GABRIEL B

— Está buena ¿No?

La pregunta me sobresaltó. Un chico de pelo castaño, delgado, con opacos ojos celestes me miraba con intriga. Me preguntaba de dónde mierda había salido. Como todos los días, a primera hora de la mañana estaba atento para ver a Leticia salir de su casa. Para entonces ya no me limitaba a quedarme en el living, para espiarla desde la ventana. Había ideado un plan para poder cruzármela en la vereda. La cosa era simple: yo iba a comprar el pan a una panadería que estaba a dos cuadras. De regreso, una vez que me iba acercando a su casa, iba lentificando el paso, con la expectativa de que en ese lapso de tiempo ella saliera, y así forzar el contacto con ella.

Era una estrategia digna de un pendejo pajero condenado a mantenerse virgen por mucho tiempo, pero no dejaba de ser algo osado tratándose de alguien como yo. Leticia era un relojito. Salía a las ocho de la mañana y abordaba un taxy que la llevaba hasta donde suponía que era su trabajo. Por lo que no me costaba mucho trabajo lograr que se diera esa coincidencia. Aunque, en general, por una milésima de segundo de diferencia, me quedaba con las ganas de pasar junto a ella, y hacer que reparara en mi existencia. De todas formas, las veces que lo lograba, no podía articular palabra, pues sus ojillos de ceño fruncido me intimidaban mucho. Además, ella no era de las que reparaban en quienes la rodeaban, perfectamente consciente de que siempre era el centro de atención, y que eran todos los demás quienes reparaban en ella, mantenía su actitud solitaria y arisca.

— Sí, está buenísima —le dije al desconocido.

El muchacho tenía un aspecto un tanto infantil —principalmente debido las pecas que salpicaban sus mejillas—, que no dejaba traslucir los dieciocho años que luego me enteraría que tenía.

— ¿Viste la pollerita que llevaba? — comentó el chico.

Si bien me considero un mirón por naturaleza, nunca me sentí cómodo hablando de esa forma con otros hombres, regodeándome en el hermoso culo, o las enormes tetas que tenía tal o cual mujer. Era algo que me hacía sentir muy incómodo, pues las fantasías que uno tenía, y la excitación que estas podrían generar, me parecían algo totalmente íntimo. Sin embargo, con ese chico, tal vez por parecer de casi mi misma edad, o por la naturalidad con que hizo el comentario, me hizo sentirme lo suficientemente cómodo como para hablar con él.

Era cierto, Leticia llevaba una pollerita negra, demasiado corta si es que se dirigía a su trabajo, tal como imaginaba. No obstante, las medias negras atenuaban la sensación de desnudez que esa faldita podría producir, aunque no por ello se veía menos sensual.

— Y tenés que verla cuando usa pantalones ajustados —acoté yo—. Y a veces usa polleras sin medias, y desde cierto ángulo, si es que la pollera tiene un color claro y es de una tela fina, se puede ver la tanguita que lleva puesta. Esa mina es una locura.

Me miró con una sonrisa que me pareció extraña. Era como si reflejara cierta indulgencia de su parte, cosa que me hizo sentir confundido.

— Lautaro —dijo el chico, extendiendo su mano.

— Carlos —me presenté yo, estrechándola.

Y entonces ocurrió algo que hizo que mi alma se cayera al suelo. Ya me parecía extraño el hecho de que Lautaro apareciera de la nada, cuando no lo había visto por ninguna parte mientras regresaba a mi casa. Ahora lo entendía. Lautaro abría el portón de la misma casa donde vivía Leticia. Por lo visto, mientras yo estaba distraído mirándole el culo a la vecina, él había salido de la casa por algún motivo. Quedé boquiabierto. Él largó una carcajada, divertido.

— Es mi mamá —dijo. Hizo silencio por unos segundos, para disfrutar mi reacción. Yo empecé a tartamudear una excusa, pero no me salían las palabras—. No te preocupes, ya sé que no sabías quién era yo. No lo hiciste a propósito. Además, te entiendo —me interrumpió él, y luego agregó—. A mí también me gustan las mujeres grandes, y si ella no fuera mi mamá, seguro me quedaría mirándola igual a como vos lo hiciste.

Se despidió y se metió en su casa.

………………………………..

Siempre asumí que el juego que habíamos iniciado con Lautaro, conllevaba algunos riesgos. Pero nunca imaginé que iba a ser mi propia estupidez la que me pusiera en peligro. Un peligro tan grande, que pensé, desesperado, que mamá me metería en un psiquiátrico por depravado.

Me había descuidado sólo un momento. Sacarle fotos desnuda, mientras se duchaba, me había generado un potente erección. Por supuesto que no era debido a ella. Era por Leticia. Por estar pensando en ella, por imaginar que el pulposo culo de mamá, era en realidad el de mi vecina. Bajé la vista durante un instante, y cuando volví a mirar adentro del baño, mamá me devolvía la mirada, horrorizada. Luego largó un grito de horror.

Me asusté. Perdí el equilibrio. La escalera desde donde la estaba espiando se corrió a la izquierda. Para evitar un mal mayor, yo mismo pegué un salto, y fui a caer al suelo. Rita empezó a ladrar como una desgraciada. Dentro de todo, aterricé bien. Después de todo, tampoco es que fuera tan alto donde estaba. Sin embargo, mi tobillo derecho sufrió una leve torcedura que me hizo doler, y me impidió caminar con la velocidad que necesitaba hacerlo.

De todas formas ¿A dónde iría? No tenía escapatoria. Tarde o temprano debería enfrentar a mamá para darle explicaciones. Caminé hacia la puerta trasera de casa, y me metí adentro. Mi cerebro trabajaba a mil por horas, pero no se me ocurría ninguna idea creíble. ¿Cómo explicar que la estaba espiando mientras se bañaba?

(Mamá, estaba en el patio del fondo, jugando con Rita, cuando creí escuchar ruidos raros adentro del baño, así que subí para ver si estaba todo bien). Eso no me lo creería ni yo mismo. (Mamá, estaba subiendo al techo para buscar una pelota que se me fue hasta ahí, y justo te vi. Pero no fue mi intención. Sólo pasaba por ahí, y en un momento mi visión quedó en paralelo al ventiluz, y bueno…) Eso me parecía mucho más verosímil, aunque bastante rebuscado. Podía funcionar, pero no bastaba solo con el discurso. Debía sonar creíble, y ni de lejos me encontraba en el estado ideal para parecerlo. La frente me sudaba, y estaba seguro de que mi rostro estaba completamente colorado, pues sentía el calor desde el cuello hasta la cabeza.

— ¡Carlos! —exclamó mamá, encontrándose conmigo en la cocina.

Me le quedé mirando, boquiabierto. Sólo la cubría una pequeña toalla. En la agitación del momento, no había atinado a tomar uno de los toallones, y en cambio se había cubierto con esa. Como era muy pequeña, no serviría de nada usarla para envolverse con ella, en cambio, la sostenía desde dos de los extremos a la altura de sus pechos, dejándola caer a lo largo, para que le tapara hasta la pelvis, lográndolo con lo justo y necesario. Estaba apenas mojada, pues recién había comenzado a bañarse. Sus hombros estaban perlados por el agua, y los muslos brillaban debido a la humedad. Dio unos pasos hacia adelante, y me pareció notar que su carnosa vulva se asomó por debajo de la toalla.

Estaba petrificado. Mi lengua se trabó, y no pude articular ni una sola palabra.

— ¿Lo viste? —dijo mamá.

Quise que la tierra me tragara ¿¡Me estaba preguntando si había visto su vagina!? Hice que no con la cabeza, en un gesto vehemente.

— ¿No lo viste? —insistió ella—. Alguien se metió en la casa, y me estaba espiando —agregó.

Me tomé mi tiempo para entender de qué hablaba. Ralamente no lo entendía. ¿Qué alguien la estaba espiando? ¡Pero si había sido yo!

— Cerrá la puerta —dijo, señalando la puerta trasera, que podría abrirse desde afuera si no estaba con llave—. ¡Cerrá la puerta! —reiteró, esta vez gritando, y después agregó—. Voy a llamar a la policía. No me mires.

Fui a cerrar la puerta. Al hacerlo, todavía dominado por el nerviosismo, olvidé lo que me había ordenado, y volteé para volver a la cocina. Mamá se metía en la sala de estar, rauda, con el trasero al aire. Ya quisiera haberle sacado una foto en ese momento.

Rita ladraba al otro lado de la puerta. Sabiendo que mamá no había reparado en ese hecho, debido a que se encontraba muy asustada, y que seguramente querría evitar que el supuesto ladrón se llevara a su mascota, abrí la puerta y la metí adentro. En ese momento me di cuenta de algo. ¡La escalera! La había dejado justo debajo del ventiluz del baño. Si los policías veían eso, podía resultar raro, pues mamá les diría que esa escalera solía guardarse en la cochera, la cual se encontraba cerrada. Una cosa era que un ladrón entrase saltando por alguno de los paredones, pero eso de la escalera no se iba a poder explicar fácilmente.

Mientras mamá, media en pelotas, hablaba con alguien que le pedía la dirección, y que le explicara lo sucedido, salí hacia el patio de atrás. El tobillo me dolía lo suficiente como para hacerme caminar más lentamente de lo normal, cosa que hacía que mi corazón se acelerara por el miedo a ser descubierto. Cuando por fin llegué a donde estaba la escalera, me pareció que había caminado un kilómetro. Y eso que todavía faltaba cargarla y llevarla hasta la cochera. Agucé el oído, esperando en cualquier momento escuchar un grito de mamá. Quizás todavía estaba hablando con el operador del nueve once, o quizás se había ido a vestir creyendo que yo estaba resguardado en casa.

Cuando puse la escalera en mi hombro, el tobillo lastimado recibió el peso y por ende, el dolor aumentó, cosa que me hizo largar un juramento. Abrí la cochera, haciendo el menor ruido posible, y puse la escalera contra la pared, en horizontal.

Al volver, vi que había un palo de escoba entre las cosas de limpieza que estaban en el lavadero. Lo tomé.

— ¿A dónde fuiste? ¡¿Te volviste loco?! —dijo mamá. La jerga formal de la doctora Ana Laura Lorenzzeti brillaba por su ausencia. Se había puesto un vestido floreado que sólo usaba los días en los que no trabajaba. Por lo visto había sido eso lo que me había hecho ganar unos minutos.

— Fui a ver si todavía había alguien —dije, agitando el palo de madera que había atinado a agarrar antes de entrar de nuevo, simulando usarlo como un arma. Hice todo lo posible para mostrarme furioso e indignado—. Si sólo era un mirón, no creo que realmente fuera alguien peligroso —agregué, envalentonado—. Quedate tranquila. Ya no hay nadie acá.

Mamá soltó una carcajada, visiblemente aliviada. Me dio un beso en la mejilla, cosa que no hacía desde que tenía doce o trece años. Luego me abrazó, un gesto que reservaba solo para cuando se sentía sumamente orgullosa de mí, cosa que no sucedía muy a menudo.

— Mi pequeño guardián —dijo.

A los cinco minutos llegó el patrullero. Mamá debía haber hablado con mucha vehemencia y habría sacado a relucir su profesión de abogada, porque si no, no se explicaba tal celeridad. Llegaron dos uniformados con sobrepeso —como la mayoría de los policías de Buenos Aires—. Me puse a la defensiva. No era probable que descubrieran lo que realmente había pasado, pero en ese momento no pude evitar sentir paranoia.

Mamá les explicó con lujo de detalles lo que había sucedido. La ausencia de sus anteojos le había impedido ver con claridad los rasgos del intruso, pero le pareció que era alguien muy joven, casi tanto como su hijo. Cuando dijo esto último, sentí escalofríos. Sin embargo, era notorio que no me había reconocido. Lo único que podía explicar eso era su pésima visión.

Los oficiales la escuchaban con mucha atención, y lo cierto es que también la miraban con mucha atención. En un momento intercambiaron miradas, que me parecieron cargadas de complicidad y picardía. Me di cuenta de que mamá se había puesto el vestido de manera apresurada. Su cuerpo todavía estaba húmedo, y por lo visto no se había puesto ropa interior siquiera. El vestido, en la altura de sus pechos, se ajustaba, y marcaba sus pezones. Me apené por ella, pues los pajeros de los policías, no podían evitar desviar la mirada, y ella, aún eufórica por todo el asunto, no reparaba en eso.

Les mostramos el lugar desde donde supuestamente la habían espiado. En ese momento parecieron escépticos. Después de todo ¿Cómo era que el intruso había llegado hasta la altura del ventiluz? Si bien la pared presentaba ciertas irregularidades, y algunos ladrillos sobresalían más que otros, resultaba muy difícil escalar por ellos. No imposible, era cierto, pero sí sumamente difícil.

Era obvio que la denuncia no llegaría a ninguna parte. Pero de todas formas le dijeron que volviese a llamar apenas notara algo raro. Además le recomendaron que colocara cámaras de seguridad en la casa. En ese momento, el carácter comúnmente afable de la doctora Lorenzzeti, estaba agazapado debajo de su frustración, por lo que no pudo evitar mostrarse ofendida debido a la inoperancia de la policía, que encima tenía el tupé de decirle que ella debía invertir dinero en un sistema de seguridad para compensar las falencias del estado. En vano los policías le pidieron que entendiese, que ella como abogada debería saber mejor que nadie cómo funcionaban las cosas. Mamá se quitó los anteojos y los fulminó con una mirada de furia. En ese momento, sentí que el parecido que tenía con Leticia había llegado a límites perturbadores.

Cuando, por la noche, le envié a Lautaro las fotos que le había sacado a mamá, y le conté las vicisitudes que había atravesado, me mandó un audio en el que se escuchaba una larga carcajada. Luego me agradeció las fotos, y me pidió que le contara de manera detallada algunos puntos que le habían resultado interesantes de mi anécdota: como cuando había sido descubierto, y cuando mamá salió apenas cubierta por una pequeña toalla.

No le dije, sin embargo, que el motivo de que me haya distraído, había sido una inesperada erección. Eso quería guardármelo para mí.

Quedamos en que en los próximos días me enviaría algún material especial. Cosa que me ponía al palo de solo saberlo. Pero no podía evitar tener cierto temor, pues luego yo debería imitarlo, y pagarle con la misma moneda.

………………………………..

— ¿Esa es tu mamá? —preguntó Lautaro en un susurro, atontado, siguiéndola con la vista mientras subía a su habitación para ponerse ropa más cómoda, como era su costumbre cuando volvía del trabajo.

Estábamos jugando a los videojuegos frente al televisor. Hacía un par de semanas que nos conocíamos, y ya estábamos entrando en confianza. Aunque debo reconocer que el principal motivo por el que lo invité, era debido a que esperaba que tarde o temprano me devolviera la gentileza, y por fin pudiera conocer personalmente a Leticia.

En realidad, mamá se acababa de presentar, por lo que su pregunta era por demás tonta. Quizás había pensado que le estaba jugando una especie de broma. Después de todo, qué probabilidades había de que dos adolescentes que tuvieran madres inusitadamente jóvenes, e increíblemente sensuales, vivieran uno al lado del otro.

— Sí, claro, para qué te voy a mentir —respondí.

Mamá no era una mujer servil, pues trabajaba mucho, y para eso contaba con una empleada doméstica. Pero por lo visto le había gustado verme con un amigo nuevo, y además, Antonia ya se había ido a descansar a su casa, por lo que se ofreció a servirnos un refresco, o lo que quisiéramos.

— Qué culo. En eso le gana a mamá —dijo después el vecino, cuando ella nos entregó los vasos con coca cola, y nos dejó solos—. No te molesta ¿cierto? Digo… que la mire, y que hable así de ella…

Si hubiese sido otra persona, lo tomaría como un insulto. Pero no podía olvidarme de la indulgencia que había tenido conmigo cuando yo, sin saberlo, hablé vulgarmente de Leticia. Me pregunté hasta dónde podía llegar una conversación como esa. Si yo dejaba que se refiriera a mamá en esos términos, y si dejaba que la desnude con la mirada mientras iba a venía por la casa ¿Él también me lo permitiría?

— Pero tu mamá tiene mejores tetas —le dije, mirándolo de reojo, sin soltar el joystick.

— Es cierto, pero para mí, lo que manda es el culo. Si tiene tetas chicas o grandes, no me importa mucho. ¿Tenés fotos de ella? —preguntó después.

— ¿Cómo? —dije, confundido.

— Fotos. A ver, mostrame su Instagram. O su Facebook. La gente de su edad usa Facebook todavía ¿No?

— Y vos mostrame las de Leticia —retruqué.

Dejamos el juego de lado, y agarramos los celulares. Buscamos los perfiles de nuestras respectivas madres, e intercambiamos los smartphones. En mi caso fue una decepción. Leticia no tenía muchas fotos. Y en ninguna salía de manera sensual. Lautaro me había dicho que era una ejecutiva de una empresa muy importante, por lo que supuse que debía mantener un perfil bajo, y mostrar seriedad tanto fuera como dentro de las oficinas. Además, debido a su carácter aparentemente huraño, no habría de gustarle exponerse de esa manera para que cualquier pendejo como yo se hiciera una paja mientras la veía en el celular.

En cambio mamá sí tenía alguna que otra foto en bikini, aunque ninguna de espaldas, mostrando ese culo que tanto le había gustado a Lautaro. Sin embargo había una en donde estaba tirada en la arena, con una sonrisa perfecta. Llevaba una bikini azul. Sus largas piernas estiradas, los pechos turgentes, la mirada traviesa.

— Está buenísima —dijo mi amigo—. Deberíamos tener más fotos —agregó después.

Esa misma noche me llegó un mensaje de Lautaro. Era una foto. Se la había sacado a Leticia mientras se agachaba frente al televisor para agarrar algo que estaba en el suelo —algo que seguramente Lautaro había dejado caer—. Al hacerlo, no flexionó las rodillas, sino que dobló la cintura. Su lindo culo salía en primer plano. Se lo notaba muy apretado por el pantalón de jean que llevaba puesto. Sus piernas tampoco estaban nada mal. Al ratito me mandó otro mensaje. “Espero tu retribución”, decía.

Así había empezado todo.

………………………………..

Sonó el timbre. Alguien lo tocó varias veces, en forma juguetona. Me preguntaba si se trataba de alguno de esos niñatos que todavía hacían ese tipo de bromas infantiles. Al ratito Antonia me golpeó la puerta de mi cuarto. Se trataba de una mujer paraguaya que ya contaba con cuarenta años. Tenía un trato amable, aunque algo tosco. Era rubia natural, de ojos verdes, y su principal característica era que tenía un enorme culo, más que apetecible para los albañiles que a veces venían a trabajar a casa. Yo nunca le presté demasiada atención, más que para admirarla mientras se ponía de espalda. Me gustaban las mujeres grandes, pero aparte de su culo no tenía muchas otras virtudes, aunque tampoco era fea. No obstante, más de una vez se me cruzó por la cabeza que no sería una mala opción para debutar sexualmente. Además, pasábamos muchas horas a solas en la casa, y a veces la miraba con más cariño de lo normal.

— Llegó esta cajita para usted patroncito —dijo, con su gracioso tono paraguayo.

Me entregó la caja y me dejó solo en la habitación. Por lo visto, no le había llamado la atención el hecho de que la caja sólo llevara mi nombre. No estaba puesta la dirección de la casa, ni mucho menos los datos del remitente.

Se trataba de un pequeño cubo de cartón, forrado de color rojo. Lo abrí, con cierto recelo, sabiendo perfectamente quién me la había enviado. La última vez, Lautaro había subido demasiado la vara con eso de sacarle una foto a Leticia mientras se duchaba —una foto que atesoraba, sobre todo durante las noches—. Si seguía con la tendencia de ir siempre a por más, la cosa se podía poner peligrosa. De hecho, ya se había puesto peligrosa con eso de caerme de la escalera. Mamá no me había descubierto por pura suerte.

Pero a pesar de mi aprensión, abrí la caja, claro está. En ella había un papel que decía “Feliz cumpleaños por adelantado, colega”. Debajo del papel había una pequeña tela roja. De entrada no pude entender de qué se trataba. Pero luego la desdoblé, y me encontré con el regalo que me había enviado mi vecino y aliado.

Se trataba de una tanga.

En mis manos tenía ahora una tanga cuya propietaria, no me cabían dudas, era Leticia. La prenda era, como dije, roja, cosa que por algún motivo me sorprendió. Quizás porque en ninguna de mis fantasías la había imaginado con una prenda de ese color. Quizás negra, o blanca, pero nunca roja. Sin embargo, era hermosa. La hice un bollo y comprobé que era tan pequeña, que cabía adentro de mi puño. Con eso cubría Leticia sus partes íntimas. A pesar de su carácter asocial, resultó ser toda una guerrera.

No tardé en ponerme al palo. Extendí la prenda nuevamente, y reparé en todos sus detalles: era con encaje, y la tirita que rodeaba la cintura podría romperse con suma facilidad. Mojé mi mano con mi propia saliva y la llevé a mi sexo. Estaba totalmente duro. Iba a empezar a pajearme, pero algo me detuvo. Lautaro no me había mandado ningún mensaje, pero no hacía falta que lo hiciera para saber que esperaba lo mismo de mi parte.

Antes de disfrutar de mi suvenir, me dispuse a devolverle el favor, para quitarme de encima ese peso que podía llegar a opacar mi goce. Faltaban dos horas para que mamá volviera a casa, así que todavía tenía mucho tiempo. Antonia estaría abajo haciendo sus últimas tareas, y luego se iría.

Fui a la habitación de mamá, sin hacer ruido, pues no quería que la empleada supiera que me había metido ahí. El ropero tenía seis enormes cajones. Era raro. No tenía idea de en dónde guardaba cada cosa. En realidad eso era lo normal, pues no tenía por qué hurgar en la intimidad de mamá. Pero me llamaba la atención el hecho de que nunca me había sentido con la curiosidad suficiente como para revisar su cuarto.

En cualquiera de los casos, ahí estaba, compensando mi desidia del pasado. Me agaché, y abrí uno de los cajones. Sólo había medias. Eso sí, la doctora Lorenzzeti resultó ser sumamente ordenada con esas cosas. Cada media estaba enrollada con su par, y no había ninguna suelta. Abrí un segundo cajón, encontrándome con papeles, y documentación. Supuse que eran cosas que mamá necesitaba tener a mano, y por eso los guardaba ahí.

La sorpresa vino con el tercer cajón. Preservativos, gel lubricante, y un consolador totalmente realista, al que se veían incluso las venas del falo. Lo agarré, anonadado. Era enorme. Probablemente de unos veinte centímetros. Así que esas tenía, doctora Lorenzzeti, dije para mí, divertido.

Obviamente sabía que en algún momento de su vida, mamá debía satisfacer sus necesidades sexuales. Pero siempre creí que tenía algún amante ocasional que no traía a casa por respeto a mí. Nunca se me cruzó por la cabeza que fuera una mujer que se masturbaba. Había escuchado muchas veces decir que las mujeres se hacían la paja con la misma frecuencia que los hombres, pero por algún motivo jamás lo creí.

Me preguntaba cómo es que todo ese aparato entraba en ella. No por su largo, ya que si bien era enorme, ella bien podría metérselo hasta donde quisiera. Pero su grosor… Mi mano apenas podía cerrarse alrededor de ese falo artificial. La idea de que mamá se metiera todo eso mientras yo mismo me estaba pajeando en mi habitación, me hacía poner la piel de gallina.

En el mismo cajón había un pequeño aparato, el cual no tenía la menor idea de para qué servía. Sin embargo, dada su localización, estaba claro que mamá lo usaba para alguna cosa sexual. También vi un frasco que decía ser un aceite vigorizante. Pero lo más raro de todo estaba en el fondo del cajón, medio oculto. Apenas se divisaba un color violeta, aunque no podía ver de qué se trataba. Metí la mano y lo saqué.

Era otro consolador. Aunque este me resultaba, por lejos, mucho más llamativo que el primero. Para empezar, quienes lo habían fabricado no parecían tan preocupados por darle el aspecto de realismo como sucedía con el otro. En este caso el material era de una silicona muy flexible, de color violeta, aunque traslúcido. Y lo más raro era que se trataba de un consolador de dos cabezas.

Lo miré con detenimiento, preguntándome qué carajos significaba eso. Estaba seguro de que había visto uno igual en algunas películas pornográficas. Películas en donde dos mujeres hacían la tijereta y se ensartaban los extremos del consolador la una a la otra. ¿Acaso mamá era lesbiana? Por alguna razón, eso me parecía sumamente fascinante.

Pero luego reparé en que había más opciones. La primera, que en lugar de lesbiana fuera bisexual, cosa igual de asombrosa. Finalmente también cabía la posibilidad de que fuera heterosexual, y que utilizara ese consolador para penetrarse tanto en la vagina como en el culo.

Lo miré de punta a punta, perturbado. Luego lo olí. Estaba perfectamente limpio. Mamá lo lavaría apenas terminara de usarlo, claro está. Me pregunté si Leticia también tenía ese tipo de juguetes. A juzgar por su tanguita roja, me inclinaba a pensar que sí. En el caso de la vecina incluso me animaba a imaginar que en alguno de sus cajones había alguna esposa, y alguna que otra venda. Ya se lo preguntaría a Lautaro luego.

Me había distraído demasiado con los juguetes sexuales, al punto de que casi olvidé el motivo por el que estaba en el cuarto de mamá.

Abrí un cuarto cajón, encontrando por fin la ropa interior. Teniendo en cuenta lo que acababa de descubrir, no me resultó extraño encontrarme con lo que había ahí: tangas, culotes, cola less, bikinis… había también bombachas con fajas. Esas eran las más aburridas. Supuse que le resultaba más cómoda para el día a día, pero para ocasiones especiales, o para situaciones donde simplemente se encontrara más cómoda y no tuviera que ir de aquí para allá, como lo hacía en tribunales, tenía todas las demás.

Debía elegir una. Tenía que ser alguna que mamá no echara en falta. Cosa difícil de adivinar. Mientras las veía, una a una, me di cuenta de que en ese cajón no había ningún brasier. Abrí los cajones que faltaban. En uno de ellos estaba lo que buscaba. Un montón de corpiños de todos los colores estaban mezclados en ese pequeño espacio. De todos formas, imaginaba que Lautaro preferiría una tanga, o un culote cuanto menos. ¿Qué mejor elección para mi compinche que una prenda que había estado en contacto con el culo de mamá?

Pero no me terminaba de decidir. Mientras lo pensaba, le fui sacando fotos a los cajones, sobre todo a los que contenían los juguetes sexuales y las prendas íntimas. Luego fui revisando una por una sus braguitas. Descarté las que creí que usaba para el día a día, pues supuse que serían las más fáciles de notar su desaparición. Pero luego me di cuenta de que lo mismo pasaba con las que parecían ser para ocasiones especiales.

En fin, qué importaba. El riesgo ya estaba tomado. Si echara en falta la que me llevaba, quizás creería que fue cosa de Antonia. ¿Para qué carajos iba a llevarme yo la ropa interior de mi mamá? Sólo alguien retorcido haría algo así.

Finalmente me di cuenta de que tenía dos tanguitas blancas, muy parecidas una de otra. Quizás esa era la mejor decisión. Al ser repetidas, no podría estar segura de que faltaba una de ellas. Además, en el cajón estaba todo mezclado. Me pareció la opción más acertada.

Agarré la prenda con las dos manos, desde ambos extremos, y la extendí frente a mis ojos. También era con encaje, aunque se veía diferente a la que utilizaba Leticia. Pensamientos oscuros cruzaron mi mente: Leticia, con la tanguita roja que me había regalado Lautaro, corrida a un costado. El consolador violeta entrando y saliendo en ella, una y otra vez. Su cuerpo desnudo. Sus lindas tetas bamboleándose de arriba abajo al compás de su excitación.

Pero el consolador violeta tenía dos cabezas. ¿Quién estaría en el otro extremo? La respuesta a esa pregunta surgida de mi perversa cabecita no se hizo esperar: mamá, completamente en bolas, metiéndose el mismo consolador que Leticia.

Sentí mi verga totalmente dura adentro del pantalón. Y lo peor no es que estuviera dura mientras imaginaba a mamá con Leticia. Lo peor era que estuvo dura desde el momento en el que empecé a hurgar en sus cajones. Pero seguramente se debía a la tanguita de la vecina. Sí, eso había sido lo que me puso al palo en primer lugar.

Me dispuse a ordenar todo. Debía poner los consoladores en el lugar exacto de donde los había sacado. Debía guardar toda la ropa interior de mamá, y cerrar bien los cajones. Que no se notara que alguien los había abierto.

Pero entonces se abrió la puerta de la habitación de mamá.

Estaba completamente expuesto. Con la tanguita de la doctora Lorenzzeti en las manos, y la erección imposible de ocultar. Nunca tuve tantas ganas de que la tierra me tragara.

Continuará

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