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Los días pasan con una normalidad difusa, veo como mi madre aprovecha los días de baja para hacer cosas que le permiten relajarse. Salir a pasear, ir al gimnasio, leer, hasta salir algún día con mi padre a tomar algo y cenar. En fin, disfrutar un poco de la vida.

Uno de esos días, cuando me encuentro en la habitación estudiando la oigo entrar a casa

—Buenos días hijo. —dice al entrar a casa.

—Hola mamá, ¿qué tal ha ido el paseo?

—Muy bien, hace un día estupendo. —abre la puerta y la veo con unos pantalones de deporte algo ajustados y una camiseta rosa de tirantes algo ceñida con el pelo recogido en una coleta —cómo se nota que el buen tiempo ya está aquí.

—Sí, es verdad, yo ya empiezo a tener calor aquí estudiando.

—¿Y por qué no te pones el aire?

—No sé… Para no gastar…

—Pero hijo… Anda que… —y coge el mando y enchufa el aire acondicionado. —cualquier otro hijo estaría con la habitación a 19 grados y a ti te sabe utilizarlo… —dice en tono más compasivo que recriminante.

—Bueno, ¿y tú que vas a hacer esta mañana? —digo cambiando de tema apoyado en mi silla.

—Pues tengo que ir a comprar algo de fruta y poco más.

—¿Quieres que te acompañe?

—¿Qué? No, no, no quiero que mi hijo deje de estudiar solamente para acompañar a su madre a comprar algo de fruta… —dice medio sonriendo —así que dale duro.

—Vale mamá….

—¿Lo único malo sabes lo que es? Que el ascensor sigue averiado… Así que cuando vuelva, si voy muy cargada, te llamaré para que me ayudes a subir las bolsas, ¿vale?

—¿Todavía está estropeado?

—Sí hijo sí… He llamado al administrador quejándome y me ha dicho que la empresa vendrá a arreglarlo entre hoy y mañana.

—Vaya…

—Bueno hijo, no te molesto más —dice mientras entorna la puerta —voy a cambiarme y me voy

—Vale mamá…

Ella entorna la puerta y yo me giro hacia el pupitre para seguir leyendo los apuntes. En cuestión de un rato, oigo la puerta abrirse de nuevo.

—Hijo me voy —la veo aparecer con una blusa con estampado de flores y una falda de color marrón.

—¿Vas así de elegante a comprar a la frutería?

Ella se mira y me recrimina. —¿Qué pasa, no puedo ir así?

—No, no… No he dicho eso… Solo que… Es demasiado para ir a la frutería…

—Hijo ya van varios comentarios que me parecen muy inapropiados. Voy como quiero.

—Ya bueno… Tampoco hace falta que te pongas así…

—Además, siempre visto así… —dice en un tono más conciliador al ver mi contestación.

—Vale… Disculpa…

—No hace falta que te disculpes… —dice al ver como agacho la cabeza.

—Anda, en nada estoy aquí. Ahora vengo. —dice medio sonriendo.

Ella cierra la puerta y sale de casa. Ordena su bolso para ver que tiene todo y se pone a bajar por las escaleras. Pendiente de encontrarse de nuevo con quien no quiere.

Y efectivamente justo en su rellano, mientras baja las escaleras se abre la puerta. Esos tacones que resuenan por toda la escalera, parece que están avisando que ella está allí.

—Hombre vecinita, cuantos días sin vernos —dice al aparecer con un pantalón negro manchado y un polo desgastado claro de color indefinido.

—Don Fernando, hoy no tengo tiempo para entretenimientos. Tengo que ir a comprar algo a la frutería. —dice llegando al rellano y casi pasando por su lado.

—¿A la frutería? ¿A qué frutería?

—A la que está en la esquina.

—¿La de Ahmed?

—No sé como se llama… —y cuando pasa por su lado él la agarra de la muñeca. —¿Qué hace? —le recrimina ella.

—¿Nunca te has fijado en él? Igual él en ti sí… —dice Don Fernando sin soltarla— ¿Vas asiduamente a esa frutería?

—Bueno, me queda cerca —contesta Alejandra notando la mano del viejo en su muñeca. —suélteme.

—Seguro que vas allí a exhibirte, ¿verdad cariño? —dice intentando humillarla —por eso vas así vestida…

—No… ¿por qué tendría que hacer eso? Voy vestida como quiero.

—Con esta camisa —dice tocando un poco la camisa por tu brazo —Con esta falda… — Pasando su mano a la falda.

—No… no voy provocativa…

—Es verdad… No vas provocativa… —Coge con mucho descaro y sube la mano hasta los botones de su camisa. Intento desabrochar uno.

—¿Pero qué hace? —Le contesta sin esperarse algo así.

—Ponerte algo más provocativa.

—Por favor… estamos en la escalera…

—Creo que así vas mucho mejor… —Consigue desabrochar dos de sus botones, intuyéndose un poco su escote.

—Déjeme… deje de hacer esto…

Alejandra jamás ha salido a la calle enseñando escote. Nunca lo ha necesitado ni lo ha buscado, no es de las mujeres que necesitan enseñar nada. Siempre se ha sentido mucho más cómoda sin miradas indiscretas de personas que puedan fijarse en algo así.

—¿Por qué tengo que ir provocando?

—¿No quieres que se fijen en ti?

—No.

—No te va a reconocer cuando te vea con este escote…

—Solo quiero ir a comprar fruta… —contesta mientras intenta abrocharse los botones.

—¿Qué coño haces? —Dice molesto Don Fernando —¿Acaso te he dicho que te los abroches?

—No… Pero no quiero ir así…

—Te gusta que te castigue, ¿verdad? — Desabrocha un botón adicional.

Alejandra nota la dureza con la que le habla. Mientras que con el botón adicional quitado, se empieza a entrever su sujetador de color negro, con leves bordados.

—¿Por qué me iba a castigar? No tiene ningún derecho a hacerme esto…

—¿A hacerte esto? No hago nada que no quieres que haga, cariño.

—Hace… lo que usted quiere… Yo no quiero ir así… ¿Qué pensará de mi?

—¿Sabe quién es tu marido? ¿Sabe que tienes un hijo?

—Sí… Además, pueden verme por la calle…

—Qué pena que sepa que estás casada.

—¿Pero qué pretende? ¿Qué está diciendo? Déjeme marchar ya, Don Fernando… No quiero nada con él. No quiero nada con nadie. Por favor…

—Está bien… Vete, pero despídete de mí. Quiero el beso que me corresponde, cariño.

—¿Aquí? —dice asustada.— «Dios… un día nos van a ver…».

—Sí joder, ven aquí y dámelo.

Lo mira, indecisa, sometida entre el nerviosismo y el temor. Se acerca un poco a él. Se tiene que arrimar mucho ya que su abultada barriga dificulta su acceso. Pese a ello, se acerca rápidamente hasta su cara y le da un fugaz beso en los labios. Se retira rápidamente.

—¿Por qué este beso tan rápido? ¿Acaso te doy asco?

—No… —dice ella sin saber muy bien porque —solo es que tengo prisa y no me gusta hacerlo aquí…—Intenta tranquilizarlo.

—Dame otro. Pero ahora dame uno como me merezco.

«¿Cómo se merece? No se merece nada». Piensa mientras lo mira a los ojos, con una mirada dura, pero sin poder hacer nada contra ese monstruo.

—Venga cariño… No me mires así… —dice Don Fernando mientras pone sus manos en la cintura de mi madre.

—Don Fernando… No quiero ponerme en evidencia… Aquí no… El otro día en la piscina con Verónica fue demasiado… En cualquier momento nos van a pillar… ¿No se da cuenta?

—Tranquila cariño, estamos solos tú y yo… No hay nada de qué preocuparse… —Mientras dice eso, se acerca un poco más a ella, poniendo en contacto su gran barriga y el torso de mi madre.

—Puede subir o bajar alguien… —responde ella sin decirle nada sobre su contacto.

—Venga cariño… Seguro que desde el otro día estás con ganas de besarme… Tu amiga te impidió acercarte a mi…

—Ella no impidió nada….

En un acto repentino, Don Fernando la coge de los brazos y bruscamente la empuja hasta pegarla contra la pared, quedando a su merced. Ahora ella está entre él y la pared.

Alejandra lo mira sin decir nada, pero por su cabeza empieza a recordar todo lo que hablo con su amiga Isabel, sabe que este hombre es peligroso. Y por primera vez, siente miedo.

—¿Q-qu… qué va a hacerme Don Fernando? —Dice asustada, pero aguantándole la mirada.

—Ya sabes lo que quiero que hagas.

—Me está obligando a ello… —Dice ella apretada contra él y la pared… aprisionada.

—¿Crees que te estoy obligando? Qué equivocada estás. —dice él sonriendo levemente.

—Entonces déjeme ir…

Ella ve como la cabeza de Don Fernando avanza hacia ella, buscando su beso. Pero ella, gira su cabeza impidiéndoselo. La suelta de la cintura y coge sus manos, intentando que con ellas le rodee por el cuello.

Al girar la cabeza, le deja acceso a su tierno cuello, el cual aprovecha para sumergirse en él… Empieza a besarlo, a lamerlo… mientras no para de susurrarle… —Vamos… sé que te mueres por darme un beso… —dice sin quitar su boca de su cuello.

Ella siente un escalofrío, no es capaz de articular palabra. El viejo lo sabe, y continúa su odisea.

—Mmmm, me encanta tu cuello… Vamos, bésame, sé que lo deseas… Libérate de una vez… sé que quieres hacerlo… —le susurra cerca del oído.

Ella mantiene los ojos cerrados, girada ante él. Dándole acceso a su cuello, pero no a su boca. Pero sabiendo que acabará sucumbiendo.

—¿Me dejará si lo hago? —se gira levemente hacia él, quedando otra vez su cara y la de él enfrentadas.

Lo mira, enfrente tiene su odiosa cara, la cara de esa persona que ha odiado tantos años. Mira su boca, y sin poder evitarlo… Se acerca a sus labios… Hasta que los dos se unen, dándose otro beso. Pero esta vez diferente al primero, el contacto se prolonga. El viejo aprovecha y pega aún mas sus labios a los de ella e intenta introducir su lengua en el lugar donde sabe que muy pocos han entrado. Para más contacto, él vuelve a poner sus manos en su cintura, apegándose ambos. Y sin poder evitarlo, mi madre deja que le bese… Ella temblorosa, nota sus manos en su cintura, su torso pegado a su barriga y los el sabor de él que se introduce en su preciada boca…

El beso dura unos segundos hasta que es el viejo el que se separa por un instante. —Saca tu lengua… —dice con unos centímetros de separación entre sus labios y los de ella.

Ella lo mira, sus ojos algo humedecidos y sin decir nada le obedece. Sin dejar de mirarle a los ojos, pero sabiendo que está cediendo a sus peticiones…

Don Fernando ve como poco a poco, debido a la indecisión ella saca la lengua poco a poco. Cuando la ve fuera, él también la saca y ambas lengua toman contacto. Para poco a poco entrelazarse y para que el simple beso, se transforme en un morreo…

Mi madre nota su saliva otra vez dentro de su boca. Junto con lengua, empieza a jugar con ella.

Las manos de ella, siguen en su cuello, aun no sabe porque las mantiene ahí. Desde fuera, parece una joven pareja dándose el lote en las escaleras de un edificio. Pero la realidad es completamente diferente.

«Me da asco… Dios mío.. pero siento… siento que me humedezco…»

El morreo dura más de lo que ella pensaba, casi ida, hasta que él, de repente, se separa de ella. Un hilo de saliva queda pendiente entre ambos labios. Ella sonrojada lo ve, descolocada frente a sus actos. Ve como el viejo saca su lengua, al igual que había hecho ella mismo hace un pocos segundos y se mantiene en silencio. ¿Acaso está invitando a que sea ella misma quien lo bese?

Ella no puede evitar mirar su asquerosa lengua… Pero sin poder evitarlo, acerca su boca hacia su lengua, besándola, hasta que su propia lengua toma contacto con la lengua de él. Ella se siente sucia, sucia por haberse humedecido, sucia por haber cedido, sucia por haber sido humillada… Una vez más…

El morreo se prolonga de nuevo y las manos de él bajan hasta las nalgas de ella… Ella no puede hacer nada más que dejarse hacer. Hasta que él da por finalizado el beso. Está en el límite y él lo sabe. Acerca su cabeza a su oído y le susurra. —Quiero ir contigo a la frutería cariño…

—¿A… a la frutería? —Dice ella aun con la voz entrecortada por lo que acaba de suceder… —Pero… no me hará nada allí… ¿Verdad?

El viejo sonríe —Tranquila cariño, nunca hago nada que no quieres que haga…

—Déjeme… déjeme que me abroche… solo… solo le pido eso… No quiero que el frutero me vea así… —dice y consigue abrocharse uno de los tres botones que el viejo le había quitado.

—¿No te das cuenta que así vas preciosa? —le contesta él mientras coge de la mano encaminándose por las escaleras — Venga, vamos cariño. —Él ha hecho caso omiso a su petición, dejándola con los botones desabrochados.

Ella no puede hacer nada, solo camina detrás de él, estirada por su mano, bajando las escaleras, hasta que llegan a la calle, donde él la suelta. No quiere levantar sospechas. Siente horror al ir con el viejo por la calle. Va unos pasos detrás de él. Mirando hacia el suelo, con las gafas puesta y el escote abierto. Rezando para que no haya nadie que los reconozcan. Ella jamás ha ido por la calle de esta manera, se siente sobrecogida, casi escondiéndose mientras camina por la calle transitada. Saldría corriendo despavorida, pero por algún motivo, no lo hace.

Afortunadamente la frutería apenas se encuentra a 4 calles del portal, por lo que, dentro de lo que cabe, su exhibición por las calles no durará mucho tiempo. Apenas levanta la mirada del suelo siguiendo al viejo mientras por su cabeza es un torbellino de pensamientos, cosas que nunca había sentido hasta ese momento. Y sin darse cuenta, empieza a andar más deprisa.

—¿Por qué vas tan rápido cariño? —dice en voz alta en mitad de la calle.

—No me llame así en la calle por favor, podría oírlo alguien… —dice algo ruborizada. —Ya le dije que tenía prisa.

El viejo sonríe, sabe de sobra que ella está incómoda. Está disfrutando de ello.

Poco a poco van caminando hasta encontrarse enfrente de la frutería. Ella es un manojo de nervios. Está aún ruborizada, jamás se había sentido así en mitad de la calle.

Y sin decir nada más, Don Fernando entra en la tienda, siguiéndola ella a escasa distancia.

—Hola.. —dice ella intentando saludar con naturalidad.

—Hola señora. —dice un pakistaní de alrededor de 40 años con su acento característico. El hombre frecuenta esa frutería desde los últimos años. Su tez morena característica la acompaña un bigote denso que le hace parecer más mayor. Algo pasado de peso aunque nada parecido a Don Fernando, su pelo moreno azabache lo peina hacia un lado mientras viste una camisa blanca algo desgastada.

—Bueno Alejandra, ¿qué necesitas comprar? —dice Don Fernando sin temblarle la voz, en mitad de la frutería.

Desde su posición no ve con nitidez que el escote de Alejandra está abierto. Además ella hace todo lo posible para no acercarse a él y que se dé cuenta. Se encuentra nerviosa, asustada. Hasta una simple pregunta de Don Fernando hace que pegue un respingo.

—U-unas.. unas naranjas y piña Don.. Don Fernando… —dice ella visiblemente nerviosa.

—¿Estas de aquí? —dice él señalando las naranjas.

—Sí, están bien… —en la mente de ella solo está el que termine todo lo más pronto posible.

Don Fernando, viendo como se encuentra ella, se acerca hasta ponerse a su lado. —Alejandra, me gustaría comprar unos pepinos… ¿por qué no vas hasta donde está tu amigo y le preguntan donde están y cuanto valen?

—¿U.. unos pepinos? Bueno.. co-compre usted lo que quiera… ¿no.. no puede ir usted? —dice ella balbuceando.

El pakistaní los observa desde el mostrador. Sabe que algo no está normal.

—No, prefiero que vayas tú. Hazlo por mi… —le contesta en voz baja, sin que el pakistaní oiga nada.

Ella mirando hacia la fruta, sin mirarla a él, queda callada. Sabe perfectamente que hasta que no lo haga no parará. Respira hondo, se arma de valor y avanza hasta el mostrador.

Avanza con el paso más firme del que puede aparentar, no puede evitar darse cuenta de que el pobre pakistaní no para de mirar su escote, seguramente viendo que puede intuirle el sujetador. Algo inusual, algo que jamás pensaría que podría suceder, proviniendo de una mujer como ella.

—Perdone… ¿Dónde están los pepinos? —dice ella enfrente de él. Intentando mostrar naturalidad. La mirada de él aun no se ha apartado de su escote, y siente algo de incomodidad.

—Hola señora Alejandra… Tiempo sin verle. —se atreve a decir.

—Sí, mire… quería saber donde tiene los pepinos… —dice intentando salir de la situación lo más rápido posible. El pobre pakistaní, no puede dejar de mirar su escote, no está acostumbrado a que mujeres vaya así a su tienda, y menos una como ella.

Se le nota algo nervioso, hasta que levanta la mirada y la mira. Nota que ella está algo sonrojada y que evita mirarle a los ojos. —Es-esta.. está por ese pasillo al fondo señora Alejandra.

Ella está cada vez más incómoda y con ganas de que termine todo de una vez. —¿qué precio tienen?

—Dos.. dos euros el kilo…

—Está bien… gracias.. —dice dándose la vuelta, volviendo donde está el viejo. —Don Fernando.. Están allí.. en el fondo de ese pasillo.

—¿Ne.. necesita algo más señorita Alejandra? —dice el pobre frutero intentando hablar algo más con ella.

—No, gracias. —le contesta mientras vuelve a donde está el viejo.

—¿Están allí? Venga, vamos entonces.

—¿Pero no puede ir usted? Vaya y coja los que quiera.

—Lo siento, no estoy acostumbrado a venir a estos sitios. Así que mejor si los elijes tu misma. —dice con una sonrisa en la cara. Sabiendo lo que quiere.

–Está bien… —ella sabe de sus intenciones. Ahora sabe que no puede oponerse, menos en esa tienda donde el frutero la conoce.

Ambos avanzan hasta llegar a zona donde se encuentran los pepinos. Algo apartado del mostrador. El frutero no pierde detalle de los movimientos de ambos. En la zona que se encuentra, no puede verlos de cintura para abajo.

Al llegar, el viejo le dice —que… ¿Se ha fijado?

—Claro que se ha fijado… —dice ella mirando a otro sitio y hablando en voz baja.

—¿Mucho? ¿Dónde miraba? —Dice sonriendo.

—Ya lo sabe usted… Don Fernando… —contesta ella sin mirarlo, mientras intenta aparentar normalidad eligiendo los mejores pepinos.

—Dímelo tú… —responde él.

—En… en mi… en mi escote… en mis pechos…

—¿No dejaba de mirarlos? ¿Y has dejado que te los mire bien? Este pequeño hombre, es un pobre pervertido, igual que todos. —le contesta, mientras ella nota como una de sus manos se coloca en su cintura.

—¿Qu-qué quería que hiciera? —le contesta mientras no le dice nada a su mano. Mira de vez en cuando al frutero, sabe que desde su posición no ve la mano del viejo en su cintura.

—Que se los enseñases bien…

—Los ha visto… No hacía falta que se los enseñase…

La mano del viejo desciende un poco más, hasta que la empieza a palpar su nalga.

Ella no puede hacer nada, sabe que está a su merced. Intenta aparentar normalidad —Por favor… dígame, ¿estos pepinos están bien?

—Tranquila… Aquí el pobre pakistaní no nos ve… —dice sin contestarle a su pregunta.

—Pero no podemos tardar… empezará a sospechar si nos quedamos aquí mucho tiempo… Venga, estos están bien… —dice ella mientras nota como el pasa su gran mano de una nalga a la otra.

—¿Qué pasaría si viera que te falta un botón más? ¿Crees que lo podría soportar? —dice él sin dejar de palpar las nalgas.

Ella ante esa pregunta se gira y lo mira a los ojos, no creyéndose que le esté pidiendo que se desabroche otro botón. La está llevando al límite. —Don Fernando… No haga eso.. por favor… pare… — «Tengo que parar esto como sea, necesito salir de aquí… ¡YA!»

Ella decide mirar hacia él, con ojos de deseo. «Solo necesito convencerlo, prefiero que crea que me tiene, antes que esto». —Lléveme a su casa…

—¿Por qué me miras así? ¿tan cachonda estás? ¿tanto que deseas ir a casa a que te folle?

—Ll-Lléveme… quiero que me lleve a su casa… —responde ella intentando salir de ahí como sea.

—Dime… ¿Cómo son tus braguitas?— le pregunta haciendo caso omiso a su petición.

—¿Mi.. mis braguitas?— dice ella sin esperarse esa pregunta. —So.. son negras.. si.. sin adornos..— contesta sin rechistar.

—A ver, súbete un poco la falda. Quiero verlas. Tranquila aquí no nos ve.

—¿Aquí? —dice ella nerviosa.

—Sí…

Ella visiblemente nerviosa, sonrojada, levanta un poco la falda mientras mira hacia todos lados, poniendo atención sobre todo al mostrador donde se encuentra el frutero.

Ella nota la mano de don Fernando que coge la falda y la sube más, más de lo que quería enseñar. Viendo como aparecen el principio de sus nalgas. Nalgas que se muestran al desnudo en un lugar así.

ÉL aprovecha y posa una mano en su nalga, sobre la tela negra de su braguita. —Es verdad… No me has mentido… —Dice regodeándose.

Ella solo presta atención hacia el frutero. Está muy preocupada por si el pakistaní los pilla. Tensándose cuando nota la mano de ese viejo en su nalga.

—Te quedan muy bien… —le responde el viejo. Sabe que ella está pendiente del frutero. Sabe que así la tiene más a su merced.

Aprovecha y estira de su goma, haciendo un pequeño ruido al chocar contra su piel.

Ella al notarlo, vuelve a tensarse mientras piensa: «Dios.. que pare ya… que termine esto ya…

—Co-cojamos los pepinos Don Fernando… —dice mi madre intentando mostrar normalidad.

Pero sin contestarle, el viejo, aprovechando la situación y viéndola totalmente indefensa, mete su mano poco a poco dentro de su nalga, acariciando su piel. Recorre la superficie, sin casi imperfecciones, solamente se pueden apreciar esos montículos de piel que se forman al sentir un escalofrío, mientras ella intenta aparentar normalidad. Juguetea con su nalga, pero sabe que puede ir más allá. Sus caricias van direccionadas hacia ese lugar, hacia ese lugar inexpugnable y que sabe que ahora tiene acceso. Su mano va avanzando, mientras la sigue acariciando, hasta que sus dedos se meten entre sus nalgas, con el objetivo de llegar a su preciado sexo.

—Pare.. pare.. pare… —solamente puede decir ella, en voz baja para no llamar la atención, mientras sabe perfectamente hacia donde se dirige. —No por favor.. no lo haga… Aquí no… —dice ella suplicante.

No obtiene respuesta de él, pero nota como su mano avanza hasta llegar allí. Nota sus gordos dedos entre sus piernas, hasta que se encuentra con sus preciosos labios que cubren su sexo. Ella lo siente, pero no puede pararlo, no sin llamar la atención. Nota como sus dos dedos lo acaracian levemente apartando los labios, con una sorprendente suavidad, como nunca antes ha sentido mientras el viejo disfruta recorriendo toda la superficie. Sus dedos y el sexo de ella se hacen uno, los fluidos de su sexo, ya sin poder evitarlo, abrazan los dedos de él, frotando, dándole la bienvenida a un lugar que conscientemente nunca lo sería. Ella apoyada en las diferentes cajas de frutas arquea un poco su espalda, de manera inconsciente para dejarle mejor acceso a su propio sexo mientras nota las manos de ese vecino que tanto odia en contacto con su sexo. Pero no puede negar lo evidente, los dedos de él se mueven con mucha agilidad a lo largo de su sexo, sintiéndolo. Resbalan haciendo un recorrido característico con sus dedos yendo y viniendo mientras ella no puede hacer otra cosa que cerrar los ojos y pertenecer callada ante lo evidente.

—Cariño ¿estás mojada? —dice el viejo cuando nota su humedad y acaricia su preciado sexo.

La cara de mi madre está completamente sonrojada y su boa está abierta parcialmente, pero no le contesta. No se atreve a contestarle. Sus ojos totalmente humedecidos intentan pasar desapercibidos al igual que sus mejillas, totalmente encendidas.

Su mano empieza a jugar con su coño, que acaricia sus labios, sabe como hacerlo. Nota que aunque los dedos de ese viejo son gordos, sabe muy bien como moverlos, llegando hasta el clítoris y descendiendo por todo su perfecto sexo, acariciando, jugando con sus labios como casi nunca había sentido. Ella guarda la compostura como puede, sabedora de que en cualquier momento puede venirse todo abajo…

—Mira al pobre pakistaní cariño…

—Pare… Pare por favor… No continúe…

—¿No crees que se merece que te vea un poco más el sujetador?

—No.. no quiero nada con él Don Fernando…

—Vamos… desabróchate otro botón…

—Va… va a hacerme llorar Don Fernando…

—Vamos, quiero que te liberes, que disfrutes… —le contesta mientras su mano sigue acariciando su mojado coño recorriendo cada centímetro de ese tierno y cuidado sexo…

—Ahhh… pa.. pare… dis.. disfruta haciendo que me siente humillada.. ¿verdad? —le contesta entrecortadamente mientras nota su mano en su coño.

—Solo quiero que disfrutes… ¿no te das cuenta?

—As.. así… así… ah… así no.. así no disfruto…

—¿No? Y porque no puedes ni hablar bien… Por qué no me has pedido que quite mi mano de tu coño…

El frutero nota que hablan, que la cabeza de ella mira hacia el suelo mientras que el viejo sonríe, sabe que algo no va bien.

—Señora Alejandra.. ¿Va todo bien?

Ella levanta la mirada y lo mira, casi se había olvidado de él. —No..no tranquilo.. es que estábamos mirando todo e.. el… el género.. de aquí si… si no le molesta… —intenta poner buena cara, pero sus ojos llorosos y sus mejillas encendidas casi la dejan en evidencia.

El frutero ve como ella esta seria mientras habla de manera entrecortada, algo sonrojada, algo acalorada, mientras el viejo sonríe.

Ella no sabe donde mirar, no sabe qué hacer. «Debo salir de aquí… aunque me castigue…»

Pero el viejo vuelve a insistirle a mi madre, acercándose un poco a su oído, con su mano en su sexo, mientras le vuelve a repetir. —Vamos… creo que deberías ser buena con tu amigo el frutero, ¿No crees?

—No.. no puedo hacer eso… —dice mi madre mientras nota su mano como juega con su sexo a su antojo. Su respiración la traiciona, agitándose.

—Joder Alejandra… Menudo coño tienes… Está tan mojado… Necesitas que te llene con mi polla… —dice descaradamente mientras ella la escucha sin contestarle. —Desabróchate otro botón… —dice el viejo mientras la observa, agitada, sonrojada. Dejándose hacer a su antojo. Sabedor que la tiene a su merced y no va a desaprovechar la oportunidad.

Con la mano libre, coge la mano de mi madre, y la conduce a su abultada barriga. Ella se sorprende pero le deja hacer. Poco a poco, su mano la va descendiendo hasta llegar a la parte de debajo de su barriga. —Qu-qué… ah.. qué pretende Don.. Don Fernando… —dice ella dejándose llevar la mano por su barriga.

—Que lo pasemos bien cariño… tócamela… —dice él llevándola al límite…

—No por favor…

—¿Quieres que me baje el pantalón?

—¡No!

—Pues tócala, no pasa nada..

Ella baja su mano y se la busca por encima del pantalón…

—Eso es.. —Dice el viejo dejándose hacer.

La nota, la tiene muy dura. Como si le fuese a estallar. La situación es irrealista. Mientras ella tiene una mano del viejo jugando con su sexo, ella le está tocando la polla por encima del pantalón. Todo ello en la frutería donde va frecuentemente a comprar y con la mirada del frutero mirándolos intermitentemente.

Pero ella no es capaz de decir nada. Se deja hacer. Lo que no sabe es por qué no dice nada. Porque no quiere llamar la atención o porque sabe que le está gustando aunque no lo quiera reconocer.

—Quiero que le enseñes tu sujetador a este pobre pakistaní….

Cerca de su limite, ya no sabe qué hacer o cómo actuar..

—Solo.. solo si él… yo no… — balbucea ella mientras se desabrocha otro botón más. Ha conseguido que esté fuera de si.

El nuevo botón desabrochado invita a ver casi completamente su sujetador. La forma de los pechos acompaña al color negro del sujetador. Esas dos montículos, a los que prácticamente nadie ha tenido acceso, ahora le está permitiendo que los vea ese frutero al que casi siempre lo ha mirado por encima del hombro.

Después de desabrochar su botón, aparta su mano del paquete del viejo, mientras le dice. —Déjeme coger los pepinos Don Fernando. —dice ella.

Él al ver que ha obedecido, quita su mano del acuoso sexo, que se despega de ella poco a poco,  dejando que se recomponga colocándose la braguita y colocándose la falda. Al subirse las bragas nota que hasta los pocos pelos que dibujan su sexo están empapados. Mientras lo hace ve como el viejo se lleva los dedos a la boca y saborea la esencia de ella sin que ella le haga ni una sola recriminación.

Ella en un meticuloso silencio, pone los pepinos en una bolsa, sin mirar a nada ni nadie. —Don Fernando, coja las naranjas y la piña, por favor. —le contesta al viejo, intentando mostrar normalidad.

Se encamina sola hacia el mostrador, sabiendo que el pakistaní va a tener una vista que prácticamente nadie ha tenido. Ella sigue con la cara colorada. Sin atreverse a mirarle a los ojos, posa los pepinos en el mostrador. —Tenga… —sabe, aún sin mirar al frutero, que su vista está puesta en su pecho, pero no se atreve a mirarle. Él la observa en silencio, se siente observada, exhibida. Hasta que nota como Don Fernando se pone al lado de ella. Él mira por un momento al viejo, que lo mira muy extrañado.

—¿Qué miras? —dice sin ningún tipo de filtro.

Esto no solo sorprende al frutero, sino a ella también que alza la mirada hacia su lado mirándolo. No esperaba una respuesta así.

—¿Es guapa? —dice el viejo insistiéndole al frutero.

—¿eh? —dice el frutero extrañado.

—Que si es guapa la señora Alejandra.

Ella sin saber qué decir, mira hacia el suelo. Callada.

—Sí.. por supuesto que es guapa… —dice el paquistaní balbuceando. —Es muy guapa la señora Alejandra…

Don Fernando pone una mano en la cintura de mi madre, mostrándole al frutero quien es el verdadero macho en esa frutería. Él los mira incrédulo, no se cree que esté viviendo algo así.

Mi madre está muda, dejándose hacer. Sabe que no puede montar un número.

—Có-cóbrese por favor Ahmed… —dice ella sin mirarlo.

Él mira la, luego mira al viejo, mientras ella deja un billete de 10 euros que coge el pakistaní. Torpemente, saca el cambio a los que han comprado, bajo la atenta mirada del viejo, sonriente, seguro de si mismo.

—Vámonos Don Fernando. —dice mi madre. Jamás el frutero había visto una actitud tan débil de una persona del calibre de mi madre.

—Sí, nos vamos.

Tanto ella como Don Fernando se dan la vuelta para irse. El pobre paquistaní se queda sin habla en el otro lado del mostrador. Sin creerse lo que acaba de vivir. Mientras salen de la frutería, mi madre se abrocha un par de botones para salir a la calle. Sale detrás de él, cabizbaja, algo sonrojada, humillada, y empiezan a caminar por la acera hacia el edificio.

Pero hay algo que no sabe ninguno de los dos. Y es que alguien los ha visto desde la otra acera de la calle. Nadie se ha dado cuenta de que allí se encuentra una persona que los puede reconocer…

Un comentario sobre “El advenimiento (24)

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