QWERQ

—Hola Verónica. ¿qué tal estás?

—Hola Alejandra… Ufff menuda tarde la de ayer… —dice sentada en su mesa de la cocina mientras una taza de café la acompaña.

—Si bueno… Es culpa mía… dejé que bebieras demasiado.

—No entiendo aun como me pudo subir tanto…

—¿Estás con resaca?

—Sí…

—Bueno hacía tiempo que no bebías… Yo tomé lo mismo que tú y no me pasó nada grave… Solo un poco achispada.

—Bueno… Me he tomado un paracetamol… A ver si se me quita este dolor de cabeza. Menos mal que Raúl y la pequeña no están por aquí.

—Tengo Alka-Seltzer, va muy bien… ¿Quieres que te baje?

—Vale… Pásate si quieres…

—Te lo bajo y tomamos un café…

—Vale. Pásate cuando quieras.

Cuelga el teléfono y no pasan ni 30 minutos cuando ella se planta en la puerta de casa de Verónica.

Llama a su puerta y al cabo de unos segundos Verónica abre la puerta. Va con una camiseta negra de tirantes, el pelo recogido de malas maneras en una coleta.

—Hola Alejandra…

—Hola Verónica.

Ambas se miran en silencio, hasta que una de ellas es el que lo rompe.— ¿Aún andas así?

—Me ha costado mucho levantarme… —dice Verónica rascándose un costado.

—Ya me imagino…

—Disculpa… Ahora mismo me cambio…

—No, tranquila, no pasa nada.

—Pasa, pasa, no te quedes ahí. ¿Quieres un café?

Ella entra de nuevo en la casa de Verónica, vuelve a recordar la decoración y el olor que solamente unas horas atrás ya probó. La sigue hasta llegar al salón. No puede evitar desviar una mirada a sus piernas desnudas, solo tapadas por esa camiseta negra de tirantes que intentan esconder un bonito cuerpo y que ella ya pudo contemplar la noche anterior. Ella sin embargo, ha querido vestirse acorde a su autoridad. Una camisa blanca de seda acompaña a una falda gris de tubo. Los pendientes de perlas que usa normalmente y el pelo suelto acompañan una vestimenta que sabe que agrada.

—Siéntate, ahora vengo con los cafés… —dice Verónica mientras desaparece por el pasillo. Alejandra aprovecha para observar detalles de ese salón. Mira diferentes fotos, de los tres. Son felices. De alguna manera se siente culpable. No quiere que su amiga pase por lo que está pasando ella. Y sobre todo, no quiere… Ensuciarla…

A los pocos minutos, Verónica aparece con una bandeja con los cafés y unas galletas para acompañar.

—Bueno… Tampoco fue tan mal la tarde… —dice Alejandra cuando se dispone a coger el café. No puede evitar fijarse como Verónica al sentarse cruza las piernas. «Qué bonitas las tiene…»

—Sí… Pero la verdad es que se notó que hacia mucho que no salía… —empieza a darle vueltas al cabe para disolver el poco azúcar que le ha añadido.

—Y que no bebías… —apuntilla.

—¡Por cierto! Muchas gracias por invitarme ayer… No eran baratos los vinos que nos tomamos…

—No hay de qué Verónica. Ya te lo dije ayer —acompaña la frase con una sonrisa —además, fui yo quien te dijo de ir…

—Otra cosa, ¿Me metiste tú en la cama verdad?

—Sí, sí.

—¿No lo recuerdas?

—Vagamente… Tengo recuerdos…

—La noche en términos generales no estuvo tan mal. Si no llega a ser por Don Fernando… —dice para sacar el tema.

Verónica bebe café y mira hacia el suelo… —Ese cerdo… ¿Nos lo encontramos en las escaleras verdad?

—Sí, ¿No lo recuerdas?

—Sí… Tengo recuerdos… Recuerdo que te pusiste muy dura con él… Recuerdo sus pintas… muy desagradables…

«Ufff… parece que no se enteró de nada…» Piensa ella mientras le da un sorbo al café.

—Esa camiseta de rallas que tenía sucia… —dice sin quitar la mirada del suelo, como si tuviera la imagen en la cabeza. —Tengo destellos, Alejandra. Y ya no sé si son verdad o los soñé.

Ella se pone alerta ante esa última frase.— ¿Qué quieres decir?

—Pues… —No se atreve a decirlo, parece que le entra algo de vergüenza.

Ante la indecisión, mi madre insiste.— Dime Verónica, ¿a qué te refieres?

—Pues… ¿Te llamo cariño?

Ambas cruzan sus miradas. No sabe muy bien qué contestar hasta que no tiene más remedio que hacerlo. —Sí… Bueno… Tampoco es tan grave… Chochea… —dice intentando salir del paso.

—Pero tú no lo decías nada a eso… ¿por qué?— Pregunta insistiendo.

—Yo lo único que quería es que nos dejara pasar y protegerte.

—Gra-gracias… —dice Verónica dándose cuenta hasta qué punto su amiga intentó protegerla.

—No quise que hubiese bronca… que salieran los vecinos…—continúa —mira como íbamos las dos. Como para llamar la atención de todo el vecindario.

—Recuerdo… Recuerdo más cosas Alejandra…

—¿Qué cosas?— dice prestándole mucha atención. Algo tensionada.

—También recuerdo… que intentó acariciarte la cara… o algo así… ¿Es cierto?— dice volviendo a mirar hacia el suelo, como si le diera vergüenza decírselo. —Como si para él fuera normal hacerlo… No sé como explicarlo… Aunque no sé si lo que vi fue eso… o que ya no me daba cuenta de la realidad…

—Olvídalo. Ya te digo que solo quería protegerte. Con lo que te desea y en el estado en el que estabas, hubiera abusado de ti. Eso es seguro.— dice tajante —preferiría que no comentases nada de esto.

—¿Pero entonces es cierto?— Dice insistente y sorprendida.

—¿El qué?

—Que… que te acarició… que te acarició la mejilla… y… que tú no ponías problema a eso…

—Olvídalo de verdad…

—¿Entonces es cierto? —dice elevando la mirada y mirando a Alejandra directamente a los ojos.

—Lo único que te pido es que te alejes de él… No puedo protegerte más de lo que he hecho hasta ahora.

—Vi… vi… como si estuviera muy seguro de lo que hacía ese viejo… —pero ella insiste.

—He dicho que lo dejes. —responde en tono seco, duro y autoritario.

—Pe… pero…

—¿Pero qué?

—¿Por qué? ¿por qué le dejabas acariciar tu mejilla? No lo entiendo…

—Mira Verónica, no quiero darte explicaciones. Ya he hecho demasiado protegiéndote como lo estoy haciendo. Y no solo ayer.

—¿Cómo? ¿Cómo que no solo ayer? —Pregunta Verónica sin saber muy bien a qué se refiere.— ¡Alejandra! ¡No deberías permitir que ese viejo haga esas cosas contigo! No… No deberías dejar que te toque…

—Ya soy mayor para saber lo que puedo o debo dejarme hacer. ¿No te parece?

—Pero… Alejandra… No lo entiendo… ¿Dejarte acariciar por ese viejo? ¡No tiene sentido!

—Es mejor no tenerlo enfadado, créeme.

—¿A qué te refieres con que no me has protegido solo ayer? ¿Cuándo me has protegido?

—No haciendo cosas que él me pedía. O mejor dicho, me exigía.

—¿Cómo? —dice confusa, sin entender lo que le está diciendo.

—Déjalo Verónica, de verdad. No deberíamos hablar de esto.

—¿Don Fernando a ti? ¿qué te exigía? —un obús de preguntan le llegan, agotando la paciencia de ella.

—¿Quieres saberlo? ¿De verdad quieres saberlo?

Verónica aguarda silencio. Mira a Alejandra, sin saber qué decir. —Alejandra… Pero de qué estás hablando…

—Nada, déjalo.—

—No entiendo nada, ¿qué cosas te pedía?

—No debes entender nada. Mejor así. Yo ya he hecho lo que tenía que hacer.— Le contesta Alejandra con mucha autoridad.

—¡No dime!

Unos momentos de silencio, hasta que le contesta.—Cosas de ti.

—¿Cosas de mi? ¿A qué te refieres? —dice visiblemente nerviosa.

—Aléjate de él. Con esto basta.

—N-No.. No dime… Cr-creo que de-debería saberlo… Por favor…—Sin embargo ella es todo lo contario. No muestra ninguna autoridad. Se nota joven, inexperta, insegura.

—¿Quieres saberlo? ¿De verdad? —dice casi alzando la voz, como si estuviera recriminándoselo. —Que te preguntara qué talla de sujetadores usas y cosas peores… y seguirá insistiendo en por qué no te lo he preguntado.

—¿Qué? ¿mi.. mi talla de sujetador?— Dice sorprendida.

Ninguna de las dos sabía que la conversación de esta mañana llegaría este punto. O quizás sí.

—¿Eso te lo ha preguntado Don Fernando a ti? ¿para que yo te lo diga? —pregunta incrédula.—Esto es de locos… ¿Qué está pasando aquí?

Alejandra aguarda silencio.

—¿Tú Alejandra? ¿Cómo es posible que tú permitas que te haga ese tipo de preguntas?—Verónica cada vez está más visiblemente nerviosa

—Lo que no hago es responderlas.

—¿Qué estás diciendo? ¿Qué cosas más fuertes?

—Solo te lo explicaré si te tranquilizas y te comprometes a no decir nada de esto a nadie. —dice aparentando normalidad y seguridad.

—¡Pero a quién crees que se lo voy a decir! —dice visiblemente nerviosa, elevando la voz. —¿Tú sabes lo que me estás diciendo? La peor persona que hay en esta ciudad es el vecino que tenemos y, ¿me estás diciendo que ese viejo te hace esas preguntas a ti sobre mi?— Se toma un respiro ante su silencio como si estuviera esperando a que se tranquilizase un poco.— No-No sé… lo que está pasando aquí… —Se pone ambas manos a la altura de la frente y se apoya en sus propias piernas.

—Nada. Ya te he dicho que nada. Que lo olvides. ¿Vale?

—Creo que tengo derecho a saberlo…

—No quiero que sufras.

—Quiero saberlo, ¿Qué preguntas te ha hecho sobre mi?

Ella aguarda unos momentos de silencio, hasta que decide contárselo. —Me dijo que te preguntara si se la mamabas a Raúl… y si te gustaba hacerlo… Ya está. Ahora ya lo sabes. Dejemos esto.

—¿Cómo? —Se lleva las manos a su boca, sorprendida.

—¿Que si se la chupo a Raúl?

—¿No querías saberlo? Pues ya lo sabes.

—Pero bueno… ¡¡Y eso que le importa a ese viejo gordo!!— Dice Verónica alzando la voz.

—Por eso nunca te lo pregunté. Precisamente por esto.

—Madre mía… No me esperaba para nada algo así…

—Verónica… —intenta cogerla de la mano más próxima a ella. —ese viejo gordo te desea. Apártate de él. Yo ya no puedo protegerte más de lo que hago…

—Alejandra… No entiendo nada… No entiendo como el viejo te hace ese tipo de preguntas sobre mi. ¿Cómo que me desea? ¿pero que estás diciendo?— dice cada vez más asustada.

—¿Acaso no has visto como te mira?

—¿Cómo me mira? A qué te refieres…

—Verónica, no sé si realmente eres tan inocente como pareces o solo lo aparentas. La verdad. —Dice intentando se dura con ella. «Quiero que sienta culpa, así no contará nada…» Piensa mientras la mira, realmente preocupada.

—¿Cómo? Alejandra, creo que estás siendo demasiado dura conmigo. Parece que tengo la culpa de algo… Cuando toda la culpa la tiene el viejo ese.

—No me dirás ahora que no viste como te miraban ayer los hombres en el bar…

—¿Qué hombres? No sé de qué estás hablando Alejandra.

—¿Qué hombres? Todos los que había cerca Verónica. ¿No te diste cuenta? Con el conjunto que llevabas… Y luego a la hora de salir. Recreándote al ajustarte la blusa…

—¿Pero qué estás diciendo Alejandra? Yo… Yo no me doy cuenta de esas cosas…— dice pareciendo sincera —no sé porque me estás hablando así… Parece que estás enfadada conmigo…

Pero ella sigue —y el traje de baño que levabas el otro día… ¿Te extraña que sus ojos se claven en tus pechos? ¿De verdad?

—No… No lo hacía con ninguna intención… De verdad…— Dice viniéndose un poco abajo.— ¿Los ojos de quién?

—De quién va a ser… de Don Fernando.

—¿En la piscina?

—Sí, en la piscina. Y en el ascensor por ejemplo. Tú mismo me lo dijiste.

—¿De verdad? Yo… Yo… no… Yo no lo hago a propósito… De verdad…

—Bueno… Debo creerte. Como tú debes no decir nada de lo que pasó ni de lo que te he contado. Con alejarte de él ya es bastante.

—Alejandra… Evidentemente no voy a contar nada a nadie… Pero esto que me estás contando… No sé que pensar… No entiendo nada… Que el viejo te pregunte esas cosas de mí… No lo entiendo… La próxima vez que lo vea, huiré corriendo.

—Eso es lo que deberías hacer.

—Dios… —Sus manos no paran quietas, sin saber donde ponerlas. Casi a punto de llorar. —¿Crees que debería hablarlo con Raúl?

—¡NO!.— Dice tajantemente. —Me comprometerías a mi.

—Pero tú… tú eres… ¿Cómo permites.. que eso te lo haga ese viejo?— No le salen casi las palabras.— ¡Tú eres la mujer que más respetan en el vecindario! Nada se hace aquí sin tu consentimiento…— Dice intentando entender lo que está sucediendo.—Sin embargo… Lo que cuentas…

—Ya lo sabes Verónica, es un manipulador. Me dejé enredar e hice cosas que no debía. Ahora me tiene en sus manos y no quiero que me tenga más aún. ¿Lo entiendes?

—¿En sus manos?—Dice repitiendo lo que Alejandra dice, incrédula.—No lo tienes que permitir.

—Yo sé lo mío. Déjalo, de verdad.

—¡Alejandra! Yo puedo ayudarte si lo necesitas… No puedes permitir que el viejo haga contigo lo que quiera.

—Solo quiero que no se enrede todo más. Se cabreará conmigo cuando le diga que no te he preguntado nada aún. Y ni pienso hacerlo. Pero pararé el golpe. Tú no puedes ayudarme.

—¿Cómo que pararás el golpe?— dice sorprendida por lo que dice. —No quiero que sufras las consecuencias por mi culpa.

—No es tu culpa. Ya me lo has dejado claro.

—Eso no lo puedo permitir… No quiero que sufras por mi culpa. Eso si que no. Y no debes permitir que se cabree contigo.

—¿Y qué vas a hacer cariño? —Le contesta a Verónica usando la misma palabra que tantas veces Don Fernando le dice a ella.

—Si… Si… si quieres…— Dice indecisa mirando al suelo.—Si quieres… puedo responderte a las preguntas… Si… eso te ayuda a que no sufras…

—Pero si sabe que me has respondido, irá a por ti. ¿No lo entiendes?

—¿A por mi? —dice temerosa —¿por qué?

—Porque pensará que eres manipulable como lo fui yo. Prefiero que se cabree conmigo.

—Yo… Yo solo quiero ayudarte…— Dice insegura. La situación empieza a sobrepasarle.

—¿A… A ti… también te ha hecho ese tipo de preguntas?

—No…

—¿No?— Pregunta de nuevo sorprendida.

—No.  La verdad es que no.

—¿Y por qué dices entonces que pensará que seré manipulable como fuiste tú?—

—Porque has contestado a estas impertinentes preguntas. A mi no me ha preguntado nunca nada.

—¿No?— Se queda callada, para proseguir. —Pero… Dices que has sido manipulable…

—A mi me manipuló e hice cosas que no debía. Cedí en cosas que no debía ceder.

—No te entiendo…

—Por favor… No sigas preguntando. Como yo no te he preguntado a ti. —Dice de manera tajante. —Respeta mi intimidad.— Responde muy seria.

A ella le choca tu actitud. —Alejandra… Déjame ayudarte… Por favor… —dice muy insegura —no quiero que cargues todo este problema sola… So-somos… somos amigas, ¿No?

—Sí… Por supuesto que lo somos… Aunque no te merezca… Pero no puedes ayudarme en nada. No en esto. —vuelve a poner una mano sobre su mano que descansa en su muslo desnudo.

Verónica pone su otra mano encima de la de Alejandra. —No quiero que sufras todo esto tú sola… Déjame ayudarte… Dime como puedo ayudarte y lo haré…

—¿Sabes qué me pidió? Que un día te llevara a su casa borracha… Por eso te protegí en la escalera.

—¿Que me llevaras tú a su casa borracha?

—Es un cerdo.

—¿Pe… pero cómo se atreve?

—No puedes ayudarme. Solo puedes alejarte de él. De verdad.

—No quiero que lleves toda esta carga tú sola. No sabía nada de esto. No sabía que estabas sufriendo tanto —dice intentando entender a su amiga —Déjame ayudarte… somos amigas…

—¿Pero como vas a ayudarme? Ya te lo he dicho que no puedes.

Verónica es un manojo de nervios.—N.-no.. sé…— Insegura. Débil. Delicada.

—No puedes y no quiero que te metas en líos con él. De ninguna manera.

—Dios… —pero coge fuerzas de flaqueza y mira a Alejandra directamente a los ojos. —¡Si respondo a tus preguntas dejará de molestarte!

—¿Lo harías? Ya te he dicho que no creo que sea bueno para ti responder a las preguntas…— Prosigue.— Además, esto no me salvará de él, solo de su cabreo.

—A-acarrearé… acarrearé con las consecuencias, si así consigo que te deje de molestar.

—No creo que deje de molestarte… —dice de manera compasiva —en todo caso… No me castigará…

—¿Castigar?

—Sí, castigar.

—Pero que estás diciendo? No te reconozco. ¿Me estás diciendo que si no te contesto a esas preguntas, te castigará?—

—Sí. Lo hará.— Dice tajante —ya te dije que me tiene en sus manos… Me siento humillada y avergonzada por ello… Pero al mismo tiempo… No sé por qué… Siento un extraño placer.— Responde mi madre, sincerándose por primera vez.

—¿Qué?

Alejandra abandona la mano de Verónica y le acaricia el cabello… —Lo siento… Sé que realmente no merezco tu amistad… —Verónica la mira en silencio. —Estoy sucia y tú eres tan dulce…

—Alejandra… no quiero que te castigue…

—Ni yo lo quiero. Pero menos quiero comprometerte a ti…

—Déjame ayudarte… De verdad… —le contesta mientras se deja acariciar el cabello.

Ella la observa en silencio, acaricia su pelo. Hasta que coge un mechón suelto y lo pone detrás de su oreja…

Verónica, ajena a ese gesto, le sigue hablando.—Vamos Alejandra, debemos apoyarnos en esto… tenemos que ganar a ese viejo.

—No quiero defraudarte…

—¿Por qué dices eso?

—Porque lo sé… Cuando estoy con él… Termina haciendo todo lo que quiere. Y es algo que no puedes cambiar.

—¡Mentira! ¡Ayer conseguiste protegerme! ¡Recuérdalo!

—Pagando mi peaje…

—¿Pe-peaje?— Dice tragando saliva.

—No sigamos por favor…

—Yo… Yo… solo quiero ayudarte…—Dice cada vez con menos fuerza. Se siente débil al lado de la actitud tan fuerte que tiene Alejandra respecto a ella.

Pero Alejandra, deja su pelo y acaricia su mejilla… —Sigamos como si no hubiese pasado nada. Como si no te hubiese contado nada…

—Déjame ayudarte… —Le contesta al notar la mano en su mejilla…

—¿Cómo pretendes ayudarme? Ahora ya lo sabes todo…

—No.. lo se…— Dice insegura. —Lo… Lo único que sé es que tengo que ayudarte a librarte de él…

—No dejes de ser mi amiga… Con esto me ayudas más de lo que crees…

—Pero Alejandra, ahora no puedo hacer como si nada hubiera ocurrido. Lo que pasa es grave y tenemos que solucionarlo.

—¿Por qué te crees que tengo un principio de depresión? Mi psicóloga dice que tengo que aceptar esta parte de mi…

—Po… podemos salir juntas de esto…

—¿Juntas? Pero qué dices Verónica…

—Yo… somos amigas… ¿no?— mira hacia el suelo, insegura.— No puedo dejarte sola en esto…

Mi madre le coge de la barbilla, levantando su cara… su mirada… Hay ternura en su gesto. Sutileza. La mira fijamente, y un silencio se apodera del salón.

Hasta que Alejandra se acerca a ella, sin saber muy bien qué está haciendo coge su mejilla y le acaba dando un beso…

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s