SILVIA ZALER

11

Con Manolo había quedado en una cafetería. No estaba cercana, porque preferí no arriesgarme a que me vieran con él. Así que, cogí un taxi y llegué a mi cita en unos diez minutos.

Me estaba esperando, leyendo algo en el móvil y con los restos de un desayuno en la mesa. Cuando me senté vi que era un café y lo que se suponía podían ser churretes aceitosos de unos churros.

Me senté y saludé.

—Buenos días, Manolo.

—¿Quiere tomar algo, jefa?

Manolo tenía una cara que no indicaba lo cabrón que podía llegar a ser. Cuando era Policía Municipal, además de algunos trapicheos, se sospechaba que guardaba cierta información sobre algún concejal o asesor. Nunca se descubrió ni pasó de ser una suposición. Pero, yo al menos, pensaba que podía ser cierto. En su expediente se hablaba de indisciplina y comisión de delitos de tráfico y abuso de autoridad. Si no había llegado a ser juzgado, algo tendría que le proporcionara inmunidad.

Antes de entrar en la cafetería había pasado por un cajero y tenía preparado los seiscientos euros que me había pedido.

—Aquí tienes lo tuyo. —Le extendí la mano disimulando los billetes en ella.

—Gracias —se limitó a decir—. Pero me debes cien más. —Manipuló su móvil y unas nuevas fotos aparecieron en mi móvil. En ella se veía a Sonia entrando en su habitación con aquel joven.

—Sí… te debo otros cien —dije sonriendo—. No te voy a preguntar cómo lo has conseguido.

—Soy bueno, jefa.

—Lo sé. Nunca lo he dudado.

Se quedó callado y yo tampoco añadí nada más. Le di dos billetes de cincuenta que cogió con lentitud y una sonrisa que parecía de beato.

—¿Cuándo vuelves? —Pregunté al cabo de unos segundos.

—Tengo un AVE por la tarde. Comeré con un amigo —me contestó con la pachorra con que se solía manejar. Y que le alejaba de la imagen de cabrón que yo sabía que era.

Moví la cabeza de forma mecánica. La verdad es que Manolo no me caía mal. Tampoco bien. Era algo parecido a una conveniencia. El cuñado que no es de tu cuerda, pero que quiere y trata bien a tu hermana y sobrinos. Al final, aunque no haya gran afinidad, se desarrolla una especie de vínculo.

—Nosotros nos vamos al mediodía —dije por seguir la conversación.

Manolo asintió y no dijo nada más. Al cabo de unos minutos, me fui de aquella cafetería. Pidió un nuevo café con leche y se despidió de mí con un gesto sin mucha fuerza.

Me encaminé de nuevo al hotel. Si me daba prisa, aún me quedaba una hora para estar relajada en la habitación hasta que nos fuéramos a la estación.

Manolo entró en un bar a eso de la una del mediodía. A esa hora ya había ruido y algunos clientes se reían mientras tomaban una caña. Los sábados eran días de aperitivo y cervezas.

Se acodó en un hueco de la barra y de nuevo, prestó atención al su móvil. Unos minutos después, se le unió una alguien.

—Hola. Disculpa el retraso.

—Acabo de llegar. No te preocupes.

Ambos pidieron unas cervezas y una ración para picar. No hablaron durante unos instantes.

—Pensé que no lo conseguirías… —sonrió Manolo con algo de malicia.

—Ya ves que sí…

—Toma. —El antiguo policía municipal le alargó el dinero prometido. Él no ganaría tanto, pero le compensaba.

La idea de la vida de Manolo no era otra que la de ser capaz de generarse ventajas. Era su modo de entender la existencia. Lo hizo antes, y lo llevaba haciendo desde algún tiempo. Alguna foto de varios socios bebidos, uno de ellos enfarlopado, de la casada, socia de Derecho Marítimo, con un jovencito musculado y con cara de niño. Algunos clientes con dinero en situaciones que les sería complicado explicar… Y ahora, Marga. Su jefa, follando con aquel chico.

Había sido una casualidad. No era lo planeado. De hecho, Borja no tenía otra misión que conseguir emborrachar a Fernando. Si ya le hacía una foto con una de las supuestas amigas de aquello joven, perfecto. Pero Fernando había resultado ser un simple abogado al que le gustaba la bebida de vez en cuando. Nada más. Graciosete y dado a la bebida en situaciones festivas. Aunque sin vicios ocultos.

Pero surgió lo de Marga. En principio, no era uno de los objetivos. Pero el mismo Borja, al ver que no iba a conseguir ningún premio monetario por unas fotos disimuladas de las copas que tomaban, se lo dejó caer a Manolo.

Era una socia. Con clientes importantes, poder dentro del despacho y futuro. Le caía bien, pero nunca se sabía y convenía asegurarse el futuro. Manolo accedió a la idea de Borja, casi a la vez que lo hacía a la de Marga.

—Es una fiera en la cama…

Manolo se encogió de hombros. Tampoco veía a Borja como un chico experimentado. Marga era una mujer seria, muy concentrada en su trabajo y con poca vida social. No había investigado apenas su vida. Y la verdad, le parecía muy aburrida. Y tenía pinta de siesa…

—¿Una fiera? No jodas, Borjita. Tiene pinta de monja alférez. Has debido tener una suerte de cojones para tirártela… Lo mismo estaba necesitada y hacía tiempo que no se la metía nadie.

—Que no. Que es una tía que folla mucho, en serio… En esa foto se la estoy metiendo por el culo.

No se podía ver bien. Borja tampoco había hecho un trabajo excelente. Pero se veía sin problema alguno el tatuaje de la mariposa en la espalda de Marga. Y en otra foto, aunque estaba con los ojos cerrados, su cara.

Manolo pasó con el dedo índice las fotos en su móvil.

—Y aquí casi me pilla… —dijo Bora pinchando con el tenedor un trozo de pulpo a la gallega—. Como come las pollas, tío…

Manolo no dijo nada. Se limitó a seguir viendo de nuevo las seis fotografías. Desconocía lo del tatuaje. Le gustó y sintió una ligera erección. Desde luego, se la estaba follando. Lo del culo, no era posible comprobarlo. Y, si no fuera por el tatuaje y que se la veía la cara en una de las fotos, podía tratarse de cualquier persona. Pero algo era algo.

—Tiene un culazo. Se mueve que es la hostia… —decía Borja mientras comía con hambre.

Apuró la cerveza y guardó el móvil. Comió algo de la ración y pensó que lo mejor era irse. No iba a sacar nada de Borja, salvo que le volviera a fanfarronear con lo que había dado por el culo a Marga.

—Yo follo mucho, y sé lo que digo. Esa tía es la polla. Debe follar a todas horas. No es normal ni cómo la chupa ni cómo se deja encular —continuó Borja.

Manolo, un poco harto, se despidió de él al cabo de unos minutos. Pagó la cuenta, y se dirigió a la estación del AVE. Le quedaban dos horas, pero con suerte, podría adelantarlo. Pidió un taxi. Mientras iba en el asiento trasero, ensimismado con la música del conductor, volvió a ver las fotos.

Sonrió y meneó la cabeza. Se imaginó a Marga en la cama, siendo esa fiera que le había descrito Borja y con su polla ensartada en el culo de la socia. Tuvo que reírse. No se imaginaba a Marga en esa situación. Tan seria, tan disciplinada, ambiciosa y con su escaso sentido del humor. Era una mujer atractiva, pero siempre con un rictus enfadado o de excesiva concentración. Se le arrugaba la frente cuando hablaba. Aunque fuera de una estupidez. No, decididamente, esa siesa no podía ser una fiera. Si no fuera porque se le veía la cara y el tatuaje, no le hubiera creído a Borja.

—Menudo fantasma, el gilipollas… —dijo pensando en Borja—. A Marga no la dan por el culo ni con una pistola en la sien. Si no debe saber follar apenas… —Murmuró con un movimiento de la cabeza en sentido negativo, guardó el móvil.

Había gente a la que se le veía de lejos. Y a él, esas cosas no se le escapaban. Años de bajos fondos. De ver a personas en todo tipo de condiciones. Él era un perro viejo. Un experto en conocer a la gente. Marga, aunque tuviera esas fotos de ella, no le pegaba que se dedicara a acostarse con el primero que viera. Demasiado estricta, compleja, intimidante y seca.

—Ni de coña… —volvió a murmurar. Se rio él solo provocando que la mirada del conductor le observara desde el espejo retrovisor.

Pero con todo y con eso, no podía decir que no hubiera sido un viaje mal aprovechado. Tenía las fotos de Sonia, que esas sí que eran comprometidas, aunque no se la veía follando, y las de Marga.

—Una noche más… —pensó recordando viejos tiempos.

Obviamente, guardaría todas las imágenes. Como hacía siempre, porque nunca se sabía. Pero él era perro viejo. Con el culo pelado de ver la vida y miserias de la gente. De Marga, poco iba a sacar. Estaba convencido.

Pensó en Víctor. Tenía un par de cosas suyas con una puta rusa con la que follaba de vez en cuando. Pero eso era poco. Quizá debería centrarse más en él… 

Bostezó. Se recostó en el asiento trasero del taxi y pensó otra vez en lo fantasma que era Borja. No debería juntarse con aprendices, en lo sucesivo…

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