TANATOS 12

CAPÍTULO 45
Edu se sacudía un poco el pelo, húmedo, aún sin siquiera mirarme, y yo guardaba el móvil de María en mi chaqueta.
Con mi corazón en un puño miré hacia atrás, en diagonal a la derecha, y me parecía verla a ella hablando con Carlos.
Bajé las dos ventanillas de la parte derecha del coche, tenso, esperando la primera frase de Edu, y, una vez éstas bajaron, pude ver como efectivamente María y Carlos mantenían una conversación que parecía más bien una discusión.
—Dame el teléfono de María y nos vamos —dijo Edu, que brillaba un poco por estar mojado, y con diminutas gotas de agua sobre su pelo.
Su mera presencia allí, tan cerca, me asfixiaba.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—¿Cómo que qué está pasando? —dijo serio, hablando rápido, girándose hacia mí —Que María quiere su móvil y nos vamos a casa de Carlos.
—¿Quiénes?
Edu me miró entonces y negó con la cabeza.
—Todos menos tú. Venga, dame el teléfono.
—No, que me lo pida ella —protestaba yo, sacando fuerza y entereza de donde no la había.
Edu se giró entonces hacia atrás, hacia Carlos y María y dijo:
—Ahora está ocupada. No sé qué le pasa. Yo creo que le pone cachonda discutir.
Se giró otra vez hacia mí e insistió:
—A ver, dame el maldito teléfono. Ella no quiere que vengas.
Aquella frase me mataba, pues por primera vez no solo lo creía posible sino que me encajaba… Y estaba dispuesto a no luchar más y a darle el móvil, cuando Carlos y María entraron en nuestro campo de visión más claramente; colocándose a la altura de la ventanilla de Edu, apartados a unos tres metros, cerca del coche de Carlos, pero de tal forma que ya no me tenía que girar para verles, sino solo mirar a mi derecha.
—Pablo, ya está. Lleváis 6 meses agarrándoos a donde no hay. Déjala en paz —dijo Edu, que cogía ahora su propio teléfono.
Yo miré hacia María, que, de espaldas a nosotros, hablaba frente a un Carlos que ponía sus dos manos en la cintura de ella. Estaban realmente pegados, y no parecía llover, pero la humedad los impregnaba.
—¿Estás nervioso? —preguntó Edu, sin levantar la vista de su teléfono.
—Qué…
—Que si estás nervioso… Te veo mejor que otras veces. ¿Tantos se la han follado ya que te has acostumbrado? Por cierto lo de los pantalones es acojonante… Estáis como putas cabras… —decía él, para sí, tranquilo, respondiendo a varias conversaciones en su móvil con frases cortas y pasando a la siguiente.
—No… No sé… —apenas respondí mientras miraba como María dejaba que las manos de Carlos siguieran allí y ella se recolocaba la melena, metiendo sus dedos, desde el nacimiento de su pelo hacia atrás, como sacudiéndolo de humedad, y echándolo a un lado.
—En serio, lo de los pantalones es para flipar —dijo entonces mirando hacia mí —imaginación no te falta.
Yo le miraba, siempre sin saber por dónde podría salir.
—Joder… Estoy reventado, llevo bebiendo desde las cuatro, ¿cómo se echa ésto para atrás? —resoplaba, algo aturdido, buscando una palanca a izquierda y derecha.
Consiguió inclinarse ligeramente, casi nada, y el asiento se atascó, pero le pareció suficiente, y se recostó un poco y puso uno de sus antebrazos sobre los ojos.
Yo aproveché su letargo para fijarme en su complexión delgada, pero fuerte, que no marcaba su camisa granate a rayas pero sí se presumía un esculpido torso bajo ella, así como sus antebrazos fuertes, a la vista por llevar su camisa remangada, y después mi mirada fue hacia su pantalón… a una polla que se marcaba, sin voluntad, solo por mera potencia, y recordé su polla desnuda, entrando y saliendo de María en la noche de la boda, y me pregunté si aquella polla la habría follado también, una segunda vez, dos meses atrás.
Y alcé mi mirada, a mi derecha. Carlos y María estaban muy juntos. Él apoyaba su culo contra su propio coche. Y sucedió en seguida. Sin tiempo a sufrir el momento. Ni a disfrutarlo: Carlos acercó más su cara a ella y ella no se resistió más… Sus labios se unían… Se besaban… Y casi pude sentir en el cuerpo de María el preciso momento en el que sus bocas se abrieron y sus lenguas se tocaron.
Tuve la sensación de que mi corazón se detenía por completo. Otra vez aquella sensación de morbo incontenible. Podía ver cómo movían sus cabezas levemente como consecuencia de aquel morreo que se alargaba. La melena mojada de María caía por toda su espalda y su camisa tapaba un culo y un sexo que todos sabíamos que era libre y que buscaba complacencia.
Carlos al fin lo conseguía. Romper las normas de María. Si bien se lo debía todo a Edu, que parecía haber llegado para acabar con la última barrera. Y yo miraba como aquel hombre sujetaba, casi con ternura, por la cara, a un María, que, entregada, besaba hacia arriba, manteniendo sus manos en la cintura de él.
Cerré los ojos un instante, para disfrutar para mí aquel morbo máximo de saber que tu novia se entregaba a otro, y un olor a tierra mojada me asaltó. Los abrí otra vez y vi que Edu miraba a su derecha, y que veía lo mismo que yo: que Carlos y María se apartaban un poco y que el propio Carlos se llevaba sus manos a su pantalón. Y María parecía esperar, paciente, húmeda, a la intemperie, que Carlos mostrase aquello que ella, una vez su juego había fracasado, podría disfrutar.
Edu no me miraba. Ni se regodeaba. Y algo dentro de mí le preguntó, incluso más entregado que desesperado:
—No te la follaste solo una vez, ¿verdad?
Edu esbozó una mueca instantánea. Y yo esperaba su respuesta como un acusado a la expectativa del veredicto, pero pronto le vi sin intención de responderme, mientras Carlos y María volvían a besarse… pero ahora las manos de Carlos no se veían claramente, pues la propia María me las tapaba, pero sí alcanzaba a vislumbrar que una mano se perdía por arriba y otra por abajo. Que una mano presumiblemente acariciaba sus tetas sobre su camisa mojada y que la otra seguramente buscaba un coño, que, sin pantalones ni bragas, quizás ya estaría palpando y disfrutando sin filtro alguno.
Pero lo peor no era no poder localizar exactamente las manos de él, sino ver que el codo, el brazo derecho de María, comenzaba a agitarse, rítmicamente… y podía ver su camisa remangada… por lo que aquel movimiento plasmaba una paja pura, nítida, sin su truco de no tocar piel. María agarraba aquella polla de Carlos con fuerza y la masturbaba, al tiempo que a veces se besaba y a veces movía su cuello, por lo que su melena bailaba. Y a veces miraba a su derecha, y le besaba, y miraba a su izquierda, asegurándose de que nadie, aparte de Edu y de mí, estuviera asistiendo a aquella tórrida paja bajo aquella llovizna.
Edu se incorporó un poco, y no decía nada. No se regodeaba en que su amigo la hiciera sucumbir, ni me humillaba a mí, ni presumía por haber acabado con nuestra farsa.
Y entonces, en el silencio más absoluto, y sin aviso ni preparación previa, se escuchó un sonido, nítido, certero… Un quejido, un jadeo… y pude ver como María flexionaba ligeramente las piernas…
—Joder… —susurró Edu, que era testigo, como yo, de como Carlos encontraba en María un lugar donde se deshacía.
E inmediatamente después se pudo oír un “Ahh…” jadeado por ella, y pude ver como María detenía la paja, dejando su brazo quieto, y echaba completamente su cabeza hacia atrás, dejando que la llovizna empapase su cara y dejando que Carlos llegase todo lo profundo que quisiera.
—Joder… qué dedazo le está haciendo, ¿no? Me estoy poniendo malo… —dijo Edu, serio — Pues sí que pone mirar… Que me gustase con mi novia ya no creo, pero…
—No me has respondido a si follásteis más de una vez… —dije, casi en una súplica, mientras seguía viendo como María mantenía su cabeza hacia atrás, con su melena que le llegaba hasta la parte baja de la espalda, y como se sujetaba a él, que no se detenía en masturbarla y que ahora enterraba su boca en su cuello.
—¿Qué quieres saber? ¿Para qué? Más bien. Ella más fiel no te pudo haber sido —dijo Edu, en el momento en el que María soltaba su mano, dejando de agarrar el miembro de Carlos, y después apartaba la mano que la invadía en su entrepierna.
Carlos parecía no entender nada. María le decía algo, se recomponía un poco la ropa, se apartaba el pelo de la cara, y se daba la vuelta, y caminaba, damnificada, cruzando la cortina densa y oscura de humedad, hacia nosotros.
Sus mejillas sonrojadas. Su caminar afectado, sus tacones incómodos sobre la tierra enfangada, su camisa mojada pegada a su cuerpo y con dos botones desabrochados de más. Su pelo mojado… y su mirada encendida.
—Edu. Sal del coche —dijo, queriendo sonar digna y entera, pero sofocada y con un hilillo de voz, una vez llegó a aquella ventanilla bajada.
Él la miró fijamente, pero ella no se amilanó:
—Venga. Sal del puto coche. Se acabó.

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