QWERQ

Son las tres del mediodía, mi madre y yo acabamos de comer. Todo ha ido como siempre. Nuestras conversaciones redundantes han acompañado toda la comida mientras mi mente cada poco se escapaba hacia lo que un rato antes vi nítidamente con mis ojos. Cuando terminamos, intento despejarme un poco y aprovecho este momento para encender un rato la consola mientras mi madre está limpiando las cosas de la cocina. Todo transcurre con naturalidad hasta que el sonido de la puerta de casa quiebra dicha armonía.

—¡¡DING DONG!!

—¡Mamá! ¡Llaman! ¿Puedes abrir? ¿O voy yo? —digo desde el salón

—Sí, sí, voy yo. —dice mi madre secándose las manos y saliendo de la cocina en dirección a la puerta de casa. Con tranquilidad se dirige a la puerta y al abrir, se encuentra con el viejo de nuevo

—Hola cariño.

—¿qué haces aquí? —dice muy seria girándose hacia el pasillo esperando que yo no lo haya oído. —Hay gente en casa.

—No quiero nada de ti ahora mismo, tranquila. Solamente quiero que hagas una cosa por mi, ¿de acuerdo?

—¿Una cosa para usted?

—Sí.

«Qué me va a pedir ahora?»

—Quiero que te cambies y bajes a casa de tu amiga Verónica. —dice sin titubear mientras mi madre la mira. —Quiero que te pongas una minifalda y una camisa blanca sin sujetador.

—Ni loca voy a hacer eso Don Fernando.

—Sé que serás buena y lo harás cariño. Si me entero de que no lo haces, te castigaré.

Mientras ambos oyen mi voz proveniente del salón. —¡¡MAMA!! ¡¿QUIEN ES?!

—No es nada hijo. —dice mi madre girándose hacia casa.

—¿Y como me vas a castigar Don Fernando? —dice ella mirándole. «Quizás sea mejor recibir un castigo que hacer esto…»

—Tendremos que hacer otra visita al pakistaní, ¿Te gustaría?

—No… —dice bajando la mirada. —Usted no puede obligarme a ir allí…

—Aunque quizás esta vez igual podemos hacer que te vea con la camisa abierta, pero sin sujetador.

—No… No puede obligarme… —dice mi madre insistente.

—Joder… sería muy morboso… ¿no crees? —se toca el paquete delante suya y de nuestra puerta de casa —ya sabes qué tienes que hacer sino quieres que pase eso.

El viejo se da la vuelta mientras termina diciendo. —Vete a ver a Verónica como te he dicho.

—No… no me podrá obligar ni a una cosa ni a otra… —le responde ella, pero el viejo desciende las escaleras sin prestarle atención, dejándote sola mientras le replicas. Poco a poco desparece bajando por las escaleras.

Cierra la puerta seria y en silencio.

«No voy a hacer esto ni loca» piensa mientras se encamina de nuevo hacia la cocina. Desde el pasillo mi voz la sorprende

—Mama, ¿quién era? —digo serio.

—Nada, era de la compañía de la luz. Nos querían vender una promoción. —dice en tono muy serio. «¿Si no obedezco que pasara? Nada… y si lo hago… Verónica pensará cosas extrañas de mi… y eso no lo quiero…» Se dice para si misma mientras me contesta cualquier cosa.

«No es más que un cerdo engreído…»

«Ya me ha puesto suficientemente en evidencia…»

«¿Sería capaz de hacerme ir a ver al pakistaní con la camisa abierta y sin sujetador?»

«Pero Verónica pensará que quiero algo con ella…»

«No me gustaría que esto terminara con nuestra amistad…»

«¿Y si lo hago y le digo a Verónica que él me ha obligado?»

«Bajaré y terminaré con esto… ¿pero como sabrá el cerdo que lo he hecho?»

Mi madre se debate moralmente ante la propuesta del viejo mientras yo le intento indagar más sobre quien ha venido a casa con casi la seguridad de que no me está diciendo la verdad.

—Hijo, me ha surgido una cosa, tengo que bajar a hablar con Verónica, ahora subiré, ¿vale?

—¿A casa de Verónica?

—Sí, solo será un momento. —dice mi madre mientras se encamina a su dormitorio.

—Mamá, ¿qué te pasa?

—¿Qué me va pasar?

—Dime la verdad, ¿quién ha venido a casa ahora?

—Ya te lo he dicho —dice mientras no me mira y se pone a buscar su ropa.

—¿Ha sido Don Fernando? —digo en tono serio mirándola fijamente.

Al escuchar ese nombre, ella se gira a mirarme quedándose unos segundos en silencio.

—¿Don Fernando? ¿Qué dices hijo? Ese indeseable hombre no lo he vuelto a ver desde aquél incidente que todavía intento olvidar de mi mente.

—Si fuera él… Me gustaría que me lo contaras… Te ayudaría en lo que fuera falta.

Ella deja el armario y se acerca a mi.

—Anda cariño… No te preocupes tanto por tu madre, que es mayorcita. Eres un amor —y me da un beso en la frente mientras huelo su perfume y las imágenes de la ducha vuelven a mi mente al tenerla tan cerca. —sé que puedo contar contigo hijo mío…

El calor vuelve a invadirme mientras solo puedo responder un “vale mamá…”

—Ahora sigue tranquilo jugando, yo me cambio un momento, bajo a casa de Verónica a comentarle una cosa y subo, ¿vale?

—Esta bien mamá… —digo con miedo a que me vuelva a preguntar por qué me estoy poniendo rojo de nuevo y me alejo de ella dejándola en la habitación.

Una vez sola, empieza de nuevo a buscar entre su ropa. No es asidua a ponerse minifaldas. Hace muchos años que no usa una prenda así. Mientras en su cabeza se repite una y otra vez la misma pregunta… «¿Cómo sabrá el cerdo que lo he hecho? ¿Verónica sabe que el cerdo me obliga a cosas…?» Sigue rebuscando en el armario, sumergida en sus pensamientos. «Intuyo lo que puede estar pasando… ¿Sino como sabría Don Fernando que lo he hecho?»

Por fin encuentra algo acorde a lo que le ha pedido el viejo, una minifalda vaquera de color marrón oscuro, con botones que se abrochan por la parte de delante. «Esto cumple con lo que me ha pedido y al mismo tiempo no desentona conmigo…» Piensa mientras poco a poco accede a lo que le ha pedido el viejo.

Ahora busca una blusa blanca, que la encuentra fácilmente. Ella la sostiene en las manos, mientras piensa que el viejo le ha pedido que lo se la ponga sin sujetador.

Evita pensarlo más de la cuenta, se quita la camiseta, se desabrocha el sujetador, saliendo sus bonitos y bien formados exuberantes pechos que los esconde rápidamente en la blusa sin poder evitar que sus pezones se marquen a través de la fina tela.

Antes de salir de la habitación, se pone por encima una gabardina. Quiere evitar a toda costa que nadie le va con esas pintas y piensen cosas.

Afortunadamente, yo vuelvo a estar delante de la consola. Mi madre desde el pasillo me dice. —Ahora subo hijo, no tardo.

—Vale mamá, hasta ahora. —digo sospechando aún por todo esto.

Una vez en el rellano, baja rápidamente hasta casa de su vecina. Cuando se encuentra enfrente de la puerta de Verónica, desabrocha un par de botones la blusa, pero cuida de abrocharse la gabardina de nuevo

¡DING DONG!

—¿Si? —la voz de Verónica suena desde el otro lado de la puerta.

—Hola soy yo…

—Alejandra… —dice abriendo la puerta poco a poco.

—¿Está Raúl?

—¿Raúl? —dice sorprendida.

—Sí, Raúl.

—No… ¿por?

—Entonces déjame pasar, por favor… —dice avanzando hacia dentro de casa de su amiga y vecina.

Verónica le deja pasar, sorprendida de que vaya a verla con esa gabardina.

—Pasa… pasa… —dice, sabiendo el porqué ella se ha presentado en su casa.

Una vez en el salón, ella se desabrocha la gabardina, dejándola encima del sofá. Mostrándole a su vecina una minifalda y una blusa blanca que marcan perfectamente sus pechos. Justo como el viejo le había dicho.

—Pe-per Alejandra.. —dice ella al verla.

—Solo venía a verte así… me siento cómoda así… y contigo puedo ir así. Pero si te hago sentir mal me marcho… —dice más nerviosa de lo que ella cree.

—Pero por qué… —dice incrédula al verla así.

—¿No te gusta? ¿crees que soy demasiado mayor? Yo no me atrevo a llevarla pero me siento bien con ella. —intenta desviar la atención del motivo por el que se encuentra así vestida en casa de su vecina.

—Pero tú… Nunca te he visto con minifalda…

—Ni me verás, sino es a solas, contigo o con Isabel.

—¿Quién es Isabel?

—Una amiga, no la conoces. Un día tenemos que salir las tres, aun que para ella eres un verdadero peligro. —le contesta mi madre, sonriendo, intentando quitar peso a sus pintas en su casa.

Verónica es un mar de dudas, su cabeza empieza a hacerse muchas preguntas «¿Cómo ha conseguido ese viejo que se vista como él quiere? ¿y si es verdad? ¿y si es verdad que a ella no le disgusta lo que le pide ese viejo?»

—¿Un verdadero peligro? ¿a qué te refieres? —le contesta, disimulando, mientras su cabeza se plantea otras preguntas.

—Bueno… a ella le gustan más las chicas que los chicos, por decirlo de alguna manera. —sonríe. —pero nunca se pasaría, no temas.

Pero Verónica está preocupada por otra cosa. Tanto que no puede evitarlo.

—Alejandra.. te-tengo que hablar contigo…

—Ya estamos hablando.

—¿Estás bien? —pregunta primeramente.

—Sí, con mis altos y bajos…

Verónica prefiere no comentarle que la ha visto con él en la calle.

—¿Sigues mal por lo de la baja? ¿Te sigues medicando? —intenta ser cuidadosa con las preguntas.

—Sí, así es.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, ¿Verdad?

—Sí… gracias…

—¿Tienes algo que contarme? —insiste Verónica.

—No… ¿por? —dice ella mintiéndole, pero en su cabeza pasan otras cosas distintas; «Si Don Fernando sabe lo que estoy haciendo es porque ella se lo diría, pero prefiero no decir nada…».

—No… Por nada…

—¿Y tú? —preguntándole, ella es abogada, es lista.

—¿Yo? No.. todo está bien… no se por qué lo dices.

—¿Sabes que tenemos que hacer? —le contesta ella intentando desviar la conversación hacia otro lado. —Tenemos que salir las tres a bailar… bueno tu ya sabes que yo no bailo, pero vosotras sí. Aprovecha que en unos días Raúl se va de viaje por trabajo y salimos.

—¿Quiénes somos los 3?

—Isabel, tú y yo… ¿En quienes estabas pensando sino?

—Eh… sí sí, Isabel tu y yo…

Pero Alejandra se pone seria. No puede callárselo más. No puede evitar sacar a la palestra lo que ambas están evitando hablar.

—Has hablado con él, ¿verdad?

—¿Q…qué? —dice ella poniéndose nerviosa y quedando en evidencia.

—Lo sabes perfectamente. Ha venido a mi casa a ordenarme que me vistiera así y viniese a verte. —Verónica se pone roja mientras mi madre continúa. —Me ha amenazado con cosas que no quiero ni contarte.

—Esto… Yo… Yo…

—Te dije que no lo hicieras. —La voz de mi madre suena dura.

—¡Pero Alejandra! Os he visto esta mañana juntos por la calle. —suelta finalmente.

—No… No interfieras…

—No puedo permitir que haga de ti lo que él quiera…

—Soy mayor y responsable…

—¡NO! ¡¡No debes dejarle!! —dice casi tartamudeando de los nervios. —¿te estás oyendo? ¿cómo que eres mayor y responsable? ¿acaso no te importa que te haga esas cosas?

—Lo siento… Hay una parte de mi que siente asco… Un profundo asco… Pero otra parte de mí… Tengo dudas Verónica..

—¿¿Pero que dices?? —se acerca a Alejandra y la zarandea levemente de los hombros. —¡Debes parar esta locura! Tienes marido! ¡y un hijo! ¡¡que te quieren!!

—No puedo… —contesta bajando la mirada.

—¡¿Qué?!

—Yo… yo también los quiero…

—¡Pero qué estás diciendo! ¡Si es un viejo de 70 años! Está gordo! Es Don Fernando! ¡Mira que pintas lleva siempre!

—Eres muy joven… No sabes nada…

—¿Te está extorsionando? ¿Te está chantajeando?

—En cierto modo… En cierto modo… Sí…

—¿A qué te refieres?

—No es esto… todo es mucho más complicado…

—¡Vayamos a la policía! ¡Tenemos que ir y denunciarlo!!

—Me hubiese obligado a ir a la frutería con la blusa totalmente desabrochada… y eso… no quiero que suceda…

—¿Enserio?

—No puedo denunciarlo… Si el primer día no hubiese cedido… Ya lo habría hecho…

—Pero Alejandra… Por favor… tienes que cortar esto… —Verónica recuerda como los vio salir de esa frutería justamente.

—Es… es un manipulador…

—Pe… pero Alejandra…

—Tan manipulador… que… que les haría creer que yo lo busqué… Tú no lo conoces…

—Es un viejo… no me creo que sea tan manipulador…

—Lo que tienes que procurar es que no lo haga contigo…

—¿Conmigo? —pregunta sorprendida Verónica —Pero… ¿conmigo? ¿Qué estás diciendo?

—Lo ha hecho con otras… lo sé…

—¡Jamás me acercaré a ese viejo! ¿Con otras? —termina exaltándose.

—Sí… cuando era más joven…

—Pe… Pero…

—No te diré como lo sé… Pero ha sido proxeneta… embaucaba a mujeres… —prosigue.

—¿Prox-proxeneta? —contesta Verónica incrédula.

—Sí…

—¿Tú… tú sabes lo que estás diciendo?

—Sí… si que lo sé…

—¿Y cómo permites que te siga haciendo cosas? —contesta Verónica que pasa de estar nerviosa a asustada.

—No lo sé… Quiero evitarlo… De verdad que quiero evitarlo…

—Alejandra… He ido a verle hace un rato… Y justamente me ha dicho que bajarías tal cual te has presentado aquí…

—No… No quiero que esté cerca de ti…

—Alejandra… Yo ahora mismo no soy importante. ¡La importante eres tú! Tienes marido e hijo, una vida laboral impecable y envidiable, ¡lo tienes todo!

—Puedo separar las cosas… Es lo que intento hacer… —dice sin mirar a Verónica —No ves que haciendo lo que has hecho, ahora ya tiene excusa para preguntarte… ¿no te das cuenta?

—Y… y yo… no sabré que responderle… —su voz suena a dudas.

—La verdad.

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