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—¿Pero… qué haces? —pregunta apartándola con las manos. Alejándose un poco de ella.

—Perdona… No quiero que me malinterpretes… Ha sido un impulso —dice incorporándose. —Lo siento…

—No sé qué ha significado esto… —dice sin entender lo que acaba de pasar. —Tú normalmente no actúas así…

—Por favor… No vayas a creer… Nunca haría nada para incomodarte…

—¿Acaso esto también te lo ha pedido el viejo? —dice algo enfadada.

—¿Qué te has pensado? Él nunca me pediría que fuera tierna contigo.

Verónica se levanta del sofá. — ¿Entonces por qué me has besado? Dios… No entiendo nada… Después de todo lo que hemos hablado… Ahora esto… Y menos que seas tú Alejandra…

—Además, estás casada, tienes un hijo. ¿Qué te pasa por la cabeza?

—Tampoco he hecho nada malo. Te he pedido disculpas… —dice excusándose. —Nunca he estado con otra mujer. Ni entra dentro de mis deseos o intereses.

Verónica mira a su amiga. Piensa que todo esto es por culpa del viejo. —Tienes que solucionar el problema que tienes con Don Fernando. Es el culpable de todo…

—¿Culpable de que te haya dado un beso? Un beso corto… ¿de cariño? ¿De ternura?

—Sí… tú nunca has actuado así…

—No hay culpa en ello. Ni culpables. —dice por primera vez quitándole culpa a Don Fernando.

—¿Acaso ahora te vas a poner a favor de ese cerdo?

—¿No me entiendes o no quieres hacerlo? —dice cortante —mira mejor, lo dejamos aquí. Mejor me voy a casa. Se está haciendo tarde.

—Solo te estoy diciendo que esto lo has hecho por todo lo que estás pasando con el viejo. Por lo que sí que hay culpables… —intenta convencerla.

—Pero él no me ha dicho que te bese. Esto no.

—No te voy a culpar de nada Alejandra. Solo que todo esto es por culpa de Don Fernando. Yo solo quiero ayudarte y te deshagas del viejo… Necesitas ayuda…

—No quiero perder tu amistad por todo esto…

—Te ayudaré a salir de esto, ¿vale Alejandra? —Le contesta sin hacer caso a lo que ha hecho y quitándole importancia.

—Sí…

—A ver… Dime… —dice insegura, avergonzada. Agachando la vista.— ¿A… qué… quieres que te responda?

—Verónica, yo no quiero que me respondas. Como ya te he dicho, estoy dispuesta a asumir el castigo.— La vuelve a coger de la mano.— Pero… Si tu quieres ayudarme a no ser castigada…. Ya sabes las preguntas que me ha dicho que te haga… No me las hagas repetir… por favor… me da vergüenza hacerlo…

—Esta bien… uso… una 105D…

Un silencio abarca de nuevo el salón… Hasta que lo rompe.  Está bien… se lo diré…

Verónica agacha la cabeza, no quiere que se lo diga, pero no le queda otra. —Y… no me gusta mucho chupar… —haciendo una breve pausa. No se imaginaba diciendo algo asi. —Dios… No.. no me gusta chupársela a Raúl… No me gusta mucho chupar…

—Le diré que no lo haces… Que no haces estas cosas… —El ambiente cada vez es más denso.

—Dios… ¿a-algo… algo más?— No se atreve a mirarla.

—Pero… ¿Raúl no te lo pide?

—Sí… Bueno… Pero.. no me gusta hacerlo…

—Gracias Verónica. Has sido muy valiente. Eres la mejor amiga que podía tener. —Esa frase hace que Verónica levanta la vista hacia ella. Para terminar diciéndole. —Te quiero.— Con una sonrisa.

—Gra-gracias…— se le cae una lágrima por la mejilla. —Y… Yo Alejandra. Quiero ayudarte…

—Y yo protegerte… —con un dedo, pasa por la mejilla arrastrando la lágrima. Ella mira a su amiga. «Qué ganas de besarla… Dios». Piensa pero frena sus impulsos.— Se nos ha hecho un poco tarde.. Tengo que irme cariño.

—Sé que no es fácil… pero saldremos de esto juntas…

—Vale…

Mi madre se levanta y ambas se dan un afectuoso abrazo. —Adiós…

—Adiós Alejandra. Dime algo estos días, ¿Vale?

—Si claro.

Ella sale de casa de Verónica pensativa. Ha sido una conversación dura pero a la vez hay algo dentro de ella que se ha liberado. Siente un deseo irrefrenable de ir a dar una vuelta. Necesita que le de un poco el aire antes de irse a casa.

Su paseo por diversos parques le sirve para pensar y darle vueltas en todo lo que ha hablado con su amiga: «Qué debería haber hecho como para que se sintiera tan insegura, siendo como soy, tan en sus manos… y luego aquél beso… Pero debo ayudarla… Ella lo ha hecho conmigo protegiéndome… Era casi un deber… Haré de tripas corazón y el lunes saliendo del trabajo lo iré a ver sin decirle nada a Verónica. Quiero dejarle claro que tiene que dejarla en paz.»

Intenta encontrarse consigo misma hasta que decide volver a casa cuando es casi la hora de la comida. Al entrar a casa, se da cuenta que todo parece normal. Todo parece como si nada hubiera ocurrido. Como si todo lo que está viviendo fuera de un mundo paralelo. De un mundo fuera de su raciocinio en el cual no consigue ubicar.

A la mañana siguiente, justo antes de salir de casa en dirección del despacho. Coge su móvil y marca en su teléfono. Por el hecho de ser abogada, Alejandra tiene algunas relaciones con la policía y entre ellos una buena amiga. Se trata de su amiga Isabel. Ella, a sus 42 años, es comisaria del distrito, una buena amiga con la que han disfrutado de muchas cenas en compañía y muchos momentos a lo largo de su vida personal y profesional:

—     Hola Isabel, soy Alejandra.

—     Alejandra. Cuánto tiempo sin saber de ti. Dime, qué se ofrece.

—     Mira, me gustaría saber de un hombre. Saber si tiene antecedentes.

—     ¿Quién es?

—     Se llama Fernando. Tiene 70 años. Vive en la misma dirección que la mía. No sé si con estos datos podrás mirarlo.

—     Claro. Por algo soy inspectora, ¿No? Jeje. No cuelgues, que lo consulto en la base de datos del ordenador.

—     Pero qué pasa Alejandra. ¿Tienes algún problema con él?

—     No, solo que es un vecino que me da mala espina.

—     A ver qué tenemos por aquí… No le digas a nadie que te he dado sus antecedentes. Ya están prescritos y solo los debería dar con una orden judicial. Pero siendo tú…

—     Ya sabes que no lo diré, Isabel.

—     Mira, ya lo tengo. Bueno, sí que tiene antecedentes. Pero hace veinte años. Le cayeron seis años por proxenetismo y venta y distribución de cocaína. Cumplió solo tres y luego, por lo visto, se dedicó a la delincuencia de cuello blanco, en negocios inmobiliarios. Qué más… qué mas… ¡Ah! Estuvo imputado en un caso de corrupción urbanística, pero no le encontraron nada. Seguro que está forrado, pero cuantos menos tratos tengas con él mejor. Es gentuza.

—     No sabes cuanto te agradezco que me des estas información Isabel.

—     No hay de qué Alejandra. A ver cuando nos vemos y vamos al Karma, como en los viejos tiempos.

—     Sí. Yo también tengo ganas de verte. Te llamaré, te lo prometo.

—     Besos y suerte. Si necesitas alguna cosa más. Ya sabes.

—     Besos Isabel. Igualmente.

Alejandra cuelga el teléfono y se queda pensativa. Uno de los peores augurios se los acaba de confirmar su amiga Isabel. Sabía que esto podía pasar. Pero lo pero es que después de esa llamada, no solamente sentía asco, sino también miedo.

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