Lorenzzeti diciendo que había aprendido a sentir gusto por practicar sexo oral, y que se había dejado acabar en la cara por su amante. Quizá mi colega pensó que eso era una nimiedad, y me respondía con algo que consideraba a la misma altura.

De todas formas, me puse a leer el extenso texto. Por lo visto, el tal Gramajo era un superior de Leticia en la empresa donde trabajaba. La mayoría de los mensajes hacían referencia a cuestiones de oficina. Él le preguntaba si tenía listo tal o cual informe, si había hablado con tal o cual persona, que le informara de tal o cual evento. Me había hecho a la idea de que Leticia tenía un cargo importante en la compañía, pero por lo visto sólo era una secretaria. Aunque supongo que ser secretaria de un directivo de una multinacional, es en sí mismo un puesto de importancia.

Como el archivo que había recibido era puro texto, no tenía la foto de Gramajo, pero suponía que era alguien mayor a Leticia, aunque no sabía cuánto. Iba leyendo los mensajes muy por encima, para encontrar algo jugoso, hasta que por fin di con algo que me llamó la atención. Sos un estúpido, decía un texto escrito por ella. Yo no tenía ganas de chuparte la pija, decía después. Me quedé perplejo ¿En qué momento, entre tantos mensajes laborales había pasado eso? Retrocedí, para leer los mensajes anteriores. Pero no había nada. Caí en la cuenta de que seguramente había muchas cosas que se comunicaban a través del intercomunicador. También me percaté de que esa conversación no era de WhatsApp, sino de alguna aplicación que Leticia tendría en la computadora de su trabajo. Pero entonces ¿Cómo había tenido acceso Lautaro a ella? Imaginé que dicha aplicación también la tenía instalada en el celular.

La idea de que la vecina tuviera un romance tórrido con su jefe me generaba bastante morbo. Aunque he de reconocer que no pude evitar sentir una punzada de decepción al comprobar que ella parecía ser el personaje principal en un cliché telenovelesco. La secretaria amante del jefe. Por primera vez se me pasó por la cabeza que no se trataba de una mujer tan interesante como me había imaginado. Aunque sólo fue un pensamiento fugaz. Con sólo ver cómo lucía, ya resultaba todo lo interesante que un hombre podía esperar.  A mí me pareció que te gustó, decía la respuesta de Gramajo. Inmediatamente después agregó: borrá estos mensajes. Obviamente ella no le había hecho caso. Supuse que los guardaba para poder usarlos en el futuro si era necesario. Quizás el jefe sufriría alguna extorsión, o simplemente los conservaba como un seguro, en caso de que el tipo quisiera jugarle una mala pasada. Me fijé la hora de la conversación. Las cinco y media de la tarde. A esa hora la mayoría de los empleados de la empresa ya se habrían ido. Quizás tenían todo el lugar para ellos solos. Gramajo había aprovechado. Se había inventado una excusa para que ella fuera a su oficina, y la obligó a practicarle sexo oral. Pero ¿Cómo alguien obliga a una mujer como Leticia a practicarle sexo oral? Ya quisiera yo tener la respuesta a ello. La vecina demostraba ser una persona con mucho carácter, pero su personalidad no parecía ser suficiente como para hacerle frente a su jefe. Así de importante era el poder y el dinero en el mundo.

Esa conversación había terminado abruptamente. Los mensajes siguientes eran del día posterior. Supuse que ella había seguido recriminando su actitud por otros medios, pero lo que ahora leía eran puras cuestiones del trabajo. Más abajo, varios días después, hubo más cosas interesantes. Me hice todo tipo de fantasías. Tener una secretaria como la vecina era uno de mis sueños eróticos más recurrentes. Después de todo, yo también caía en lo obvio.

Un día nos va a descubrir tu mujer, le puso Leticia en otro mensaje. Y qué querés, con esa pollerita que llevás, imposible no tentarme, le contestó él. A los cinco minutos ella le escribió de nuevo. Ah, y no me gusta que me digas putita. No sé por qué a los hombres les gusta tanto repetir esas palabras mientras cogen. Será que se sienten más machos así. Son tan básicos… Las palabras me recordaron a mamá. Según ella, la mayoría de los hombres éramos básicos. Y el tal Gramajo no parecía escapar a esa regla. Encontraba en Leticia cada vez más similitudes con mamá.

Me esforcé por adivinar qué pollerita se había puesto Leticia, que había vuelto tan loco a su jefe. Todo eso había sucedido hacía casi un mes, cuando recién se había mudado. La que más me gustaba era una falda gris, ceñida, que le llegaba a varios centímetros por encima de la rodilla. Solía usarlas con medias negras. Si se trataba de esa, no podía culpar a Gramajo por verse tentado.

Seguí leyendo. La mayoría de los mensajes picantes sucedían pasadas las cinco de la tarde, lo que reforzaba mi teoría de que aprovechaban cuando la oficina quedaba vacía —o casi vacía—, para hacer sus cosas. Me daba mucha intriga saber quién era ese tipo que se cogía a la mujer que me volaba la cabeza. Debía tener algo más aparte de dinero y poder sobre ella como para someterla a su voluntad. Leticia, en algunas ocasiones se quejaba de su brusquedad, o repetía eso de que no había tenido ganas de hacer tal o cual cosa, pero siempre volvía a caer en las redes de su superior. Uno de los mensajes más impactantes fue uno poco sutil, y hasta desagradable. ¿Ya te podés sentar?, le había puesto Gramajo.

Si bien el contenido de los mensajes, más allá de lo morboso que resultaban, no decían gran cosa, sí había algo importante que Lautaro dejó en relieve, gracias a que me envió ese archivo. En el fondo, detrás de la actitud seria y altiva de la vecina, le gustaba ser dominada. La máscara impenetrable, de a poco, mostraba su verdadera forma.

…………………………………………………………………..

— Sabés que la tengo que despedir ¿No? —dijo mamá. Me había estado esperando en la sala de estar, hasta que por fin me animé a bajar y dar la cara. La verdad era que me costaba mucho sostenerle la mirada.

— Sí, pero… No fue su culpa —balbuceé.

Desde la llegada de Leticia y Lautaro al barrio, todo se había tornado mucho más entretenido, pero también mucho más extraño y peligroso. No podía evitar sentir que en cualquier momento se me iría todo de las manos, y me encontraría en un terrible aprieto por culpa de ellos. Había zafado por los pelos cuando espié a mamá en el baño. Tampoco se había dado cuenta de que le había sacado fotos mientras dormía, y mucho menos de que, durante una noche entera, hubo una cámara oculta que la grababa en su dormitorio. Una cámara que había captado el momento justo cuando se masturbaba. Además, no podía evitar sentirme paranoico por el hecho de que esos archivos podrían salir a la luz en algún momento. No creía que Lautaro fuera a traicionarme, pero siempre cabía la posibilidad de que alguno de nuestros dispositivos fueran hakeados.

En definitiva, estaba corriendo demasiado riesgo. Y todo por dos cosas que me tenían hecho un estúpido: una, la enorme calentura que me generaba Leticia, que hacía que quiera, a toda costa, cualquier cosa de ella, por minúscula que fuera, que me ayudase a sentirme más cerca suyo. Ya tenía su tanguita roja con olor a perfume. Ya tenía sus fotos en bolas, y hasta un video donde se cambiaba de ropa. Todo eso servía para hacer que mis fantasías fueran más vívidas. Pero como un adicto, quería más. Nada de eso me bastaba. Lo segundo que me tenía con la mentalidad ofuscada era el morbo que me daba hurgar en la intimidad de mamá, cosa que intenté negármelo por un tiempo, pero ahora ya no podía hacerlo, mucho menos después de haberme sentido tan erotizado cuando hablé de sexo con ella.

Y ahora era a ella misma a quien debía enfrentar, no sin dejar de sentir una profunda vergüenza.

En todas mis pesadillas, mi debacle sucedía cuando ella descubría el sucio juego que tenía con Lautaro. Sin embargo, lejos de eso, fue Antonia la que había generado todo ese quilombo. Y eso que había sido muy fiel al ocultarle a mamá el hecho de haberme descubierto hurgando en el cajón de su ropa interior.

Yo estaba, de lo más normal, tirado en el sofá frente al televisor. La empelada pasaba la aspiradora por toda la casa. Noté que me miraba de reojo. Usaba un pantalón ceñido que resaltaba su enorme culo. Desde lo del incidente de la tanga, ya no la miraba con los mismos ojos de antes. Me había atrapado con la ropa íntima de mamá en las manos, y una enorme erección en la entrepierna, y había hecho de cuenta que no había pasado nada. Sin embargo, ambos sabíamos que compartíamos un bizarro secreto. Tampoco podía verla con los mismos ojos debido a que, cada día que pasaba, me parecía más atractiva. Por otro lado, estaba convencido de que el hecho de que guardásemos un secreto como ese sólo nosotros dos, hacía que nuestro vínculo, antes apenas existente, se fortaleciera.

Siempre consideré que para sus cuarenta años no estaba nada mal. La piel estaba algo maltratada, era cierto. En la nariz y en la mejilla tenía un color más rojizo, como si hubiera estado bajo el sol durante mucho tiempo, y ahora las quemaduras no se le iban. También habían quedado las cicatrices del abundante acné que había tenido de adolescente. A diferencia de mamá, no parecía utilizar costosas cremas durante la noche. Por lo visto, el paso del tiempo se imprime de manera menos impiadosa en aquellos que tienen trabajos más pesados y cuentan con menos recursos económicos. Pero de todas formas, su pomposo orto no era algo que podía pasar desapercibido. Me di cuenta de que si no la había visto de esa manera hasta ese momento era porque, hasta hacía poco tiempo atrás no era más que un niño, y era recién ahora que empezaban a gustarme las mujeres mayores. Por otra parte, su acento, ese que dejaba al descubierto su nacionalidad paraguaya, me resultaba tan cómico, que de alguna manera le quitaba atractivo.

— ¿En qué estará pensando el patroncito? —había dicho Antonia, dirigiéndome una mirada traviesa, para luego darme la espalda y seguir limpiando.

Lo cierto es que en ese momento le había estado mirando el culo, mientras recordaba el incidente que nos mantenía unidos. Y ahora que se volteaba, se lo estaba mirando de nuevo.

— ¿Por qué lo preguntás? —quise saber.

Antonia apagó la aspiradora y se acercó a mí, meneando las caderas. Había algo diferente en ella. Una risa pícara adornaba su rostro.

— Por eso —dijo, señalando mi entrepierna.

Me quedé atónito. Mi verga estaba completamente dura. Estaba seguro de que en la posición en la que estaba no se notaba. Pero el pantalón hacía un bulto, como si algo duro y puntiagudo quisiera salir. A mis dieciocho años, solía tener erecciones en los momentos más inoportunos. Sólo era cuestión de sumergirme durante unos segundos en alguna fantasía erótica, para que me pusiera al palo. Y ahora me había pasado de nuevo. Sin embargo, algo me decía que el hecho de que haya quedado expuesto frente a Antonia no era algo negativo necesariamente. La mucama mantenía su sonrisa, pero no había atisbo de burla en ella. Más bien parecía una sonrisa cómplice.

— Perdón, ya es la segunda vez que me ves así —dije, enderezándome, tratando de ocultar el paquete.

— No se preocupe, si a su edad eso es normal —respondió ella, mirándome a los ojos—. Ya es todo un hombre —dijo después.

Recordé que había una especie de mito sobre las paraguayas. Hacía muchos años atrás, durante la guerra de la triple alianza, el país había quedado destruido. Muchos hombres habían perecido en el enfrentamiento bélico, haciendo que la población disminuyera increíblemente. Esto había provocado que a partir de ese momento, en ese país hubiera muchas más mujeres que hombres, pues casi todos ellos habían tenido que ir combatir. Esta disparidad hacía que las mujeres no siempre encontrasen pareja, por lo que siempre se encontraban sedientas de sexo.

Nunca supe que tan cierta era esa historia. Lo más probable es que fueran puras estupideces, pero se suponía que incluso las mujeres de esta época conservaban esa actitud, siempre en busca de sexo, y siempre complaciente con los hombres. Antonia encajaba con el perfil. Una mujer rebosante de sexualidad, casi como una adolescente.

— ¿De verdad te parece normal? —dije, haciéndome el tonto—. A veces no lo puedo controlar. De verdad, no te lo hago a propósito.

Entonces Antonia se inclinó. Me miró con sus pícaros ojillos azules, extendió el brazo, y estrechó mi verga con su mano.

— Está bien. Hay que dejarlo salir —dijo, para luego empezar a masturbarme con una habilidad increíble—. No es bueno que la leche quede adentro ¿No lo sabía?

Bajó el cierre de mi pantalón, impaciente. Corrió hacia abajo el calzoncillo. Mi verga salió disparada como un resorte. Estaba colorada, y con las venas marcadas.

— Qué grande —dijo.

Me sorprendió el comentario. Yo pensaba que era de un tamaño promedio. En principio pensé que sólo me halagaba porque quería que me desempeñara bien, y levantarme el ego haría que me sintiera más seguro. Pero sin embargo, luego me pareció que lo dijo con total sinceridad, pues se veía muy divertida manoseando la verga.

Acercó sus labios finos al glande. Su mano era cálida, y a pesar de ser rasposas, se sentían muy bien. Se notaba que tenía experiencia manipulando vergas. Sacó la lengua, apenas, y frotó el glande con timidez, como probando su gusto. Cuando comprobó que no tenía un sabor desagradable, se lo metió en la boca. Sentía su lengua frotarse en el tronco mientras se lo metía y sacaba. Me miraba desde abajo con una mirada de puta que me volvía loco. Estiré la mano y alcancé su generoso culo. Lo apreté, dándome cuenta de que no estaba tan fláccido como lo había imaginado. Se sentía muy bien, en el punto justo. Blando, pero aun conservando la consistencia. Era muy grande, mucho más que el de mamá y el de Leticia. Aunque supuse que el de ellas se sentirían incluso mejor, pues estarían más tersos. Aparté la idea con violencia, pues no quería pensar en mamá mientras la mucama me mamaba la verga.

En el frenesí de la calentura, me puse de pie. Antonia se irguió, aunque seguía de rodillas. Apoyé las manos en ambos lados de su rostro, y empecé a hacer movimientos pélvicos, ensartándole la pija una y otra vez. Ahora me la estaba cogiendo por la boca, y se sentía increíblemente bien. Lo mejor de todo era que las embestidas iban cargadas de mucha violencia, y casi alcanzaban a tocar su garganta, pero la puta de Antonia seguía mamando como si nada. Un montón de baba se desbordaba de su boca y caía en la alfombra. La veterana era una experta. Mantenía sus ojos bien abiertos, y me miraba desde abajo. Estaba en el paraíso, pero entonces sucedió una desgracia.

Mamá entró a la casa.

Creo que ninguno de los dos nos dimos cuenta de que la puerta se había abierto. En todo caso, eso no hubiese cambiado mucho nuestra situación, ya que no contábamos con el tiempo suficiente para ocultarnos, pues estábamos en plena sala de estar, convencidos de que aún faltaban horas para que la doctora Ana Laura Lorenzzeti arribara a su hogar. Se nos quedó mirando boquiabierta, sin poder articular palabra alguna. Antonia se liberó de mi verga, y se puso de pie. Limpió su boca llena de su propia saliva —y de algo de presemen, supongo— con su propia mano. Intentó esgrimir algún pedido de perdón que apenas alcancé a oír. La vi agarrar sus cosas con una velocidad impresionante. En cuestión de segundos, ya tenía la cartera en el hombro, lista para huir.

Fue ahí cuando ocurrió lo peor. Mientras la empleada abandonaba la casa para siempre, yo había quedado inmóvil, totalmente imposibilitado de salir de esa pose, con los pantalones bajos y la pija tiesa al aire. Mamá se puso frente a mí, dando pasos vacilantes. Creo que me pidió que me vistiera. Yo veía que hablaba, pero sus palabras no significaban nada para mí. Así de aturdido me encontraba. Estaba con la verga babeante, todavía erecta. Entonces sentí que la sangre corría por ella con más intensidad de lo normal. Y después, sentí algo que ya conocía muy bien debido a las miles de veces que me había hecho una paja. La eyaculación era inminente.

Pensé que podría retenerla. No debería serme difícil, pues ya ni siquiera estaba ejerciendo un estímulo sobe ella. Además, estaba tan nervioso, que se suponía que ya no debía sentirme erotizado. En cualquier momento, mi mástil debería convertirse en un fideo. Pero me equivoqué ¿Por qué no se ponía fláccida de una vez? La verga, llena de la saliva de Antonia, dio un salto, haciendo un movimiento de sube baja, y escupió un espeso hilo de semen. Fue tan potente, que alcanzó a mamá. La leche se impregnó en su pantalón, y otro tanto fue a parar al suelo. Ella vio la mancha blanca sobre la tela oscura, y luego me miró a mí, más perpleja de lo que ya estaba, si es que eso era posible. Pegó un grito, horrorizada. Se dirigió a la puerta, para salir de esa casa que por lo visto en ese momento le parecía imposible de habitar. Pero de repente se detuvo. Aparentemente, había recordado que tenía el pantalón manchado con el semen de su hijo. Sacó un pañuelo de su cartera y se limpió, aunque me pareció ver que una débil mancha blanca quedaba en su prenda.

Me subí el pantalón y fui corriendo a mi habitación, con ganas de no volver a salir de ahí, ni tampoco de que mamá volviera a la casa. Ambas cosas imposibles de suceder, claro está. Aproximadamente dos horas después, mamá me envió un mensaje. Me sentía tan avergonzado, que no me animé a leerlo. Recién cuando escuché la puerta de la entrada principal abrirse y cerrarse con fuerza, me obligué a hacerlo, pues el enfrentamiento era inevitable.

“No estoy enojada, pero tenemos que hablar sobre esto”, decía. Me alivié un poco. Mamá no estaba enojada. Reconocí que era cierto, deberíamos hablar sobre lo sucedido, porque de todas formas, convivíamos juntos, y si no nos sacábamos ese peso de encima cuanto antes, sería insoportable cada vez que nos viéramos las caras.

Se encontraba en el living. Noté que ya no había manchas de semen sobre el piso. Se había tomado el trabajo de limpiarlas. Además, tampoco se veían las marcas de humedad que había dejado Antonia sobre la alfombra, cuando su saliva cayó al suelo. Lo primero que me mencionó mamá fue que estaba obligada a despedirla. A mí me daba pena, pero era lo correcto. ¿Cómo volvería a casa después de semejante escena? Lo más probable era que ella misma renunciaría.

— ¿Y vos cómo estás? —preguntó mamá. Cuando vio que empecé a balbucear, sin decir nada en realidad, me interrumpió—. ¿La pasaste bien? —dijo después.

Tenía una expresión neutra, que intentaba ocultar cualquier tipo de emoción. Pero a mí no se me escapaba que estaba muy tentada a reírse. La doctora Lorenzzeti se había quitado el pantalón que había ensuciado con mi semen. Ahora vestía una pollera suelta, de tela fina, color crema. Se cruzó de piernas, y me penetró con la mirada.

— Sí, dentro de todo, la pasé bien —dije—. Antonia lo estaba haciendo muy bien —aclaré después.

— No hace falta que me des detalles —dijo ella, aunque no noté rastro de ironía en sus palabras—. Me imagino que puedo descartar una violación —agregó después—. A juzgar por la forma en que se tragaba tu … bueno… Eso… Es obvio que fue sexo consentido. Pero ella podría aducir que usaste tu posición de hijo de la jefa para aprovecharte.

La mentalidad de abogada de mamá salía a relucir incluso en las situaciones más inverosímiles.

— No… claro que no me aproveché —respondí—. Además, fue ella la que me buscó.

Mamá pareció sorprendida. E incluso algo orgullosa. Miren al niño por el que nadie daba un peso, levantándose a una mujer que lo doblaba en edad, pareció decir. Me dijo en cambio, con el semblante que usaba para hablar con sus clientes, que esperaba no tener problemas en el futuro. Pero los exempleados solían usar cualquier cosa para sacar más dinero del que les correspondía. Ojalá Antonia no fuera esa clase de personas, dijo mamá. Yo la tranquilicé, diciéndole que no nos adelantemos, que además, seguramente Antonia no haría nada en contra de nosotros.

— Y bueno, con respecto a lo que ocurrió al final…

Al fin habíamos llegado al punto más incómodo. Mamá había iniciado la charla de manera que me hizo tranquilizar mucho, pero en el fondo los dos sabíamos que ninguno se olvidaría de ese momento en el cual eyaculé encima de ella.

— Partiendo de la base de que no tenías absolutamente nada que hacer con la empleada doméstica acá abajo —siguió diciendo—. Y también obviando el hecho de que en el supuesto caso de haberte resultado imposible contener la calentura por la veterana, bien podrías haber usado tu habitación. Y siempre teniendo en cuenta que eso es algo que nunca debe volver a suceder. Bueno, vamos a decir que lo que te pasó conmigo no fue más que un improbable accidente que sucedió debido a un montón de circunstancias. Algunas de las cuales ninguno de nosotros podía haber controlado.

— Entonces ¿no pensás que soy raro por haber acabado cuando te tenía frente a mí? —dije.

— Claro que no. Todavía estabas excitado por lo que te había hecho Antonia. Y dicho sea de paso, buena petera resultó la señora —soltó una carcajada exagerada, como para distender la situación, supuse yo. Luego siguió diciendo—. A veces el cuerpo tiene sus necesidades. Está bien que te hayas desahogado. Hubiese preferido que fuese con alguna amiguita tuya. Alguien con quien después, quizás, pudieras ponerte de novio. O en el peor de los casos, con una profesional. Pero bueno, ya tendrás tiempo para conocer a más chicas —suspiró, y volvió a poner su expresión seria, como advirtiendo que pretendía decir algo importante—. Lo que no me gustaría Carlitos, es que esta primera experiencia sexual resulte traumática para vos. La verdad que no sé qué palabras usar, porque nunca imaginé encontrarme en una situación como esta. Pero como te dije, lo que pasó no fue más que un accidente. Y así tenés que pensarlo vos. O mejor dicho, no tenés que pensar siquiera en ello.

Comprendía la preocupación de mamá. A partir de ahora, cada vez que tuviera alguna relación sexual, sería muy difícil que no viniera a mi mente lo sucedido esa tarde. Mamá irrumpiendo en el momento más candente. Yo eyaculando sobre ella. Probablemente tenía mi vida sexual arruinada, y aún no lo sabía. A todo eso sumarle la retorcida atracción que últimamente sentía por ella.

Le di las gracias. Pareció querer darme un abrazo, pero por suerte no lo hizo. En ese momento no tenía ninguna erección, pero de todas formas se sentiría muy raro haciéndolo.

Por la noche, me llegó el mensaje que tanto temía. “Es hora de dar un paso más”, ponía Lautaro. Sentí escalofríos. Me pregunté cuáles eran los planes de mi perverso aliado.

Continuará

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