DEVA NANDINY

Yo intentaba con todas mis fuerzas mantenerme tranquila y serena, no quería que la situación se me escapara de las manos, pero una cosa era intentarlo, y otra muy diferente conseguirlo.

Pretender mantenerme sosegada, era como intentar apagar el fuego con gasolina. Encontrarme a Iván por el pasillo, de camino al baño, en la cocina, o cuando yo entraba con cualquier excusa o pretexto a la habitación de mi hijo, hacía aumentar mi desmesurado lívido.

Mi marido aceptaba todos mis caprichos, siempre había transigido con mis continuos encoñamientos por algunos hombres. Relaciones que iban a ser de una sola noche, acababan convirtiéndose en amantes fijos. Sin embargo, esta situación de engancharme por algunos hombres no le preocupaba lo más mínimo. Él sabía al igual que yo, que normalmente mi interés por ellos iba decreciendo según pasaban los días, hasta disolverse como un copo de nieve sobre una mina de sal

En cambio, yo era plenamente consciente de que el deseo que sentía hacia el joven, no tenía nada que ver con el que otras veces se me había despertado por otros varones. Mi atracción por Iván, era mucho más intensa que un vulgar encoñamiento.

Todas estas sensaciones, intentaba de alguna forma disimularlas delante de mi marido. En parte, porque me sentía sumamente avergonzada por estar tan prendida y enganchada por alguien tan joven. Por otro lado, por miedo a que mi marido al verme así, pudiera sentirse algo celoso. Una cosa era observarme mientras follaba con un hombre, y otra muy diferente, era comprobar que estaba tan atrapada por alguien.

Además, sabía que mi relación con el chico no era del todo del agrado de Enrique. Lo sentía en su mirada, y sobre todo en algunos de sus comentarios hacia mí, en los que me censuraba por haberme llegado a acostar con el amigo de mi hijo. Asimismo, mi esposo también era consciente de que él nunca iba a poder estar presente en los futuros encuentros que yo mantuviera con el muchacho. Lógicamente, ese detalle hacía que menguara su interés por la relación.

Mi marido siempre me repetía que los jóvenes eran como bombas de relojería, y que algún día, todo este asunto podría estallarnos en las manos. Yo siempre había defendido mis relaciones con hombres casados, aludiendo, que se ponían menos pesados cuando yo perdía el interés hacia ellos. El caso es que siempre despertó un insano morbo dentro de mí, cuando después de follar con un hombre, sabía que en su casa lo estaba esperando una mujer.

Por lo tanto, yo intentaba en parte contrarrestar todo esto como si me sintiera en deuda con Enrique. Ese fue el principal motivo por el que me dejé arrastrar por mi esposo a otros morbosos juegos, que sabía que estimulaban más su excitación.

Hacía unas pocas semanas, que había comenzado una especie de tonteo con Don Ramón, su jefe. Este hecho ponía tremendamente cachondo a mi marido. Sin embargo, en esos momentos yo aún no sentía ningún tipo de atracción por el viejo.

«¿Cómo iba yo a saber que sería el inicio de una de las historias más morbosas y truculentas que he vivido en toda mi vida?». Durante una buena temporada, fue Iván el que captaba toda mi atención.

No obstante, había ciertos indicios que delataban la pasión tan desmesurada que yo sentía por el muchacho. Cuando sabía que él iba a venir a pasar el fin de semana con mi hijo, ya no me vestía de una forma cómoda como había hecho siempre para estar en casa, con una ancha y larga camiseta de algodón. Inconscientemente, lo hacía de modo mucho más sexi. También me daba más pereza salir a la calle, buscando por el domicilio fortuitos y rápidos encuentros con el chico.

Este tipo de detalles no pasaban desapercibidos para mi marido. Que algunas veces, ya comenzaba a reprocharme ese comportamiento tan evidente.

—Zorreas por casa, casi del mismo modo que lo haces un viernes por la noche en un pub —me comentó un día mi marido.

—No digas idioteces —le reproché dolida—. Creo que comienzas a ver cosas donde no hay nada.

No obstante, quiero que se entienda que todo esto me superaba. En el momento que sabía que Iván estaba en casa, mi comportamiento cambiaba. Permanecía impaciente y ansiosa por verlo, o por tener contacto con el chico, aunque solo fuera durante unos segundos. Buscando incesantemente esa mirada, esa sonrisa cómplice, ese roce de una de sus manos contra mi culo al cruzarnos por el pasillo, esa palabra susurrada de forma rápida y morbosa…

No se podía decir que yo no tuviera experiencia en relaciones con hombres. Reconozco, que mi lista de amantes es vergonzosamente larga. Sin embargo, precisamente a mí que nunca me habían llamado demasiado la atención los jovencitos, estaba comenzando a vivir una relación con uno de ellos, con una intensidad tan desatada, que podía poner todo mi tranquilo mundo patas arriba.

Estaba esa tarde de domingo recogiendo la cocina, mientras mi marido permanecía adormilado, mirando la televisión en el salón.

—Les he comentado que iba a beber un vaso de agua —escuché de pronto manifestar a Iván, según entraba por la puerta de la cocina, haciendo referencia a Aitor y a mi hijo.

Yo le sonreí complacida, si al principio yo le había reclamado absoluta prudencia, como exigencia incuestionable para que pudiéramos mantener una relación. Poco a poco el muchacho, se había ido dando cuenta de la enorme necesidad que yo sentía hacia él.

—Estaba haciendo tiempo esperándote —me sinceré—. Ven y bésame, —le pedí.

Iván se acercó agarrándome por el culo, atrayéndome hacia él pegándome contra su cuerpo, restregando al tiempo su entrepierna contra la mía. Me encantaba mostrarme tan facilona con el chico.

—¿Me echabas de menos? —me preguntó riéndose.

—¡No te imaginas cuánto! Llevo cachonda todo el fin de semana. Saber que estás ahí al lado y no poder… —Comenté sin atreverme a finalizar la frase.

Entonces sentí como sus labios se posaban sobre los míos. No fue un beso tierno, ni tan siquiera bien ejecutado, fue un gesto totalmente precipitado, sin apenas delicadeza ni suavidad. Sabíamos que no teníamos tiempo, y era como si nuestras bocas buscaran absorber toda la sexualidad que nuestros cuerpos desprendían.

—¡Olivia, necesito volver a follarte! —Exclamó susurrando en mi oído, separando sus labios de los míos durante unos breves segundos.

Entonces sentí su caliente mano, como levantaba desde atrás mi corto vestido. Sabía del peligro al que estábamos expuestos, pero me dejé tocar encantada. Me gustó notar su deseo hacia mi cuerpo, cogiéndome fuertemente una de mis nalgas.

—Me vuelve loco tu culo —declaró en voz muy baja, casi inaudible.

Justo en ese momento me separé de él un poco echándome hacia atrás, dándome la vuelta y subiendo el vestido a la vez lo suficiente, para ponerlo a su alcance. Le pregunté cachonda como una perrita en celo.

—¿Sí, cariño? ¿Te gusta mi culito? ¿Quieres volver a correrte sobre él? —le interpelé girando la cabeza, mirándole directamente a los ojos.

Sabía de sobra el efecto que tenía mi culo sobre los hombres. Sin embargo, no pude contenerme e intenté con ese gesto hacerle perder un poco el control.

Entonces él se agachó, colocándose en cuclillas detrás de mí. Yo me sentí totalmente expuesta, dejando todo mi culo a su alcance. En ese instante noté, como sacaba la fina tela de mi minúsculo tanga, que estaba enterrada entre los dos poderosos cachetes de mi culo. Me encanta cuando me hacen eso. Iván los separó de forma decidida, y comenzó a besarme en esa zona tan erógena para mí.

—¡Ah…! ¡Joder, cariño! ¡Cómo me gusta que me hagan eso! ¡Me vuelves completamente loca! —Exclamé al notar su lengua recorriendo mi culo, hasta llegar a detenerse sobre mi ano. Ese liviano y delicado roce, casi me hizo desfallecer a consecuencia de la enorme cantidad de placer, que inundó mi cuerpo en un solo instante.

—¡Quiero follártelo! —Me pareció oírle exclamar.

«Aquello se estaba saliendo de control», sabía que estaba entrando en un punto, donde mi cabeza pronto dejaría de ser capaz de ver la realidad con algo de sensatez. Entonces tirando de toda mi fuerza de voluntad, que nunca ha sido demasiada para estos temas, me separé de él.

Volví a colocarme el tanga tomándome mi tiempo, bajándome a continuación el vestido le hice un gesto para que se marchara. Para que regresara a la habitación de mi hijo.

El sonido de la televisión desde la sala, creo que fue el causante de hacerme volver, obligándome a realizar un aterrizaje casi forzoso sobre la realidad.

—¡Mira cómo me tienes! —Comentó Iván bajándose un poco el pantalón, para que pudiera verle su erecta y hermosa verga.

—¡Por favor…! ¡No me hagas esto, Iván! —Expresé mientras volvía a salir a su encuentro.

Entonces agarré su polla sin dejar de mirarla un instante. Me sentía totalmente hechizada y maravillada. Sus venas hinchadas a lo largo de todo el falo, debido a la acumulación de sangre en la zona, me hicieron sentir en ese momento, que esa polla, era la cosa más perfecta y deseada para mí de este mundo.

Reconozco, que he tenido a lo largo de mi vida infinidad de penes a mi alcance y disposición. En muchos de los casos más voluminosos. No obstante, pocas veces he sentido esa desmesurada necesidad de comerme una verga.

Pasé unos de mis dedos recorriendo su glande, luego acaricié todo el tronco hasta llegar a la base, sintiendo toda su excitación, todo su vigor juvenil, sus venas, me encantaba su extrema dureza, su textura… todo.

Me sentía ansiosa con la única idea en mi cabeza de incrustármela en lo más profundo de mi coño. No obstante, siendo consciente de la situación, estando mi marido en la sala, ajeno a todo, y mi hijo y uno de sus amigos en la habitación contigua a la cocina. Me reproché el solo hecho de imaginármelo.

«No puedes hacerlo, Olivia», me repetí incesantemente. Sin duda mi conciencia, ese puto Pepito Grillo aguafiestas, no me permitía follármelo allí mismo.

Por ese motivo comencé a masturbarlo. Al notarlo, Iván cerró los ojos dejándose arrastrar por el rítmico movimiento de mi muñeca.

—Córrete cariño —comenté a la vez que aumentaba el ritmo que mi mano ejercía sobre su polla—. Córrete para mí, quiero toda tu leche, —añadí intentando estimularlo al máximo.

Él abrió los ojos y comenzó a mirarme fijamente, con esa mirada vidriosa, casi carente de expresión, que ponen los hombres cuando están a punto de llegar al orgasmo.

—Date la vuelta, quiero descargar mi lefa sobre tu enorme culo. Estoy a punto de correrme —me advirtió.

Yo cada vez más nerviosa pues temía que en cualquier momento pudieran pillarnos, pero incapaz de negarle nada al muchacho, obedecí disciplinadamente. Dándome la vuelta, me apoyé contra la puerta de entrada de la cocina. Entonces, levanté completamente la tela de mi vestido, bajándome a la vez el tanga hasta medio muslo. En ese instante, giré el cuello, y sin dejar de mirarlo le comenté en tono morboso:

—Vamos cariño, demuéstrale a tu puta lo hombre que eres. Dame toda tu leche —le pedí intentando elevar su grado de excitación, buscando que se corriera cuanto antes.

Iván no pudo aguantar mucho más, aceleró el ritmo de forma casi desenfrenada, su respiración comenzó agitarse, su mancebo rostro enrojeció completamente, su cuerpo se puso tenso.

—¡Toma puta! —Dijo elevando el tono más de la cuenta—. ¡Toma toda mi lefa! —Exclamó.

Un segundo después, pude notar como sobre mis desnudas nalgas descargaba una copiosa corrida, que salía disparada contra mi culo.

Una vez que recuperó la normalidad, guardándose la polla dentro de los calzoncillos, con una cara algo más relajada, me comentó pidiéndome perdón:

—Lo siento Olivia, no he querido llamarte puta. No sé por qué lo he hecho —expresó inundado de ternura.

—No te preocupes cielo, yo misma te he incitado a que lo hicieras. No me lo tomo como algo peyorativo, en realidad me pone muy cachonda que lo hayas hecho.

Nos quedamos un instante mirándonos, como sabiendo que ese hermoso momento estaba a punto de terminar. Siendo ambos conscientes del peligro que habíamos corrido.

—Ahora vete cielo, cuando estoy contigo pierdo la noción del tiempo. En realidad, no tengo ni idea cuanto rato llevas aquí —le indiqué.

Entonces el chico me dio un último beso en los labios antes de marcharse. Volviendo al dormitorio de mi hijo, al que me lo imaginaba por suerte absorto en algún videojuego, sin enterarse de lo que su mejor amigo, había hecho con la golfa de su madre a pocos metros de distancia.

Ya más tranquila, allí mismo en la cocina me quité las bragas y las metí en la lavadora. Después me acerqué hasta el salón. Mi marido se había quedado dormido ajeno a lo que acababa de acontecer unos segundos antes. Pensé, que quizá sería mejor no decirle nada sobre todo lo que había pasado. No estoy orgullosa de ello, pero soy experta en tomar decisiones rápidas y equivocadas.

«En realidad no ha ocurrido prácticamente nada», me excusé para mis adentros, como intentando eliminar de raíz, cualquier sentimiento de culpa que intentara aflorar dentro de mí.

Como un autómata, tengo un vago recuerdo de como fui hasta el baño de mi dormitorio y me senté sobre la tapadera del inodoro. A continuación, me abrí de piernas y comencé a masturbarme, sin más preámbulos ni rodeos, introduje dos dedos dentro de mi vagina. La notaba caliente y tremendamente pegajosa, empapada en fluidos, a causa de la enorme excitación que sentía en esos momentos.

Entonces saqué mis dedos, y comportándome como auténtica cerda, busqué desesperadamente el semen que Iván había diseminado al correrse sobre mis nalgas.

Era lo más cercano en ese momento, que podía sentirme a un hombre. Sin pensar, ni tan siquiera que estaba haciendo, impregné la yema de mis dedos de la pegajosa lefa del muchacho, para llevarlos, ávidos y deseosos de nuevo al interior de mi coño.

Tuve que taparme con la mano que me quedaba libre para no emitir en el acto un profundo gemido, que quería escaparse de dentro de mí.

Sentada en el váter, con las piernas totalmente abiertas comencé a masturbarme con verdadera intensidad. No obstante, estaba demasiado cachonda. En esos momentos sentía una irreprimible necesidad de sentirme dilatada, de notar mi vagina penetrada, perforada y bien follada. Mis cálidos dedos, no eran suficiente para calmar mi desmesurada hambre de pene.

Estuve a punto de irme del cuarto de baño, para coger el grueso consolador de silicona que guardaba en uno de los cajones de mi mesilla. Sin embargo, necesitaba con tanta urgencia un orgasmo, que era incapaz de dejar de tocarme. En ese momento, vi sobre la encimera de mármol blanca del lavabo, uno de mis cepillos para el pelo.

Observe con vicio la forma fálica del grueso mango negro, y comencé a lamerlo como si de la verga de Iván se tratara. Lubricándolo con mi propia saliva. Luego, colocando la punta del mango frente a la entrada de mi coño, comencé a empujar muy despacio, de modo lento y gradual. Sintiendo como mi vagina comenzaba a dilatarse, como se abría hasta que el mango del cepillo quedó por completo escondido en su totalidad, en el interior de mi sexo.

Entonces comencé a follarme con el cepillo con verdadero énfasis, con una intensidad desatada. Cerré los ojos y comencé a pensar en lo que había pasado en la cocina de mi casa unos minutos antes. Imaginándome, que el frío mango era la dura verga del chico.

—¡Iván…! ¡Iván…! —Comencé a expresar en voz baja, necesitando gritar y escuchar su nombre.

En ese instante, noté como mis piernas se ponían rígidas y comenzaban a temblar, mi respiración se acrecentó, mis ojos se pusieron en blanco, mi ritmo se aceleró…

—¡Ah…! ¡Dios…! ¡Cómo me gusta…! ¡Iván, fóllate a tu puta…! —Expresé intentando hacerlo en voz baja. Aunque me hubiera encantado poderlo gritarlo, exhalando con esas palabras todo el aire que me quemaba en los pulmones.

Todavía no había recuperado totalmente la calma, cuando de repente sentí como alguien desde el otro lado, intentaba abrir la puerta. Miré aterrada si había cerrado bien. Asustada de que alguien pudiera sorprenderme en semejante actitud, con el mango del cepillo para el pelo, aun sepultado dentro de mi sexo. Pero para mi tranquilidad, me había asegurado de echar el cerrojo antes. Entonces observé, un enorme charco sobre la tapa del retrete en la que estaba sentada que escurría hasta el suelo.

La escena era caóticamente, soez, casi pornográfica y bizarra.

—Olivia ¿Estás Bien? —Escuché decir a Enrique desde el otro lado de la puerta.

Yo me quedé sin saber que decir. Invadiéndome un negativo y oscuro sentimiento de traición. No sabiendo qué es lo que más me dolía. Lo que había ocurrido en la cocina unos minutos antes con el amigo de mi hijo, o que hubiera sentido esa voraz necesidad de encerrarme en el cuarto de baño, para masturbarme pensando en él.

—Sí —respondí al fin—. Estoy bien. Un momento, ahora salgo. Estoy haciendo pis

En ese instante me saqué el mango de ese cepillo que me había dado un momento tan mágico y hermoso, y lo aclaré abriendo el grifo del lavabo. Luego me bajé y recompuse mi vestido. Cogí un enorme trozo de papel higiénico, y lo empapé de los fluidos que caían desde la tapadera del retrete hasta el suelo. A continuación, lo arrojé al inodoro y tiré por fin de la cisterna.

Entonces abrí la puerta. Enrique me estaba esperando al otro lado, en nuestro dormitorio. En ese momento me di cuenta de que mi marido, me podía haber escuchado gemir, y lo que era aún mucho peor, me podía haber oído llamar a Iván cuando me había invadido el orgasmo.

Al sentimiento de culpabilidad, se añadió también el de la vergüenza.

—¿Estás bien? —volvió a repetir.

—Sí —afirmé—. ¿Me visto y salimos a dar una vuelta? —pregunté cambiando el tema, para salir del paso.

Él pareció dudar unos segundos, cosa que me hizo ponerme en lo peor. Entonces, decidí que lo mejor sería dar un paso al frente.

—Cariño, creo que voy a volver a quedar con Iván —solté de pronto.

—Bien… —pareció aceptar. Sin embargo, no lo noté demasiado convencido.

Entonces me acerqué hasta mi mesilla y saqué un tanga, colocándomelo ante la atenta mirada de mi marido. Luego fui hasta el armario para coger algo de ropa, pero Enrique me siguió, como si no quisiera dar la conversación por finalizada.

—¿Ya has hablado con él? —le escuché preguntarme a mi espalda.

—No —negué con rotundidad.

—Es que hace un rato me pareció oírlo entrar a la cocina —soltó de pronto.

—Bueno, sí… hemos hablado. Sin embargo, no hemos quedado todavía en nada. Solo me ha comentado que tenía muchas ganas de volver a estar conmigo.

—Entiendo. Y tú…  ¿Qué le dijiste? —Interpeló con la voz muy calmada.

—Le respondí que sí, que también me apetecía —le expliqué intentando poner en mi boca palabras que no desenmascararan mi ansiedad por follar con el chico.

—¿Tantas ganas tienes de jodértelo? —me preguntó de una forma mucho más soez a como acostumbraba a hablarme en esos momentos, ya que Enrique únicamente habla sucio, cuando hacemos el amor, o al estar muy excitado.

Entonces me giré y lo miré a los ojos, intentando así descifrar en que tono me hacía la pregunta.

—No tantas ganas como tienes tú de que me folle tu jefe —respondí intentando defenderme.

Entonces Enrique lanzó una estruendosa carcajada.

—Es cierto —reconoció para mi asombro.

Yo me quité el vestido con la intención de comenzar a vestirme, mi última intención en esos momentos era excitarlo. Pero entonces, noté como mi marido me dio una fuerte cachetada en una de mis nalgas, algo que sabe que me vuelve completamente loca.

—¿Ya le has ofrecido el culo? ¿Seguro que ni se lo cree? —Preguntó en tono ofensivo, separándome groseramente las nalgas.

—Pues no. Ni él me lo ha pedido ni yo tampoco se lo he ofrecido. Sin embargo, ahora que lo dices, me acabas de dar una idea. Puede que se lo entregue en la próxima cita —manifesté a la defensiva.

Entonces noté como me sacaba la fina tela del tanga del culo, como retirándolo hacia un lado. Luego colocó un dedo sobre mi ano, y comenzó a presionar sobre él.

—Debe de ser toda una fantasía para un mocoso, poder follarse este culazo de zorra que tienes —expresó mi marido, mientras aumentaba la presión del dedo contra mi agujero más íntimo.

En ese instante, yo comencé a empujar fuertemente hacia fuera, tensando todo lo que pude mi esfínter, chocando con mayor intensidad contra el dedo que Enrique intentaba meterme dentro. De repente, dejé de presionar, relajando a su vez completamente el esfínter. Esto causó el efecto contrario, y prácticamente fue mi culo el que lo reabsorbió, tragándose así, parte del dedo de mi marido.

—No puedes evitar mearte de gusto al pensar que es su polla, —manifestó mi esposo, mientras comenzaba a notar como por mis muslos resbalaban gotas de mis fluidos vaginales.

—Dile que venga a follarte ahora mismo —me pidió de forma autoritaria—. Quiero ver la cara de guarra que pones, cuando sientas su polla jodiéndote el culo —añadió con su boca pegada a mi oreja.

Era increíble, pero a pesar del fuerte orgasmo que había experimentado hacía tan solo unos minutos, en esos momentos volvía a estar completamente cachonda. Estaba totalmente necesitada de un hombre.

—Cierra la puerta —exigí—. Ven a follarme.

—¿Te da miedo que te escuche ese mocoso joder con tu marido? —preguntó metiendo y sacando ya el dedo de mi culo.

Yo me giré y lo miré a los ojos.

—¡Fóllame! —Casi le supliqué.

—¿Fóllame qué…? —Le escuché manifestar a Enrique, que en esos momentos estaba en ese papel de sátiro, que a mí tanto me gustaba.

—¡Por favor, fóllame! —Repetí totalmente entregada y muerta de deseo.

—Antes de metértela, quiero ver cómo te rebajas y le suplicas que quieres quedar con él —demandó de forma inflexible.

—No puedo cielo. Está en la habitación con mi hijo. Además, también está Aitor —alegué sin entender cómo me podía hacer ni tan siquiera esa petición.

Entonces Enrique me entregó mi teléfono móvil. Al principio temí, que podía haber leído alguno de los mensajes que yo había intercambiado con Iván, a lo largo de la semana, pero luego recordé que los había borrado.

—Envíale un mensaje, quiero advertir como lo haces, —volvió a reclamar.

—Pero… está mi hijo al lado —protesté indignada.

Entonces Enrique sacó el dedo de mi culo y me obligó a girarme hacia él. Cogió mi mano y la puso sobre su polla. «Estaba totalmente empalmado».

—¿La quieres? ¿Quieres que te la meta? —interpeló de ese modo tan ordinario, que a mí tanto me encendía.

—Sabes que sí —expresé muerta de ganas. Entonces volvió a colocarme de espaldas a él, y comenzó a pasármela, restregándola contra la entrada de mi vagina.

Yo me abrí de piernas, la puerta estaba completamente abierta. Sin embargo, ya me daba todo igual, necesitaba que me follaran. Enrique, el cepillo, Iván… me daba lo mismo quién lo hiciera en esos momentos.

—Métemela y dame el móvil —respondí llena de confianza por lo que estaba a punto de hacer.

En ese momento, el dedo de mi marido regresó a ocupar mi ano, clavándose en mi interior como un mástil de hierro.

—¡Joder…! —Exclamé al sentirlo dentro.

Entonces abrí la aplicación, busqué su nombre en la agenda y comencé a escribirle delante de mi marido. Sabía que mi alto estado de excitación, me llevaría a comunicarme con el chico sin ningún tipo de filtro.

Olivia – 16:47

—Necesito que me folles!!!

Mi marido se asomó por encima de mi hombro para ver la conversación que mantenía con el chico, sin dejar de follarme el culo con uno de sus dedos. En el fondo deseaba que Iván en esos momentos estuviera tan concentrado en la consola, que ni siquiera se diera cuenta de mi mensaje. Pero como siempre me equivoqué.

Iván – 16:48

—Cuándo?

—Ahora??

Olivia – 16:48

—Noooooo!!!! ahora no puedo.

—Mañana

—Ven a buscarme al trabajo a las siete

—Puedes?

Iván – 16:49

—Síiiii!!!

—Allí estaré

—Escríbele —me incitó—. Dile que quieres que te joda como la perra que eres, — indicó mi marido sin perder un solo detalle, mordisqueándome a la vez el lóbulo de la oreja

Olivia- 16:49

—Quiero que me folles como a una perra!

Nada más escribirlo y enviar el mensaje, tiré en un rápido gesto el móvil sobre la cama, como dándole a entender a mi marido, que no iba a seguir enviando mensajes al chico. Enrique ya tenía lo que quería, me había mostrado ante el muchacho como una verdadera zorra.

Había conseguido desenmascararme delante de Iván. Seguramente quiso con ello, asegurarse de que eliminaba cualquier tipo de sentimiento. Dejando claro que, entre ambos, solo iba a permitir que existiera sexo.

Segundos después, comenzaron a sonar entradas de nuevos mensajes, pero ya no les hicimos caso. Entonces noté como el dedo de mi marido abandonaba de nuevo mi ano. Metiéndome al mismo tiempo su tiesa polla dentro de mi hambriento coño, dio un par de sacudidas y la volvió a sacar, impregnada ya en mis pegajosos fluidos vaginales.

—Cógete las nalgas y ábrete bien el culo —me indicó—. Te lo voy a follar, —comentó advirtiéndome.

Yo obedecí, al tiempo que noté como escupía y resbalaba su saliva sobre la entrada de mi culo. Luego colocó su glande justo en frente, y comenzó a presionar con enorme fuerza.

Enrique no me había dilatado lo suficiente. Por ese motivo, noté un fuerte quemazón cuando su polla se incrustó dentro de mi culo. Sentí casi como si me desgarraran por dentro.

—¡Hijo de puta! —No pude evitar exclamar, por haber sido tan impaciente y ansioso.

—¡Vamos zorra! Seguro que si fuera la polla del chico estarías encantada.

Siempre se había comportado de una forma ejemplar cuando realizábamos sexo anal. Siendo muy respetuoso con los tiempos, mostrándose delicado, lubricándome en exceso por miedo a producirme cualquier tipo de desgarro.

Pero ese día, se comportaba con una rudeza desconocida para mí, con las mismas ansias y precipitación, que había sentido en otros hombres, cuando les entregaba mi culo.

Permanecimos unos momentos quietos, yo mantenía una de mis manos echada hacia atrás, como para intentar sujetarlo en caso de que comenzara a clavármela con fuerza.

Juro que llegué a creer que el esfínter me iba a reventar. Sin embargo, poco a poco me fui relajando, y comencé a sentir una ferviente necesidad por sentir mi culo bien follado. Hay pocas cosas tan hermosas en esta vida como notar una verga taladrándote el ano. Es el modo más potente de sentirme completamente llena de sexo y colmada de hombre.

El dolor y las molestias iniciales, consiguieron que todas mis terminaciones nerviosas se pusieran en estado de alerta. Colmándome desde ese momento de intensas y placenteras sensaciones. Es como una especie de droga, que te hace agudizar los estados sensoriales al máximo.

Enrique comenzó poco a poco a empujar cada vez de un modo más intenso, al notar que yo ya no protestaba. Sus movimientos se fueron acelerando.

—¡Qué maravilla! —exclamó— No hay nada tan caliente y apretado como tu culo —escuché decir a Enrique elevando un poco la voz, motivado por el alto grado de excitación en el que se encontraba.

Entonces me regaló un par de fuertes cachetadas sobre mis duras nalgas, que sonaron como una especie de latigazo. Esto me hizo estremecerme del gusto. Pocas cosas me pueden llegar a hacer gozar de esa forma. Sentirme así de perra, es la máxima expresión que puedo experimentar follando.

En ese instante una de mis manos fue a parar incontenidamente hasta mi coño. Comencé a tocarme de manera ansiosa, estaba ávida de placer. No me tuve que acariciarme demasiado tiempo, pues en pocos minutos, estaba encadenando dos intensos orgasmos casi seguidos.

Intentaba correrme sin hacer ruido, ese era mi único propósito. Pero permanecer callada cuando estoy sintiendo un placer tan desmesurado, es misión casi imposible. Solo deseaba que los auriculares de los tres adolescentes que estaba en la habitación del final del pasillo, no le pudieran permitir escucharme gemir de gusto.

—¡No dejes de joderme! —le supliqué.

Enrique seguía follándome el culo a un ritmo casi frenético. Yo estaba tan agotada, a consecuencia de correrme tan seguido que, de no haber estado ensartada por su dura polla, mis piernas no hubieran sido capaz ya de sostenerme.

—¿Te gusta Puta? ¿Así te van a follar ese culo de zorra que tienes? —no paraba de decirme, hasta que por fin pude sentir sus torrentosos chorros de leche caliente, alojándose dentro de mis entrañas.

Luego me la sacó de golpe, haciéndome casi caer de rodillas. Donde permanecí descansando unos segundos, mientras él marchaba hasta baño con el fin de darse una buena ducha.

Cuando por fin me recompuse me coloqué la corta la falda, dejando mis bragas tiradas en el suelo, y mientras Enrique se duchaba, me encaminé de forma decidida hasta la habitación de mi hijo.

—Carlos —dije intentando llamar su atención—. Me voy con Enrique a dar un paseo. Si viene Javi me llamas, que quiero hablar con él, —comenté refiriéndome a mi otro hijo.

—Vale mamá— respondió Carlos como siempre, sin despegar sus ojos de la pantalla.

Entonces sentí la mirada de Iván. El chico me observaba directamente con una osada y pícara sonrisa en los labios. Seguramente feliz, porque sabía que al día siguiente ambos tendríamos nuestra segunda cita.

En ese instante recordé el último mensaje que le había enviado en presencia de mi marido “Quiero que me folles como a una perra”. No pudiendo evitar en ese momento, sentir algo de vergüenza.

Enrique casi me había obligado a revelarle al chico, quien era yo en realidad. Mostrándome ante él, como una mujer totalmente liberada y desinhibida con un voraz apetito sexual. «Quizá fuera lo mejor», recuerdo que llegué a pensar.

Yo le devolví la sonrisa, al tiempo que comenzaba a sentir el semen de mi marido resbalando por mi dilatado ano. Notaba unas fuertes contracciones sobre mi esfínter, que intentaba recomponerse y volver a su estado natural. Dejando, seguramente algunas gotas de lefa salpicadas en el suelo.

—Portaros bien chicos, —comenté saliendo de la estancia sin ni tan siquiera girarme.

Cuando llegué de nuevo a mi dormitorio, Enrique ya había salido de la ducha. Entonces me miró sonriendo. Lo noté contento, como el que se ha quitado un gran peso de encima.

—¿No has podido aguantarte y has tenido que ir a verlo? —me preguntó.

—No se trata de eso —mentí— Me daba miedo que pudieran haber oído algo, y necesitaba asegurarme que todo estaba como siempre.

—Olivia —dijo abrazándome, envolviéndome a la vez con su enorme cuerpo. Oliendo intensamente a mi gel de ducha preferido —Sabes que pase lo que pase, yo siempre estaré a tu lado.

—Lo sé cariño. No te imaginas cuanto necesitaba volver a oírtelo decir —respondí justo antes de comenzar a besarnos.

Continuará

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