ROSA LIÑARES

Se volvió a mirar en el espejo de la entrada antes de salir. Sin duda, el vestido de lentejuelas multicolor que se había puesto para despedir el año era espectacular. Aunque solía llevar por bandera el lema de «menos es más», de vez en cuando le gustaba ser la «reina del glam».
Metió las llaves en la mini-bolso que había escogido para la ocasión, cogió el abrigo y salió apurada. Llamó el ascensor mientras cerraba la puerta apresuradamente y se iba poniendo el chaquetón. Era tardísimo. La impuntualidad era uno de esos rasgos en ella que no podía evitar. No sabía cómo lo hacía, pero siempre llegaba tarde. Su incapacidad para ser puntual era vox pópuli entre sus amigos.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor entró con la mirada directa a la botonera para marcar el 0. Pero sus ojos se toparon con su vecino de arriba. Frenó en seco y pidió perdón retrocediendo. Tendría que esperar a que el ascensor bajase y volviese a subir. Ahí estaba la excusa perfecta para llegar más tarde.
Su vecino le dijo que no se preocupase, que podían bajar juntos; el ascensor era suficientemente grande y los dos llevaban mascarilla. Así que entró. El botón de la planta 0 ya estaba marcado y en cuanto se cerraron las puertas el ascensor comenzó a descender.
Se sentía nerviosa. Su vecino (el vecino cañón, para más inri) estaba de pie detrás de ella, en la esquina izquierda. Ella se había situado delante, en la esquina derecha. Ninguno de los dos hablaba, pero sus respiraciones parecían agitadas.
De pronto, el ascensor dio un golpe brusco y se paró. Asustada, miró la pantalla. Aún no habían llegado al segundo piso. Que no cunda el pánico, pensó. Volvió presionar el botón de 0, pero el ascensor no se puso en marcha. Tras un largo minuto de angustia, el vecino decidió tocar el botón de la campanita. Pero no se escuchó nada. Ninguna alarma sonó estridentemente. Lo que faltaba. Que el botón de emergencia no funcionase.
Los minutos fueron pasando lentos y pegajosos. El calor se hacía sentir cada vez más y con las mascarillas el agobio era mayor. Se quitó el abrigo. Aunque el vestido era de manga larga, llevaba toda la espalda al aire. Esa era la gracia. Notó los ojos de su vecino observando su dorso y se ruborizó. El calor era asfixiante. Y en el aire se palpaba cierta tensión. Una tensión sexual no resuelta, diría ella.
Optaron por quitarse las mascarillas. Tenían que intentar respirar tranquilos, pero respirar. Ella estaba mirando hacia delante y él estaba situado detrás. Mantenían las distancias.
Al cabo de otros minutos interminables, sintió los dedos de él deslizándose por su espalda. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se giró para decirle algo, pero se topó con unos labios húmedos y carnosos que se estampaban contra los suyos. En cuestión de segundos, estaba viviendo una de esas escenas tórridas de película, teniendo sexo con su vecino cañón. Su vestido y la camisa de él yacían en el suelo del ascensor mientras ellos se comían a besos y exploraban sus cuerpos sin dejar un centímetro de piel por recorrer. Ni en sus mejores sueños lo hubiese imaginado.
De pronto sintió un aire frío. Como una pequeña corriente de aire que impactaba
directamente en su cara. Abrió los ojos. Estaba sentada en el suelo del ascensor, y su
vecino le estaba dando aire con la chaqueta del smoking que se había quitado
previamente.
-¿Estás bien? -le preguntó preocupado. Te has desmayado en cuanto has descubierto
que nos habíamos quedado encerrados en el ascensor. Ya he hablado con los de
mantenimiento. Están de camino. Enseguida nos sacan de aquí.
Tenía el abrigo bajo sus posaderas, pero la cremallera de su vestido seguía cerrada. La
blanca camisa de su vecino lucía impoluta sobre su torso, perfectamente abrochada y sin
una arruga.
Maldita claustrofobia…

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