GABRIEL B

Lautaro había dejado su veneno. Sabía que no podría contenerme, pues mi curiosidad era muy grande. Ya me conocía. Le había contado que había descubierto el cajón de mamá lleno de juguetes sexuales. También había dejado escapar en un mensaje, que había olido la ropa interior que hacía poco le había robado. Por lo que el vecino tenía en claro que si me lanzaba tremendo mensaje, no podría evitar meter mis narices ahí donde sabía que no debía hacerlo. “Buscá la grabación de las once de la noche”, decía el mensaje.

Habían pasado cuarenta minutos de la medianoche, por lo que la grabación era muy reciente. Maldije a mi compinche. ¡Lo que yo quería era ver a su mamá! Sin embargo, me tuve que conformar con la grabación de la noche anterior en donde vi a Leticia desnuda. Habíamos llegado a la conclusión de que espiarla en su cuarto durante más tiempo era sumamente arriesgado, y que en todo caso lo dejáramos para más adelante, en un momento en el que nos sintiésemos lo suficientemente seguros de no correr riesgos.

Sin embargo, esa misma tarde había trabajado arduamente para poner la cámara en la habitación de mamá. Había sido muy difícil, aunque no tanto como había imaginado. Lo bueno era que la cámara que estaba utilizando era mucho más pequeña que las que habían puesto la empresa de seguridad, por lo que no resultó muy difícil camuflarla entre el montón de chucherías que la Dra. Lorenzzeti tenía en una repisa. Lo que sí resultó muy trabajoso fue conectar el cable de manera que no resultara visible.

Lo que hice fue meterlo por el mismo canal por el cual pasaban los cables que conectaban internet en la computadora que mamá tenía en la habitación. Esto resultó ser por demás arriesgado, pues al hacerlo, rompí en varios sectores el canal. Además, mientras iba pasando el cable de la cámara, de algún modo desconecté el de la computadora. Luego me quedé sin tiempo para recomponer mi error, y me vi obligado a dejarla así. Imaginaba que iba a salir indemne de estos errores por dos motivos: mamá no solía usar la computadora de su habitación, y en todo caso, si lo hacía, podría usar el wi-fi. Lo que sí podría exponerme, era el hecho de que una de las cámaras del fondo no estaría conectada. Si mamá, al otro día, notara que el cable, en lugar de ir a donde lo había puesto la empresa, iba a su cuarto, estaría en serios problemas.

Una cosa mucho más angustiante aún era el probable hecho de que ella revisara las cámaras en algún momento de la noche. En principio, una vez que comprobé que había hecho la conexión correctamente,  procedí a inhabilitar el cuadro donde aparecería su habitación, por lo que, si abría el programa, se encontraría con que una de las cámaras estaba en negro. Por otra parte, que yo supiera, ni en la pc de su cuarto, ni en su celular, tenía instalado el programa, por lo que para visualizar las cámaras debería hacerlo desde su notebook. Por suerte, esa noche la había dejado abajo. Era algo que hacía con frecuencia, pues si se la llevaba a la cama, nunca terminaría de trabajar, ya que siempre quedaba algo por hacer en la oficina, y se sentiría obligada a concluirlo.

En todo caso, ahí estaba la pequeña cámara, camuflada entre algunos libros, y unos suvenires traídos de algunas vacaciones. Le hice jurar a Lautaro que si llegaba a ver algún movimiento raro, la inhabilitara inmediatamente, y me avisara, para tomar las medidas necesarias.

En fin, llevar a cabo el plan no resultó tan difícil, después de todo. Pero lo malo era que todo pendía de un hilo. No me cabían dudas de que el vecino había pasado por algo similar, y por eso la decisión de abortar el plan luego de la primera noche, cosa que yo imitaría, claro está.

Y ahora Lautaro me había mandado ese mensaje. Quería que vea la grabación de la habitación de mamá a partir de las once de la noche. Una hora y media atrás. Según recordaba, en ese mismo momento yo me encontraba masturbándome con la tanga de Leticia en mis manos, y el video de su desnudo en la notebook.

Había trabajado mucho, y el estrés había llegado a niveles que nunca creí que sentiría, por lo que, un sentimiento de justicia me impulsó a buscar dicha grabación y ver los frutos de mi inquietante tarea. Así que, sin dar más vueltas al asunto, así lo hice.

En la reproducción en vivo mamá aparecía durmiendo plácidamente. Sólo sobresalía su cabellera rubia sobre el acolchado con el que se cubría. Recordé que ese día la había notado más cansada de lo normal. Pensándolo mejor, llegué a la conclusión de que ese supuesto cansancio era en realidad frustración. ¿Había tenido un mal día en tribunales? No tenía la costumbre de preguntarle cómo le había ido en el trabajo. Quizás era hora de que empezara a hacerlo.

Fui a la parte de las grabaciones. Coloqué la hora que me había indicado el vecino. Las veintitrés en punto. A primera vista no sucedía nada fuera de lo común. La doctora Lorenzzeti ya dormía, pues al otro día debía levantarse muy temprano.

La cámara estaba en un lugar perfecto. Enfocaba de lado a la cama, casi al completo. No tenía la mejor nitidez, y si bien tenía un visor nocturno, pues la luz se encontraba apagada, los colores parecían muy apagados. No obstante, cada movimiento que fuera a hacer mamá sería captado a la perfección. Aunque en ese momento no hacía movimiento alguno.

Tres minutos después hubo la primera novedad. Algo que se encontraba en la mesita de luz brilló en la oscuridad. Inmediatamente me di cuenta de que se trataba del celular. Alguien le había enviado un mensaje. Me sorprendió el hecho de que lo tuviera con sonido. Quizás esperaba ese mensaje. A lo mejor eso estaba relacionado con su humor. Ella se colocó los anteojos y lo leyó. Me pareció ver un atisbo de indignación en su semblante, aunque resultaba muy difícil estar seguro de ello. Su mandíbula se veía tensa, como si estuviera apretando los dientes. Empezó a escribir una respuesta. Luego movió la cabeza, en un gesto de negación, y dejó el celular en la mesa de luz. Pareció haber largado un insulto. Imaginé que no había llegado a enviar el mensaje, prefiriendo clavar el visto a esa persona que la había molestado.

Entonces salió de la cama. Tenía puesto el mismo camisón blanco que llevaba cuando, hacía un par de semanas, había irrumpido en su cuarto mientras dormía, para sacarle algunas fotos sugerentes. Se metió en el baño. Unos minutos después, volvió. Vi, no sin evitar sentir cierta admiración, sus largas piernas moverse con lentitud, como si dudase de dar el siguiente paso para meterse de nuevo en la cama. Lugo dio media vuelta y se dirigió al placard. Se puso en cuclillas. Abrió uno de los cajones. Yo sabía perfectamente de cuál se trataba. Era en donde guardaba sus juguetes sexuales.

Estuvo unos segundos tanteando los objetos que había adentro, como sin terminar de decidirse por uno. Finalmente vi cómo retiraba su mano, la cual sostenía el enorme consolador que había conocido el otro día. Ese que era sumamente realista, tanto, que incluso tenía unas venas artificiales en relieve. Se trataba de un falo enorme, tanto por su largo como por su grosor.

Mamá se metió en la cama. Por esta vez no se cubrió con las sábanas ni el cubrecama, sino que se colocó encima de ellos. Parecía ser que la doctora Lorenzzeti estaba acalorada. También me pareció notar un rastro de tristeza en su rostro. ¿O sería rencor? Lo primero que me vino a la cabeza era que esa persona que le había escrito la había decepcionado de alguna manera. Quizá se trataba de su amante, ese que nunca conocí, y del que incluso dudaba de su existencia. En cualquiera de los casos, mamá estaba a punto de hacerse una paja.

Se levantó el camisón. Sus carnosos muslos aparecieron desnudos. En ese momento debí dejar de mirar. Ya de por sí había irrumpido en su intimidad lo suficiente, y encima había dejado que Lautaro la viera hacer lo que estaba a punto de hacer. Ya era hora de apagar el monitor y dormir. Sin embargo, en ningún momento se me pasó por la cabeza hacerlo. Recién cuando todo había terminado me lo recriminé.

Mamá metió su mano por debajo del camisón, hasta hacerla desaparecer de la vista. Luego, cuando la sacó, haciéndolo muy lentamente, vi que con sus dedos arrastraba su braguita. Una prenda blanca, cuyo elástico se deslizaba por el muslo, frotándose en su piel blanca. No se la quitó, sino que se la dejó a la altura de las rodillas. Luego levantó un poco más el camisón, hasta dejar sus partes íntimas al descubierto. Desde la posición en donde estaba la cámara no se podía ver su sexo, cosa que agradecí. Pero aún de perfil pude notar una mata negra de vello púbico, que dejaba en evidencia la artificialidad de su cabellera rubia. No obstante, el vello era mucho menos frondoso de lo que había imaginado. Si bien no lo tenía depilado, se notaba que se lo había recortado prolijamente.

Tomó el consolador, que hasta el momento descansaba a su lado. Lo agarró por el medio. Sus manos eran más pequeñas que las mías, por lo que en ese momento, el artefacto parecía incluso más grande de lo que recordaba. Separó un poco más las piernas. El elástico de su bombacha se estiró a la par del movimiento. Colocó el falo entre sus muslos. Pareció apuntar a su objetivo. Sin embargo, aún no se lo iba a meter, sino que empezó a frotarlo en su vulva. Deslizó su otra mano hacia arriba, pasando por el abdomen, hasta llegar a sus pechos. Se masajeó uno de ellos, mientras seguía frotando el consolador en su sexo. Una mueca que nunca había visto en su rostro, apareció, totalmente perturbadora. Era una mueca de placer.

La doctora Lorenzzeti ya empezaba a gozar de su automestimulación. Por primera vez me di cuenta de que había algo más en lo que superaba a Leticia. Tenía un mentón alargado y sobresaliente, con un pocito en el medio. Sus labios eran pequeños, pero gruesos. Sus ojos marrones, ahora sin los anteojos, tenían una mirada cálida, que reflejaba su personalidad amable, aunque también parecían más encendidos, como irradiando una pasión que nunca había conocido. Su nariz era pequeña y llamativa, con las ventanillas más abiertas de lo normal. Sus pómulos eran altos y afilados. Su rostro en sí mismo tenía la forma de un triángulo invertido. En resumen, su cara era más bella que la de Leticia. Lo que era mucho decir, pues la vecina era preciosa.

Y ahora veía esos labios, que se abrían, presas del gozo, mientras con su mano empujaba el falo y se metía los primeros centímetros de él. Sus ojos parecían reflejar la embriaguez de la que ahora era presa. En efecto, estaba ebria de lascivia. Empujó más el aparato. Sus labios se separaron aún más, hasta que sus perfectos dientes blancos quedaron a la vista. Supuse que había soltado un gemido, aunque dudaba de que hubiese sido muy intenso, pues corría peligro de que la escuchara. Ahora la veía hacer girar el dildo sobre su propio eje. Con este peculiar movimiento logró metérselo más adentro. Ahora la doctora Lorenzzeti llevó ambas manos a la base del juguete sexual y empujó con mayor vehemencia. Vi, estupefacto, como su sexo absorbía el enorme objeto con una facilidad pasmosa.

Eso me dejó desconcertado. Hasta donde había visto, ni siquiera utilizó algún gel lubricante. Quizás ya estaba empapada de sus propios fluidos, pero aun así, se me hacía muy raro que se estuviera metiendo tremendo dildo en su vagina sin experimentar ninguna dificultad. Me pregunté, escandalizado, cuántas vergas se había dejado meter mi recatada madre, y sobre todo, de qué tamaño eran. Mientras meditaba sobre esto, el dildo había desaparecido casi en un setenta por ciento en la hendidura de mamá.

Vi su lengua salir, y frotarse lujuriosamente en sus labios, hasta el punto en que brillaron por la saliva que se había impregnado en ellos. Luego llevó la mano hacia su boca, pero el movimiento fue interrumpido, pues con la otra mano se había hundido más el dildo, cosa que hizo que se retorciera de placer, y cada músculo de su cuerpo pareció sacudirse con violencia. No obstante, luego lo intentó de nuevo, dejando de penetrarse por un instante. Sus dedos se encontraron con la humedad de su boca. Los chupó con ímpetu, y luego los sacó babeantes. De adentro de su boca brotó un hilo de baba. Llevó la mano hacia abajo, y empezó a masajearse el clítoris con los dedos embadurnados de su propia saliva, al tiempo que empujaba el consolador más y más.

Cuando quise darme cuenta, el artefacto casi había desaparecido adentro de la vagina. Ya me daba cuenta de lo equivocado que estuve la primera vez que lo vi. Mamá no sólo lidiaba con soltura con su enorme grosor, sino que se podía introducir esos veinte centímetros de silicona sin problema alguno.

Ahora su rostro volteó al costado, mirando hacia la cámara. Mi corazón dio un vuelco, pero recordé que Lautaro me había explicado que no emitía ninguna luz, por lo que sería imposible que se viera en la oscuridad. Me aferré a esa promesa, mientras veía los ojos brillosos de mamá, como a punto de largar lágrimas. ¿Sería culpa por estar masturbándose? O quizás era la frustración que le había generado aquel mensaje. Algún imbécil la había lastimado. A ella, que era merecida por muy pocos. Sus expresivos ojos marrones reflejaban placer y tristeza al mismo tiempo.

Entonces sucedió algo que no esperaba. Giró sobre sí misma, sin sacarse el dildo de adentro. Se puso boca abajo. Su voluptuoso culo quedó a la vista. No me cabían dudas de que el vecino había agradecido la suerte de verlo de esa forma. Ella seguía metiendo y sacando el consolador de su vagina, al tiempo que frotaba su cuerpo sobre el colchón, como si fuera una serpiente. Primero el pecho, luego el abdomen, la pelvis, y las piernas, para después repetir la secuencia, una y otra vez.

Al fin llegó el orgasmo. El rostro de mamá pareció ya no el reflejo de una embriaguez, sino de un éxtasis que sólo podría haber alcanzado consumiendo una poderosa droga. Vi cómo mordía la almohada para acallar el grito. No obstante, no reprimió en absoluto los movimientos de su cuerpo, que repetía esa coreografía serpenteante, pero ahora más frenética. El colchón se hundía cada vez que una parte de su cuerpo recibía todo su peso. La mano con la que manipulaba el dildo ahora era víctima de los muslos, que se cerraban en ella, mientras cada uno de sus poros reaccionaba aún al orgasmo.

Parecía cansada, como si acabara de correr una maratón. Se irguió, y volvió a colocarse boca arriba, agitada. Tiró el consolador a un costado, se levantó la braga, la cual absorbería sus fluidos, y finalmente, se cubrió con las sábanas. Me sorprendió que no fuera al baño a limpiarse, una vez que acabó. Pero no la culpaba. A mí mismo me había sucedido muchas veces que había tenido eyaculaciones tan poderosas, que me habían dejado sin energías, con ganas únicamente de dormirme inmediatamente.

Apagué el monitor, aturdido. Mi verga estaba totalmente al palo. Por esta vez, no pude pensar en ninguna excusa, pues apenas había pensado en Leticia en los minutos que duró la grabación. Me dije que a primera hora sacaría la cámara de ahí. Ya había cumplido con Lautaro. Además, a él le había ido mejor que a mí. En ese momento me di cuenta de que me había enviado un mensaje. “¿Lo viste?”, decía el mismo. “Solo el principio. Después lo saqué”, le aseguré.

……………………………………………….

A primera hora del día siguiente desmonté la conexión de la cámara oculta. Lo que más trabajo me costó fue restablecer el acceso a internet de la computadora de mamá, pues parecía que el cable se había roto en alguna parte, y tuve que reemplazarlo por otro. Por otra parte, remendé con cinta adhesiva la parte del pasacable que se había quebrado mientras yo conectaba la cámara. Esperaba que ella no lo notara, pero de todas formas, lo más importante ya estaba hecho.

Si bien se había establecido una extraña intimidad entre Lautaro y yo, no me había animado a decirle que había visto el video de las once de la noche completo. Eso era algo que me lo guardaría para mí. Por otra parte, empezaba a acrecentarse en mi interior el temor que me generaba el próximo intercambio que propondría el vecino. Estaba claro que cada vez iba a por más. Me resultaba imposible imaginar cuál sería su siguiente idea, y una parte de mí no quería conocerla. Se me ocurrió una idea. ¿Y si era yo el que esta vez proponía el siguiente intercambio? Él solía tardar varios días entre un plan y otro, por lo que, si me apresuraba, le podía ganar de mano. De esa forma sería yo mismo el que decidiera hasta qué punto correríamos riesgo. Me parecía una excelente idea que debía poner a prueba cuanto antes.

Ese día Antonia vino a limpiar la casa. Me pareció notarla diferente, pero en un principio no alcancé a darme cuenta en dónde estaba esa diferencia. Me metí en mi cuarto. Todavía me costaba verla a la cara después de que me había descubierto hurgando en la habitación de mamá. Luego de pensarlo un rato, reparé en el hecho de que la empleada solía venir con el pelo no muy prolijo que digamos, pero ese día, en cambio, estaba perfectamente peinado, suelto —cosa rara, pues siempre se lo ataba en una cola de caballo—, y además sus labios tenían un color rojo más intenso de lo normal. Pero no pensé mucho más en eso. Pues tenía cosas más importantes en qué meditar.

Mamá llegó a la cinco de la tarde. Se sorprendió sobremanera cuando me ofrecí a prepararle la merienda. En realidad, no solía comer nada a esa hora, pero estaba tan contenta con mi iniciativa, que me encargó hacerle un té con leche, con tostadas untadas con mermelada de arándano. Me quedé mirando como ingería cada bocado. Ambos estábamos sentados alrededor de la pequeña mesa que teníamos en la cocina. Una especie de segundo comedor, más acogedor, más íntimo.

— ¿Está todo bien? —quiso saber  mamá.

— Eso quería preguntarte yo —dije—. Últimamente me parece notar que estás algo triste, enojada. Te había visto muchas veces estresada y frustrada por cosas del trabajo, así que sé perfectamente que este no es el caso. Porque tu expresión es diferente a la de esas veces.

Me quedó mirando, como no reconociéndome. Lo entendía perfectamente. Yo no sólo era retraído y hermético con respecto a mis emociones, sino que no mostraba mucho interés por lo que sucedía con las personas que me rodeaban. Mamá no era la excepción a la regla, aunque sí era la excepción en el sentido de que ella era una de las pocas personas que realmente amaba, sino la única. Si nunca me había sentido con la necesidad de hablar seriamente con ella, era porque la veía bien. Siempre estaba muy ocupada con su trabajo, y yo me las arreglaba masomenos bien solo —con la ayuda de Antonia, claro está—.

Hasta hacía algunos años ella había intentado infructuosamente ser la confidente de mis intimidades, cosa que nunca logró conseguir. Yo me dejaba cuidar, y hasta mimar. Con eso no tenía ningún problema, pero las cosas que rondaban por mi cabeza no las compartía con nadie. Recién ahora me empezaba a abrir con el vecino, pero eso era porque sabía que podía sacarle provecho a la situación.

— ¿De verdad querés saber? —preguntó. Detrás de su mirada me pareció notar que se asomaba el orgullo.

Era entendible que tuviera esa duda. Siempre que me empezaba a contar algo que le había sucedido en el trabajo, o en alguna salida con sus amigas, yo no tardaba en perder el hilo de la conversación, ya que solía aburrirme con mucha rapidez de sus anécdotas. Le dije que claro que sí. De verdad quería saber.

— ¿Te acordás del doctor Abascal? —me preguntó.

Yo lo recordaba vagamente. Un cuarentón de pelo plateado que había ido a casa varias veces, para revisar unos documentos con mamá. Independientemente de la excusa de los documentos, no se me escapaba que la Dra. Lorenzzeti no solía invitar a ningún hombre a casa. Sólo a papá que venía a verme de vez en cuando, cuando recordaba que tenía un hijo. Pero esa es otra historia. La cuestión es que siempre sospeché que había algo entre ese veterano leguleyo y mamá.

Ella me contó que desde hacía tiempo tenía un romance clandestino con su colega. Le pregunté que por qué consideraba clandestina esa relación. ¿Acaso era porque en la oficina estaba prohibido intimar con compañeros? Ella soltó una risita, señalándome lo poco detallista que soy. ¿Acaso no había notado la alianza que siempre estaba en el dedo del doctor?

— Así que cogías con un tipo casado —solté, sin pensármelo mucho.

Mamá abrió grande lo ojos. La palabrota en sí misma no era la gran cosa, pero sí el contexto en la que la pronunciaba. Nunca se me hubiese ocurrido usar la palabra coger en una oración que hacía referencia a mi madre, y mucho menos decírselo a ella misma, pero en ese momento salió espontáneamente.

— Sí, Carlos. Me cojo a un hombre casado. ¿Pensás que soy mala persona por hacer eso?

Yo me sorprendí más que ella incluso, debido a su vocabulario tan directo. Pero la conversación estaba abriendo las puertas que quería abrir, aunque todo estaba sucediendo más rápido de lo que había imaginado. Aproveché el hecho de que ella misma había hablado sin tapujos, y le pregunté:

— Entonces ¿es sólo eso? ¿Sexo y nada más?

— Las cosas no son tan fáciles, Carlitos.

Pareció dudar. Había cosas que seguramente se guardaría para ella misma. Bajó la vista, como sopesando cuáles eran las palabras que iba a utilizar. Luego me miró a los ojos.

— Es interesante que me preguntes eso. Sí. Es sólo sexo lo que tengo con él —dijo mamá. En ese momento, fue probablemente la primera vez que me hablaba como si le hablara a un adulto—. La verdad es que durante mucho tiempo creí estar enamorada. Me avergüenza decirlo, pero creo que estuve actuando como una chiquilla caprichosa, aferrándome a una relación prohibida sólo por el morbo que me producía. Y sí, el sexo tiene mucho que ver. Pero no es todo. Algunas mujeres somos muy orgullosas, y yo ya no tengo veinte años Carlitos. Por más linda que sea, no puedo competir con las chicas de veinte años.

— ¡Claro que podés! —dije. Me vino a la mente Lautaro, un chico de dieciocho años, que la prefería, por lejos, a cualquier chica de su misma edad—. Si vos sos más linda que la mayoría de las chicas de veinte —agregué, con total sinceridad. Ella rió, divertida.

— Pero con las chicas más lindas de esa edad es imposible… De todas formas, esa no es la cuestión. La cosa es que Abascal finalmente se va a separar.

Me quedé confundido. Si su amante por fin se iba a separar ¿No era una buena noticia? Mamá pareció leer mis pensamientos, por lo que me respondió sin que se lo preguntara.

— Es que como muchas mujeres, también soy histérica y contradictoria. Ahora que él me promete una vida juntos, me vengo a dar cuenta de que lo que me atraía de nuestra relación era la adrenalina de encontrarnos a escondidas. Él tiene un montón de virtudes, no te confundas. Pero lo que realmente me volvía loca era el éxtasis que sentía cuando por fin estábamos a solas. Y ahora estoy segura de que no quiero ser la señora de Abascal. Y la cosa es que ya no soy tan joven. Es decir, claro que lo soy, pero ya no tanto. Los treinta y cinco me pegaron fuerte. Pero bueno, supongo que es solo una etapa —dijo por último, coma para suavizar todo lo que había dicho antes.

— Te entiendo —comenté, aunque no pude agregar nada más.

Lo cierto es que mi experiencia con respecto a relaciones amorosas era nula. Mucho menos podría darle un buen consejo a mi propia madre. Supuse que con escucharla ya era algo útil para ella.

— Me alegra que hablemos de estas cosas. Deberíamos hacerlo más seguido —dijo después.

— Bueno, ya que lo mencionás… hay algo que quiero contarte… o más bien preguntarte —dije después. Ella me dijo que claro, que podía decirle lo que quisiera, que si no podía confiar en ella, en quién iba a confiar—. ¿Pensás que es normal que sea virgen a los dieciocho años? —pregunté finalmente.

Mamá tomó un sorbo del té con leche. Luego me respondió:

— Por supuesto que sí. Cada uno tiene sus propios tiempos. Si me dijeras que a los cuarenta años todavía sos virgen, ahí podría ser un problema, aunque no necesariamente. Pero a tu edad es perfectamente normal. No te dejes llevar por lo que digan otros chicos. Además, hay quienes tienen su primera experiencia sexual, siendo muy precoces, pero luego lo practican con muy poca frecuencia. Mientras que otros empiezan más tarde, y luego lo hacen con mucha regularidad. ¿Eso te tiene preocupado?

— Sí… bueno. En realidad no. Lo que me preocupa es cómo me voy a desempeñar cuando llegue el momento de hacerlo —dije—. El otro día leí en un artículo que el hecho de que muchos chicos aprendan de sexo mirando pornografía, podría ser un problema, ya que esas películas suelen ser muy machistas, y muestran a las mujeres como meros objetos. La mayoría de las películas porno son dirigidas a un público masculino, y en ellas no suelen verse lo que realmente les gusta a las mujeres. ¿Eso es cierto?

Mamá estaba muy abierta a hablar sobre el tema, para mi suerte. Ella sabía que mi papá no ocupaba el lugar que debería tener un padre, donde debería trasmitirle a su hijo todo lo que había aprendido en la vida. Por otro lado, sabía perfectamente que yo no tenía muchos amigos, más bien ninguno. Todo lo que podía haber aprendido sobre sexualidad, lo tenía en internet, la cual no era la mejor fuente de conocimiento.

— Bueno, en parte es verdad. Los hombres son, digamos, más básicos. Ven a la mujer por partes. El culo, las tetas, la cara. Es como si no vieran la imagen completa. Por otro lado le dan demasiada importancia a lo que perciben con sus ojos. Por eso es entendible que la pornografía siempre sea actuada por mujeres con estándares de belleza física ridículos. Pero el placer de lo visual no siempre coincide con el placer del tacto. En ese sentido sí pueden resultar muy engañosas esas películas. Vos podés ver a una modelo, y te puede parecer muy linda. Pero si te la encontraras en una habitación totalmente oscura, sin que nadie te dijera que es una hermosa modelo, es probable que no la encontraras muy atractiva, ya que esas chicas suelen ser demasiado delgadas, con muy poca carne, cosa que a la hora de sentir con el tacto puede no ser tan agradable como lo indican las fotos que hay de ellas. Al contrario, alguna mujer que puede tener algunos kilos de más, puede parecer poco apetecible para el gusto de un macho básico. Pero en una habitación oscura, puede volverte loco con sus curvas.

— Ya veo —comenté.

— Ahora, dejando ese tema de lado… lo que le gusta hacer a un hombre con una mujer, suele ser lo mismo que lo que a la mujer le gusta que le haga un hombre —la frase me pareció un trabalenguas. Mamá pareció notar mi confusión. Sonrió con picardía—. Mirá, a un hombre le gusta penetrar. Bueno, en general a la mujer le gusta ser penetrada. A un hombre le gusta lamer los pezones de una mujer. A las mujeres suelen gustarnos que lo hagan. A los hombres les gusta el sexo, y a las mujeres nos gusta el sexo…

— ¿Y chuparla? ¿A las mujeres les gusta hacerlo?

— Bueno —dijo mamá. Se sonrojó levemente, pero enseguida recuperó la compostura—. Eso es un caso especial. No conozco a ningún hombre que no les guste que le hagan sexo oral. Pero sí conozco a muchas mujeres a las que no les gusta hacerlo. Lo mismo es a la inversa. A las mujeres, en líneas generales, nos gusta que nos practiquen el sexo oral, pero a muchos hombres no les gusta hacerlo. Sin embargo, en todos los casos, sí que existe un enorme placer al sentir que la persona que está con nosotros lo está disfrutando. Por eso muchos terminan accediendo a practicar sexo oral, aunque no sea lo que más les guste hacer. Esto es para disfrutar del placer que le genera al otro.

— ¿Y vos mamá? —pregunté. Ahora pareció ella la confundida, así que aclaré—. ¿La chupás para complacer al otro, o te gusta hacerlo?

La doctora Lorenzzeti pareció desestabilizada. Como si en medio de un juicio oral la otra parte presentara una prueba irrefutable con la que no contaba. Era la primera vez que una de mis inquietudes sexuales apuntaban directamente a su persona. Sin embargo, continuó simulando imperturbabilidad. Por lo visto, el hecho de que fuese la primera vez que yo me abría de esa forma con ella, tocando temas tan íntimos como ese, hacía que se inclinara por responder todas mis preguntas, pues seguramente temía que yo no volviera a confiar en ella si me esquivaba alguna de ellas.

— Bueno. Un poco de las dos cosas —respondió, corriéndose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Cuando era chica lo hacía más que nada por darle el gusto a los hombres. Pero de grande ya le encontré el gusto.

— ¿Los hombres? —dije, fingiendo sorpresa—. ¿Estuviste con muchos hombres?

— No sé, ¿cuántos, según vos, serían muchos? Y para serte sincera, no llevo la cuenta —dijo.

— Mamá… —dije después, dejando el último tema de lado—. ¿Se siente bien que te acaben en la cara?

— Es lo mismo que el sexo oral. El placer de generar placer en el otro… —contestó ella.

— ¿Es verdad que suelen permitir que los hombres le acaben en la cara sólo si son especiales para ellas?

— Sí, digamos que es un premio que hay que ganarse… Aunque claro, estoy hablando en términos generales. Algunas son gauchitas, y se lo dejan hacer a cualquiera. Y no, yo no soy gauchita, si me ibas a preguntar eso.

— Pero seguro que el doctor Abascal te acabó muchas veces en la cara. Porque él es alguien especial para vos —retruqué.

Mamá suspiró profundamente. Parecía estar decidiendo si esa conversación había pasado sus límites morales.

— A buen entendedor pocas palabras —contestó finalmente. La respuesta pretendía sonar enigmática. Pero estaba claro que era un sí rotundo. Su colega casado, había eyaculado muchas veces sobre el hermoso rostro de mamá.

Quería sacarle más información, pero me estaba costando mucho trabajo mechar las preguntas personales entre las de carácter más general. Y esa era la única manera de que hablara de sus gustos sexuales, pues si se los preguntaba directamente, sí que sonaría raro. Mamá me dijo que me quedara tranquilo, que cuando tuviera mi debut sexual seguramente iría todo bien. Y me aseguró que podía preguntarle cosas de esa índole cuantas veces quisiera.

Ella había terminado el té y las tostadas con mermelada, por lo que me dispuse a lavar los utensilios. Si había empezado con eso, lo más coherente era terminarlo. Me puse de pie, para agarrar el pocillo.

Entonces sucedió una desgracia.

Mi verga estaba completamente al palo. Y para colmo, estaba parada a cuarenta y cinco grados, como si fuese una flecha apuntando hacia mamá. Me incliné inmediatamente, para disimular, aunque fuera un poco, el efecto que había tenido la conversación en mi cuerpo. Agarré el pocillo. Ahora estaba obligado a erguirme, pues si volvía a sentarme, sería algo absurdo. Entonces mamá desvió la mirada y empezó a revisar el celular. Aproveché para ponerme de pie e ir hasta la piletita para lavar. Pasé rápidamente a su lado. Todavía observaba el teléfono.

No estaba seguro de si realmente debía ver algo en el celular, o si había sido un gesto de caridad al haber notado mi erección, para que yo creyera que no me había visto. Al estar de espaldas a ella, acomodé mi verga, ahora estaba apretada con el elástico del calzoncillo, erguida en noventa grados, como si fuera un mástil. Sin embargo, el bulto aún era notorio. Hice un esfuerzo por concentrarme y hacer que se me deshinchara, pero mientras más intentaba hacerlo, más dura se ponía. Entonces sentí los brazos de mamá rodearme por detrás, para luego darme un beso en la frente.

— Gracias —dijo.

Mi verga estaba apoyada en la mesada. Si mamá me hacía girar, estaba todo perdido. Pero por suerte me dejó tranquilo.

Cuando estuve solo, saqué mi celular del bolcillo del pantalón, y detuve la grabación. Luego reproduje el audio. La voz de mamá se escuchaba a la perfección. El plan había salido relativamente bien. Había logrado que ella hablara de sexo, y que incluso contara algunos de sus gustos personales. ¿Le parecería lo suficientemente morboso a Lautaro? Esperaba que sí, ya que, si no lo era, sería él el que propondría otro intercambio, y ahí sí, me resultaba inimaginable pensar con qué locura saldría esta vez. Y lo peor, tenía la certeza de que no podría evitar imitarlo.

Subí a mi habitación. Era un archivo muy pesado como para enviárselo por el celular. Era mejor usar la computadora. Mi verga todavía estaba dura como cemento seco. Mi verga dura, por mamá.

Maldije para mis adentros. ¿En qué iba a terminar todo eso?

Continuará

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