GABRIEL B

La situación era irremontable. Apenas escuché el picaporte al moverse, supe que estaba a punto de pasar el papelón de mi vida. No tenía tiempo de cerrar los cajones donde se veían los juguetes sexuales de mamá, y su ropa interior. Ni siquiera hice a tiempo de idear una excusa que explicara esa bizarra situación. Aunque lo cierto es que ni si quiera hoy en día podría esgrimir un argumento que me salvase.

Sí tenía tiempo, en cambio, de lanzar al piso la tanguita blanca que estaba escudriñando en detalle, mientras la sostenía con mis manos, cosa que me ayudaría a aminorar el impacto que podía producir el hecho de encontrarme in fraganti, en esa situación. Eso me tomaría apenas una milésima de segundo. Tiempo suficiente hasta que la puerta se abriera del todo. Sin embargo, en mi nerviosismo, no atiné a reaccionar de esa manera, sino que me quedé así como estaba. De pie, con la tanguita en alto, y la erección totalmente visible dentro de mi pantalón.

Lo primero que me vino a la cabeza fue que mamá había llegado temprano, y había ido a su cuarto a ponerse cómoda, como hacía de costumbre. Pero no se trataba de ella. Antonia, la empleada doméstica, me miraba atónita desde el umbral de la puerta.

Al igual que me sucedía a mí, parecía resultarle imposible decir algo, como así también moverse de donde estaba. Tenía su vista clavada en la tanga que yo sostenía. Luego, desvió la mirada hacia abajo. En ese momento abrió grande los ojos. Había descubierto mi erección. Luego pareció notar los cajones abiertos, con las cosas personales de mamá. Como si aún no pudiese dar crédito a lo que sucedía, empezó a mirar alternativamente al cajón, a la tanga, y a mi erección… así, al menos dos veces reiteró esa secuencia, como si con ese acto pudiera dilucidar qué carajos estaba pasando. Entonces una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.

— Perdón, no sabía —dijo, intentando desaparecer esa sonrisa de su rostro, aunque sin lograrlo del todo.

— Antonia, espere. Yo no…

La empleada no dio señales de haberme escuchado. Desesperado, me puse a guardar lo que aún estaba fuera de los cajones. Intenté colocar todo en el sitio de donde lo había sacado, pero como estaba tan ofuscado, probablemente me equivoqué con alguno de ellos. Cerré los cajones y salí de la habitación de mamá, esperando que no notara que había estado ahí.

Bajé, apresurado, en busca de Antonia. Sabía que se llevaba bien con mamá, y que después de varios años de servicio habían trabado cierta amistad, a diferencia de lo que sucedía conmigo, que siempre la traté de manera cordial, pero manteniendo las distancias, no porque me cayera mal ni mucho menos, simplemente era así con casi todo el mundo. Me preguntaba cómo haría para convencerla de que lo que había visto quedara entre nosotros.

— Antonia, yo… em… —balbuceé, cuando la encontré, a punto de marcharse, en la sala de estar— Lo que pasó recién… em…

Se puso la cartera al hombro, y me miró con una expresión neutra.

— ¿Lo que pasó recién? —dijo, como asombrada—. Pero si recién no pasó nada. Yo estuve todo el tiempo limpiando acá abajo, y el patroncito estuvo en su cuarto. ¿Cierto?

Apenas pude asentir con la cabeza. Antonia me dio la espalda y se fue a su casa. Un enorme alivio se apoderó de mí. Me di cuenta de que hasta hacía unos instantes, me encontraba pálido, y el corazón me latía aceleradamente. La vena encima de mi ojo palpitaba. Habría de tener un aspecto deplorable. Tanto, que la empleada se había compadecido de mí. De todas formas, no estaba del todo seguro de hasta qué punto guardaría el secreto. Además, ¿Por qué lo haría? Me costaría volver a mirarla a la cara. Por suerte, solo venía tres veces a la semana, y con el fin de semana de por medio, hasta el lunes no la vería de nuevo. Tendría que pensar en una manera de ganarme su lealtad.

Cuando mi cara recuperó todos sus colores, y por fin pude alcanzar un estado emocional normal, le envié un mensaje a Lautaro, informándole de mi fracaso, y del motivo del mismo. Cuando le conté que fui descubierto por Antonia, me tuve que aguantar sus burlas. Sin embargo, lo que me dijo después hizo que toda esa vergonzosa escena quedara atrás, al menos por el momento. “No te diste cuenta ¿No?”, preguntó, y seguido de ese mensaje, muchos emoticones de una carita llorando de risa. Le pregunté que de qué era de lo que me tenía que haber dado cuenta. “La tanga que te mandé no es una cualquiera. No la saqué del cajón del ropero de mamá”, me dijo después.

No entendía de qué me estaba hablando. Si no lo había sacado de la habitación de Leticia, ¿de dónde la había auatraído? ¿O acaso no era la tanga de ella? Eso era absurdo. Para qué iba a mandarme la ropa interior de otra mujer, si el juego era entre nosotros como participantes activos, y nuestras respectivas madres como participantes pasivas. “¿Ya lo captaste?”, me escribió después. No tuve más opción que reconocer que no lo había captando en absoluto.

“Es la tanga que usó mamá anoche”, puso Lautaro. “¡Es una tanga usada, sin lavar!”.

Me quedé de una pieza. Cuando recibí ese presente de parte de mi vecino, en parte me había sentido aliviado, ya que había estado preocupado, creyendo que los intercambios que estábamos haciendo se nos estaban yendo de la mano. La vez anterior nos habíamos mandado las fotos de nuestras respectivas madres mientras se bañaban, cosa que me causó muchos problemas. Lo de la tanga era muy morboso, pero por primera vez parecía que habíamos bajado un poco de nivel en cuanto a la complejidad de lo que debíamos hacer. Pero ahora me daba cuenta de lo equivocado que estaba.

Agarré mi mochila, y saqué de su interior la tanguita roja. La había guardado ahí, porque temía que si la pusiese en cualquier otra parte, podría ser descubierto. La olí. Alcancé a percibir la fragancia de algún perfume, pero no pude notar otro olor. Dudaba de que Lautaro me estuviese mintiendo. Él disfrutaba haciendo esas cosas, incluso tanto como recibiendo mi contraprestación. A diferencia de mí, que lo hacía todo por obligación, el vecino parecía tener una relación edípica con su madre, y  le gustaba sacarle fotos desnuda o robarle sus prendas íntimas.

Me dije que quizás no la había usado durante mucho tiempo. Tal vez un par de horas, hasta que su cita se había encargado de quitársela antes de hacerle el amor. No podía percibir rastros de sexo en ella. A lo mejor la cosa no había terminado como el afortunado de turno lo había previsto.

Me hice todas estas preguntas, y establecí diferentes hipótesis, mientras sentía cómo mi verga se ponía al palo. Me bajé los pantalones. Llevé la tanga a mis labios, al tiempo que la volvía a oler, mientras me hice una paja pensando en la mamá de Lautaro. Después le escribí, asegurándole que le devolvería la gentileza.

Pero la cosa estaba realmente difícil. Ya de por sí, que desaparezca una braga de mamá de su cajón era algo llamativo. Pero que se esfumara una que había usado ese mismo día, podría ser un problema. Sin embargo, ya se me estaba ocurriendo alguna idea.

La doctora Lorenzzeti volvió de su trabajo a las siete de la tarde. Como era viernes, se había quedado un par de horas más de lo normal, como era su costumbre, ya que no le gustaba verse obligada a realizar trabajos los fines de semana, y por eso se obligaba a terminar todas sus tareas. Apenas entró, se fue a su cuarto, a quitarse la ropa, para luego meterse en la ducha.

Pensé en entrar a su habitación mientras se bañaba, para apoderarme de su prenda íntima. Pero ese plan no era bueno por dos motivos. Primero, porque si bien, en el caso de que la braga se encontrara por ahí, sería sumamente fácil apoderarme de ella, en cambio no resultaría fácil en absoluto justificar su ausencia. Estábamos los dos solos en casa, y no había manera de que algo como eso desapareciera sin dejar rastros. El segundo motivo era que, según recordaba de la época en la que aún no tenía mi baño propio, mamá tendía a dejar colgada su bombacha en la llave de la ducha, para después de un rato agarrarla y meterla en el lavarropas con el resto de sus ropas, por lo que era improbable que estuviera en su cuarto.

Me quedé en la sala de estar, meditando sobre cuál sería el paso a seguir. Rita me miró desde abajo, moviendo la cola, y sacando la lengua. Luego me ladró. Le puse agua en uno de sus platos. Fue ahí cuando todo me cuadró a la perfección.

Mamá bajó media hora después, vestida con un pantalón elastizado y una remera holgada. Prendas que jamás usaría en tribunales. Cargaba en sus manos su ropa, hecha un bollo. Se dirigió al fondo, donde se encontraba el lavadero. Fui tras ella.

— Dejá, yo me ocupo —le dije, cuando colocó la ropa en el canasto y ya empezaba a separar lo blanco de lo de color.

Me miró, estupefacta. Bajó un poco sus anteojos, y me observó, por encima de ellos, como pretendiendo verme con sus propios ojos, clavándome una mirada penetrante. Me preguntó si estaba hablando en serio. Le había costado mucho lograr que aprendiera a usar el lavarropas. Siempre le huía a las tareas de la casa, y mi ropa, en general, la lavaba Antonia. Sin embargo la doctora Ana Laura Lorenzzeti solía llegar cuando la empleada ya se había marchado, y no le gustaba acumular ropa sucia. Le dije que claro, que yo también debía poner unas prendas a lavar, que fuera a descansar. Lo meditó un instante.

— Bueno. Yo limpié tu trasero miles de veces. No te vas a morir por meter mi bombacha en el lavarropas —dijo.

No había pensado en eso. Por lo visto, a ella tampoco se le escapaba el hecho de que yo metería mano en su ropa interior. Pero lejos estaba de imaginar mi verdadero propósito. Sin perder su gesto de estupefacción, me dejó solo en el lavadero.

Hice a un lado la ropa. Ese día había usado una falda negra, y una camisa blanca. Prendas sobrias, una acertada decisión para una oficinista. Me vino a la mente Leticia, con sus polleritas cortas, sus medias negras, sus tacones altos, la blusa muy ceñida, resaltando sus turgentes pechos, los labios pintados de rojo, el pelo suelto, la mirada hosca. Mamá se parecía a ella en algunas cosas, pero en lo que respectaba a lo estético era mucho más recatada, más que nada debido a la formalidad de su trabajo. No obstante, Lautaro había podido adivinar, debajo de esas ropas sobrias, el bello cuerpo de mamá, sobre todo, su voluptuoso culo, el cual era imposible de ocultar, por más holgado que fuera el pantalón que utilizara.

Corrí a un lado las prendas y me encontré con lo que buscaba. Como era de esperar, se trataba de una de esas bragas comunes y corrientes, que cubría tanto la parte trasera como la delantera con bastante tela. La agarré con mi dedo índice y pulgar. Quería tener el menor contacto posible con ella. Pero luego me di cuenta que eso era una tontería. Necesitaba guardarla. Así que la doble varias veces, hasta hacerla lo más pequeña posible, para luego metérmela en el bolsillo de mi pantalón.

Rita se había asomado al lavadero, como si supiese que sería parte de mi plan.

— ¡No, Rita! —grité.

La perrita me miró, abriendo bien los ojos. Parecía estar pensando que su dueño se había vuelto loco. Mamá no se acercó. Pero no importaba, conque lo hubiese escuchado, ya era suficiente.

Puse a lavar la ropa, tal como lo había prometido. Metí también mi remera en el lavarropas, para dar mayor credibilidad a mi farsa. Fui a mi cuarto, y coloqué la prenda de mamá en la misma mochila donde guardaba la de Leticia. Después bajé y me dispuse a sacar la basura, logrando así que mamá bromeara diciendo que quizás me encontraba enfermo, que seguro se acercaba una tormenta, y cosas por el estilo.

A la hora de la cena, como al pasar, le dije que la traviesa de Rita había pegado un salto y había sacado del canasto de la ropa sucia su bombacha. Cuando se la quise quitar, ella cerró los dientes con más fuerza, y tiró de ella, hasta hacer que la prenda se desgarrara. No me quedó más remedio que tirarla a la basura, le dije a mamá.

Ella se sorprendió, pues Rita no era de hacer esas cosas, pero no le quedaba más remedio que creerme. ¿Para qué le inventaría una historia como esa? ¿Qué ganaría con ello? Tampoco creía que fuera a relacionar el hecho de haber sacado la basura con todo el asunto de Rita. Fue un movimiento necesario, pues en el improbable caso de que mamá revisara los cestos de basura, podría descubrir que su braga no estaba en ninguno de ellos.

— Mañana vienen los técnicos de la empresa de seguridad —comentó, cambiando por completo de tema.

Tardé un rato en caer en la cuenta de lo que me estaba hablando. Recordé al supuesto intruso que mamá había visto espiándola en la ducha. Todavía estaba muy agitada con ese asunto. Le había advertido a Antonia que estuviera muy atenta, y que apenas viera algo raro llamara al nueve once, por más que fuese una nimiedad, como ver a un desconocido rondando por el barrio. También había alertado a algunos vecinos al respecto, sin aclarar el detalle de que el malviviente la había visto desnuda mientras se duchaba, pues parecía que eso la abochornaba. Incluso había hablado con Leticia. Para consternación de Lautaro, fue a su casa un día en el que la vecina se encontraba ahí, y habló con ella desde la vereda. Si hubiese estado él solo, probablemente la hubiese invitado a pasar y hubiera estado a solas por primera vez con mamá. Mala suerte.

Mamá me explicó en qué lugares de la casa habría cámaras. Me sorprendió saber que iba a poner seis, las cuales cubrirían tanto la entrada de la casa, como parte de la vereda, y el patio del fondo, de manera que no quedara ningún punto ciego en caso de que entrara un ladrón. Eso serviría, según mamá, no tanto para identificar al delincuente, sino para persuadirlo de que no invada nuevamente la propiedad.

Fui a mi habitación. Le mandé un mensaje a Lautaro, avisándole que ya tenía lo suyo. Me pidió que le mandara una foto, para ir disfrutando por adelantado. Saqué la prenda de la mochila, y también la de Leticia. Las extendí en la cama, una al lado de la otra. Eran tan diferentes… La de mamá, una braga que la cubriría casi tanto como un calzoncillo. De color blanco, algo desgastada. Noté que en la cintura estaba un poco deshilachada. La otra, la de la vecina, era de un color rojo furioso. Probablemente era nueva, y Leticia la habría usado para ir a la guerra.

Agarré la de mi vecina, y la llevé nuevamente a mi rostro. Otra vez me encontré con el olor a perfume, apenas intenso. Supuse que en realidad no se había puesto perfume en la prenda, si no, quizás, en los muslos. Me imaginé yendo a su entrepierna, oliendo su piel antes de encontrarme con su gloriosa concha, y saborearla a más no poder.

La de mamá, en cambio, olía a… ¿A qué olía? Lo cierto era que no tenía idea. Pero sí sabía que ella había salido a la mañana temprano a trabajar. También sabía que ese día tuvo dos audiencias, que si bien no hacía calor, el ajetreo propio de los tribunales la habían obligada a ir de despacho en despacho, atravesando los laberínticos pasillos del edificio de  Talcahuano a toda prisa, cosa que por descontado, la habrían hecho sudar, aunque fuera un poco.

No me hubiese gustado que Lautaro desconfiase de mí, y pensara que por cobardía, me había limitado a tomar una prenda del placard de mamá, tal como lo había ideado desde un principio. Quería comprobar que realmente se notaba que era una bombacha usada. La tomé. La extendí frente a mis ojos, tal como lo había hecho con la tanguita blanca. Recordé todos los juguetes sexuales que tenía mamá en su cuarto. Ni siquiera se había molestado en ocultarlos. La doctora Lorenzzeti tenía una vida sexual mucho más pervertida que lo que indicaba esa braga que ahora sostenía en mis manos.

La acerqué a mi rostro. Apoyé mi nariz en la tela y la olí. A priori no percibí nada. Pero en un segundo intento, alcancé a percibir el sudor. De hecho, el olor era bastante fuerte. Cosa entendible, ya que la había llevado durante todo el día, y no había sido precisamente un día frío, a pesar de ser otoño.

De repente me acometió una retorcida curiosidad. ¿Estaría limpia por dentro? Me negaba a creer que una mujer adulta y elegante como mamá dejara manchas en su ropa íntima. Pero la intimidad de las personas era un mundo aparte, y había visto en internet cosas horribles. Incluso había hombres que tenían un fetiche muy particular que consistía en excitarse sobremanera con las prendas manchadas. Algo que realmente me repugnaba. No obstante, la curiosidad persistía.

Invertí la prenda, haciendo que la parte interna, la que hacía contacto directo con las partes íntimas de mamá, quedara del lado de afuera. Para mi alivio, en el sector trasero no había ninguna mancha. Del lado de adelante, en cambio, noté que había adherido a la tela, unos cuantos vellos pubianos. Me pregunté si a Lautaro le gustaría que los deje ahí. Me respondí enseguida que sí. Para empezar, él había propuesto ese intercambio, y por ende no solo sabía a lo que se atenía, sino que seguramente lo esperaba.

Acerqué nuevamente la bombacha a mi rostro y la olí. Me pareció percibir un leve olor a culo. Pero como digo, era algo muy leve. Al sostener la prenda me pareció notar que estaba húmeda. Me sobresalté. La olí de nuevo. En la parte delantera se sentía el olor inconfundible de la orina. En los hombres, por más que nos limpiásemos, siempre salían unas gotitas después de que guardábamos nuestra verga en los pantalones, por lo que era normal que los calzoncillos tuvieran olor a orina, aunque fuera leve. Pero no sabía que con las mujeres pasaba lo mismo. Al menos esa braguita tenía olor a pis.

Sin embargo había algo más. Debajo había otro olor, tan intenso como el primero. No conocía el aroma a flujo vaginal, pero imaginé que se trataba de eso. Me pregunté si acaso mamá andaba cachonda mientras estaba trabajando. A juzgar por la humedad que aún se sentía, había estado bastante mojada. ¿Había acabado? Se me ocurrió que incluso era posible que hubiera estado cogiendo con alguien. Quizás a la hora del almuerzo, o tal vez en su propia oficina. La doctora Lorenzzeti caliente. Esa era una imagen que no solía pasar por mi cabeza, pero siendo una mujer tan joven y linda, no había motivos para que mantuviera su excitación reprimida.

Realmente mamá era muy linda. Si tuviera un poco más de tetas, y se vistiera de manera más desinhibida, se asemejaría aún más a Leticia.

Sentí que mi verga estaba dura de nuevo. Sostenía la braga de mamá y estaba duro como una roca. Qué locura. Dejé la prenda sobre la cama y agarré la de Leticia. Esa era la que me tocaba. En este intercambio que hacía con mi vecino, había sacado la mejor tajada. Aunque me hubiese gustado que la tanguita roja también oliera a flujos vaginales.

Froté la diminuta tela que cubriría apenas el culo de Leticia en mi mejilla. Era increíble que esa misma ropita que estaba metida entre sus partes íntimas estuviera ahora en mis manos. La idea de estar con una mujer como ella no era más que un sueño. Para empezar, ni siquiera me registraba, y eso que hacía varias semanas que me hablaba con su hijo —aunque no lo frecuentaba mucho—. Mucho menos podría hacer que se fijara en mí. Ya de por sí me costaba encarar a una chica de mi edad. Ni hablar de alguien como ella, para quien yo no sería más que un niño. Después de todo, era la madre de alguien de mi misma edad.

Pero esa tanga me acercaba un poco más a mis sueños. Ya no tenía que depender exclusivamente de mi imaginación. Tenía en mis manos algo tangible que me constaba que utilizaba en determinadas situaciones. Y nadie tenía una tanga roja con encaje sólo para mantenerla escondida de la vista de los demás, debajo de un pantalón o una falda. Esa tanga pedía a gritos guerra.

Metí mi mano adentro del pantalón. Me masturbé con la tanga de Leticia en mi mano, mientras la frotaba en mi rostro, y la braga de mamá descansaba en la cama.

………………………………..

Abrí, ansioso, mi notebook. Había descargado el programa de la empresa de seguridad. Mamá había hecho colocar seis cámaras. Pero el operador de la empresa sólo tendría acceso a las de la entrada, mientras que las del fondo sólo serían visibles para él en caso de que nos fuéramos unos días y la casa quedara completamente sola. Mientras tanto, nosotros teníamos acceso irrestricto a todas ellas.

Una de las cámaras del patio del fondo apuntaba hacia le entrada trasera de la casa. Ahí estaba Antonia, limpiando algo en el lavadero. Agrandé la imagen. Su enorme culo se veía a la perfección. Si visualizaba una sola cámara en el monitor, la imagen era inusitadamente buena. Se podía ver con lujo de detalles lo que estaba haciendo la empleada. Si por ejemplo estuviera teniendo relaciones sexuales con alguien, sería lo mismo que ver una película porno.

Ya quisiera engancharla en alguna cosa rara, para estar a mano con ella. Pero eso era casi imposible, pues ella sabía perfectamente que las cámaras estaban ahí. Alguna vez escuché decir que cuando se está en un lugar con cámaras de vigilancia todo el tiempo, en un punto uno se olvida de que están ahí. Pero de todas formas ¿Qué podría hacer Antonia? En el peor de los casos, robar alguna cosa. De todas formas, hasta el momento mantenía su actitud de fingir que no había visto nada. Quizás era una reacción propia de una empelada abnegada. Pero yo sospechaba que tarde o temprano tendría que pagar su silencio de alguna forma.

Estaba en el living, mientras veía las imágenes de mi propia casa, cuando me llegó el mensaje de Lautaro. “solsticio4752”, decía. Inmediatamente le respondí con un texto que decía “lorenvlar22”.

Habíamos tenido mucha suerte. Mamá había contagiado a Leticia de su preocupación. En realidad, Lautaro también tuvo que meter su cucharita, insistiendo en que no estaría mal tener algunas cámaras de seguridad, para que, en caso de que a algún ladrón se le cruzara por la cabeza meterse ahí, se lo pensara dos veces antes de hacerlo.

Había configurado el programa de tal manera que tuviera acceso a las cámaras de la casa de Lautaro y Leticia. Él, por supuesto, había hecho lo mismo con las de mi casa. Lo único que nos faltaba eran las claves de acceso, y ya las teníamos.

Un sentimiento lascivo se apoderó de mí. Era increíble cómo, sin que ellas tuvieran la menor idea, cada día nos inmiscuíamos más en la intimidad de nuestras madres. Era cierto que el hecho de que las cámaras sólo enfocaran los exteriores, era algo que nos limitaba muchísimo. Pero era un excelente comienzo. Además, no sabía con qué sorpresas nos podíamos encontrar cuando nuestras madres salieran al patio, por ejemplo.

De momento me conformaba con poder ver cuándo Leticia entraba y salía de su casa. Ahora tenía la posibilidad de congelar la imagen y verla bien de cerquita, reparando en cada uno de los detalles de la ropa que llevara puesta. A diferencia de mi casa, ellos contaban con una piscina en el patio del fondo. Esa era una gran ventaja. Cuando llegara el calor, podría ver a mi vecina en bikini. De solo pensarlo la boca se me hacía agua.

Puse en el monitor la pantalla partida en cinco. En cada uno de los cuadros fui colocando las distintas imágenes. La nitidez era perfecta. Una de las cámaras del frente parecía estar desenfocada. Pero eso se arreglaría con moverla apenas unos centímetros.

Me di cuenta de que en el patio del fondo estaban Lautaro y Leticia. Él le señalaba algo que, supuse, era una de las cámaras. Hablaban animadamente. Ella estaba usando todavía la ropa que había llevado al trabajo. Un conjunto de pantalón y saquito negros. El pantalón no era muy ceñido por lo que no podía ver con claridad la forma de su hermosa cola. Sin embargo, la blusa que usaba debajo del saco, sí era algo apretada, o al menos al estar metida en el pantalón, se había ajustado al cuerpo de Leticia de tal manera, que sus erguidas tetas se veían exquisitas.

Desde que la había visto cambiarse en su habitación, no había tenido el placer de observarla con poca ropa. Por suerte, en algunos meses podría verla en la piscina. Desde la ventana de mi cuarto no alcanzaba a ver con claridad su patio trasero, pero ahora las cámaras solucionaban ese problema. Bendita inseguridad.

Los siguientes días, tanto Lautaro como yo pasamos horas en la computadora, observando detenidamente a ver si encontrábamos a las mujeres en alguna situación si no erótica, al menos sensual. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que la cosa no iba a ser fácil. Ni Leticia ni la doctora Lorenzzeti eran de andar con poca ropa. A veces mamá salía a tender la ropa con el camisón de dormir, pero nada más que eso. “Tenemos que hacer algo”, me escribió a la semana siguiente Lautaro, al ver que lo de las cámaras no servía nada más que para vigilarlas y encontrarlas en situaciones cotidianas.

Estaba claro que debíamos hacer algo al respecto, pero no teníamos idea de qué. De alguna manera teníamos que instarlas a que anduvieran con poca ropa frente a las cámaras. Recordé el día en el que mamá salió del baño cubriéndose apenas con una toalla de mano. Quizás si generaba una situación así, podría hacer que saliera de la casa y verse expuesta a las cámaras del fondo. Además, esas cámaras no eran accesibles para los empleados de la empresa, por lo que mamá no temería verse enfocada por ellas, si fuese una situación de suma urgencia.

Sin embargo, la idea me parecía muy rebuscada. Tenían que darse muchas cosas para que funcionara. Y aun así, todavía no tenía en claro cómo lo haría.

Pensé en sugerirle a Lautaro que mientras tanto siguiéramos enviándonos algunas fotos, o algo por el estilo. Para no depender de la suerte que necesitábamos para que lo de las cámaras nos trajera algún beneficio. Sin embargo, esa misma noche en la que estuve a punto de escribirle, me envió un mensaje por WhatsApp. “Esta vez me superé”, decía. Le pregunté que a qué se refería. Por toda respuesta me puso “Cámara cuatro”.

Estaba en mi cuarto, a punto de ver una película. Tenía abierto el programa en una pestaña, pero justo en ese momento no lo estaba vigilando. Hice clic en la pestaña. La pantalla partida en cinco cuadros apareció. Observé la cámara cuatro. Quedé estupefacto. ¡Qué carajos!

La cámara cuatro era una de las que enfocaba hacia la piscina. Se trataba de una de las pocas que me daban la esperanza de que algún día visualizaría algo interesante. Sin embargo, no era la pileta lo que estaba viendo en ese momento. “Hijo de una gran puta”, le escribí a mi camarada de la otra casa.

En el cuadro aparecía una habitación. La habitación de Leticia, claro está.

“En un rato sube a dormir”, me escribió Lautaro, y después me mandó otro mensaje. “Mañana te explico para que lo hagas vos también”. Definitivamente estaba loco. No sabía cómo carajos había metido la cámara en el cuarto de su mamá sin que ella se diera cuenta, pero me parecía imposible emular su osadía. La cámara era lo bastante grande, y el cuarto de mamá lo bastante chico como para que no pasara desapercibida.

Sin embargo ahí estaba el cuarto de Leticia. No despegué la vista de él. En efecto, entró diez minutos después de que su hijo me enviara el mensaje. Hice doble clic sobre el cuadro, para que se viera solamente esa habitación. Vestía una falda negra con lunares blancos y una camisa celeste con algunos botones desabrochados. Aun en la intimidad de su cuarto, mantenía esa expresión de ceño fruncido, como si algo la exasperara continuamente.

Las ansias por no perder ningún detalle eran tantas, que ni siquiera parpadeé por un tiempo. Leticia dio la espalda a la cámara. Su cabellera negra se agitó, al tiempo que sus caderas se movían adentro de la pollerita. Se inclinó levemente, agarró el cubrecama, y lo hizo a un lado. Estaba lista para dormir. Ahora vendría lo bueno. Se quitaría la ropa. Mi verga ya estaba al palo. Para mi deleite, se inclinó para quitarse los zapatos. La falda era tan corta, que al hacer ese movimiento pude ver la tanguita blanca que llevaba debajo. Agarré yo mismo la tanga roja que hasta hacía poco le pertenecía. Llevé mi mano a la verga tiesa, y la froté con la tanga.

Leticia desabotonó la pollera lentamente, casi como si me lo estuviera haciendo a propósito. Luego se la quitó. Cuando llevó la prenda para colocarla arriba de una silla, pude deleitarme con su delicioso culo. Vi la tela blanca perderse en la raja de su orto. Las piernas eran perfectas, como las de una modelo de pasarela, largas, torneadas, elastizadas. La piel blanca no tenía ninguna imperfección. No había ningún burdo tatuaje que irrumpiera con la armonía de su tez. Se desabrochó la camisa. Sus tetas se bambolearon. Eran firmes, y se las notaba sumamente suaves. Las pecas que estaban encima de ellas le daban un aspecto único. No había visto a ninguna mujer desnuda en persona, pero sí había visto muchas películas pornográficas, y no recordaba que alguna actriz tuviera esa cantidad de pecas —y lunares, también había muchos lunares—, en esa zona.

Casi como si lo estuviese haciendo por mí, se puso delante de un espejo, y se miró detenidamente en él. Parecía que había algo en su pierna izquierda que no le agradaba, pero no alcancé a ver de qué se trataba. Luego giró, y observó su propio trasero, haciendo un movimiento igual al que hacen las adolescentes que se sacan selfis frente a un espejo, de tal manera que tanto sus rostros como sus culos salieran en la imagen.

Después ocurrió algo que realmente no esperaba. Se quitó el corpiño. Sus grandes tetas quedaron en el aire. No estaba en una posición óptima para que las apreciara, pero la idea de tenerla frente a mis ojos, sólo ataviada con esa pequeña tanga, era algo hermoso. Me dieron ganas de saltar la medianera, treparme por la pared y meterme en su cuarto por la ventana.

Agarró sus tetas y las sacudió, aún frente al espejo, como para comprobar qué tan firmes estaban. Maldije el hecho de que hiciera frío. Me hubiese encantado verla dormir así como estaba. Sin embargo, tal como temía, se metió en la cama, y se cubrió hasta el cuello. De todas formas tendría esas imágenes grabadas para acceder a ellas cuando quisiera.

Me quedé viéndola dormir, al menos durante una hora. Me costó conciliar el sueño, pues tenía mucho en qué pensar. Lautaro otra vez había hecho algo sumamente arriesgado. ¿No tenía miedo de ser descubierto? Además, ¿Cómo iba a hacer yo para imitarlo?

Pero no me quedaba otra. Debía poner una cámara en la habitación de mamá. No sabía cómo iba a hacerlo, pero así debía ser.

Continuará

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