MUSA

NINA

Junio de 2019

El primer Jueves de Junio, nos encontró descendiendo a las seis de la mañana en el aeropuerto Charles de Gaulle. Retiramos las valijas, pasamos por migraciones, aduana y abordamos el bus rumbo a la plaza de la Opera.

Nuestro hotel era una pequeña residencia a metros de allí y se hallaba a escasos veinte minutos en metro del Palais des Congrès donde se realizaría la exhibición. Coqueto, acogedor y con un ascensor donde escasamente cabía una persona, era más que suficiente para nuestras pretensiones. Por suerte nuestras habitaciones estaban preparadas y pudimos tomarlas en forma inmediata sin tener que esperar a la tarde. 

Llevamos como pudimos el equipaje al tercer piso, nos lavamos un poco y bajamos al comedor para tomar un frugal desayuno, allí acordamos dormir un par de horas antes de salir a recorrer la ciudad.

Nos encontramos en la recepción a las once de la mañana y  por sugerencia suya, bajé vestida con un pantalón corto, camiseta al cuerpo y zapatillas cómodas. Excitada por la experiencia venidera y lista para una gran caminata.

Como en los mejores años de mi niñez, David me tomó de la mano con una sonrisa  y partimos rumbo a la boca de metro mas cercana. Quince minutos después emergíamos en Hotel de Ville rumbo a la sobreviviente Notre Dame, donde después de un par de minutos de íntimo recogimiento, seguimos rumbo al barrio latino, donde almorzamos un par de baguettes al paso y continuamos rumbo a los jardines de Luxemburgo que lucían radiantes en esa hermosa tarde de primavera.

Me llevó a conocer el Panteón, su cripta de famosos y me explicó el funcionamiento del famoso péndulo. Visitamos Saint Sulpice y el antiguo meridiano y pasando por Des Invalides desembocamos exhaustos en Los Campos De Marte para ver anochecer desde la torre Eiffel, tomados de la cintura y sumidos en nuestros pensamientos

Retornamos agotados y satisfechos Me sentía conmovida, como si mi vida transcurriera en un universo paralelo donde otra realidad era posible, me sentía cuidada y protegida. Después de una cena liviana en el comedor del hotel subimos a la habitación y al despedirnos, David me tomó la cara con la palma de la mano y al ver que se inclinaba hacia mí, cerré los ojos conmovida esperando el beso. 

Sus labios se posaron cerca de la comisura de mi boca haciéndome temblar de pies a cabeza. Entré a la habitación con paso inseguro y debí apoyarme en la puerta para recobrar el aliento. Minutos mas tarde, caí rendida en la cama después de una reconstituyente ducha.

Al día siguiente, desayunamos temprano y a las nueve estábamos entrando en el Louvre, donde permanecimos por más de seis horas. Estaba conmocionada ante tanta novedad, no quise preguntar, pero era evidente que todo esto estaba preparado para mi disfrute personal, no había en el horizonte ninguna entrevista que justificara el adelanto del viaje. 

Viendo como se dieron las cosas debí valorarlo mejor, quizás entonces todo hubiera sido diferente.

Salimos del museo a las tres de la tarde, recorrimos a paso lento las Tullerías, pasamos por la Concorde y su obelisco egipcio y desembocamos en Champs Elysee donde me dejó recorrer a mi gusto cada una de sus prohibitivas tiendas.

Después de las consabidas fotos bajo el Arco del Triunfo, seguimos rumbo a la Defense donde vimos anochecer sobre el nuevo Arco de Triunfo. Cenamos temprano y volvimos al hotel donde sin querer reconocerlo, esperé ansiosa su beso de buenas noches.

El Sábado fué el turno de Versailles y los jardines de Maria Antonieta, una jornada deliciosa impregnada de los ecos del sangriento pasado. Sumergida en tanto lujo y glamour, era imposible abstraerse de la imagen del pueblo pidiendo pan tras las doradas rejas, o del trágico destino de la caprichosa niña reina.

Después de recorrer los alrededores, y ya sobre el tren en el que retornamos, acordamos visitar los castillos del valle de Loire después de la feria.

El Domigo, durante el desayuno, David me confesó que el stand había sido montado por gente contratada y debíamos ir a visitar las instalaciones para verificar todo y poner a punto la exhibición, en vista a la inauguración del lunes. 

Los días de feria trabajaríamos de nueve a dieciocho, nos turnaríamos para comer y al finalizar la jornada, haríamos la evaluación del día durante la cena, dejando todo resumido para la confección de los informes, de los que me ocuparía a la vuelta del viaje.

Llegamos a media mañana y debo reconocer, que ver montando nuestro stand como si fuera la cocina de una casa cualquiera, enteramente decorada con los muebles salidos de mi diseño, me conmovió haciéndome sentir orgullosa.

Mientras David verificaba y ajustaba todos los pequeños detalles, yo me dediqué a recorrer la exposición y al retornar, me llamó la atención el alegre bullicio que metían nuestros vecinos. Un simpático grupo de muchachos italianos que montaban su stand entre puteadas, pullas y risas.

En cuanto me vieron con mis pantalones elastizados y mis grandes tetas apenas contenidas en un top ajustado, no tardaron en rodearme e invitarme a todas las guarradas que se les pudieran imaginar.

Me los sacaba de encima entre risas, cuando un muchacho imponente de piel tostada y ojos verdes como el mar, los hizo callar con un gesto y me pidió disculpas en nombre de su empresa.

Me quedé sin palabras, sensible como estaba, se me erizó la piel como en mis mejores momentos de la Universidad, ni el mejor Nacho de aquellos tiempos transmitía el magnetismo de ese hombre. Se presentó como Enzo, me preguntó qué hacía en el lugar y cuando le indiqué que éramos vecinos de stand, quedamos en seguir conversando cuando todo estuviera en funcionamiento. Sin una palabra más, se dio media vuelta y con un par de gritos en su idioma retomó el control de su gente.

El lunes me desperté nerviosa. Eligiendo mi vestuario, no podía sacarme los ojos de Enzo de la cabeza, me descarté por una pollera larga con un sugerente tajo sobre la pierna, una camisa con volados con un par de botones indiscretamente desabrochados, una campera corta de piel que duraría poco sobre mis hombros y zapatos cómodos de medio taco. Ajustamos detalles durante el desayuno y a las ocho treinta estábamos sacando las lonas de protección y encendiendo la luz del stand.

Presenciamos el discurso de inauguración y al volver a nuestro local, nos encontramos con una imponente y voluptuosa pelirroja de ojos azules, que vestida con el corto, elastizado e casi indecente uniforme de las promotoras de la feria, recibió a David con dos sonoros besos en las mejillas. Era evidente que se conocían y ya habían estado en contacto, lo que me generó un pequeño malestar.

Me la presentó como Nina, una ingeniera industrial de veintitrés años recién recibida, una muchacha hermosa de rostro extrañamente familiar, española de nacimiento y criada en Francia y Alemania, lo que le permitía dominar los tres idiomas, además del Inglés.

Recién en ese momento, David mostró sus cartas. Exhibir mi creación era secundario,  lo que realmente le interesaba era observar los avances del mercado, por lo tanto, ella quedaría a cargo del stand mientras nosotros nos dedicaríamos exclusivamente a visitar competidores y posibles proveedores, para verificar avances tecnológicos y tendencias a incorporar en nuestros nuevos productos.

Agradecí haber llevado calzado cómodo y haberme vestido profesional y sugerentemente, el nivel de esa gente era acojonante. Al final del día, retornamos a nuestro stand una hora antes del cierre y mientras David se sentaba con Nina para ponerse al tanto de las novedades del día, yo me acerqué a mis nuevos amigos con la excusa de averiguar como les había ido a ellos.

Me recibieron entre gritos y chiflidos, hasta que Enzo me vió y se acercó a saludarme con dos besos que me pusieron la piel enchinada. Me invitó a tomar un refresco en el bar, cosa a la que accedí luego de mirar a David y recibir una señal de aprobación.

  • ¿Esposo?
  • No, no…Solo mi jefe. -No sé por qué me apresuré a dejarlo en claro.

Durante quince minutos me puso al tanto de su vida. Era el hijo de un poderoso empresario de Milán, soltero, de mi edad y no tardó en invitarme a cenar. Sabiendo como teníamos organizado el día me rehusé y quedé en contestarle si podría hacerlo al día siguiente.

Al volver al stand, no pude evitar darme cuenta como babeada David escuchando con la boca abierta el reporte de Nina. Sin motivo alguno me sentí desplazada.

Volvimos al hotel y después de una ducha refrescante nos encontramos en el comedor, donde teníamos un par de mesas reservadas para desplegar nuestro trabajo mientras cenábamos. Luego de separar la paja del trigo, nos quedamos con las propuestas más interesantes, las escarpetamos como día uno, grabamos un par de audios con aclaraciones para no olvidarnos luego y retornamos a nuestras habitaciones, esta vez sin beso de despedida, no estaba de humor para mimos.

LA NATURALEZA DEL ESCORPIÓN

Me dormí pensando en Enzo y en todas las vidas que no había vivido. Al día siguiente me vestí para él con un hermoso vestido entallado que sugería mucho más de lo que mostraba y me jugué por zapatos de tacón alto. Al bajar a desayunar, David concentrado en lo suyo ni me miró, lo que aumentó mi malestar.

Al arribar el martes al stand, Nina ya tenía todo preparado y no se me escapó con cuánto entusiasmo recibió a David, pero no fué hasta ver sus viejos ojos de cordero degollado, que tan bien conocía de mi adolescencia, que sentí un tirón en el estómago.

El día fué un calco del anterior y pude darme cuenta de cuánta ansiedad tenía mi jefe en volver al stand. Cuando llegamos, casi corriendo, nos encontramos a Nina festejando las gracias de Enzo, sentada en la mesa con un cruce de piernas que no dejaba nada a la imaginación.

Cuando nos vió llegar, se levantó sinuosa dedicándome una sonrisa de desafío, que por supuesto el embobado David no percibió, yendo a su encuentro como un corderito a la parrilla.

Si la golfa pensaba que podía desafiarme, le demostraría cuánto vale un peine, sin pensarlo me acerqué al sonriente Enzo y le confirmé la cita para cenar, ante un asombrado David, que una vez más, no entendía qué había pasado.

Cabreda como estaba, llegamos al hotel sin hablar y a las nueve, vestida para matar con un vestido negro escotado que me quedaba como un guante y tacones de infarto, ascendí al poderoso auto deportivo con que Enzo me pasó a buscar y partimos rumbo a un restaurante ubicado en un renovado castillo de los alrededores.

Cenamos entre risas y puyas y pasamos a un salón anexo a tomar unas copas y conversar en un ambiente de mayor intimidad. A las dos de la mañana me alcanzó al hotel bastante achispada. Después de sortear con dificultad sus intentos de acompañarme a la habitación, caí semi desmayada en la cama, vestida como estaba.

Por la mañana, abrí los ojos con dificultad en medio de una dolorosa jaqueca, me desvestí a los tumbos, miré el reloj y pasé a darme una ducha con una extraña sensación en el cuerpo. No reparé en el detalle hasta que, enjuagándome el pelo, recordé el reloj…

  • ¡¡¡ LAS DOCE !!!

Salí disparada vestida con la misma ropa de la noche anterior, cogí un taxi que me llevó de recorrido turístico desangrándome treinta Euros, para finalmente llegar y encontrarme con el stand cerrado y a oscuras.

Enzo me vió llegar con una sonrisa cómplice y le ordenó a uno de sus empleados que me ayude a quitar las lonas y encender las luces.  A pesar de un par de cafés que me alcanzaron mis simpáticos vecinos, el día se me hizo largo y pesado, atendiendo a babosos más interesados en mirarme las tetas que en lo que teníamos exhibido.

Sobre la hora de cierre, apareció David acompañado de Nina, estaba vestida mucho más discreta que el día anterior, con un trajecito blanco que le quedaba como un guante. 

Saludándome con un movimiento de cabeza, mi jefe se marchó con ella, dejándome a cargo de cerrar el local, a lo cual gentilmente ayudaron mis nuevos amigos.

Rechacé la invitación de Enzo de volver a salir y retorné al hotel en su auto. Subí de prisa, volví a bañarme y bajé a enfrentarme al cabreo de David. 

Al llegar al comedor, me encontré con la sorpresa de que mi jefe estaba compartiendo las vivencias del día de trabajo con Nina. La muy puta había cambiado su atuendo por una mini tableada y un top corto escotado que amenazaba ser desbordado por su amplio tetamen y lo tenía embobado escuchando las novedades.

El amplio despliegue de documentos sobre la mesa, demostraba a las claras que había ocupado mi lugar aprovechando mi desliz. Indignada por el desplante de David y la nula atención que me dispensó a pesar de haberme visto entrar, subí cabreada a mi habitación, me puse el vestido más indecente que había traído y llamé a Enzo.

Dos horas más tarde lo tenía hecho una faja en mi cintura, mientras saltaba furiosa ensartada en la tremenda polla de mi amante, que sentado en el borde de la cama me comía furioso las tetas.

Estallé en un orgasmo tan violento que quedé desmadejada, no recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había echado un polvo en condiciones. Amante hábil como era, me dejó reponer sin sacar la polla de mi golosa vagina y cuando notó que estaba recuperada, me tomó de las corvas y levantándome en el aire, me apoyó sobre la cajonera y empezó a martillarme a un ritmo feroz. Para cuando acabó atiborrándome de lefa, había perdido la noción del tiempo y del espacio.

Me llevó en sus brazos al jacuzzi de su lujosa habitación y entre besos y arrumacos me volvió a follar, esta vez, sentada de espaldas a él sobre su vientre. Volvimos a la cama y nos quedamos dormidos abrazados.

Desperté boca abajo al clarear el día, sintiendo la humedad de su inquieta lengua hurgando entre mis nalgas, explorando un territorio jamás conquistado y que él creía merecer. Coincidiendo con su apreciación, consideré llegado el momento de la ofrenda y aflojando mi esfínter dejé a sus dedos pegajosos de lubricante, abrir el camino de su hermosa tranca.

Lo sentí entrar suavemente, ampliando el espacio, conquistando territorio, y en esa mezcla de entrega, dolor y placer me abandoné a un orgasmo largo y delicioso como  nunca había sentido. Orgasmo que solo remitió cuando percibí su simiente llenándome las entrañas.

Volví a abrir los ojos a las ocho de la mañana, con el tiempo justo para ducharme y volver a mi hotel. Me levanté en silencio sin dejar de admirar a mi hermoso amante dormido y pasé al baño a pegarme una ducha.

Mi intención de hacer las cosas bien y tratar de arreglar el desaguisado que había provocado, se diluyó cuando, con los ojos cerrados y la cabeza enjabonada, sentí la férrea musculatura de Enzo apoyada en mis espalda y sus dos manos abarcando mis tetas, estrujando dolorosamente mis pezones con sus dedos.

Antes de que el flujo de la ducha aclarara mi champú, ya estaba con los brazos en cruz abrazando el frío mármol de la pared y su tremenda tranca enterrada en las entrañas.

Llegamos a la feria a las doce del mediodía, me volvieron a ayudar a abrir el stand y mientras pasé toda la tarde atendiendo a los curiosos que nos visitaban el último día de feria, Enzo pasó totalmente de mi, dedicándose a hacerle las gracias a las alemanas del local frente al suyo que reían embobadas.

Resignada, pero con el coño satisfecho, recibí a la hora de cierre, el último mazazo del día a través de un mensaje de David, donde me indicaba que dejara todo abierto que él se encargaría del desmontaje y que retornara rápido al hotel a preparar las maletas. 

Había cambiado mi pasaje y partía ese mismo día rumbo a nuestro país. Un auto me pasaría a buscar un par de horas más tarde por el hotel.

El viaje de retorno fue horrible, lleno de arrepentimientos y presagios funestos para mi familia por mi actitud irresponsable. Parecía estar en mi naturaleza, al igual que el escorpión, picaba y envenenaba una y otra vez la mano que me ofrecía ayuda. Llegué a casa a media mañana y por suerte no había nadie, aproveché para darme una ducha y dormir una siesta para tratar de descansar un poco.

A media tarde, llegó mi madre de casa de David y poco después, mi padre desde la fábrica. Disimulé lo mejor posible mi malestar y lo atribuí al cansancio del viaje. No sabía cómo iba a poder explicarles lo sucedido, si como me temía me había quedado sin trabajo.

Durante la cena me enteré que mi esposo no estaría el fin de semana por motivos supuestamente laborales y realmente lo agradecí. En esos momentos no podría mirarlo a la cara sin que se me note el malestar.

El Lunes, no más llegar a la fábrica, me abordó Bea ansiosa y me atiborró a preguntas. Preguntas que contesté concentrada en los paseos de los días previos y eludiendo todo lo referente a la feria. Estábamos en eso, cuando Juanita nos avisó que en media hora teníamos una reunión urgente en la oficina de David. 

Mis peores temores se hacían realidad y estaba segura de que Bea, que siempre estaba al acecho, no iba a dejar pasar la oportunidad.

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