QWERQ

Andando por la calle, detrás de él, aún ruborizada, con la mirada perdida, con esos dos botones de la blusa desabrochados, sin poder dejar de pensar: «Esto es lo que les hacía. Seguro que eran mujeres respetables. Terminaba con su autoestima, las vejaba, acrecentaba sus deseos sexuales, las humillaba, las ponía en evidencia hasta que sus vecinos la miraban de otra manera. Hasta que sus amistades se alejaban de ella. Hasta que rompía su propia familia. Arruinaba su trabajo. Solas. Solo les quedaba él… ¿Y después? Después las prostituía, las castigaba si no cumplían con sus deseos. Hasta que ocurrió algo y terminó en la cárcel. Tengo que salir de esto. Ahora que aún me queda algo de dignidad, algo de fuerza… Cada vez menos de lo uno y de lo otro.. No puedo pedir el informe completo a Isabel, la pondría en un compromiso, pero no me hace falta… era eso…»

Ella ensimismada en sus pensamientos, ayuda al viejo a no intercambiar muchas palabras por las calles del barrio. Él sabe que ha estirado suficiente la cuerda en la frutería y ella ha obedecido en todo lo que le ha pedido, se encuentra satisfecho, hasta sigue con dos botones de la blusa desbotonados. Llegan al portal y suben las escaleras en silencio.

—Hasta pronto Don Fernando… —dice ella despidiéndose del viejo sin que él le conteste y sube hacia casa. En silencio, pensando en todo lo que ha pasado hace muy poco en la frutería. Ya en la puerta de casa, suspira, sabe que todo está yendo en picado, pero también sabe que no puede hacer nada para evitarlo. La gran duda que tiene es que si no puede evitarlo… o si realmente no quiere evitarlo.

Una vez entra en casa, el silencio de nuevo hace presencia. No hay nadie. Por un ladro lo agradece; se siente sucia, no quiere contaminar a las personas que más quiere. Pero por otro lado, echa de menos la calidez de su familia. Las únicas personas que pueden sacarla de ese pozo cada vez más oscuro y profundo.

Sin darse cuenta, entra en su habitación. Empieza a quitarse la ropa, primero la camisa, luego la falda, hasta quedarse en ropa interior. Levanta la mirada y se ve en el espejo. No puede evitar fijarse en su sujetador y en la forma que le hace el escote. Eso es lo que le ha enseñado al hombre de la frutería, ese pobre diablo que jamás se ha atrevido a mirarle casi a los ojos y que ahora ha sido ella quien se ha mostrado a él.

Decide quitarse esos pensamientos, se termina de quitar la ropa  la ropa interior. Desengancha el sujetador y sus bonitos pechos quedan en libertad para después coger desde los laterales la goma de las bragas y bajárselas poco a poco hasta que se pierden por sus tobillos. Una mano no puede evitar llevársela a su sexo, palpando el lugar donde ha dejado entrar a ese viejo. Y lo nota, entre sorprendida y asustada como tiene toda su sexo mojado, hacia tiempo que no se veía tan mojada, hasta casi llegar a sus muslos. Decide no seguir martirizándose y se encamina a su cuarto de baño para meterse en la ducha. Una vez bajo la lluvia de agua que le ofrece su ducha, vuelven otra vez los pensamientos. Pensamientos impuros, mezcla de excitación, vergüenza, morbo y arrepentimiento. Sus manos empiezan a enjabonar su cuerpo, cada centímetro de su piel. Esa piel que siempre ha sido tan recelosa de no dársela a nadie y que ahora siente que cada vez está más profanada. Siente vergüenza, asco, culpa, arrepentimiento, pero sin querer, su mano poco a poco desciende por su vientre, hasta llegar a su zona íntima, a su cosa más preciada, a su sexo.

Lo más sorprendente de todo es que ella se nota mojada, lo sigue estando… Sin poder hacer nada para no estarlo. Como si fuese una señal que no puede controlar. Su mente se pierde de nuevo recordando la mirada del hombre de la tienda en sus pechos, la mano de Don Fernando en sus nalgas mientras el frutero no paraba de mirarlos, todo ello recorre su pensamiento hasta que su mano llega, como si tuviese vida propia, a acariciar su preciado sexo.

Y no puede… no puede evitarlo… desliza sus dedos por su orgulloso sexo, mientras recuerda como ese viejo profanó su exclusiva sexualidad, como si aún sintiera los gruesos dedos recorriendo arriba y abajo produciéndole un placer casi desconocido para ella, sintiendo un placer que hasta ahora nunca había sentido.

La imagen es la de una mujer que está descubriendo cosas que jamás pensaría que descubriría, una mujer que siempre ha tenido todo lo que ha necesitado, que disfruta de una vida privilegiada, pero que no puede evitar dejarse arrastrar por ese indeseable hacia un sitio desconocido para ella. Apoyada en la pared, tocando delicadamente su coño, con los ojos cerrados, moviendo sus nalgas en un movimiento casi imperceptible, adelante y atrás, adelante y atrás, pero siendo insuficiente para sofocar todo lo que siente por dentro.

Esa misma imagen es la que veo yo mismo al entrar a casa y ver la puerta del cuarto de baño entreabierta. Como ella acaricia su cuerpo y desciende su mano hacia su sexo, como mi propia madre apoyada en la pared, con sus movimientos, con los ojos cerrados, siente cada masaje de su mano, a punto de caerse. Jamás había visto el cuerpo de mi madre desnuda, levemente girada, pero veo sus pechos proporcionados, bien formados, su cuerpo estilizado sin prácticamente imperfecciones, un cuerpo que cualquier persona le encantaría disfrutar. En un movimiento se gira, dándome la espaldas, evitando así que pueda verme. Y me doy cuenta de que no puede más. Acaba cayendo en sus propias piernas, arrodillada y veo como un grito ahogado se apodera de ella. Acaba de tener un orgasmo, largo, profundo.

Cierro la puerta lo más sigilosamente que puedo, jamás me imaginaría ver a mi madre en esta situación. Nervioso vuelvo a mi habitación, inquieto, sin saber qué hacer. Su imagen no puede desaparecer de mi mente, mientras siento como un calor empieza a apoderarse de mi. Sin poder estar sentado en la silla, me vuelvo a levantar, sin tener claro hacia donde ir y al salir al pasillo, veo como mi madre abre su puerta y sale con una toalla envolviendo su cuerpo.

—Hola hijo… No sabía que estabas aquí… —dice ella cogiéndose la toalla con ambas manos en la altura del pecho, mirándome. Como si lo que ha pasado hace unos instantes no hubiera ocurrido.

—Hola mama… —digo notándome la cara caliente.

—Estás colorado, ¿qué te ocurre hijo?

—Na-nada… acabo de llegar de clase… ¿T-tú qué tal?

—Yo bien, pero tú estás raro. ¿te ha pasado algo?

—N-no.. no me ha pasado nada mamá… ¿q-qué me iba a pasar?

—Bueno, voy a vestirme y a preparar la comida para los tres.

Mientras la veo darse la vuelta en dirección a su habitación, la imagen de ella de espaldas, totalmente desnuda, de nuevo, se apodera de mí. Siempre ha sido tan reservada que jamás pensaría verla así. Su imagen arrodillada… mientras su mano estaba entre sus piernas… jamás había visto algo así… Jamás habría pensado que ella hiciera esto…

—Va.. vale mama… —La imagen no desaparece de mi mente. ¿Desde cuando mi madre se toca en la ducha? ¿Desde cuando mi madre hace eso? ¿Qué le ha pasado para que al volver a casa haya ido directa a la ducha? Las preguntas invaden mi mente mientras veo como se cierra en su habitación. ¿Por qué? El texto que leí en el ordenador aún no lo he olvidado, hoy la veo en la ducha… ¿Qué está pasando? Jamás la había visto así, pero solamente la he visto de espaldas… me hubiera gustado verle mejor los pechos… ¡¿QUÉ?! ¡¿Pero que estoy pensando?! Me digo sorprendiéndome a mi mismo haciéndome esa pregunta.

Al poco oigo la voz de ella.

—Venga hijo, pon la mesa mientras yo lo preparo todo.

—Esta bien… —digo un poco culpable por todos los pensamientos que me han surgido.

Mientras tanto, en casa de Verónica…

—¿Cómo puede ser que haya visto lo que he visto? Dios… Alejandra… Al lado de ese viejo… pero… ¿por qué? Después de toda la conversación que tuvimos… y lo dura que ha sido… ¿por qué? Además… ¿por qué iba mirando al suelo? ¿por qué parecía que tenia esa actitud tan pasiva? ¿Detrás de él? No entiendo nada… Dios… Esto no puede ser… —susurra en voz baja mientras lleva sus manos a su cara —¿Se está aprovechando de ella? Pero… No… No lo puedo permitir… Sé que ella está sufriendo… Seguro que está sufriendo por intentar defenderme… y yo… yo soy una mujer adulta… debería defenderme yo misma… y que no lo haga ella… no debe soportar todo el peso ella sola… —se dice a si misma,  apoyada en sus propias piernas, sentada en el sofá de su salón.

—Qué debo hacer… qué debo hacer… qué debo hacer… —se repite una y otra vez muy indecisa.

—Tengo que ser fuerte… —Se dice nerviosa. Cogiendo las llaves y saliendo de casa…

Cuando se da cuenta, está enfrente de la puerta del viejo. Sin ninguna seguridad sobre si misma, mira la puerta de Don Fernando. Duda… Duda mucho… tanto que se arrepiente en el último momento de llamar. Pero ya es tarde. La puerta se abre justo en ese momento, apareciendo ante ella ese viejo que tanto detesta. Con una camiseta a rallas, manchada, con el pelo despeinado y la barba que acompaña a esa sebosa papada.

—¿Verónica? ¿Qué haces aquí?

Ella palidece. Tarda un rato en poder articular palabra, pero algo tiene que decir…

—Venía a verle…— Dice casi tartamudeando. —A-a… a hablar con usted. —dice ella queriendo aparentar que tiene el dominio sobre si misma.

—¿Ah si? ¿Venias a verme? Pues dime, ¿qué quieres? —dice el viejo, dibujándose una sonrisa.

—Pues sí. —intenta sonar dura.

—Dime… ¿qué pasa?

—Quería hablarle de mi amiga…

—¿De Alejandra?

—Sí. De Alejandra —dice intentando aparentar seguridad.

Verónica nota como el viejo la mira de arriba abajo, sin disimular.

—Bien, dime ¿qué pasa?

Verónica lo observa, con cara seria y dura. Sabe que tiene su oportunidad de demostrarse a si misma que también puede afrontar estos problemas ella sola.

—Ella está enferma y usted se aprovecha de ello. Quiero que la deje en paz. —dice ella orgullosa de si misma, consiguiendo que le haya salido todo seguido y con cierto aplome.

—¿qué quieres que la deje en paz?

—Así es Don Fernando.

El viejo apoya su brazo a la altura de la puerta, apoyándose. Mostrando así una pose relajada ante su tan preciada y codiciada vecina. Sin parar de mirar su busto y su silueta.

—Pero vamos a ver Verónica, para decir eso tienes que pensar en ella está sufriendo mi acoso o algo así.

—Es lo que está haciendo Don Fernando. No son figuraciones mías —dice ella intentando ser contundente mientras piensa al verlo como la desnuda con la mirada; «debía de haberme puesto otra cosa para venir aquí…».

—¿Y crees que lo estoy haciendo? —dice mientras suelta una carcajada —yo creo que no… ¿y si te equivocas? ¿y si ella está de acuerdo en que hagamos todas las cosas que estamos haciendo?

—Eso es imposible. Es mi amiga, sé como es. No me equivoco.

—Vaya… yo no sabía que erais tan tan amigas.. Pero me encanta que lo seáis —dice mirándola con ojos acosadores. —Por cierto Verónica, estás preciosa.

—Que seamos amigas o no es cosa nuestra.

—Qué envidia me da Raúl… —dice él mirándola de arriba abajo sin prestarle atención.

—Deje a Raúl de lado, si se entera de lo que hace le mata.

—¿¿Qué Raúl me mata?? —repite sorprendido. —JAJAJA —sus carcajadas se oyen en todo el rellano.

Verónica ante tal risa, mira a su alrededor, sabe que su risa puede llamar la atención y eso es lo último que quiere.

—Us-us.. Usted no lo conoce… ¿De qué se ríe? —dice enfadándose.

—Tranquila Verónica, no quiero hacerte enfadar.

—Pues deje a mi amiga en paz, ¿de acuerdo?

Verónica con un conjunto sencillo de una sola pieza de color pardo abotonado por delante y que acompaña dulcemente con un pelo rubio lacio, da la sensación que viste de una manera sencilla, pero a la vez muy sensual. Está preciosa, y es algo que no pasa desapercibido para el viejo, que no para de mirarle continuamente toda su figura mientras hablan.

—Creo que te estás equivocando Verónica. —contesta medio sonriendo.

—El otro día mismo. Cuando nos vio en las escaleras. Qué le hizo usted. Qué hizo sino aprovecharse porque ella me quería proteger.

—¿Aprovecharme? ¿Aprovecharme de qué?

—De que ella me protegía de usted.

—Pero dime Verónica —dice sin inmutarse. —¿Cómo me aproveché de ella? ¿Tienes pruebas?

—¿Pruebas? No necesito pruebas, basta con lo que vi y con lo que me ha contado ella misma.

—¿Qué cosas te ha contado? Vamos a ver Verónica, crees que me estoy aprovechando de ella, ¿Verdad? Pero, ¿no has parado a pensar en que a ella le gusta lo que hace conmigo? ¿Eso lo has pensado? —dice mientras sus ojos no paran de perderse por su tímido escote.

—Estoy segura de que no le gusta —dice ella mientras ve como el viejo le mira el escote. Ella aguanta estoicamente. —¿Se lo ha preguntado acaso? Usted es de los que no pregunta, ¿verdad?

—Ella sería capaz de hacer cualquier cosa que yo le dijera…

Esa frase categórica sorprende a Verónica. No pensaba que fuera tan tajante. El viejo sonríe al ver su cara después de oír una frase así.

—N-no.. no es lo que dice ella. Y yo me la creo… So-solo… solo que está enferma y eso la debilita…

—Mira Verónica, si quieres podemos hacer una prueba. Puedo hacer que vaya a tu casa vestida como te diga. ¿Qué pasaría si eso pasara? ¿Me creerías?

—Pero que está diciendo… Eso jamás ocurriría. Y… y si eso ocurriera sería porque usted de alguna manera la obliga…

—Mírame Verónica, ¿Crees que puedo obligar de alguna manera?

—Sí… por cosas que le hizo y no debía haber hecho.. ella misma me lo ha contado…

—Hagamos una cosa vecinita… —le llama por primera vez así. —Si consigo que dentro de una hora baje a tu casa vestida con una minifalda y una camisa blanca sin sujetador, ¿me creerías? Si lo consigo, ¿vendrás otra vez hasta aquí a pedirme perdón?

—Don Fernando, yo no quiero saber nada de usted. Le he dicho lo que tenía que decir y basta. Vaya con cuidado.

Verónica se da la vuelta y desciende por las escaleras. Con el pulso acelerado. Sabiendo que ha sacado un coraje que no sabia que tenía. El viejo ve como su codiciada vecina desciende las escaleras acompañada con ese vestido parto arropada por su pelo rubio, pero sonríe por alguna razón.

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