ISA HDEZ

Soñaba con perderse en uno de los caminos que indagaba en sus cuentos, de esos que solo conocía ella y que, aunque la buscaran nunca la encontrarían. Deseaba alejarse de todo lo que la rodeaba porque había descubierto que en ese espacio la inundaba la paz, la honestidad, la belleza. No existía desazón, ni tristeza, ni afán de poseer cosas que no tenían valor y que solo perduraban un tiempo para después convertirse en cenizas y, por ellas sus semejantes hacían cosas grotescas, Valeria, no las necesitaba . Cuando se adentró en el bosque aquella mañana de primavera no sabía bien el dolor que dejaría tras de sí, pero sí experimentó un camino de luz que la envolvía como a una princesa y se dejaba guiar por ese resplandor que la introducía en lo más hondo del lugar. Salieron en bandadas a buscarla y con bocinas pronunciaban su nombre. Todos lloraban su pérdida menos su amado, él sabía de sus cuentos y no dudaba de que Valeria se habría transformado en uno de esos personajes de fábula y que, tal si fuera una mariposa viajaría con el viento. A veces, mientras las cuadrillas buscaban entre los ramales, él la sentía cerca como si fuera un aleteo o un flujo de aromas florales que bañaban su cara, y recordaba la canción de Camarón, la que recitaban juntos como si fuera un poema: «gitano, cuando yo muera vendré a acariciar tu cara vestida de primavera». A veces pensaba que Valeria no se había ido, sino que vivía dentro de su ser y alguna vez brotaban sus lágrimas formando ríos por su cara. Valeria lo contemplaba con desconsuelo porque sabía que él solo era un personaje de sus cuentos.©

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