LOLA BARNON

Capítulo 2

El paso del tiempo

Lo he pensado muchas veces. Quizá nunca debimos haber dado este paso. Visto con perspectiva, es muy posible que no tuviéramos ninguna oportunidad. Pero ha sucedido y merecía la pena luchar por ello. Y por ella.

Fue, como poco, extraño. Y, en buena manera, sorprendente. En mi caso, al menos, inesperado y debo decir que gratamente encontrado. Creo que el de ella, también… Sé buscar en los ojos, en el brillo de las miradas y hasta en los silencios. Todo me decía que sí, que ella también estaba contenta y esperanzada.

Hacía seis semanas que mi hijo había fallecido. La enfermedad que le asoló desde su nacimiento terminó con él, y se podría decir que también conmigo. A mis padres los dejó totalmente destrozados. Mi pobre ángel voló a un reino lejano en donde ya no sufriría más. A un lugar que sería mucho más amable y acogedor que el mundo en donde había nacido. Pero a la familia, a pesar de que en cierta medida estábamos aliviados porque sabíamos que era irreversible su final, también nos rompía el dolor de su pérdida. 

Su madre, Andrea, vino al entierro. Llorosa, muy afectada. Pero igualmente que llegó en el primer avión de por la mañana, se fue en el último de la tarde. Sé que su destino final era Milán. Y por lo poco que pude saber, y me dijo ella misma, había empezado una relación estable —otra más— con un empresario italiano de la moda.

Desde que nos separamos y cada cual había hecho su vida, nunca volvimos a tener un contacto real. Su embarazo no fue deseado y ella quiso abortar. Pero la convencí de que yo criaría a ese niño, sin pedirla nada a cambio. Ella, de forma esporádica, y solo cuando tenía trabajo en el mundo de la moda, enviaba algo de dinero. Pero no era suficiente, ni constante. En mi manera de entender aquello, no le hice nunca una petición de ayuda, ni que la natural llamada de la sangre ayudara a combatir la enfermedad con la que nuestro hijo nació. No se lo reprocho, porque ella no quiso nunca ser madre y tan solo dio a luz por mi insistencia.

Pocos años después, estábamos enterrándole, muertos de dolor y desencajados de llorar. Y nuestras vidas, ya de forma irremediable y perenne, absolutamente separadas y completamente diferentes.

Ha pasado el tiempo y las reflexiones se han sucedido. Ahora lo miro y entiendo con otra perspectiva. No sé si mejor o peor. Aquel día, seis semanas después de la muerte de mi hijo, Vicky me obligó a salir con ella a cenar y a tomar una copa. Necesitaba despejarme, alejarme de la oscuridad en que se había convertido mi vida, entender que, a pesar de la inmensa tristeza que me atenazaba, la tierra seguía girando y no me podía apear.

Tras la muerte de mi hijo, ni siquiera atendía a las llamadas de mis clientes y, siendo sincero, apenas me quedaba ya dinero. Pero no era capaz de volver al trabajo. Si es que a lo de ser escort se le puede llamar un trabajo. O puto, si se prefiere decir así. Era una vida tan falsa que hasta nos creamos cortinas de apariencia. Aunque me llamo Andrés, nadie me conoce así en el mundillo. Ahí, utilizo el de Jorge. Solo Vicky sabe mi nombre y apellidos verdaderos.

Aquella noche, sin pretender nada ni esperarlo, ni siquiera buscarlo, Vicky y yo nos acostamos sin pensar en nada más, pero sabiendo que en el fondo, corríamos el riesgo de que se convirtiera en bastante más que sexo. Si tuviera que dar una opinión ahora, con pausa y la experiencia acumulada del tiempo pasado, diría que, al no estar planeado, y ambos vivir del sexo mercenario, fue fácil extrañarnos y sentir que nos sumergíamos en algo diferente a nuestro día a día. Una corriente de sentimientos deseos o anhelos que nos aparataba, al menos cuando estábamos juntos, de nuestra vida de engaños y sexo tarifado. Muy posiblemente, también, ambos nos dimos cuenta de que buscábamos ser queridos y nos necesitábamos mutuamente.

Recuerdo que estuvimos cenando en una tasca de diseño con precios algo altos, pero agradable. Unas copas de vino, ella un gin-tonic y yo un chupito para terminar. No suelo beber. En realidad, prácticamente nada. En alguna ocasión, y más por contentar a una cliente, me he pedido alguna copa que, invariablemente, dejo por la mitad aduciendo que el alcohol, no es bueno para el sexo. Esa explicación o contestación que doy cuando me preguntan la razón de por qué no me la termino, tiene varias intenciones. Una, la de provocar la reacción de apetencia sexual por parte de la mujer que en ese momento me acompañe. Otra, de halago. De esa forma les hago saber que darle una buena noche de sexo es lo que pretendo y nada va a desviarme de ese camino. Suele gustar, por tanto. La última, más prosaica, es que, con un par de miradas y algún roce añadido, suelo acelerar esas ganas de cama que toda cliente tiene cuando me contrata. Y el tiempo, en mi profesión, es esencial. Si la puedo satisfacer en un par de horas, ¿para qué utilizar tres?

En mi profesión desenchufar las ganas de sexo y disfrute es fundamental. Se sabe de sobra a lo que se va, pero nunca está de más aumentar esa dosis de excitación de lo que va a acontecer. En realidad, en mi trabajo se conjuga la fantasía y la procacidad. Ser alguien que en realidad no eres, mientras desatas la catarata de la lujuria. En el caso de mis clientes, sin duda. Pero poco a poco, me había dado cuenta de que yo también entraba en ese mundo de fantasías paralelas, de mundos opacos y estancos en donde somos quiénes, en muchas ocasiones, no deseamos ser. Y es entonces cuando esa imaginación, ese rol figurado en que nos aposentamos por las dos horas tarifadas, desplaza a nosotros mismos. Pero, de forma invariable, regresamos a la realidad. Ellas, de vuelta a sus vidas, en general acomodadas y posiblemente aburridas o monótonas. Yo, a la miseria de ser alguien que mercadea con su cuerpo y el sexo de pago, evitando tener una vida normalizada.

Pero todo cambió para mí aquella noche con Vicky. Aunque suene manido, fue diferente. No existió reloj alguno, ni sentíamos la urgencia de finalizar. Hasta ese momento, habíamos ido profundizando en nuestra amistad, pero nada más. Sin saberlo ni sospecharlo nos fuimos adentramos a través de charlas e instantes de silencio y miradas, en algo completamente dispar a lo vivido entre nosotros hasta la fecha. Ya el hecho de romper mi abstinencia alcohólica voluntaria, me llevó a aflojar mis defensas o como lo queramos llamar.

Ambos éramos absolutamente conscientes de que tener relaciones afectivas con una cliente o alguien de tu misma profesión, puede que fueran las dos peores cosas que un escort puede hacer. En el primer caso, porque un cliente no debe dejar de ser nunca, eso. Alguien puntual, ocasional o que se repite en determinadas circunstancias. Pero que, en ningún caso, puede llevar a que la relación con él o ella se vea afectada o trasmudada de una meramente comercial a otra basada en el plano afectivo.

Con una compañera, como era Vicky, casi peor. Dos mundos tan parecidos, con puntos tan próximos y vidas tan ajetreadas, dependientes de una llamada o de un contacto para pasar una noche o un fin de semana tarifado con alguien, hacían imposible formar algo parecido a una pareja.

Por eso, cuando ya en su apartamento, me vi besándola en la boca, jugueteando con su lengua con leve sabor a ginebra y afanándonos a la vez en despojarnos de la ropa, algo se debió romper en mi interior y en el suyo. A los pocos segundos nos estábamos abrazando, acariciando y, en cierta medida, buscando una noche que no fuera la del sexo a través de billetera o tarjeta de crédito.

Los dos éramos expertos en este tema. Y por descontado sabíamos cómo hacer gozar a nuestros clientes. Ella, porque es, además de guapa, intensa. Yo, porque a mi cuerpo y atractivo, sumaba, además, algunos años de experiencia.

Y así, de esta forma, quiero entender que esa noche, estuvimos alejados de nuestras profesiones y sin la atadura monetaria. Nos concentramos en sentirnos. Nuestras bocas buscaron los recovecos de sexo, de ambas entrepiernas y lamieron, succionaron y buscaron el placer de cada uno. Pero con unas miradas y sentimientos que lo hicieron todo diferente. Así lo recuerdo…

Por extraño que parezca, la penetré sin condón. Los dos nos hacíamos análisis cada diez o doce días y utilizábamos en la gran mayoría de los casos protección profiláctica con los clientes. Pero esa noche, como prueba a sumar del rompimiento de reglas, pautas y criterios, no utilizamos preservativo. No sé si fuimos ese momento conscientes, pero hoy sé que tuvo significado, aunque fuese impensado… El tiempo, cuando pasa, borra algunos detalles que hace que algunas sensaciones se difuminen, pero esos detalles, no. Siempre permanecen, al igual que su significado.

Sé mirar cuando una mujer goza. Lo he visto muchas veces y casi siempre referido a un sexo explícito y con la pasión del desenfreno puntual. Conozco las reacciones de las mujeres cuando gozan conmigo de ese momento prohibido y transgresor, sustentado en el cuerpo interesado y mercantil de un hombre. He sentido sus manos en mi espalda, intentando arañar los momentos de placer hasta el extremo. Sus dedos engarfiados en mis caderas y la pelvis adelantada absorbiendo la totalidad de ese orgasmo alcanzado. Sé lo que es el sexo por el sexo. El sexo por apetencia, venganza o necesidad. La bruta y seca lujuria y la mordiente apetencia sexual. Y, por supuesto, sé que lo de Vicky, fue muy diferente. Completamente distinto…

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