SILVIA ZALER

10

Me desperté de buen humor. Y no era para menos. Había estado con tres hombres esa noche. Era mi récord y ayudaba a ese estado de relajación y optimismo. Sin duda una noche de buen sexo con tres hombres, con sus correspondientes orgasmos, ayudaba mucho a tener esa sensación. Pero no era aquello lo principal.

Saber que tenía a Sonia, compañera y enemiga, a mi merced, era la causa verdadera de mi sonrisa. Hice el equipaje con tranquilidad. Me apetecía desayunar con calma, saborear mi jugada.

Entré al comedor y no estaba ninguno de mis compañeros. No sabía a la hora que se habían acostado. Ni Fernando ni Sonia, que eran los que regresarían a Madrid, conmigo.

Escogí una mesa cercana a una ventana. Se filtraba la claridad y el sol de esa mañana. Pedí un café con leche y me dispuse a escoger del bufé. En mi casa no suelo desayunar fuerte. Fruta y una tostada en el mejor de los casos. Pero en este caso, cogí un poco de pavo, queso fresco, un yogur casero de arándanos y un zumo de naranja natural.

Me dispuse a disfrutarlo con calma y tranquilidad. Revisé la prensa del día en mi móvil, algo de redes sociales. Estaba empezando a realizar un tour virtual de una galería de arte, cuando vi entrar a Sonia.

Venía sola. Con unas grandes gafas de sol y sus andares y contoneos. Entendía que gustara a los hombres, pero me seguía pareciendo que, incluso en ropa informal, tenía tufo a choni. No me había visto, o si lo hizo, disimuló bien. Se sentó en una mesa y pidió algo a la camarera. Poco después se levantó y la vi coger huevos revueltos y algo de bollería que no distinguí bien.

Se enfrascó también en su móvil, pero tecleando. Sonreía y me la imaginé haciendo sexting mañanero con el de esa noche. Cruzó las piernas mientras mordisqueaba un pequeño croissant. La sonrisa, pícara, seguía en su cara. En ese momento me decidí. Podía haberlo hecho en Madrid. Me apetecía joderla la mañana.

Me levanté y mentalmente ensayé lo que le iba a decir. Me fui acercando a su mesa despacio. Y me di cuenta de que mi decisión estaba provocada por esa sonrisa ladeada. Pícara y algo perversa. Cuando estuve a menos de un metro, reparó en mí. No pudo evitar que esa sonrisa se quedara muerta y se diluyera poco a poco.

—Buenos días —me dijo apagando la pantalla del móvil con fastidio.

—Hola, querida. —Me senté en la silla de enfrente y apoyé un codo en la mesa.

La observé durante unos segundos. Puso cara de extrañeza y elevó las cejas.

—¿Has follado bien hoy? —pregunté.

Tardo un par de segundos en reaccionar.

—¿Cómo dices? —Noté sus nervios.

—Que, si has follado bien con ese yogurín, querida —repetí.

—Oye… No sé qué… —me miró cabreada.

—Sí lo sabes. —Mi tono era suave pero cortante—. No es que a mí me importe…

—Pues si no te importa…

—No me importa que lo hagas. Pero sí saberlo —de nuevo no dejé que terminara—. Como puedes entender, me es indiferente que te metas en la cama con quien te apetezca. Si te follan o te enculan. Si te lo montas con uno o eres más de tríos. Pero no sé si a… Víctor le gustará —Y aquí sí que sonreí con amplitud.

Me miró retadora. Sopesaba mis palabras.

—Mira bonita…

Yo manipulé mi móvil y un pitido surgió del suyo.

—Sales muy favorecida.

En esa foto, que no era la más explícita, se la veía morreándose con un chico. Era moreno, de barba recortada y atractivo. Más joven que ella.

—Es muy mono, ¿no? —Sonreí—. Insisto, ¿te folló bien?

Obvió mis últimas palabras. Ella se quedó mirando la foto durante unos segundos. Estaba seria. Obviamente aquello hacía peligrar su relación con el socio de fiscal.

—Tengo la hora en que entraste en el hotel con este chico. Incluso otra foto. Vais de la mano… —Sonreí.

—¿Qué quieres?

Crucé las piernas. Era mi momento.

—Me has ido poniendo a parir, querida. Y eso, bueno, no me gusta, pero vale… Sé defenderme. Ahora, hay algo que no te perdono ni tolero. Y es que pretendieras mi puesto por lo civil o por lo criminal. Eso —dejé de sonreír en ese momento—, se paga.

No dijo nada. Permanecía callada y observándome.

—Quiero que te vayas.

—¿Qué me vaya…?

—Sí. Del bufete. Que presentes tu dimisión. Búscate otro despacho, otros compañeros…

—Tú estás loca… —negó con la cabeza.

—La loca serás tú como no lo hagas. Te juro —dije en voz baja— que Víctor se enterará de esto. Te doy hasta el miércoles.

—Tú crees que una foto así…

—Ya lo creo —le corté—. Con lo machista, petulante y engreído que es Víctor… No soportará que le pongas la cornamenta con un modelo jovencito de catálogo de hipermercado. Y tengo más fotos. Incluso una en donde se te ve… rayada. Ya me entiendes… —Hice el gesto de esnifar una raya de coca.

Se me quedó mirando con fuego en los ojos.

—¿Qué coño dices?

—Solo lo que se ve en las fotos que te hicieron ayer.

Se quedó callada. Eso me dijo que era verdad. A lo del sexo se sumaba algunos tiros que se debía haber metido en medio de la juerga con ese chico. Víctor no lo aceptaría. Demasiado conservador y chapado a la antigua.

—¿Por qué me haces esto?

Me tomé unos segundos en responder.

—Porque has sido una hija de puta conmigo. Y, encima, por la espalda. Si querías mi puesto, te lo curras y haces como yo. Echas horas y ovarios.

—Soy tan buena como tú…

—No, cielo. —Sonreí—. Eres bastante mediocre como abogada. No me llegas ni a la suela de estas zapatillas. —Me levanté—. El miércoles.

—¿No podemos arreglarlo…? —Titubeó.

—Ya te estoy ofreciendo una forma de arreglarlo. Que no se entere Víctor.

—Me refiero…

—Ese es el único trato posible —le corté—. Te piras y seguís con vuestra historia de amor. No lo haces y Víctor entra en cólera. Y puede que no solo él… Clientes o amigos. Nunca se saben estas cosas dónde terminan.

—Mo te atreverás.

—Apuesta por ello. —Me acerqué a ella—. Te juro que como no estés fuera el miércoles, te destruyo.

—El miércoles es muy pronto, no…

—Empieza a llamar ya a tus conocidos —volví a cortarla—. Si te ofreces a éxito y sin cobrar los dos o tres primeros meses, no creo que tengas problemas. Yo misma te puedo dar una buena carta de recomendación.

Nos miramos durante unos segundos. Se cortaba al aire.

—Marga… —me dijo Sonia suavizando la mirada y el tono—. Ha sido una sola noche. Una… simple distracción. Mi relación con Víctor no es de compromiso eterno ni sé si a futuro. Lo de hoy no tiene importancia. ¿Tú no lo has hecho alguna vez? ¿No te has acostado con alguien solo por divertirte un poco? Eso no quiere decir que no… que no quiera a Víctor.

—Lo que yo haga o no, reina, es irrelevante. Estamos hablando de ti, de que le has puesto los cuernos a quien te ha metido en el bufete y te apoya. Si yo me acuesto o no con alguien, no importa. Estoy soltera y sin compromiso. Además, no es asunto tuyo. Tampoco me importa si quieres mucho a Víctor o crees aún en los unicornios rosas. Me da igual. Pero el miércoles te vas.

—Tampoco es asunto tuyo si lo hago yo, y con quién.

—Ahora, ya sí lo es, guapa. —Zanjé el tema con una respiración profunda. Sonia se me quedó mirando. Si pudiera, me hubiera matado en ese momento—. Decide. O sigues con Víctor y lo que eso significa: veraneos en Mallorca, yate, buenas cenas, viajes… Es bastante generoso por lo que comentan. O… —hice una parada en el discurso— tu vida cambia. ¿Sabes que Víctor es muy rencoroso? Yo misma le aconsejaré en el comité despedirte sin carta de recomendación. Obviamente, callando la humillación de Víctor… Hombre, machista y que no aceptaría ser cornudo.

—Te han dicho alguna vez que eres una hija de puta…? —me dijo con un susurro.

—Sí. Claro que sí. Y más de una vez. Pero siempre gano. Chao, Sonia. El miércoles…

Me fui del comedor tranquilamente. Me quedaba cumplir con mi palabra y pagar a Manolo.

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