QWERQ

—¿Qué?— Dice sorprendida ante tal atrevimiento. «¿Me ha pedido que le bese la mano?»

—Vamos, bésala como tú sabes… —Le sigue diciendo mientras le ofrece su dedo índice y corazón para que los bese también.

Mi madre es un hervidero. No sabe que hacer. Empieza a pensar que solo lo hace por Verónica. «Solo la estoy protegiendo… solo la estoy protegiendo…». Se gira hacia ella y la ve casi con los ojos cerrados mientras lo piensa. Coge la mano de Don Fernando y la besa para posteriormente besarle los dos dedos.

El viejo aprovecha para jugar con los labios de mi madre, su sonrisa perturbadora no la abandona.— Venga, chúpalos…

Mi madre apurada, con miedo a que Verónica levante la cabeza y la pille, entreabre los labios… Dando acceso a que los dedos de ese viejo asqueroso entren en su boca.

—Eso es cariño…

«Cerdo…» Piensa mi madre mientras empieza a notar el sabor de sus dedos dentro de su boca… Sus dedos juegan dentro de su boca, con su lengua. Intenta introducirlos un poco más y ella no para de mirarlo mientras lo hace con cara seria, desafiante. Viéndose humillada pero pensando que aún tiene su amor propio. «Es lo que hago.. sabía que pasaría esto desde el momento en que dejé que los pusiera… Espero que no vaya más lejos… No delante de ella…»

Verónica sigue con su cabeza recostada en el hombro de Alejandra, ignorante de lo que ella está haciendo.

—Alejandra, vámonos por favor…— Dice sin levantar la cabeza del hombro.

Mi madre, incapaz de contestarle por los dedos en su boca, mira suplicante a Don Fernando.

Él, saca sus dedos llenos de la saliva de mi madre y los desciendo por su cuello, dejando un rastro de saliva.

—Deje que la lleve a su casa, por favor, Don Fernando… Si quiere… luego… luego podemos vernos…— ella se sorprende a sí misma diciendo tal cosa, casi entregándose como última opción.

La mano desciende por su cuello hasta llegar a su escote, el cual profundiza un poco hacia dentro, tocando levemente sus pechos.

Mi madre, dejándose manosear, solo le vuelve a repetir.— Por favor…

—¿Sí? ¿Eso es lo que quieres?— Dice sin sacar sus dedos del escote.

—Sí… Don Fernando…— le responde dejándose hacer.

Quita los dedos de tu escote y pasas sus dedos por encima de su pecho izquierdo. Abarca toda la copa con su mano, mientras ella no puede evitar cerrar levemente un ojo.

—¿Y por qué no quieres jugar ahora?

—Te… Tengo que cuidar de ella… Por favor…

Y su mano deja el pecho y lo desciende por su vientre, mientras continúa hablándole.—Ya estás cuidando de ella… ¿No?

Su mano no para en su vientre, sigue bajando notando como recorre su cuerpo con sus dedos.. Ella no deja de mirarlo, con mirada seria. Su mirada no corresponde con sus palabras.

Pero para ella, más allá de lo que le está haciendo Don Fernando, tiene una preocupación mayor. Y es Verónica. Se gira hacia ella y mientras el viejo con su mano esta bajando por su vientre acaricia la cabeza de Verónica. De una manera maternal.

Nota como la mano de Don Fernando, llega casi a su pubis, mientras él ve como acaricia a su amiga.—Eres una madre para ella, ¿Verdad?

—Una hermana…

—Mmm… me gustan las hermanas…

Su mano baja hasta el corte de su falda, subiendo ahora su mano… Quiere llegar por primera vez a tocarle un sitio inexpugnable, un sitio donde nadie había legado a excepción de su marido.

—¿Quieres cuidar de ella, verdad?

—S… Sí…— dice sin oponer resistencia a Don Fernando.

—¿Y no puedo tocar a tu hermana?

—No.. por favor.. no estando así… Ella no puede decir nada… No esta bien…

—Solamente quiero tocarle la mejilla…— Y con la mano libre, la que no está subiendo la falda de Alejandra, la posa en la mejilla de Verónica, acariciándola…

—Por favor…— Dice ella de forma suplicante…

—Joder, que piel más tersa.— Dice pasando la mano por la mejilla de Verónica, que tiene los ojos cerrados. Recreándose en cada caricia.

Ella por primera vez deja que toquen a su amiga. Al final ha conseguido tocarla.

Termina de acariciar su mejilla. Complacido de que no se lo haya impedido. Esa misma mano que acariciaba la mejilla de una Verónica muy aturdida por la bebida, va directamente a la mano libre de Alejandra, que se deja hacer. Expectante nota como coge su mano y la lleva hacia él. En silencio, mientras ambos se miran.

El viejo posa la mano de mi madre en su barriga, sin parar de sonreír y sin decir nada, la va bajando poco a poco… Tocando toda su barriga, recreándose, mientras con la otra mano ha conseguido subir su falda, recorriendo la parte interna de sus muslos, casi lo suficiente como para llegar a la entrepierna de mi madre.

—Pare… pare por favor… Aquí no… Yo… No… No puedo hacer esto…. Verónica…. Yo… no…— Mientras se lo dice, hace fuerzas con su mano para que no la baje más.

El viejo sonríe.— Tranquila cariño…—La mano de ella está en la base de su enorme barriga… «Dios mio…»

El viejo intenta bajar un poco más su mano, mientras mi madre se resiste pero no puede con su fuerza…

La mano de ella llega a su paquete, la mano de mi madre y su polla apenas los separa una tela de pantalón.

—Vamos… Solo un poco…— Le dice a mi madre, intentando que acepte tocar su paquete. La mano que el tiene bajo la falda sube por sus mulsos llegando a tocar parte del dibujo de sus bragas.

La situación es inverosímil: ella con la mirada aparentando una falsa seguridad, mira al viejo mientras él con una mano ha conseguido poner la mano de ella en su paquete y con la otra llega hasta su lugar prohibido.

—Venga… Cógela… —Y no hace falta que insista, ella abarca con su mano el paquete de ese viejo. Entregándose un poco más si cabe.

Por primera vez la nota dura, por encima de su calzoncillo y pantalón. Ella la mira a los ojos

—Eso es… te gusta?

—Está muy dura…

—Dentro de poco será lo único que vas a querer…

Ella nota la mano del viejo empieza a tocar o por encima de sus bragas, como jugando por encima de ellas hasta tal punto que las piernas de ella empiezan a flaquear.

—Súbete un poco la faldita anda, quiero ver qué braguitas te has puesto hoy…

Sin rechistar, con la mano libre, empieza a subirse la falda… Lo hace justo para que vea sus bragas. Que se las enseña mientras aparta la mirada y ve la mano de él allí, casi tocándola en plenitud por encima de las bragas, con su otra mano en su paquete, acariciándolo…

Aparecen a la vista del viejo unas bragas negras. Por primera vez se muestra ante él. Aparece unas bragas de puntilla, con un bordado alrededor. La mezcla con su piel hace que le queden muy bien.

—¿Estas braguitas te las pones para tu maridito?

Pero no encuentra respuesta por parte de Alejandra, sabe que intenta humillarla de nuevo.

Pero una voz corta toda la situación que se había creado.—¿Alejandra? ¿Donde estamos?— Empieza a decir, mientras sale del trance soñoliento, intentando levantar un poco la cabeza de su hombro

La voz de Verónica la alerta y baja de golpe su falda quitando la mano del viejo de allí. A su vez, aparta la mano de su paquete.

—Ya ha tenido suficiente, déjenos ir.— La cara de Alejandra es una mezcla de enfado y excitación. Ayuda a Verónica a que se ponga totalmente de pie y se reincorpora de su hombro, mientras coge la mano de Verónica. —Nos vamos.

Verónica, recupera un poco la cordura y se fija en el viejo. Se fija en sus pintas asquerosas, pero no dice nada, solamente se dedica a seguir detrás de Alejandra, subiendo las escaleras y dejando a un lado al viejo, que se aparta y las observa sonriendo.

Cuando suben las escaleras, Verónica no puede evitar mirar hacia abajo, en dirección al viejo que la está mirando sonriendo.

Ambas llegan al piso de Verónica.

—Verónica, ¿Dónde tienes las llaves?

—En… En… el bolso…

Ella coge el bolso y lo remueve hasta encontrar las llaves. Abre la puerta de su casa y pasando dentro ella coge a Verónica por un hombro. Verónica sigue a Alejandra sin decir nada.

—Vamos a la cama Verónica.

—Si.. por favor…

—¿Esta es la habitación?— Dice mi madre señalando una puerta.

—Sí…

Alejandra percibe el buen olor que desprende la casa. Una vez en la habitación, consigue sentar a Verónica en la cama.— Venga.. Siéntate en la cama…

Ella se sienta a duras penas con la cabeza mirando a sus piernas. Mi madre, intentando ayudarla, se arrodilla y le saca los zapatos. Mientras lo hace, empieza a recordar todo lo que ha pasado escasos minutos antes. Mira hacia arriba y ve a Verónica, como se deja hacer. Por la mente de mi madre existe una duda, una duda muy grande y es saber hasta qué punto Verónica ha visto de lo que ha pasado entre ella y el viejo.

—Bueno, te dejo… ¿O quieres que te ayude a acostarte?

—A… Ayúdame… Por favor.. Alejandra…

—Está bien…— Se incorpora y le quita los vaqueros ajustados y la blusa blanca— A ver, ponte de pie…— Le dice mientras la coge por debajo de los brazos para ayudarla a levantarla…— Lo de hoy tiene que quedar entre nosotras.— Le dice mientras tanto Alejandra.

Mi madre se siente responsable de la borrachera que ha cogido, mientras le quita la ropa poco a poco, quedándose en ropa interior frente a ella.

Ella se deja hacer como una autómata. Pero mi madre se da cuenta del cuerpo que tiene delante, del cuerpo por el que suspira tanto ese viejo. Y no le falta razón, ella sabe que en el fondo él tiene razón y ha llegado hasta un punto en el que entiende que el viejo le hable de ella. Aprovechando que Verónica está aturdida por el alcohol y estando ambas de pie, Alejandra se fija como los sujetadores presenta una leve transparencia, dejando intuir levemente sus pezones, al igual que se da cuenta de que tiene un tanga. Una bella combinación de ropa interior negra que contrasta con su pelo rubio y piel algo clara.

Se da cuenta de que sus pechos son grandes, más grandes que los de ella. Parecen mas turgentes, más bellos… Y sin querer pensarlo, más… Apetecibles…

Jamás se había fijado en el cuerpo de una mujer. Nunca había sentido excitación por la feminidad. De hecho, no tiene claro si se trata de excitación o de qué. Quizás todo esto le ocurre por todas las cosas que le ha ido diciendo Don Fernando. Empuja hacia un abismo que ni siquiera ella sabe si será capaz de salir.

Ella intenta salir del trance en el que se encuentra, preguntándole a Verónica. —¿Vas a dormir con sujetadores o quieres que te los quite?— dice sin saber muy bien qué respuesta quiere oír.—Verónica, espabila un poco por favor… ¿Qué quieres que haga?

—No… no sé…

—No debes tener vergüenza conmigo…

—Bueno… no pasa nada…

—Supongo que estarás más cómoda… —Dice poniendo las manos por detrás de Verónica, quitando el enganche de su sujetador.

Poco a poco, el sujetador de Verónica cae por los brazos apareciendo unos pechos grandes, turgentes, con unas aureolas algo grandes. Mi madre se da cuenta de lo tersas que son, a pesar de su tamaño. «Dios mío… qué hermosa es…».

—Venga… Tienes que acostarte…

—Sí…

Ella no puede dejar de mirar los pechos de Verónica a cada movimiento que hace. Por pequeño que sea. Parece que jamás ha visto unos pechos así.

Y su mente empieza a fallarle de nuevo, sin saber por qué motivo, empieza a pensar en todas las cosas que le ha ido diciendo el viejo. No puede quitárselo de la cabeza. «Acariciaría sus pechos… Dios mío… ¿por qué imagino las manazas de Don Fernando en sus pechos? ¿por qué me imagino a mi besándolos?» Piensa mientras intenta que se meta en la cama.

Los pechos de Verónica se tambalean torpemente de un lado a otro al meterse en la cama. Abre las sábanas e intenta meterse dentro. Ella le ayuda a hacerlo, sin dejar de mirar sus pechos.

—Gracias… Muchas gracias por todo…— Le dice Verónica mientras se termina de arropar y apoya su cabeza en la almohada.

—Descansa amor. —Le dice acariciando su brazo.

Ella al arroparse se deja un pecho medio fuera, se le ve un poco el pezón.

—Esperaré a que te duermas… —Contesta mi madre mientras la ve cerrando los ojos. Pero ella ya no contesta. Por su respiración se nota que está dormida.

Mi madre le da un beso en la frente, a punto de irse. Pero al levantarse, su mirada no puede apartarse del pecho que ha quedado fuera y que enseña.

Mi madre duda, la mira, pero su mano parece que cobra vida propia y llega hasta su pecho. No puede evitarlo y se lo acaricia. Nota su piel, la acaricia, hasta su pezón. Nota como se pone duro con su contacto, pero ella se nota sucia, sabe que está sucia…

Decide parar, no sabe por qué lo ha hecho. Arropa su pecho y la deja descansar. Sale de su habitación y abandona su casa. «Mañana la llamaré, a ver como se encuentra y así saber hasta donde se ha dado cuenta de lo que ha pasado con Don Fernando. Es mejor que me lo diga, así evitaré que se lo cuenta a Raúl… Mejor que me lo diga que no se lo quede dentro…» Piensa mientras sube hacia casa.

Al llegar a casa, yo ya estoy acostado y papá está en la cama también. Al entrar en la habitación, saluda a mi padre como siempre, intentando disimular como si nada hubiera ocurrido. Decide ducharse y limpiarse antes de meterse en la cama. No tarda mucho en conciliar en sueño.

Al día siguiente, cuando yo me he ido a la universidad y papá se ha ido al trabajo llama a Verónica.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s