LOLA BARNON

Antecedentes

Seguramente, querido lector, te acuerdes de Mamen y Nico. De su historia y su final. Alguno de vosotros, me habíais pedido que diera continuidad a la historia de Andrés, o Jorge, como lo conoce Mamen, y la verdad, no me lo había planteado. Pero hace poco, leyendo algunas historias y comentarios en prensa, me vino una idea.

Algo empezó a carburar en mi mente y la historia fluyó.

Como siempre, hay amor, erotismo, incertidumbre, y sobre todo, que en la vida nada es blanco ni negro.

Los personajes de Mamen y Tania tienen una breve aparición, apenas nada. Pero que, quizás, nos den pistas de cómo se han ido desarrollando los hechos en sus vidas…

Un beso, agradecerte siempre que me leas, y espero que disfrutes con esta historia…

Lola.

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Capítulo 1

Vicky

Por extraño que parezca, aquel beso fue una especie de liberación. Un asidero para salir de un túnel que me cegaba y cuya luz, esa que dicen se ve al final, yo era incapaz de encontrar.

Aquellos labios me supieron a cielo azul, a mar en calma, al olor del café recién hecho, a restablecimiento y alivio, en definitiva. Sus manos me encontraron y en ese momento supe que podía haber salvación. Todo sucedió en un segundo, pero ahí, en ese escaso lapso de tiempo, se concentraron todas aquellas sensaciones.

Es bastante extraño, pero lo que el sexo —en realidad, mi trabajo— provocó en mí aquella noche, fue sanarme. Sucedió de una forma endemoniadamente extraña, diría… Más, si cabe, porque mi profesión y desdichas ya no me permitían alcanzar, ni siquiera un mínimo nivel de complicidad con una mujer, más allá de lo referente a sus orgasmos y disfrute.

Vicky, mi hasta ese momento amiga y paño de lágrimas para mis infortunios y penalidades, pasaba, a ritmo de golpes de cadera cadenciosos y rítmicos, a ocupar un lugar muy diferente. Aun no sabría decir cuál, pero en ese momento, mientras me miraba cabalgándome, con sus manos en mi pecho y acompasando sus gemidos con ese sexo encontrado en un momento de debilidades compartidas, supe que iba a ser alguien diferencial.

Ni siquiera recuerdo exactamente cómo empezó. Si fue todo rodado tras el primer beso, o el inicio estuvo en la mirada cómplice de ambos, tras terminar aquella botella de vino. No bebo, o lo hago de forma muy ligera y solo en ciertas ocasiones. Generalmente, cuando no tengo más remedio. Y jamás me emborracho. En mi profesión, no está bien visto y torpedea —al menos para mí— las capacidades amatorias.

Pero ese día no estaba trabajando y el vino es cierto que hizo que me enterneciera. Puede que la clave de nuestra conexión estuviera en las primeras lágrimas recordando a mi pequeño fallecido. O que los dos, Vicky y yo, sintiéramos la necesidad de querer a alguien ese día…

Dio igual. Ambos necesitábamos ese momento. Vicky, por su triste pasado de relaciones tóxicas y desafortunadas, de errores y aciertos que habían llevado a una mujer excepcionalmente bella, a sufrir mucho. Yo, porque mi hijo había muerto siendo un niño que no pudo vivir ni la más temprana infancia.

Acaricié levemente su entrepierna y con suavidad bajé el tanga de color negro que llevaba. Hurgué con delicadeza en sus labios vaginales, ya húmedos y expectantes. Ella dejó escapar un tenue suspiro. Nos besábamos a la vez, en medio de respiraciones que se aceleraban y suaves gemidos de ella. Presioné sutilmente con mi dedo anular su clítoris y empezó a mover sus caderas. Me abrazó con fuerza y permitió que primero un dedo y luego un segundo, entrara en ella. Vicky volvió a gemir y echó su cuello hacia atrás, desparramándose su cabellera por su espalda. Un instante después, buscó con su mano el bulto que ya había crecido en mi entrepierna. Lo acarició y mientras nuestras lenguas se volvían a juntar, y mis dedos continuaban acariciando su clítoris, me desabrochó el pantalón y metió su mano abarcando con toda la palma la rotundidad de mi calzoncillo. Con cierta dificultad por la postura, y mientras nos volvimos a besar, mis dedos seguían provocándole gemidos y deseo. Y así, en medio de suspiros y contorsiones, conseguimos los dos deshacernos de toda mi ropa.

Nos miramos un momento, un instante de mil pensamientos y alguna duda. Quizá preguntándonos si aquello tenía sentido. Sus ojos, oscuros, brillaban de deseo. Yo, solo ansiaba decirle que quería que sucediera. Me separé un instante y ella abrió las piernas. Yo ya estaba excitado, presto a penetrarla y apoyé mi glande en la entrada de su vagina, ya húmeda, abierta y brillante. Vi sus labios pequeños, ligeramente henchidos y noté sus manos en mi cintura incitándome a seguir.

—Métemela… —susurró despacio y mirándome desde aquella niña que nunca había sido—. Por favor… No te pares ahora. Sigue… —musitó desde algunas de esas dudas recién vencidas.

Respiré y supe en ese preciso instante, que aquello iba a cambiarnos. Presioné lentamente y, sin dificultad ninguna, mi pene fue desapareciendo en ella. Miré un segundo a Vicky, con su melena negra esparcida parcialmente por su cara, sus ojos entrecerrados. Exhaló un gemido lento, continuado y tenue, a medida que mi sexo se iba enterrando en el suyo. Yo, de una forma especialmente sentida, quería ver algo en todo aquello. Muy posiblemente, necesitaba percibir más que sexo.

Vicky aceleró sus movimientos. Abrió los ojos con una pequeña sonrisa, siendo lasciva y tierna a la vez. Niña y escort. Mujer y cómplice. Me senté en la cama y la atraje hacia mí, apretando su espalda. En esa postura debía ser ella la que marcara el ritmo y la intensidad. Pero yo quería besarla. Sentir, además de su voracidad, su cariño. Es posible que debido a que ambos nos dedicamos al sexo, la palabra cariño sea excesiva. O que no se entienda de la misma forma que lo hace el resto de los mortales. Pero sí, para nosotros, para nuestra vida defectuosa en lo que a relaciones sentimentales se refiere, era lo más cercano al cariño.

He provocado el orgasmo de muchas mujeres. Y ellas lo han hecho conmigo. Podía hacer que se retorciesen de placer solo con acompasar un poco más la cadencia de mis embates a los suyos. Y también era capaz de acelerarlo solamente con detectar que ellas preferían un sexo más rudo o viril. Sé alternar caricias y furia, delicadeza y firmeza. Soy un profesional y lo he hecho, cientos de veces. Pero, por extraño que pareciese, con Vicky no sucedía eso. Ambos, porque ella es tan capaz como yo de hacer lo mismo con los hombres, sabíamos follar con maestría. Con verdadera excelencia, aunque pueda parezca vanidoso. Por ese camino, el del buen sexo, ninguno nos íbamos a sorprender.

Sin embargo, había algo especial en todo aquello. En realidad, lo que nos ocurría a los dos era que estábamos haciendo el amor. No tanto, follando. Parece lo mismo, pero no lo es. También para los hombres, aunque seamos más duros, brutos o insensibles que ellas.

Lamí sus pezones, pequeños y duros. Yo también respiré fuerte, contenido por los cimbreantes movimientos de su caderas que se acompasaban a los de mi pelvis. Echó su cuerpo atrás y me permitió alternar ambos senos. Erguidos, casi desafiantes y al alcance de mi lengua que rodeaba con lentitud sus pezones.

Estuvimos así varios minutos, dejando que nuestros goces fueran creciendo al ritmo de los movimientos de nuestras caderas aceleradas.

Los gemidos de Vicky, suaves y al ritmo de unos movimientos, que atrapaban mi polla con consistente delicadeza, me estaban llevando al clímax. Noté que ella también, por lo que, sin dejar de empujar con mis caderas, la volteé quedándome yo encima. Quería alargar al máximo aquella sensación, aquel placer que nos estábamos dando. Su melena morena se desparramó en la cama y me abrazó con sus piernas mi espalda.

Quise ser cariñoso y a la vez firme en mis acometidas. Una mezcla de suavidad y de profunda determinación en hacerla gozar. Hay veces que cuando he follado con alguna mujer que ha pagado mis servicios, debo concentrarme en otras personas, caras o situaciones, para mantener la dureza de mis envites. Son ocasiones en las que hay que ayudar a la naturaleza para alcanzar el clímax, con el órgano sexual más poderoso que tiene el ser humano: la imaginación.

Con Vicky no me hizo falta. En ese momento tuvimos una conexión que se extendía mucho más allá de la meramente animal. El torrente de deseo y sexo se desató en ambos sin necesidad de figuraciones e imágenes fingidas. Conectamos y sentimos un percepción aletargada en los dos, durante demasiado tiempo.

En todos estos años de escort, he mantenido siempre una necesaria independencia y libertad de elección. No me voy con cualquiera y suelo escoger a mujeres de cierto atractivo, pero, aun así, incluso cuando el físico es atrayente, esos momentos de necesaria excitación mental, existen y hay que recurrir a ensoñaciones o escenas procaces. Puedo parecer egoísta yéndome casi únicamente, con mujeres que me gusten, pero en realidad es un salvoconducto para que mi funcionamiento sexual sea correcto. Procuro no tomar pastillas ni inyectarme Caverject. Lo he hecho en contadísimas ocasiones y siempre me he quedado preocupado con las reacciones futuras que esos medicamentos pudieran causarme. Y cuando lo he hecho, ha sido por mera necesidad monetaria. Sobre todo, en épocas de estrecheces o cuando mi difunto hijo necesitaba cuidados médicos de alto coste. En la medida que me sea posible, los evitaré siempre.

Pero hubo algo más aquel anochecer. En este momento, sintiéndome pletórico y conectado de una forma simple y bonita a Vicky, sentí que no todo estaba perdido. Que, aunque sonara absurdo, vislumbré, en una lejanía quimérica, que podría tener un futuro. Ambos, incluso.

—No pares… —susurró de nuevo tras besarme—. Te quiero muy dentro de mí… añadió con una voz muy queda.

Pasó su mano por mi cara, en una caricia, mientras sus ojos entrecerrados me miraban con deseo. Hizo algo más de fuerza en sus dedos cogiéndome de los hombros y se mordió el labio inferior, a la vez que emitió un nuevo gemido. Aceleré el ritmo de forma pausada pero constante, provocando que sus suspiros fueran más continuados. Sus manos se enlazaron en mi cuello y me atrajo hacia ella. Nos besamos otra vez. Aquello me supo de nuevo a sueño posible, a un porvenir abstracto pero atractivo. Ella también es escort y por tanto, conocedora de todo nuestro mundo. Las costumbres, manías y reglas escritas o invisibles. Y una de ellas es no enredarse sentimentalmente. Otra, dar pruebas de ello. Vicky, como muchas putas, nunca besaba en los labios…

Hundí mi pene un poco más en su vagina. Húmeda, receptiva y tibia. Estaba casi totalmente depilada, salvo un ligero triángulo en la parte superior. Sus labios vaginales, recortados, apenas afloraban al exterior cuando sacaba mi pene de ella y se hundían en cuanto la penetraba. Me centré en hacerla llegar ya al orgasmo de una forma ascendente y fluida. Me fijé en sus movimientos y gemidos, cada vez más continuados. Vi cómo sus paredes vaginales aferraban mi miembro y su cadera se acompasaba a la mía.

—Me corro… —dijo en un susurro roncamente lánguido.

Aceleré un poco. Lo justo para aumentar la sensación de placer de Vicky. La besé en el cuello y acaricié sus pezones, duros y estirados. Arqueé mi espalda procurando que ella sintiera toda mi hombría en ella y escuché un suspiro largo y profundo que antecedió a una pequeña serie de gemidos cada vez más acelerados y agudos.

—Sigue, sigue… Dios, no pares… joder… ¡Joder, me corro!

Vicky tuvo un orgasmo fluido, no demasiado escandaloso, ni de espasmos o sonidos estridentes. En aquel momento, no parecía en absoluto una profesional del sexo, sino más bien una chica normal y corriente. Una joven de treinta y dos años, con el sueño juvenil de ser algún día periodista, a la que una madre adicta y con innumerables recaídas, una colección ingente de maltratos por parte de figuras supuestamente paternas, la miseria económica de un hogar permanentemente roto, el paro y la escasa remuneración por colaboraciones en revistas y productoras, la llevó al sexo mercenario de cobro.

Me miró con una sonrisa. Elástica, sincera y muy bella. Saqué la polla cuando ella dejó que su orgasmo se difuminara en medio de aquella bien dibujada boca, y un abrazo que me transportó a una vida diferente, donde el cariño y la normalidad eran pasajeros cotidianos del día a día.

—¿Tú? —me susurró con dulzura en un oído tras besarme suavemente.

—He estado a punto.

—Dame unos minutos… —Me besó de nuevo en la boca—. Me recupero y te llevo al cielo —me dijo muy bajito en medio de una tierna sonrisa.

Lo hizo. Algunos minutos después, con delicadeza y picardía, hizo que su boca estirase mi pene de nuevo. Sus manos me acariciaron los testículos para acompañar la sensación de placer. Sentí su lengua en mi glande. Lenta, sinuosa. Con la caricia del terciopelo y la constancia adecuada. Su cabeza se movía lentamente, de forma armoniosa y centrada en que alcanzara mi clímax. Cambió de postura e hizo que me tumbara para que me relajara. Cerré los ojos y dejé que Vicky hiciera.

No tardó mucho. Quizá unos minutos. Sin excesos, sin aspavientos ni obscenidades. Fue algo que hacía mucho que no sentía. Algo que me recordó a algunos momentos de mi vida en donde mi trabajo me permitió ser algo más que un simple escort masculino.

No me he enamorado nunca, o que yo tenga al menos consciencia, al menos. Ni siquiera de Andrea, la madre de mi hijo fallecido. Nunca he sentido esa punzada de deseo más allá que el sexual. Es posible que, en ese atardecer con Vicky, ya llevara demasiado tiempo en esto y fuera difícil sentirlo. O, simplemente, todo mi ser se había acorazado. Pero aquella tarde, con Vicky concentrada en conseguir mi orgasmo de una forma muy diferente a como yo solía tenerlos, sentí algo especial.

Me acordé por un momento de Mamen. No porque ella hubiera significado algo para mí. Nunca sucedió. Ni porque guardara un recuerdo más allá de una clienta a la que su novio me alquiló para cumplir una fantasía. Pero recordando su imagen, vi la sensualidad de una mujer joven y bonita. La normalidad de una chica atractiva que no buscaba nada más que disfrutar, aunque fuera a costa de un novio con deseos de verla con otro. Quise que Vicky pudiera tener un día aquella sensación de ser solo fuera una simple chica bonita, conmigo.

Mamen, una chica normal que se enganchó de mí y que tuve que alejarme por el bien de ella y de su novio. En cierta manera, aquello constituía la esencia de mi fracaso. Fue una especie de aviso de que no iba a poder enamorarme nunca, que estaba condenado a sentir solo la atracción física en el mejor de los casos, y dejar la emocional olvidada y de lado.

Cerré los ojos y conseguí entrar en esa combinación de sexo y atracción tan necesaria en las personas, y tan alejada de nosotros. La mamada de Vicky no era solo sexo. La succión en mi pene, su lengua en el glande y sus caricias en mis genitales, llevaban algo más que un mero placer.

Sentí que mi llegaba el orgasmo y me incorporé un poco haciéndole un gesto a Vicky en su brazo. No quería correrme en su boca porque aquella imagen me recordaría demasiado a una cliente lujuriosa y abandonada a una sesión de sexo pagado. Y con Vicky sentía que esa noche empezaba algo diferente.

Me entendió y con una última pasada de su lengua por mi capullo, y pajeándome tres o cuatro veces con su mano, exploté con un largo bufido que me hizo echarme completamente hacia atrás y tumbarme en el sofá. Cerré los ojos mientras tres o cuatro latigazos de semen salían disparados de mi pene y el orgasmo se iba difuminando lentamente.

—¿Te ha gustado…? —Sentí otra vez sus labios en los míos.

Los posó brevemente, con suavidad. Ella seguía de rodillas en el suelo del salón y yo volvía a estar tumbado en el sofá. Sonreí y le acaricié la cabeza mirándola a los ojos.

—Eres muy bonita…

—Tú sí que estas bueno, cabrón —me dijo sonriendo y haciendo que una carcajada sana y ligera nos saliera a ambos.

Se levantó con algunas gotas de mi semen en el brazo y se limpió con una servilleta. Se me quedó mirando, ya sentada en el suelo y a mi lado, acariciándome con sus dedos mi pierna.

—¿Y ahora qué? —me dijo con una expresión divertida, pero tierna, en la cara.

Yo sonreí y le acaricié la mejilla derecha. No sabía si aquello iba a ser un error, pero tampoco podía negarme a intentarlo.

—Ahora es cuando podemos hacer que empiece todo…

Nos miramos unos instantes, varios segundos, sin decirnos nada. Entonces ella se me acercó y me besó suavemente en los labios.

—Me gustas. Me gustas mucho… —susurró.

—Tú a mí también —le contesté en el mismo tono de voz.

Nos abrazamos con fuerza. Posiblemente, con necesidad acumulada. Yo pasé mis manos por su espalda y ella se refugió entre mi pecho y mi cuello.

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